Mi contribución al número extraordinario en papel de MásPúblico, editado de manera autogestionada por los propios ex trabajadores, que se distribuirá de forma gratuita este fin de semana con motivo del primer aniversario del 15-M.
Según el filósofo Alain Badiou, el amor es del orden del acontecimiento: una ruptura en la normalidad que propone una nueva manera de estar en el mundo. Es un regalo maravilloso, pero también inquietante. Porque no sabemos muy bien de qué se trata, qué nos pasa, adónde nos lleva. Es necesaria en primer lugar una apertura: dejarlo entrar. No es fácil. No podemos escoger del otro lo que nos encaja y abandonar el resto. Es todo o nada. Se pone en cuestión nuestro yo soberano: calculador, egoísta, autosuficiente. Sin generosidad y confianza no hay amor.
Pero el hecho de que el amor nos elija a nosotros, y no nosotros al amor, no significa pasividad. Somos arrebatados en las circunstancias más inesperadas (“love is an accident”), pero la recepción es una posición activa. Implica una invención. El éxtasis del encuentro no basta, no se trata de fusión. Hay que construir una relación en el elemento de la diferencia (ya no de la identidad). Es lo que Badiou llama “fidelidad”, un proceso puntuado por algunas pruebas (el sexo, los hijos, la casa, las vacaciones, etc.) que nos exigen actualizar el amor una y otra vez: volver a declararlo.
El 15-M nos hicimos entre todos un regalo parecido: la posibilidad de reinventar nuestro modo de ser y estar en el mundo. Maravillosa y también inquietante, porque nos requería cantidades desacostumbradas de generosidad con la diferencia y confianza en el otro desconocido. Las plazas eran lugares demasiado incomprensibles, demasiado extraños, ¿dónde están los líderes, los intelectuales, el programa, la organización? Hubo gente que se marchó disgustada porque había mucho de esto y poco de aquello. Como si pudiésemos diseñar los acontecimientos a nuestro gusto, con final feliz asegurado.
Ahora nos queda lo más difícil: construir una relación. Un proceso de fidelidad. Badiou explica que la fidelidad tiene dos enemigos fundamentales: renuncia y repetición. Volver a lo fácil: líderes que nos dirijan, intelectuales que nos piensen, organizaciones que nos organicen, programas que nos programen. Y volver a lo mismo: repetir sin más los gestos y las palabras de la primera vez.
Fidelidad no es seguir o continuar, sino más bien recrear, reinventar, traducir. Incluso traicionando las antiguas formas: “traductor, traidor”. Aceptar las pruebas de la realidad y actualizar una y otra vez el espíritu de las plazas: activación de la gente cualquiera (no sólo los especialistas de la política) para hacerse cargo en común de lo común (no sólo pedir o demandar) produciendo nueva realidad (no sólo criticando la que hay). Volver a declararnos.
pues no sé si lo que puedo contarte sobre el día de huelga tiene algún valor o te puede servir de algo. Lo viví todo con absoluta indiferencia, no conseguí salir en ningún momento de esa sensación.
Tampoco voy a cometer el típico error de teórico de creer que mis sensaciones son el termómetro del mundo, pero lo cierto es que no puedo descartarlas sin más. ¿Desde dónde podría pensar entonces?
Los amigos anduvimos bastante despistados y no dimos con los lugares interesantes, luego nos contaron que hubo momentos intensos en la mani que empezó en Legazpi y varios otros. La gente está muy contenta en general, pero yo no conseguí conectar con la situación.
No sé, igual ponemos atención en algo cuando no lo entendemos bien y nos plantea un problema, pero ayer todo el repertorio de lenguajes y gestos me sonaba ya-visto (aunque desde luego era masivo y circulaba energía, sin duda más que en la huelga de 2010). A mi -y más después del 15-M- me dejan frío las plastic flags, detesto los bloques identitarios, la retórica de la clase obrera me suena a hueco, no me va la división del mundo en huelguistas y esquiroles… Como ves, tengo problemas con el dispositivo “huelga general”
Huelguistas y esquiroles. Claro que hay momentos en los que el mundo se corta en dos y hay que elegir dónde se está. Atreverse a polarizar cuando llega el momento, eso es irrenunciable. Pero también pienso en mi vida y la veo más como una mezcla cotidiana de piquetero y esquirol, algo menos heroico, más ambiguo y contradictorio, gestos que reproducen la realidad y algún otro que lo cuestiona, y entonces me pregunto si nuestras polarizaciones públicas no deberían tal vez acompañarse de algún movimiento de apertura hacia el otro -que sería como una invitación íntima al diálogo con esa otra parte de uno mismo.
Creo que vivimos en un mundo común y ni los peregrinos de las JMJ ni los votantes del PP van a desaparecer como resultado de no sé qué lucha final. ¿Cómo convivir? Vamos, lo que te quiero decir es que no me sale insultar a nadie ni obligar a ninguna tienda de abanicos a cerrar, la verdad. Y seguramente por eso aprecio tanto el espíritu 15-M que desafía a los poderes, polariza y dice NO a lo que no queremos en nuestras vidas sin montar ninguna trinchera, sino abriendo un espacio de diálogo e invitación al 99%. Pero igual ahora vienen otros tiempos…
Un amigo se me acercó ayer y me dijo: “los modos de hacer 15-M han perdido la iniciativa, a partir de ahora la vieja política pondrá el escenario y en todo caso nosotros encontraremos intersticios por donde colarnos”. Otro amigo nos regañó muy sabiamente: “vais paseando por aquí sin enteraros absolutamente de nada y ya estáis haciendo diagnósticos definitivos sobre el giro radical de la situación y tal y cual”. Y tiene toda la razón, pero como es el único juego al que sabe uno jugar… Bueno, prudencia, vamos a esperar, escuchar, ver… A ti te cuento todo lo que me pasó por la cabeza porque sé que lo vas a saber leer como las impresiones de un momento, sólo fragmentos para seguir pensando.
