Resistencia no violenta en Palestina

29 Ago 2011
Compartir: facebook twitter meneame
Etiquetas:
Comentarios

Entrevista con Ali Abu Awwad, por Amador Fernández-Savater y Juan Gutiérrez. Realizada en el marco de los encuentros “Paz en positivo: un reto posible” (8 de junio de 2010, Bilbao).

Ali Abu Awwad, en la coordinación del Día Mundial de la Paz y el Día de la Resistencia Social en Nabi Saleh

–Ali, preséntanos brevemente tu historia.

Me llamo Ali Abu Awwad y provengo de una familia de refugiados del 48. Se trata de una familia muy política, mi madre estuvo en la cárcel durante muchos años. Yo seguí pronto sus pasos y me impliqué también en la resistencia contra la ocupación israelí. Fui arrestado en la primera Intifada y pasé cuatro años en la cárcel. En el año 2000, un colono israelí me hirió gravemente. Mientras me daban tratamiento médico en Arabia Saudí me enteré de la muerte de mi hermano Yousef, detenido y disparado a quemarropa por un soldado israelí en un puesto de control.

Lo peor en mi país es que el dolor infligido no se acaba con el asesinato, sino que continua en mil detalles de la vida diaria bajo la ocupación israelí. Muchas veces el dolor y la desesperación te dejan sin elección alguna, pero al final del día yo puedo decir que quien mató a mi hermano no me pudo arrebatar mi humanidad, ni hacerse con el control de mi mente. Mi madre fue la primera persona de la familia que ingresó en el Círculo de Padres, luego lo hice yo. El Círculo de Padres es una organización que reúne a más de seiscientas familias israelíes y palestinas que transforman el dolor por la pérdida de un ser querido en acciones por la reconciliación. En la actualidad soy responsable de proyectos de la organización. Tras un proceso muy largo y muy duro, ahora creo que el diálogo es el camino para llegar a la verdad y la paz… pero no cualquier tipo de diálogo.

–¿Qué quieres decir?

Desde hace ocho o nueve años, vivo en mi maleta. He estado en muchísimos lugares del mundo. He oído a los políticos hablando de paz y diálogo en Naciones Unidas o en la Casa de los Lores. Tienen la palabra fácil. Para mí, por el contrario, el diálogo pasa en primer lugar por sentarse en una silla más incómoda desde la que ver el mundo. Se trata de quedarse en ella y probar lo que está probando el otro, no para sentir compasión por él, sino simplemente para entender lo que necesita en su vida para vivir, para crecer, para pensar, para comportarse como un ser humano.

–¿Y en qué tipo de silla hay que sentarse para entender lo que pasa en Palestina?

Hay que preguntarse algunas cosas: ¿qué sientes cuando tienes diez años y visitas a tu madre en la cárcel, pero no puedes abrazarla? ¿Qué significa crecer como un refugiado? ¿Qué sientes cuando peleas con piedras contra un enemigo poderosamente armado? ¿Qué sentí cuando me dijeron durante el proceso de interrogatorio y torturas al que fui sometido que le habían cortado totalmente el pelo a mi madre, que la habían afeitado porque tenía una especie de enfermedad? ¿Qué sientes cuando durante toda tu vida la gente espera que seas un héroe, cuando se espera que seas un líder con tan sólo 17 años? Son algunas preguntas extraídas de mi propia historia, pero mi historia es perfectamente común en Palestina. Cuando nos sentamos en una de esas sillas incómodas, entonces el diálogo puede tener resultados porque se vuelve inmediatamente un diálogo práctico.

–Me gustaría entender qué experiencias y reflexiones te han llevado hasta el Círculo de Padres y, en general, a tus posiciones actuales.

Ese proceso tiene muchos momentos. Por ejemplo, el primer contacto con la resistencia no violenta fue cuando estaba en la cárcel, tras la primera Intifada. Yo estaba en la comisión que lideraba entonces un grupo de cinco mil presos políticos palestinos. Decidimos hacer una huelga de hambre sólo a base de agua y sal que duró diecisiete días. Lo único que pedíamos eran mejores condiciones, ni siquiera nuestra libertad. Y lo conseguimos. Aquella prueba de la fuerza de la resistencia no violenta me marcó profundamente.

