“Sin los cuentos sobre la crisis, a los de arriba no les salen las cuentas”

28 Feb 2009
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Versión íntegra de la entrevista aparecida en Público (28-2-2009).

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Emmánuel Lizcano (Madrid, 1950) imparte sociología del conocimiento en la UNED. Un impulso libertario anima desde siempre su reflexión crítica, que explora los vínculos entre formas de pensar y modos de vida buscando articulaciones emancipadoras entre ambas. Su último libro se titula Metáforas que nos piensan (Ediciones Bajo Cero/Traficantes de Sueños).
Los discursos hegemónicos sobre la crisis tratan de hacer pasar sus metáforas por las cosas mismas. Así, nos imponen sutilmente descripciones de la realidad, bloquean otras posibles miradas y suscitan sentimientos de miedo e impotencia. Nos mantienen dormidos.

¿Por qué afirmas que los discursos sobre la crisis son parte de la crisis misma?

En primer lugar porque, como decía Zhuang zi, a las cosas las hacen los nombres que se les dan. Y qué cosa sea –o deje de ser- eso que llamamos crisis depende del modo en que se hable de ella. Pero, en segundo lugar, cuando la ‘cosa’ así construida es una cuestión de fe, crédito y confianza –como son las cosas de la economía del dinero-, el que esa fe se pierda o recupere depende en gran medida de los discursos, de las maneras de hablar. La brecha entre lo que las autoridades (económicas o políticas) pretenden que creamos y el crédito que estamos dispuestos a darles sólo se puede salvar con palabras persuasivas: ésa es la función de la ideología.
Analizas los discursos a partir de las metáforas que ponen en juego, ¿por qué?, ¿qué nos permiten entrever?
Las cosas nunca son como son. Son como son para alguien, son como son desde un cierto punto de vista. Sólo el ojo de Dios –y el de sus impostores- las ve desde ningún lugar. Las metáforas nos dicen desde qué perspectiva ve las cosas –o quiere que las veamos los demás- quien habla de ellas. Aquél que consigue que se vea a Hamas como un ‘cáncer terrorista’ está sembrando la legitimación posterior de los ‘bombardeos quirúrgicos’.
¿Cuál es la fuerza real de las metáforas para generar conformidad y obediencia en los comportamientos efectivos? ¿Nos creemos “literalmente” las metáforas?
Nos creemos precisamente aquellas metáforas que no creemos que lo son; aquéllas que creemos que son literalmente las cosas mismas. Cuando te responden con eso de “Lo que dices está muy bien, pero los números hablan por sí mismos y lo que dicen los números es que…”, te tapan la boca. O contestas con un “¡No! Lo que en realidad dicen los números es que…”. En lo que no sueles caer es en que los números no hablan, y menos aún por sí mismos. La creencia en la locuacidad de las cifras forma parte de tus creencias hasta que no caes en que es una metáfora que te está pensando a ti, cuando estabas creyendo que eras tú quien la usaba para pensar por ti mismo. En general somos muy perspicaces para captar la irracionalidad de las creencias ajenas a través de sus metáforas: ¿cómo puede alguien sensato creer en una ‘virgen madre’ o en un ‘castigo del cielo’? Pero nos tenemos por bien sensatos cuando creemos en ‘la voluntad de la mayoría’ o en que hay ‘números naturales’. Como buenos creyentes, creemos que creencias son siempre las de los otros.
Disciernes fundamentalmente tres grupos de metáforas sobre la crisis en el discurso mediático/político. Empecemos por lo que llamas “metáforas de naturalización”, ¿cuáles son?, ¿qué nos prescriben y qué nos impiden ver?
Cuando se habla del “tsunami provocado por el desplome de los fondos monetarios”, de la “sequía crediticia” o de “la fuerza del huracán financiero” se nos están presentando fenómenos propiamente económicos como si fueran fuerzas desatadas de la naturaleza. El primer efecto retórico consiste en anular toda responsabilidad por la crisis. Nadie es responsable de los tsunamis o las sequías, luego nadie es responsable de la crisis. Una vez construida así la irresponsabilidad particular, queda el terreno abonado para declararnos responsables a todos en general: ahora resulta que quien no consuma lo suficiente, contribuye a ahondar la crisis. Un segundo efecto es inyectar miedo y resignación ante lo que se construye como inevitable y universal. Nadie puede escapar a las leyes de la economía, del mismo modo en que nadie escapa a la ley de la gravedad. El segundo efecto se produce, como bien apuntas, en lo que estas metáforas impiden ver. Si los fenómenos económicos son naturales, dado que naturaleza –como madre- no hay más que una (la naturaleza), tampoco puede haber más que una economía: la economía. Cualquier alternativa (ya sea en términos de otros modelos económicos, ya en términos de des-economizar tantas facetas de la vida como nos han economizado: “capital humano”, “coste de la vida”, etc.) no puede ser sino un dislate, una quimera o ganas de hacer el ridículo. Como decía Vargas Llosa, quien se oponga a las leyes de la economía, que se tire por la ventana y verá si funciona o no la gravedad. Lo curioso es que si en el novelista esa analogía trasluce ideología descarada, en el bombardeo de metáforas como las anteriores por la prensa salmón es el propio discurso de los expertos el que se revela intrínsecamente ideológico. Si se leen los razonamientos económicos como argumentos novelísticos o como poesía (aunque sea poesía de madera), tanta ‘expertez’ resulta un puro despropósito.
