“El saber, para quien lo necesita”

06 Jun 2009
Compartir: facebook twitter meneame
Comentarios

Versión completa de la entrevista a Antonio Lafuente aparecida en Público el 6 de junio de 2009

3382194934_d3cd7d9816.jpg

Antonio Lafuente es investigador científico en el Instituto de Historia del CSIC. Su último libro se titula El carnaval de la tecnociencia (Gadir, 2007), un alegato en defensa de la participación en ciencia y de los bienes comunes. Está compuesto por numerosos post de su blog Tecnocidanos: http://weblogs.madrimasd.org/tecnocidanos/

Ya lo advertía Hannah Arendt a propósito de la energía nuclear: los objetos científicos ya no caben en los laboratorios, todos somos conejillos de Indias en un sinfín de experimentos que suceden a cielo abierto y en tiempo real. Virus, genes, aire, piensos, átomos, semillas, embriones, huracanes, ozono, abejas… Entonces, ¿quién tiene derecho a hablar? ¿Quién decide?

¿Qué significa “autoridad expandida”?

Así me refiero a un enjambre heterogéneo y deslocalizado de experiencias que producen saber, contrastado y riguroso, fuera de los límites y las fronteras de la academia, fuera del laboratorio. Hay mil experiencias, en mil lugares diferentes, altamente interesantes y que demuestran la emergencia de algo a lo que vale la pena darle valor.

¿Por ejemplo?

A mí me gusta hablar de “tercer sector” del conocimiento. Y digo que, junto al mercado y al Estado, hay un tercer sector, basado esencialmente, aunque no exclusivamente, en la economía del don. Lo constituyen las ONGs, los movimientos antinucleares, pacifistas o ecologistas, el movimiento vecinal o los colectivos de afectados o concernidos (‘concern‘), esto es, enfermos cuya identidad ha sido diseñada desde la ciencia y que se rebelan contra lo que parece más una sentencia que un diagnóstico, luchando por construir su propia identidad. La experiencia más avanzada, más reconocida, que constituye el buque insignia del tercer sector, es el movimiento hacker y todo lo que hay alrededor del sistema operativo GNU-Linux, no sólo el sistema operativo, sino también el navegador firefox, el servidor apache y otras tecnologías desarrolladas no “for the people“, sino “by the people“. Quiero hacer una mención muy especial para los afectados por el SIDA que lucharon -y luchan- por conseguir un diagnóstico, un tratamiento y una consideración social muy diferente a lo que el mundo médico y también político les reservaba al principio. Todos ellos son, como yo digo, “expertos en experiencia”, expertos en lo que les pasa.

¿Se trata de un conocimiento alternativo o complementario al oficial?

Todas estas experiencias comparten un lugar dentro de la autoridad expandida, pero son muy diferentes. Por ejemplo, las comunidades de afectados son comunidades de extraños, no les hace falta ni conocerse. En el caso de las “enfermedades huérfanas”, esas enfermedades que afectan a un porcentaje minúsculo de la población, puede ser que sólo afecten a 5 personas y cada una viva en un extremo del mundo. Pero se conectan a través de Internet e intercambiar experiencias, pues no se sienten reconocidas por lo que hacen las autoridades sanitarias de su caso. Otro ejemplo sería el movimiento ecologista, que tiene una identidad anti-sistema que acaba enfrentándoles a una parte significativa del aparato científico nacional e internacional, porque lo que acaban poniendo de manifiesto estos colectivos es que la verdad está muy repartida, que lo que tiene que decir un biólogo sobre el entorno no tiene nada que ver con lo que dice un ecólogo y menos un físico. Y que no está claro que si se pusieran a discutir entre ellos pudieran intercambiar sus experiencias porque lo que es un hecho para unos no lo es para los otros. Y los ecologistas aprovechan las tensiones que hay dentro de la propia comunidad científica. Porque, ciertamente, los ecologistas hablan como científicos, hablan como si dispusieran de otra verdad que han sacado de “otro” laboratorio. De hecho, muchos de los que suministran hechos, datos contrastados, a los grupos ecologistas son académicos que cuando acaban de hacer “papers” se van a trabajar en una organización medioambiental. Los ecologistas son prueba de la existencia de tensiones dentro de la llamada “República de la Ciencia”. Luchan por un mundo diferente y, por tanto, dan valor a otros objetos, producen unos hechos de otra naturaleza. Ni mejores ni más buenos, se trata de otra manera de distinta de jerarquizar los problemas y de publicitar evidencias.