Otro episodio muy importante de mi proceso ocurrió también por entonces. Después de tres años en prisión solicitándolo y protestando, conseguí ver a mi madre que estaba en una cárcel de mujeres. Me llevaron de mi cárcel a la suya. Ella estaba al otro lado del cristal y empezamos a hablar, sin lágrimas. No sé, cuando vives esta vida de algún modo te empiezas a convertir un poco en una máquina, supongo. Pero quienes no podían dejar de llorar eran los dos oficiales de la policía israelí que nos custodiaban. Yo conocía a los israelíes como fuerza ocupante, militares, enemigos, pero nunca había visto a uno llorar. Así que a través de ese gesto pude saborear el gusto de la reconciliación.

Muchas veces tenemos esos conflictos internos, en los que no sabemos muy bien lo que nos pasa. Pero en política siempre hay que estar muy seguro de lo que haces. Las cosas tienen que estar claras y aunque no lo estén, hay que decir que lo están. Aportar humanidad a la política, eso sí que es un trabajo duro. En eso estamos.

–¿Cómo viviste los Acuerdos de Oslo?

Mi familia y yo esperábamos algo importante de aquel proceso. Esperábamos nada más y nada menos que cambiar nuestra identidad: pasar de ser revolucionarios a ser ciudadanos de un Estado propio. Personalmente, anhelaba salir de la cárcel, volver a mi casa en Cisjordania y vivir con normalidad, vivir una vida que integrase los valores de la paz. Pero cuando me liberaron junto a otros cuatro mil presos políticos palestinos, me obligaron a vivir en Jericó durante dos años más, sin poder volver a casa. El Acuerdo de Paz se empezó a caer para mí. Y aprendí algo importante, que tuvo posteriormente mucho que ver con mi decisión de ingresar en el Círculo: una cosa es un acuerdo de paz y otra distinta la construcción de paz. Aquel Acuerdo de Paz era sobre todo paz frente a los medios, paz sólo en el papel, sin construcción de paz.

–¿Qué hiciste al volver a casa?

No podía conectarme con la situación. Me preguntaba todo el tiempo: ¿voy a seguir siendo un revolucionario, un luchador? Pero durante el periodo del Acuerdo pude comprobar el significado y el valor de la ausencia de violencia, tenía esperanzas en que algo podía cambiar en mi vida. Así que decidí implicarme más directamente en el proceso de paz y me convertí en un oficial de la seguridad palestina. Pero no fue nada fácil. La Autoridad palestina no era una auténtica autoridad, había una autoridad por encima que era la ocupación israelí. En realidad no podíamos controlar prácticamente nada. Los mandos israelíes humillaban a la Autoridad palestina una y otra vez. Y cuando había un atentado suicida se nos planteaban muchas preguntas: ¿de quién es la responsabilidad? ¿De la Autoridad palestina? ¿Del Parlamento o del ejército israelí, de quién? Fue entonces cuando me di cuenta de que si no hay participación, si no incluyes la reconciliación, la empatía, el conocimiento y la comprensión, si no añades todo esto a la solución política de los problemas políticos, el proceso de paz es débil y las esperanzas se pierden muy rápidamente.

En el año 2000 se inició la segunda Intifada, con una impronta claramente militante. Dos meses después fui herido por un colono israelí. Y cuando estaba en Arabia Saudí recibiendo tratamiento médico me comunicaron la muerte de mi hermano en un puesto de control. Un soldado le disparó una bala a setenta centímetros de la cabeza. Yousef tenía 32 años.

–¿Cómo recibiste su muerte?

Lo pasé fatal. Yousef era para mí un hermano, un amigo, un padre, una madre. Siempre se ocupó de mí, solía protegerme. Yo sabía lo que significa perder la fe, perder la razón. Sabía lo que significa perder los sueños, perder la esperanza. Pero no sabía lo que significaba perder a alguien que forma parte de mi vida, de mi existencia. Mi hermano fue asesinado, no porque participase en ninguna actividad política, ni porque fuese un delincuente, sino por ser simplemente un palestino. Por eso le mataron. ¿Acaso ser palestino es un delito, un error?