El segundo grupo son las metáforas médicas. ¿Qué descripción de la crisis imponen? ¿Qué nos ponen “ante los ojos”?
Una vez construidos ciertos movimientos del dinero como si fueran cosas, y aún cosas naturales, una nueva vuelta de tuerca metafórica consiste en presentarlos como organismos vivos. Más aún, como seres humanos dolientes necesitados de solícitos cuidados médicos. La elevada exposición de los bancos –se nos ha repetido machaconamente, con unas metáforas médicas u otras- a los activos tóxicos ha desencadenado una epidemia financiera que ha producido un efecto contagio en la economía real. La patología de la crisis requiere, pues, de un correcto diagnóstico que inyecte liquidez en grandes dosis en el cuerpo de la economía para alimentar los flujos de capital, regenerar los fondos monetarios y potenciar las reservas de los depósitos. Así se evitará el estrangulamiento del crédito (que es su sistema sanguíneo) y que proliferen las metástasis.
Poco importa, para la supuesta racionalidad económica, que todo este cúmulo de metáforas médicas sea incompatible con la anterior aglomeración de metáforas climáticas y geológicas. Como tampoco importa que también las metáforas médicas sean incongruentes entre sí (¿intoxicación o contagio?, ¿metástasis o estrangulamiento?). Lo importante es la superposición de efectos retóricos, la fabricación de los sentimientos del personal. Miedo ante el huracán desatado, compasión ante el enfermo… ¿quién es tan cruel como para negarse a que su dinero/sangre se emplee en las urgentes transfusiones que paren la hemorragia a chorros del paciente, aunque sea un paciente financiero?
Y, una vez más, están las perspectivas que estas metáforas bloquean. Si la economía (o los flujos de capital, o el sistema crediticio) es el enfermo, no puede ser la enfermedad. Si el diagnóstico es de estancamiento, parálisis o incluso retracción del natural crecimiento económico que ahora yace en la camilla, es que es ese crecimiento económico ilimitado el que sufre y no, como algún malpensado hubiera podido sospechar, el que nos hace sufrir. No, el crecimiento incesante (de los beneficios, del PIB, de la producción…), aunque pudiera verse como un cáncer, no puede serlo, por la sencilla razón de que es él quien tiene un cáncer.
Y, por último, hablas de las metáforas de personificación, ¿cuáles son?, ¿qué función tienen?, ¿qué efectos?
Este es el punto más interesante. Una vez naturalizado y humanizado, como paciente, el tinglado económico (o sus componentes), ¿hay algo más lógico que acabar de dotarle del resto atributos humanos? Así, se habla con toda naturalidad de que los mercados castigan a las divisas, de que los parquets se angustian o las Bolsas responden con alegría, de cubrir las necesidades del mercado, de que el Ibex vive pendiente de Europa, de que las empresas tienen sed de liquidez o de que la crisis ha demostrado que hay que regular el comportamiento de los mercados. Lo que se cosificó, naturalizó y medicalizó termina así adquiriendo rango de persona, persona ya autónoma que siente y actúa como tú o como yo, con sus alegrías y depresiones, sus necesidades y sus frivolidades, y hasta la capacidad racional de demostrar esto o aquello. O sea, se convierte en un fetiche, es nuestro propio poder enajenado que se independiza y se nos impone desde fuera como una voluntad inapelable e implacable.
¿Son diferentes las metáforas a izquierda y derecha sobre la crisis? ¿Y sobre los “remedios”?
No. No en el registro profundo del imaginario colectivo que hemos visto aflorar en todas estas formas de hablar. Ambas fetichizan sin cesar. Aunque cada una reclama más o menos poderes para uno u otro de los fetiches que ambas alimentan (Mercado y Estado), las figuras de personificación son perfectamente intercambiables: “Kuwait ha sufrido también el contagio” puede referirse tanto al sufrimiento de la economía kuwaití, como al de su Estado. Las desavenencias entre derecha e izquierda en torno al diagnóstico de la crisis, a la terapia a seguir y a los sacrificios que nos exige no pueden dejar de recordar las disputas que se dieron entre católicos y protestantes en torno a cuál de las dos versiones del dios era la más verdadera. Los discursos de izquierda no niegan, por ejemplo, la voluntad de los mercados, aunque –es decir, precisamente porque- exigen ponerle coto mediante la voluntad de los estados. Una y otra sólo difieren en la condición del médico, en si la regeneración y la salvación del supuesto enfermo vendrán de un “Mercado saneado” o de los “órganos del Estado”, en si menos mano invisible del mercado o más protagonismo del cuerpo social.
Muchos discursos nos vienen a decir (aunque sea subliminalmente) que no hay afuera, que no hay salida, que estamos secuestrados por un sistema que nos da la vida (consumo, etc.) y cuya desaparición acarrearía la nuestra propia. Por tanto hay que “apretarse el cinturón”. ¿Cómo analizas las metáforas que “hablan” en términos de unidad y sacrificio?