Las comunidades de afectados dicen por ejemplo que la medicina está muy bien cuando trata cuerpos normalizados. Pero tomemos ahora el caso de la “electrosensibilidad” [patología asociada a la exposición a campos electromagnéticos]. Unos 13 millones de europeos la padecen, pero no les afecta a todos por igual. Lo mismo ocurre con los celíacos, los intolerantes al gluten. La medicina funciona bien apoyándose en abstracciones que, sin embargo, ignoran lo singular, lo distinto, la excepción. Ha hecho de cada corazón “el” corazón, no “tu” corazón, “mi” corazón, etc. Pero cada cuerpo es un mundo. Y esto no es una desgracia para la ciencia, sino una oportunidad para la empresa del conocimiento. Hay muchas cosas que aprender y la primera y más urgente es a ser humildes. Se está subvirtiendo la última utopía de Occidente, el paradigma civilizatorio de la ciencia. Y lo están subvirtiendo las víctimas de la civilización, unas por ondas, otras por gluten, etc. Hay tantos colectivos de enfermos civilizatorios que yo me pregunto: ¿pero hay alguien sano? ¿Y qué va a pasar cuando estos colectivos se conecten entre sí?

¿Qué papel ha jugado la Web 2.0. en todo esto?

Ya existían comunidades de afectados antes de Internet (pienso en el SIDA). Pero la Web 2.0 da la oportunidad de reunir cuerpos dispersos a coste cero. Eso es una novedad increíble. Un caso son los afectados por electrosensibilidad que decíamos, pero otro son los enfermos mentales (en genérico). Uno va al psiquiatra y le dicen: “tu eres histérico”, “tu eres neurótico”. ¿Pero eso qué es? No es nada. Una simple manera de catalogar el sufrimiento, pero el sufrimiento humano es muy variado, inmensamente más variado. Así que los diagnósticados se quedan insatisfechos, pasan a ser afectados y se ponen en marcha. Se conectan por la red, intercambian síntomas, terapias, tratamientos, evalúan juntos su padecer cotidiano: ahí, en esos intercambios, hay una enorme cantidad de experiencia y de saberes emergentes. Es todo un proceso de aprendizaje colectivo. Un estudio sobre una de estas comunidades (Brain Talk) demostró que sólo un porcentaje de mensajes muy pequeño contiene saber equivocado o anticuado, y que el resto es información muy atinada. Esto es porque la gente concernida, los afectados, sabe dónde encontrar la información, cómo analizarla, intercambia experiencias, lee. Los autores de ese estudio concluyen diciendo que esta es la segunda mayor revolución médica de la historia, tras la de Vesalio en el Renacimiento. Lo cual es emocionante porque esta revolución devuelve a los propios pacientes el control sobre el diagnóstico, el tratamiento, el cuidado de su enfermedad… Y no va contra los médicos, sino que ahora los médicos, para aprender de medicina, tendrán que ir a los chats, que es como decir que tendrán que escuchar a los enfermos. ¿Cómo hemos podido tardar tanto tiempo en descubrir una cosa tan simple?

En los espacios comunicativos más militantes pronto se dio un grave problema de ruido, provocaciones, infiltraciones, ¿pasa aquí algo así?

Hay muchos casos documentados de infiltraciones a sueldo de las corporaciones en las que se incita a los enfermos a tomar tales o cuales medicamentos, a tener hacia tal o cual experto una actitud favorable. Semejantes comunidades son consideradas espacios priviliegiados de publicidad, nuevas fronteras del mercado. Pero son detectadas. No tengo datos sobre el tiempo que tarda una comunidad en detectarlos.