Yousef valía como todo un planeta, por eso no hay nada que pueda sustituirle. Si Yousef valía como todo un planeta, si valía lo que valen todos los israelíes juntos, ¿cuántos debería asesinar para sentirme mejor? ¿Cuánto odio debe envenenar mi cuerpo y el cuerpo del enemigo para poder aliviar mi dolor? Me encerré en mi mismo, no quise hablar con nadie, simplemente no quería vivir. Hiciese lo que hiciese, nada me lo iba a devolver. Ni la paz, ni la violencia, ni la no violencia, nada. Pero Yousef dejó también un hijo, una hija y a su mujer. Y rehacer el sentido de mi vida consistía en ayudarles en la suya después de la muerte de su padre. Pero en aquel momento, lleno de ira como estaba, no quería ver el otro lado, ni hablar con él.

–¿Y qué pasó entonces?

Pues que el fundador del Círculo, Yitzhak Frankenthal, quiso conocer a mi familia. Se lo comunicó a mi hermano y él se lo dijo a mi madre, que respondió: “bien, le damos la bienvenida”. Yo aluciné. Siempre he visto a muchos israelíes en casa, conocía sus comportamientos, sus rostros, les había puesto etiquetas, pero nunca había visto tan de cerca su dolor, sus lágrimas. Entonces me di cuenta de que si esas personas, que habían pagado el precio más alto al conflicto, eran capaces de venir a mi casa, darme apoyo y empatía, y entender mis derechos y mis razones, entonces cualquiera en Israel podía hacerlo. Y del mismo modo, igual que yo me uní al Círculo de Padres, cualquiera en Palestina puede hacerlo también. Así se inició mi camino en el Círculo de Padres, hasta aquí una fase de mi historia.

–¿Qué significa para ti la reconciliación?

En primer lugar, creo que la reconciliación es un gran desafío personal. Porque luchar contra el enemigo es una respuesta fácil, pero es mucho más difícil luchar contra ti mismo. Resistir al sentimiento de venganza, al deseo de arrojar el veneno que te han metido en el cuerpo contra otro cuerpo, eso es muy duro. Reconciliarse supone reconectar con la vida después del crimen. Ser capaz de abrir de nuevo los ojos y decir abiertamente que lo que se ha hecho contra ti no te ha hundido.

Pero no es nada fácil dejar de sentirse víctima, ésa es una de las razones por las que continua el conflicto. Ser víctima significa que uno no actúa, sino que reacciona. Uno pierde su capacidad de acción, pierde la estrategia, pierde el control, porque lo único que le controla es el sentimiento de ser víctima. En este conflicto ambas partes se sienten víctimas y eso explica que se perpetúe el comportamiento agresivo. Hay una competición por ver quién es más víctima. Y las víctimas se vuelven a menudo victimarios. Los israelíes tienen la herramienta de la historia, la referencia al Holocausto, para demostrar que son víctimas. Y los palestinos pueden enarbolar mil elementos de su vida diaria: los puestos de control, el muro, los asentamientos, etc.

Yo también me sentía una víctima y esperaba respuestas exteriores. Todo dependía de los demás: las soluciones, los juicios, los castigos, etc. Pero hubo un momento decisivo en que empecé a buscar respuestas por mi mismo y en mi mismo. Entonces dejé de sentirme una víctima. Ese proceso pasó a través del conocimiento, cuando desde el otro lado se dio un paso. No sé si hay claves para la reconciliación. Ni siquiera sé muy bien qué me sucedió a mí cuando decidí cambiar hacia la reconciliación. No sé qué me pasó, pero sí sé lo que quiero. La pregunta clave es: ¿para qué quiero reconciliarme?

–¿Y cuál es tu respuesta a esa pregunta?

Para mí, la reconciliación es una herramienta para alcanzar la paz en una situación de conflicto. Podemos firmar un acuerdo de paz entre dos Estados o dos naciones. Pero la reconciliación significa defender con uñas y dientes ese acuerdo, y normalizar las relaciones con el otro. Mediante la reconciliación, la existencia de uno se convierte en la existencia del otro, ambas se conectan. Por eso creo en la reconciliación durante el conflicto. Y después de alcanzar la paz, la reconciliación debería convertirse en un objetivo, ya no sólo en una herramienta. El objetivo de ser buenos vecinos, en una situación en la que existen relaciones normales entre vecinos normales.