Todo fetiche exige sacrificios. Nos creemos modernos porque no sacrificamos a ídolos falsos. No, nosotros sacrificamos al único Dios verdadero.
¿Qué metáforas críticas se utilizan entre quienes quieren erosionar la confianza y no restaurarla, qué otras descripciones de la crisis sugieren?
No abundan las metáforas críticas. Muchas de las críticas asumen las metáforas fundamentales y se condenan a perpetuarlas. Plantearse, por ejemplo, maneras alternativas de afrontar la crisis, de encararla o arrostrarla, es seguir personificándola. Al prestarle rostro, al hacerle cara, seguimos dando vida al fetiche. Hay quienes hablan, no de hacerle frente, sino de darle la espalda. Así se expresa el entorno del Movimiento de Parados y Precarios en Lucha francés, que se agrupan en buen número con sus carritos de la compra repletos en las cajas de algún gran supermercado, arman el lío, y se marchan sin pagar. Dar la espalda a la mediación del dinero que el sistema postula como necesaria, progresiva y universal es jugar a otro juego, en vez de refinar las reglas del juego o patalear porque se pierde en el que se postula como único juego posible. Los viejos anarquistas lo llamaban ‘acción directa’. A su manera, lo están haciendo los millones de chinos se vuelven estos días al campo, dando la espalda a esas ciudades en las que anida la crisis. O los peul o los djola que conocí en Senegal, que viven casi de espaldas a la crisis porque la mayor y más importante parte de sus actividades corre por los márgenes de los flujos del dinero.
¿Podemos jugar con las metáforas del poder, darles la vuelta, volverlas contra ellos, hacerles decir otra cosa (otros “contagios” ahora horizontales entre sujetos rebeldes, otros “virus” de la revuelta, señalar hasta qué punto los “sistemas inmunitarios” son a veces los enemigos del “cuerpo” al que protegen, etc.)?
Podemos, y de hecho se está haciendo. La gente lo hace sin parar, y a menudo como casi sin querer. El otro día sacaban en la tele a una señora que debía acabar de quitarse los rulos; preguntada por la crisis, contestaba algo así como: “¡Estaba visto! ¡Es que con esto de los neuros nos están volviendo locos!”. Los neuros, ¡qué gran hallazgo semántico! De manera más esforzada y sistemática, hay todo un frente de economistas, sociólogos y antropólogos que, contra el fetiche del crecimiento o el desarrollo (por sostenible que se postule), tan vapuleado por la crisis, vienen proponiendo luchar por alcanzar cada vez mayores cotas de de-crecimiento. Si el desarrollo es la enfermedad, y no el enfermo, des-des-arrollarse es sanar; dejar de crecer es bloquear las metástasis. Son bien significativos los términos con que este concepto se ha traducido a las lenguas de los pueblos a los que se quería desarrollar. En wolof se nombra como “la voz del jefe”, en el eton del Camerún como “el sueño del blanco”. Metáforas que nos parecen de lo más natural (¿cómo va ser malo crecer y desarrollarse?), para ellos son puras órdenes o alucinaciones. Se puede jugar con las metáforas del poder, invertirlas o pervertirlas. Pero también es muy instructivo prestar oído a otras metáforas que se mueven en otros circuitos, alimentando formas de vida que no pasan por la vida de las grandes abstracciones (mercados, estados, gestión, educación y todas las terminadas en ‘-ión’, etc.). Los quichuas hablan del ‘sumak kawsay’, el buen vivir. Nada que ver con ese bien estar que sólo los estados (del bienestar) y el buen estado de los indicadores económicos pueden aportar a sus súbditos. ‘Estar’ se está en establos, la ‘buena vida’ sólo podemos dárnosla nosotros a nosotros mismos. La propia expresión castellana lo dice: “Darse la buena vida”.

* El análisis de Emmánuel Lizcano sobre las metáforas de la crisis de extiende en el artículo “Narraciones de la crisis: viejos fetiches con caras nuevas” publicado en el último número de Archipiélago (83-84): www.archipielago-ed.com


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