Es algo distinto, pero en tu libro citas varios estudios sobre el rigor de la Wikipedia…

Sí, un estudio de IBM (realizado por el Collaborative User Experience Research Group) para saber cuál es el ritmo al que se depuran los contenidos erróneos o vandálicos en Wikipedia concluía que un error dura de media seis minutos. ¡Parece increíble! En lo que se refiere a la calidad, se han hecho dos grandes estudios para calibrar la de Wikipedia. El de Nature (2005) comparó los contenidos de Wikipedia y los de la Enciclopedia Británica. Y llega a la conclusión de que el nivel de error es comparable, es decir, que la cultura de pago tiene la misma calidad que la cultura del don. ¡Una noticia magnífica! Este estudio de Nature concluía aconsejando a los científicos: “ojo, tenéis que dar mucha más valor a la idea de publicar en Wikipedia y a cuidarla, porque daros cuenta del enorme impacto de lo que allí se escribe”. El otro estudio, realizado por la Sociedad Americana de Historia y publicado en el Journal of American History, analiza los contenidos de Humanidades. Ahí el reto es gigantesco porque una enciclopedia, por su propia naturaleza, incluye un porcentaje elevadísimo de contenidos de humanidades, pues en general los contenidos científicos son una pequeña parcela dentro de cualquier enciclopedia. Este estudio analizó las biografías y concluyó que los índices de calidad de Wikipedia son más que óptimos. Es decir, que no es razonable una crítica a Wikipedia, una crítica a la totalidad, en esas materias. Wikipedia es una empresa cognitiva que da resultados más que óptimos.

Pero la “autoridad expandida” no deja de ser un proceso ambigüo, porque al lado de los E-pacientes están los que critican la teoría de la evolución, los escépticos sobre el cambio climático, los voluntarios que ayudan al ejército estadounidense a traducir documentos encontrados en Irak, los posthumanos que encuentran la solución a los problemas sociales en la recodificación posible de la especie, quienes se entregan alegremente su patrimonio genético para investigaciones privadas (biovoluntariado), etc.

Son inconsistencias dentro de la autoridad expandida. Está bien poner juntos todos esos casos, no lo había pensado nunca así. Pero también me gusta tratarlos por separado.

Los que apoyan la teoría del “diseño inteligente” y los escépticos sobre el cambio climático están asociados a lo que se llama “producción de incertidumbre” en la Red. Se trata de una gran industria de opinión sostenida por poderosos lobbys financiados por las grandes corporaciones petroquímicas, farmacéuticas o del automóvil y que viene a repetir siempre el mismo mensaje: “no está claro, hay indicios de un cambio climático, pero evidencias indiscutibles no hay, por tanto cualquier límite al crecimiento industrial es aventurado, está de más”. Pero es que la ciencia, bien entendida, siempre es provisional, tentativa, puede ser corregida, no produce enunciados eternos y para siempre. Pero los que producen incertidumbre no quieren trasladar al mundo el mensaje de que la ciencia no tiene la última palabra, sino confundir a los políticos, evitar que se tomen medidas para corregir una tendencia sobre la que hay un consenso mundial.

Los posthumanos son algo distinto. Hay un biólogo muy importante, codirector del proyecto Atapuerca, Eduard Carbonell, que afirma que los seres humanos nunca han dejado de ser algo demasiado problemático (para el entorno y las otras especies) y que ya ha llegado el momento de que nos dotemos de un cuerpo que exprese unos valores adecuados al momento, todo ello mediante un proceso de digamos reescritura genética. Es decir, detrás de los movimientos posthumanos no sólo hay iletrados o visionarios. Habrá que aprender a convivir con todos estos fenómenos que irán en aumento.

Los que entregan su información genética para investigaciones son gente bienintencionada, amantes de la ciencia, comparables a quienes entregan tiempo de computación de sus ordenadores para proyectos como SETI (iniciativa de la Universidad de Berkeley para la detección de vida extraterrestre). Todo esto yo he querido verlo como parte del “movimiento amateur”, esto es, gente que admira a la ciencia, que le dedica su tiempo de ocio, comprando microscopios, libros y otros dispositivos y asociándose para intercambiar sus experiencias. Son formas nuevas de amateurismo científico, ambivalentes.