Si las personas no nos reconciliamos no es porque no queramos la paz, ni porque queramos quedarnos atrincherados en un sentimiento de víctima que nunca es agradable. No nos reconciliamos porque no sabemos cómo hacerlo, no sabemos cómo enterrar nuestro sufrimiento y nuestra ira, no sabemos cómo volver a vivir cuando el crimen contra ti es continuo, cómo dar una cara humana al enemigo que nos deshumaniza día a día. Pero mientras no lo hagamos no hay solución, estaremos paralizados. No estamos hablando de querernos más los unos a los otros ni de cosas espirituales por el estilo, sino de algo muy práctico que podría servir también a un nivel político. Lograr la reconciliación mientras el conflicto está todavía en marcha no es fácil. Pero igual que este conflicto es complicado, la solución será complicada.

El soldado que mató a mi hermano quería que yo pagara con mi mente, que perdiera la cabeza. Esa es la ocupación real. Porque si yo no pudiera controlar mi comportamiento respondería con violencia y eso serviría a sus políticos, por eso la reconciliación es tan valiosa.

–¿Qué relación tiene la reconciliación con la política?

Para mí, la reconciliación no sólo es un trayecto personal entre dos personas, sino también entre dos naciones. No es una solución personal por la cual yo me sienta mejor conmigo mismo. No es un tratamiento psicológico, sino el tratamiento político de problemas que son políticos. Por ejemplo, el asesinato de mi hermano fue un comportamiento político. Si yo participo en el Círculo de Padres, si me siento con alumnos israelíes para mostrarles mi experiencia, es porque creo que todo ello puede contribuir a una mayor libertad para los palestinos. Por ese motivo, en mi idea de la reconciliación, la visión política es un elemento muy importante.

–¿Cuál sería esa visión política?

Mi visión como palestino es tener un Estado para los palestinos. Esa es mi visión. Mi objetivo es acabar con la ocupación israelí, lo cual traerá automáticamente seguridad para Israel. Mi objetivo es tener un Estado palestino, lo cual traerá automáticamente el reconocimiento de Israel como Estado. La reconciliación durante el conflicto no funcionará sin una visión política. Porque cuando existe esa visión, cuando la tengo clara en mi mente, puedo defender públicamente mi comportamiento y mis declaraciones de reconciliación. La reconciliación necesita una visión política y también una estrategia, es decir, una estructura de base que la sostenga. Porque cuando tu comportamiento forma parte de una estructura y de una estrategia, entonces la gente, otras víctimas, pueden formar parte del proceso y unirse a él. Ya no es algo personal, se convierte en un comportamiento público, colectivo.

–¿Esa visión política es la de los políticos?

No, todo lo contrario. Uno de nuestros mayores problemas es que los políticos no tienen estrategia para la paz en Oriente medio. Por eso de ellos sólo salen riñas y la construcción de paz viene por otros lados. No estoy nada seguro de que los políticos se acerquen a la mesa de negociaciones con una mente limpia y buenos argumentos sobre cómo resolver los problemas. De ahí que enseguida empiecen las competiciones políticas sobre quién va a ganar más. Pero no hay un lado ganador en la negociación de la paz. Deben ganar los dos lados. Tampoco la Comunidad Internacional tiene una estrategia para la paz en Oriente medio. De hecho, hay iniciativas donde se instrumentaliza claramente nuestra sangre como si fuera un material. Pero la sangre de los niños israelíes y palestinos es mucho más sagrada que las necesidades políticas de quien sea. Nuestra sangre no está en venta.

–Dices que un gran problema para la reconciliación es que no sabemos qué hacer con el sufrimiento y la ira, dónde poner la energía del odio. ¿Qué piensas al respecto?

Lo que lleva a las personas hacia la violencia no es el odio. Eso es lo que yo he experimentado. Nuestro comportamiento normal no es el odio. Pero cuando vives bajo el sufrimiento, se te empuja hacia la ira. La ira es el lenguaje del sufrimiento, no del odio. Es importante saberlo. Se puede crear un lugar donde darle otro uso a la ira. Esa es una de las claves de mi apuesta por la resistencia no violenta. La resistencia no violenta es el medio a través del cual canalizar eficazmente la ira, y esa ira bien canalizada nos lleva al éxito. ¿Queremos tener razón o también tener éxito, ser eficaces? Es una pregunta clave. ¿Quieres que tu ira te conduzca a algún lugar o sólo quieres sentirte bien por responder, por resistir, por vengarte?