Luego está lo que ocurrió en Islandia: como es una comunidad que ha vivido siempre muy aislada, es muy fácil e interesante utilizarla como laboratorio porque es genéticamente muy homogénea y si localizas alguna enfermedad o característica singular de los islandeses es relativamente fácil saber si tiene origen genético, mucho más fácil sin duda que en nuestras sociedades tan mezcladas. El Estado vendió el patrimonio genético de los islandeses a una empresa. En la Comunidad Autónoma de Madrid, Esperanza Aguirre ha decidido también ceder los datos clínicos de los hospitales públicos a una multinacional francesa. Yo nunca he podido leer el contrato, así que me arriesgo a equivocarme. Pero creo que a cambio de que la multinacional gestione esa masa gigantesca de datos, que sería un servicio que darían a la comunidad (los médicos tendrían acceso a datos bien estructurados), podría usarlos para experimentar con nuevos fármacos o distintas terapias. En principio parece una relación simbiótica de externalidad económica recíprocamente positiva. Pero el asunto es si la Comunidad de Madrid puede venderlos, si es propietaria legítima de los datos públicos. E igualmente, la discusión, en el caso de Islandia, es si el Estado se puede autoconstituir en propietario del genóma de los islandeses. ¡Y no sólo ha vendido el de los vivos, sino también el de los ya muertos! Hubo una rebelión por parte de colectivos que se movilizaron y forzaron un debate y una votación del parlamento islandés. Hay otros países que han llegado a acuerdos de esa naturaleza con multinacionales, por ejemplo Tonga. Y ya hay gente que se está organizando para defender el patrimonio genético o los datos hospitalarios como un bien común, como algo que es de todos y de nadie al mismo tiempo. Del mismo modo que algunos pensamos que los órganos, una vez que ya no están funcionando en el cuerpo, deberían pasar a integrar el procomún, yo también defiendo que los datos clínicos, no son de la nación o del hosipital donde se obtienen, sino que deberían ser parte del procomún.

Y el caso de Google books (la digitalización de fondos públicos de biblioetcas por parte de Google), ¿qué te parece? ¿Construye procomún o lo privatiza?

Google está reorganizando, jerarquizando, rankeando el conocimiento. Y, desde luego, hay que tener una opinión sobre Google si uno quiere estar en el mundo en que vivimos.

Lo que dicen quienes defienden a Google es que ellos a digitalizar los fondos bibliográficos cedidos por muchas bibliotecas de todo el mundo es que parten de un libro, pero que lo que ofrecen ya no es un libro. Si te encuentras un mármol y con tus cinceles haces una escultura, el resultado deja de ser una sinmple piedra, mucbo más si el soporte, ahora digital en el caso de Google Books, ha cambiafdo vertiginosamente. El dueño de una silla no puede ser el propietario del bosque. Esto ocurre siempre que hay bienes informacionales, un problema que se radicaliza cuando nos referimos a chorros de bits que circulan por las redes. Un libro digitalizado, en efecto, deja de ser un libro, porque puedes hacer mil cosas más con él: navegar por dentro, hacer búsquedas, trasladar fragmentos, automatizar traducciones, comparar versiones, multiplicarlop sin coste, abrirlo a conexiones infinitas, etc. Seguimos pensándolo como libro, pero es debido a una pereza mental.

Para opinar sobre esto, parto de una consideración más general: creo que eso de ser autor de algo está sobrevalorado. Todos bebemos de todas las fuentes, todos crecemos simultáneamente y todos respiramos el mismo aire, parte de ese aire es la cultura. Por eso soy partidario de decir que el autor debería ser “usufructuario temporal de derechos” (ya veremos por cuánto tiempo y espero que no demasiado), pero pasado ese plazo consensuado la obra debería volver a ser otra vez aire universal y gratuito para respirar, es decir reingresar al procomún. Y por eso soy favorable a que Google haya hecho negocio con el procomún: por ejemplo, a mí me gusta mucho que en la calle, que es un procomún abierto a todos, haya terrazas. Veo Google books como una forma novedosa de hacer sostenible el procomún. Quizá en el futuro a Google le entren delirios de grandeza (aunque lo dudo porque su negocio es regalar acceso) y la cosa cambie. Ya hay gente que inventa ensoñaciones sobre una Internet alternativa. Si Google separase sus servidores, podría organizar una Internet de pago y seguramente provocar un cataclismo económico y cultural, además de liquidar Internet tal como la conocemos.

¿En qué se diferencia Google de lo que hacen las farmacéuticas con el genoma?

Es literalmente lo contrario. Porque el genoma ya es un procomún. Recuerda la carrera que hubo entre Celera Genomics (empresa privada) y el Proyecto Genoma Humano (público). Tuvieron miedo uno del otro y llegaron a un acuerdo, bendecido por Bill Clinton y Tony Blair, para declarar que el genoma sería patrimonio de la humanidad. Es uno de los nuevos bienes comunes, y por cierto muy emblemático. Está en servidores públicos accesibles. No puede privatizarse. Hay empresas que intentar obtener de él un valor añadido: venden los datos organizados así o asá, con una interfaz tal o cual, más eficiente o mejor accesibilidad. Pero lo que sí se está privatizando es el descubrimiento de un vínculo causal entre determinado fragmento del genoma y una enfermedad, y eso desgraciadamente se puede patentar. Antes no se podía, porque se consideraba un descubrimiento, al igual que las leyes de Newton. Pero ahora, desde 1980, sí. Ya hay dos quintas partes del genoma humano que están patentadas por esta otra vía. Esto es una desgracia. Pero lo peor es el efecto anti procomún (anti-commons) que está teniendo. Lo que están haciendo las corporaciones farmacéuticas son dos cosas: 1) por un lado, cada vez que alguien se pone a investigar y ellos consideran que está cerca de un descubrimiento próximo a sus intereses, o bien le hacen una oferta para comprar los resultados de tales investigaciones y así ensanchar el ámbito de syus patentes; o bien le ponen un pleito por razones de propiedad intelectual alegando que está entrometiéndose en parcelas de saber que tienen propietario (que están valladas, cerradas al uso público, reservadas para uso privativo) para que detenga sus investigaciones hasta que los jueces decidan si el viandante, el nuevo investigador, están allanando la propiedad (y a los jueces todo esto les lleva mucho tiempo). Ahí se da entonces un efecto anti-commons gestionado e impulsado por las grandes corporaciones farmacéuticas y agroalimentarias. Y 2) por otro lado, esas corporaciones tienen masas gigantescas de información y no saben qué hacer con ellas. Llaman entonces a la computación voluntaria y distribuida para que la gente, como se hece en SETI, ponga a su disposición el tiempo muerto de sus ordenadores disfrazando el gesto de grandes servicios a la humanidad (vacunas, remedios, etc.). Pero no tenemos claro, por ejemplo, qué pasaría si alguien descubriera en ese tiempo muerto de su ordenador un remedio contra la malaria. ¿De quién sería la propiedad intelectual: de la comunidad, de mi ordenador, de la humanidad?

En tu libro vienes a decir que la autoridad expandida no es una ruptura, sino que de alguna manera la ciencia siempre funcionó así.

Esta reflexiṕon me interesa mucho, porque durante muchos años fui (y creo seguir siéndolo) especialista en la Ilustración. En fin, cuando se es más viejo, es más facil tenber varias vidas y yo en una de ellas me entregué al estudio del siglo XVIII. Cuando miras al siglo XVIII ves que no había profesionales de la ciencia. Nadie vivía de la ciencia. Había unos cuantos cortesanos que tenían puestos altos en el ejército o en la administración, pero la mayor parte del interés por el entorno era amateur, gente sin ningún reconocimiento. Más aún: los que detentaban un saber como las parteras, los yerberos, los navegantes, los mineros o los campesinos eran sistemáticamente castigados, ignorados, calificados de supersticiosos, charlatanes, prejuiciados, ignorantes, plebeyos, etc. Eranm vistos como una amenaza para la civilización, para las luces. Hay un movimiento importante dentro de la Ilustración que pretendía someterlos a una disciplina, la disciplina de estar obligados a tener una titulación para ejercer. Luego, en el siglo XIX las grandes batallas sin cuartel contra el intrusismo son hasta cómicas, cuando el Estado dice: “acabemos ya con tanto ‘practicón'”. Porque efectivamente la mayor parte del conocimiento en el que se sostenía la producción agraria e industrial, o la salud y el comercio, era amateur. No hay títulos, no hay reconocimiento, no existe un mercado de la reputación bien organizado.