La resistencia no violenta es más que una filosofía, es una estructura, un estilo de vida, una identidad política. Cuando hablas de la India, inmediatamente te viene a la cabeza Gandhi o la marcha de la sal. Pero, ¿qué es lo primero que te viene a la cabeza cuando hablas de Gaza? Hamás, la resistencia de Hamás. Un comportamiento se convierte en una identidad política. Pero podemos cambiarla, el movimiento de no violencia que estamos creando podría convertirse en el nuevo rostro de la nación.

–¿Qué haría falta para ese cambio?

Hace poco me reuní con gente que vive en la zona de Jenin en la franja de Gaza. Me senté con sesenta guerrilleros que estaban allí con sus armas. Hablamos del proceso de construcción de paz. Llevamos más de sesenta años luchando, pero ¿cuál es el resultado de esa lucha? Más muros, más asentamientos, más puestos de control. Expliqué porqué la resistencia no violenta podría ser un camino más eficaz hacia la paz. Después de cuatro horas de conversación, los guerrilleros me dijeron muy claramente que años antes habían firmado un acuerdo para dejar las armas, pero que no funcionó porque no hubo ningún tipo de cambio en su vida cotidiana. El problema principal para Israel es la seguridad: si no sufren ataques, los israelíes viven en paz. Pero no es lo mismo para los palestinos: un alto el fuego de Israel no es una solución para Palestina. Porque la ocupación sigue en marcha, con sus muros, sus puestos de control, sus asentamientos. En los últimos años se ha llegado muchas veces a un acuerdo en la franja de Gaza, pero ¿cuál es el resultado? Que no hay cambios a nivel práctico, así que mañana cuando aflore de nuevo el sentimiento de desesperación el alto el fuego se romperá. Para convencer a personas que viven bajo una ocupación de no responder a cualquier ataque con la violencia hay que mostrar un camino activo, práctico y eficaz.

–¿Cuál es la fuerza de la no violencia?

La resistencia no violenta no ataca físicamente, pero sí se enfrenta a aspectos militares: armas, ejércitos, tanques. Sin embargo, su arma no es física ni material, sino moral. Es la propia humanidad. Es un derecho que se ejerce y se lleva a la práctica. Si llevo a la práctica el derecho a la independencia de Palestina por la vía militar seré derrotado. Porque perderemos cualquier batalla con Israel, así es la cosa nos guste o no. Y además no cualquier tipo de revolución logra la libertad. En el conflicto armado nosotros los palestinos salimos perdedores en todos los planos. Por su lado, la resistencia no violenta también es una estrategia de lucha. Y hablo de lucha porque esto es una batalla. Por ejemplo, te pones enfrente de una apisonadora que viene a dañar y destruir tu casa. Uno está ahí desnudo, sólo con su cuerpo. Pero no estás desnudo de creencias y de moral. Hay que tener un nivel muy alto de creencias para desarrollar este tipo de comportamiento. Israel tiene un gran problema con la resistencia palestina no violenta. Los soldados israelíes son cada vez más violentos contra los activistas no violentos. Quieren que nosotros respondamos con violencia. Pero yo sé que si no lo hago los desarticulo. Mediante la resistencia no violenta hacemos que no funcione el sistema que hay frente a nosotros. Para explicar mejor en qué consiste la no violencia, yo siempre cuento una historia.

–Adelante con ella.