En la misma Revolución Francesa hubo también debates muy intensos por la democratización del saber. Y se llegó al extremo de silenciar a los que habían detentado (acusados ya de usurpar el saber) puestos en las academias. La misma Academia de París fue acusada de “gótica” y suprimida, una medida simbólica que inauguraba una época en la que la palabra sería otorgada a todo este enjambre de “profesionales” de ámbitos distintos. Se podría escribir una historia de la ciencia en la que los protagonistas fueran los amateus, todos esos actores que han desplegado sus saberes al margen de la academia, sin un título ni un reconocimiento. Todo lo contrario de lo que se ha hecho hasta ahora. Si uno mira la historia de la ciencia a veces aparece una comunidad de astrónomos o una sociedad patriótica en Jaén que discutía a Lavoisier o leía en voz alta a Feijoo como expresión de un hecho pintoresco, poblado por figuras carentes de protagonismo histórico. Yo creo todo lo contrario. Me gusta conceptualizar la revolución científica, no como una revolución epistemológica, sino como una “open science revolution“, es decir, un proceso de apertura a nuevos actores, nuevas tecnologías, nuevos soportes para al ciencia. Lo epistémico se ha exagerado mucho. La imagen de ese gran relato que llamamos Revolución Científica está deformada si no atendemos a otros fenómenos: la emergencia de la prensa, de los salones, de las tertulias, de las mujeres, de los espacios públicos, de las primeras academias profesionales (como alternativa a la Universidad), de las bibliotecas… Sin todas esas nuevas formas de sociabilidad, no habría habido modernidad y no sabríamos que hubiera sido de la ciencia. La que conocemos sólo fue posible al hacerse pública. Es la socialización de la cultura lo que produce un cambio decisivo.

¿Por qué ha perdido credibilidad y legitimidad el sistema de los expertos?

Tenemos suficientes evidencias para decir que las prácticas de corrupción en la ciencia no son un fenómeno periférico o extraordinario, sino común y cotidiano. Y cuando digo corrupción me refiero a varios fenómenos de adulteración del saber: el secretismo derivado de las lógicas de competencia, primero impuesto en el aparato militar y ahora extendido al aparato industrial, que obliga a los científicos, mediante abusivas y a veces inmorales cláusulas de confidencialidad, a no comunicar sus investigaciones mientras no estén garantizadas los derechos de propiedad intelectual sobre los resultados; el problema de los ensayos clínicos en el que garantizan la salubridad de las moléculas que son introducidas al mercado como terapias para determinadas enfermedades: se sabe que con demasiada frecuencia sólo se publican los resultados que benefician a quien financian esas pruebas, las corporaciones; también sabemos, y esto es muy inquietante, que los científicos no reaccionan con suficiente energía frente a todas estas prácticas de corrupción y con frecuencia actúan corporativamente tratando de confundir a la opinión. La manufacturación de incertidumbre demanda la presencia de una inmensa cantidad de científicos, fundaciones, laboratorios y departamentos universitarios, además de gabinetes jurídicos y oficinas de prensa, dispuestos a colaborar.

Los que eran supuestos paladines de una cultura colaborativa, abierta, cosmopolita, desinteresada y universalista de pronto se nos aparecen como todo lo contrario. ¿Cuántos observatorios de la corrupción en ciencia hay en nuestro sistema universitario y/o científico? Las cosas no está funcionando bien. Hay ya demasiadas evidencias. Pero la modernidad ha sido construida según patrones políticos y jurídicos que convierten a los expertos en gentes imprescindibles. Es omo si nuestro mundo hubiera elegido a los científicos e ingenieros para que se ocupen de que el mundo funcione. ¿Podemos vivir sin expertos? Cualquier movimiento en nuestras vidas, el aire que respiramos o el agua que bebemos, lo que comemos o los materiales con los que nos vestimos o lavamos, todo está impregnado por todas partes de ciencia. Si los expertos no defienden el bien común, estamos ante una crisis del modelo político de la ciencia. Es decir, una crisis de la democracia, porque sobre los expertos hemos depositado un enorme poder. ¿Cómo vamos a vivir ahora en un mundo en el que los expertos no son la solución, sino una parte del problema?

¿Qué propones?

Antes se decía: “la tierra para el que la trabaja”. Ahora hay que añadir: “y el saber, para quien lo necesita”. La crisis de los expertos pone de relieve la importancia de la política. Se trata de aceptar que la finalidad de la ciencia es la misma que la de la política, el bien común. Aceptar que también en ciencia todo es provisional, tentativo, revisable. Y darle una oportunidad a una Segunda Ilustración que no se basaría ya, como la del siglo XVIII, en una lucha contra la superstición, sino contra la privatización del conocimiento (sometido a la gestión por las grandes corporaciones multinacionales) que ha distorsionado de manera dramática el papel de la ciencia y de la democracia. Ya no sabemos para quien trabajan los expertos y por eso las soluciones a los problemas que nos afectan no pueden ser tecnocráticas (tomadas por los juristas y expertos en la tecnología de la que se trate), sino que deben consensuarse entre todos los actores implicados. Una transformación que implica mayor transparencia y participación social en la información y en la toma de las decisiones. Sin menoscabo de las demostraciones, lo que necesitamos son negociaciaciones.

¿No es iluso pensar que pueden consensuarse decisiones entre actores sometidos a lógicas tan distintas y en disputa?

Dos ejemplos: uno que da la razón a lo que insinúas y otro que la discute. Reach, el acuerdo europeo sobre qué hacer con las decenas de miles de nuevas sustancias químicas que vertemos continuamente al medio ambiente sin ningún control sanitario o medioambiental. Hoy nuestros cuerpos viven en contacto con un número desconocido y sin precedentes de sustancias químicas cuya existencia no tiene más de 40 años. Cosméticos, alimentación, vestido, abonos, materiales de las que están hechas las cosas con las que convivimos… El compromiso, que incluye el acuerdo de actores muy distintos (movimientos sociales, organizaciones ecologistas, lobbys petroquímicos, instituciones europeas, intereses estatales), nos enfrenta a EEUU y es muy cuestionado en el resto del mundo. Se llega a acusar a Europa de estar secuestrada por ludditas y tecnófobos. Aquí los intereses contradictorios vuelven utópico pensar en un ágora donde todos libremente intercambiamos impresiones y tomamos acuerdos.

Segundo ejemplo: el Panel Intergubernamental del Cambio Climático. Tres grandes comités: uno que anticipa escenarios de futuro, otro que mide los datos que tenemos sobre el cambio para saber cómo puede evolucionar, apoyándose en 19 modelos simulados de cambio climático independientes, y el último que analiza cuáles podían ser las consecuencias de lo que está ocurriendo. Han participado 40.000 científicos, muchos de ellos pertenecientes a organizaciones ciudadanas o medioambientales. El acuerdo final ha sido redactado por 600 autores pertenecientes a 40 países y votado por 113 estados entre los que EEUU tiene el mismo peso que Luxemburgo. Por supuesto, los países localizados en islas del Pacífico dicen que hay que actuar ya, mientras que EEUU opinó que no había motivo para precipitarse. Pero el acuerdo ha sido aprobado por el G-7, el G-20, la OCDE, ONU, etc. Se trata de un documento consensuado, no impuesto. Ciencia por consenso. ¿Ciencia por consenso? ¿No es una perversión hablar de consensos en ciencia? O es ciencia o es consenso, dirán algunos. Pues no: ciencia por consenso. O sea que mi respuesta a la pregunta inicial es sí y no.

¿Cómo puede (auto)organizarse ese tercer sector?