Un amigo y yo pasamos un día en coche por un puesto de control. Allí, un soldado israelí muy agresivo se nos acercó sonriendo. Yo le pregunté: “¿qué tal es la vida en este puesto de control?” Ese día llovía y hacía mucho frío. “Me parece que tiene que ser terrible estar en este puesto de control”, continué. Él sonrió un poco más y me dijo: “¿Por qué lo iba a ser? Aquí mando yo”. Yo le respondí: “porque está sufriendo, lo sé”. Él se enfadó muchísimo: “no, te equivocas, eres tú quien sufres”. Y yo le contesté muy tranquilo: “no, yo estoy en un coche, calentito, con un amigo. Usted está bajo la lluvia, viene a mí con su arma y está orgulloso de provocar mi sufrimiento. Pero aquí el débil es usted. Yo voy a pasar este puesto de control y usted se quedará aquí todo el día”. Aquel soldado se asustó mucho cuando le mostré que no me podía convertir en una víctima, cuando le mostré la debilidad del poder que sólo proviene de tener un arma. Entonces empezó a hablarme de otra manera. Me contó que había nacido en un asentamiento, que su familia pertenecía a la extrema derecha religiosa y que nunca había hablado con un palestino de igual a igual.

¿Quién controlaba ahí la situación, quién tenía la autoridad real? No era él desde luego. Es sólo un ejemplo, una historia. Pero muestra muy bien cómo el comportamiento no violento requiere muchísima fuerza, en primer lugar la de controlar la ira. Si yo soy la persona que está sufriendo una ocupación militar, es él quien está en una posición equivocada e injusta, no yo. Es entonces cuando debemos preguntarnos si sólo queremos tener razón o también ser eficaces. Porque a través de estos actos de humanidad, dejas a la otra parte sin opción. La otra parte piensa: “coge un arma y sabré cómo tratarte”. Pero mientras no cojas un arma, no saben cómo tratarte. En la guerra física puedes pelear, pero cuando pones tu humanidad como arma frente al enemigo despiertas al ser humano que hay en él, porque todo lo que tiene delante suyo es otro ser humano. Al final yo no tenía frente a mí la imagen de un enemigo armado y agresivo, sino la de un ser humano con su historia. Si este comportamiento se convierte en un comportamiento masivo, y esa resistencia no violenta se está desarrollando ahora mismo en la franja de Gaza como un comportamiento público y nacional, seguro que la solución llegará muy pronto.

–¿Por qué razones piensas que la resistencia no violenta puede ser tan eficaz?

Porque les quita a los israelíes la excusa de la seguridad. La seguridad israelí se ha convertido en el mayor enemigo de los palestinos. ¿Por qué? Porque se basa en la ocupación: no es la defensa legal de una nación, sino un sistema en el que los niños palestinos necesitan cuatro horas para llegar al colegio por la mañana, una situación en la que las mujeres embarazadas mueren en los puestos de control. Eso no es seguridad, el muro no es un mecanismo para la seguridad. En primer lugar, es la representación psicológica del miedo israelí, un miedo muy vinculado a su pasado histórico. Esa es la verdad. Si las estructuras militares de la ocupación israelí no funcionan podríamos encontrar otra solución. Pero mientras exista un suicida esa estructura seguirá siendo poderosa, porque ahí encuentra justificación para seguir armándose. Por eso yo me siento devastado cuando hay acciones de violencia armada. La lucha contra los “islamistas radicales” es la mejor excusa frente a la Comunidad Internacional. Y de ese modo nadie presta atención al derecho legítimo a resistir de una nación ocupada que vive una situación de injusticia. La resistencia no violenta les arrebata esa excusa. Lo que necesitamos es una estructura que sirva a la libertad y a la seguridad a la vez. Hamás tiene una estructura, la ocupación tiene una estructura, Avigdor Lieberman tiene una estructura. Pero la ocupación no sirve a la seguridad y la violencia no sirve a la libertad. Por eso el 95% de los palestinos no participan en la resistencia violenta, a pesar de vivir bajo una ocupación militar (sin embargo, ¡se nos sigue considerando terroristas!). Necesitamos una estructura para la paz, una estructura para la humanidad de la resistencia no violenta. La resistencia no violenta no significa que yo abandone el derecho a resistir la ocupación, sino el rechazo a matar para ello. El asesinato de otro ser humano debería considerarse un crimen y un delito. Si dos naciones pueden llegar a esta conclusión sin dar más excusas a las matanzas, podríamos reconciliarnos y quizá perdonarnos.

–¿Cuáles son a tu juicio los logros y las aportaciones más importantes del Círculo de Padres?