Empezando por tomar conciencia de que somos un actor político, de que representamos el 7% del PIB mundial y en algunos países como Holanda hasta el 14%. Entre ONGs, movimientos pacifistas, ecologistas o anti-nucleares, movimientos vecinales, comunidades de afectados, agrupaciones ciudadanas… Este tercer sector está pagado con fondos públicos en un 45% y el 55% es trabajo voluntario, economía del don. Somos ya un actor histórico. Hay que lo denomina la segunda gran superpotencia. Tenemos que defender los derechos asociados a nuestra producción de conocimiento de calidad. Exigir un fondo nacional para el despliegue de la ciencia ciudadana porque hay muchos asuntos por los que los científicos no se interesan. Muchos problemas que no se traducen en “papers”: la electronsensbilidad es un ejemplo, como cualquier problema que no puede alcanzar la condición de ciencia puntera, esa a la que se dirigen la inmensa mayoría de los fondos destinados a investigación. Si la gente que vive cerca de una fuente de radiación o de ruído quiere hacer valer sus puntos de vista, para ser escuchada tendrá que traducir sus inquietudes a hechos contrastados, necesitará movilizar datos objetivos para no ser ninguneada por los aparatos tecnocráticos de las multinacionales o por la indolencia de los jueces. Tendrán que aliarse con científicos o fundar sus propios laboratorios, como ya hicieron los sindicatos para poder abordar los problemas de salud laboral. . No es ciencia de punta, no tiene un gran reconocimiento mediático. Y es verdad que estamos hablando de colectivos y problemas muy heterpogéneos y es verdad también que hay tensiones al interior de eso que llamo tercer sector. Es verdad que hay recelos y desconfianzas entre sus integrantes, pero también es verdad que hay muchas coincidencias. Sin renunciar a la heterogeneidad de las experiencias y los contextos locales o singulares donde el saber extrae su energía al mezclarse con las distintas formas de vida, se puede apostar por otro modelo de economía política para el tercer sector.

¿Y cómo imaginas las relaciones entre el primer sector (público-estatal) y este tercero?

Las relaciones van ser muy tensas. Habrá convergencias y divergencias, cooperación y conflicto. Y lo mismo pasará con el sector del conocimiento privado, porque el segundo sector también produce conocimiento desde muy antiguo. La máquina de vapor fue el resultado de una iniciativa privada que cambió el modelo de producción industrial. O pensemos en la industria editorial durante los siglos XIX y XX, un ámbito productivo que se ganó un enorme prestigio entre las gentes vinculadas al mundo de la cultura. Muchos editores gozan de un prestigio extraordinario por su contribución al ensanchamiento del campo de las libertades. Las relaciones entre el sector público y el privado son necesarimante tensas, salvo cuando el estado hace dejación de sus responsabilidades y se entrega al capricho de los empresarios o, peor aún, cuando sucumbe a tentaciones autoritarias y se dedica a prácticar la censura y la exclusión. La llegada del tercer sector no va a mejorar las cosas. Seguirá habiendo tensiones, pero ganaremos en pluralidad.

El Estado puede regular el procomún, sin ser su propietario: por ejemplo, la gestión del sistema de donación de órganos en España. Primer sector y tercer sector convergen ahí. Puedo imaginarme perfectamete un espacio europeo de donación de órganos y de transplantes que superen las barreras estatales. Puede haber colaboración, pero también conflicto. Internet, ñor ejemplo, es todavía un procomún, pero los estados quieren influir demasiado en su gobierno y garantizarse el derecho a censurar la libre circulación de bits.Espero que no lo consigan nunca. Una vez hablando con una alta autoridad española que se mostraba interesada en la idea de organizar un laboratorio del procomún, es decir, una institución que experimentase y protegiese a la vez con los bienes comunes, le pregunté para calibrar el alcance de su interés: “¿aceptaríais que os llevásemos la contraria? Porque allí, en el laboratorio del procomún, vamos a producir otro tipo de evidencias, a hacer experimentos de otro tipo, a buscar distintos de hechos y producir otras pruebas, y es importante saber si al día siguiente de contradeciros, tres días después de inagurarlo, nos vais a acusar de ser anti-científicos y charlatanes, pues empezamos mal. Por lo menos durante tres años necesitaríamos que nos dejarais crecer en paz”. Y me respondió: “ah, no, si vais a enfrentaros al gobierno, eso no tiene porvenir”.

Pero nosotros tenemos que defender el derecho a saber. Decía el otro día la ministra de Defensa que en el caso de la nueva gripe en el cuartel se habían enfrentado a dos virus: el virus A y el virus del pánico. El Estado se ha atribuido el derecho a administrar la información, a decirnos cuándo, quién y dónde va a comunicarnos lo que quieren comunicarnos. Por el contrario, tendríamos que afirmar: “no queremos ningún paternalismo, usted dígame lo que hay y ya pensaré yo que hacer con mi miedo, si necesito un psiquiatra, una ministra, un blog o una botella de rioja”.

 

 

 

 

 

 


comments powered by Disqus