El mayor regalo que puede hacer el Círculo es mostrar que aquellos que pagaron el precio más alto al conflicto pueden sentarse y conversar. Si ellos pueden hacerlo, entonces cualquiera puede. Ese es el logro más grande para mí, porque desafía la reproducción del conflicto. Lograr una solución política a través del Círculo no es nuestra tarea. Nuestra tarea es más bien traer mayor entendimiento entre los pueblos, lo cual puede contribuir por añadidura al proceso de negociación y búsqueda de una solución política. Es difícil ser humano cuando vives en una jungla. Para mí, ser humano no es sentir compasión por otros o ser amable con los otros. Ser humano significa ser capaz de entender qué necesitan los otros para vivir como seres humanos, apoyarlo y así ser parte de su existencia como seres humanos. Cuando nos conocemos unos a otros, cuando uno conoce las necesidades de vida que tiene el otro y se siente implicado en ellas, entonces te conviertes en parte de la solución de los problemas. En el Círculo hemos forjado tal confianza que yo dejaría tranquilamente que Aaron (Barnea), siendo israelí, me representase. Es decir, pondría en sus manos la sangre de mi hermano, la historia de mi familia y la identidad política de mi existencia sin dudarlo. Esa confianza es otro logro importante del Círculo.

También me gustaría señalar los logros internacionales del Círculo, que consisten en llevar por todo el mundo el siguiente mensaje: no nos usen más, dejen ser ser pro- esto o pro- lo otro y sean pro-solución. Si quieren apoyar a Israel, háganlo de modo que abandone lo antes posible los territorios ocupados. Si quieren apoyar a Palestina, apoyen la resistencia no violenta y la transformación de las condiciones de vida cotidianas de los palestinos. Aquí nadie va a desaparecer, la única solución es que todos aprendamos a convivir en la misma tierra. Para ello, yo quiero que haya dos Estados y que un grupo de locos no gestionen mi vida. Deseo que Israel tenga fronteras políticas para reconocerlas. Deseo la situación en la que todo el mundo se de cuenta de que las armas no son la respuesta. No sé porqué no podemos compartir la vida en esta tierra y nos empeñamos en compartir la muerte, una vez que están enterrados nuestros muertos. Lo único que necesito es mi libertad, no quiero lanzar a personas al mar ni nada parecido.

Por eso nuestro mensaje, nuestra voz conjunta se alza, como la voz de gente considerada en general como víctimas, para decir que no somos material que pueda servir a la iniciativa política de nadie, que escogemos vivir, que escogemos tener paz y que escogemos llegar a una solución. Y si al final la separación es la solución yo formaré parte de ella. Si el muro tiene el acuerdo de ambos lados, apoyaré el muro. Si la gente opta por el divorcio, pues nos divorciamos. Porque así quizá podamos luego volver a casarnos, pero no ya en este tipo de matrimonio. No en el que tenemos ahora.

–¿Eres todavía capaz de imaginar un futuro de paz?

Nunca me hubiera imaginado a Arafat y a Rabin estrechándose la mano pero sucedió. Nunca hubiera imaginado que ciento cuarenta familias palestinas e israelíes fuesen juntas al Museo del Holocausto y al día siguiente a visitar un pueblo árabe en Palestina, pero así lo hizo Círculo de Padres. Nunca me hubiera imaginado hablando junto a Aaron de un futuro de paz, ni mencionando la palabra ocupación en un colegio israelí. Nunca hubiera imaginado que Hamás dijese que están preparados para reconocer la iniciativa de los países árabes y pedirles que busquen un alto el fuego. Las cosas se están moviendo. Es un proceso a la vez emocional y político, personal y político. No podemos resolver todo. Los problemas no desaparecerán, tampoco tras la reconciliación. Siempre habrá conflictos, distintas identidades, distintas ideologías, pero ¿son conflictos donde la gente muere o donde simplemente discuten y no se gustan los unos a los otros? No hace falta que nos adoremos, sino que no nos matemos. Esa es la situación que quiero ver entre israelíes y palestinos: que incluso las discusiones y los conflictos incorporen valores no violentos.

* Esta entrevista apareció en el número 35 de la revista Hermes (noviembre, 2010). La negrita es mía.

La entrevista traducida al italiano

La página web del Círculo de Padres

Más sobre el Círculo de Padres en ‘Fuera de Lugar’:

entrevista con Aaron Barnea

entrevista con Mazen Faraj


comments powered by Disqus