Pero ya sabes lo que creo: las “radicalizaciones” suelen ser de lo menos radical que hay. Todo se vuelve muy obvio, los bandos están claros, el mundo se ordena demasiado. Me gusta pensar más en una radicalidad que pase por hacerse preguntas de fondo sobre la vida que llevamos, por desordenar(nos) y problematizar(nos), no sólo confrontar, por elaborar esas preguntas de forma compartida y colectiva, en torno a experimentaciones prácticas, por extenderlas a todo el mundo. Lo que tenemos que parar es el sentido de nuestra vida y no tanto las tiendas de abanicos. Y la verdad no sé qué preguntas me hace esta huelga sobre el trabajo, el dinero, la riqueza, etc.
¿Igual es que el clima 15-M anda un poco desorientado y nos agarramos a fórmulas más hechas y contundentes (en lo retórico, claro, porque en la práctica son pura impotencia) como si ellas sí que nos fuesen a “llevar a algún sitio y dar resultados”? Podría ser, es bien difícil sostener el desgarro entre el tiempo acelerado de destrucción de todo del capitalismo y nuestro “vamos lentos porque vamos lejos”, no? Pero mi idea es que si el 15-M irrumpió con tanta fuerza no fue gracias a los movimientos sociales preexistentes, sino precisamente a su debilidad. Otras maneras de hacer se abrieron paso porque las que había mostraban sus límites y no saturaban todo el espacio. ¿No tendríamos que volver a hacer un poco de vacío para dejar paso? No sé, ahora me parece difícil…
No reenvíes este mail, o sólo a amigos de confianza, no pongo la mano en el fuego por nada de lo que te digo , quiero hablar con más amigos a ver cómo lo vivieron, también en Barna, ya te cuento, seguimos!
Un par de mails recibidos a propósito del mail publicado:
Hola, solo comentarte, a raíz de tus reflexiones en Publico sobre la huelga general, un dato a mi entender significativo: la notable escasez de cartelitos caseros, hechos por cada manifestante, tan característicos de las marchas del 15M…. la democracia semiótica ha cedido paso al dirigismo semiótico de toda la vida (unas pocas consignas jaleadas desde los altavoces sindicales, por las pancartas institucionales) la manifa alternativa que salió de Legazpi me sorprendió por su alta concurrencia, pero me deprimió su “mudez” y sabemos que cuando uno se calla otros toman la palabra en su nombre…
saludos pablo pérez
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Qué gracia leer en tu entrada del sábado: “sin montar ninguna trinchera”, porque precisamente el #29M aquí en Santiago se montaron tres barricadas. Tres. Me enteré ya de vuelta, en casa. Vi la foto de una de ellas en el periódico “carca” que tenía la página actualizada -curiosamente el 29 la información actualizada estaba casi únicamente en los medios que se dedicaban a minimizar la huelga y fotografiar las humaredas [contraproducente permitir este monopolio de la información un día de Huelga General, ¿no?]. Me molestó mucho lo de las barricadas. Era tan de mentira todo, parecía casi una instalación y no sólo una desgastada metáfora bélica descontextualizada. Las radicalizaciones son de lo menos radical que hay, sí. No encajaba nada con cómo había discurrido la manifestación, o con lo que yo había visto, en la parte del final, entre familias con niños, chicos jóvenes, pancartas a la vista de la CNT y la CUT dispersas, cantos esporádicos y silbatos. Decías indiferencia… bueno en mi caso no lo fue, pero tengo que reconocer que me dejó muy a medias. Puede que se tratara también de mí, que no estaba muy convencida. Me faltaba una pizca de pasión.
Una entrevista que me hizo Fernando Peirano sobre el 15-M para la revista de cultura Ñ del periódico argentino Clarín, publicada junto a un texto del propio Fernando sobre los “movimientos sociales difusos”. Igual nada muy sorprendente para los que seguís el blog, pero juzgad vosotros mismos.
Amador Fernández-Savater es editor e investigador independiente. Dirigió durante años la revista Archipiélago y ahora impulsa con otros amigos la editorial Acuarela libros. Ha participado en varios movimientos sociales desde mediados de los años 90. Se presenta a sí mismo como “un escriba del 15-M” y lo explica de este modo: “desde el comienzo voy haciendo el trabajo de escuchar y registrar, de traducir algunos pensamientos latentes a concepto, de dar forma y devolver todo el rato”. Uno de los lugares donde se puede leer este trabajo es su blog en el diario Público.
Si entendemos al 15-O como la primera manifestación global de la historia, ¿se podría decir que hay un diálogo posible entre el 15-M, OWS, la Primavera Arabe, el movimiento de estudiantes chilenos, y las manifestaciones que ese día se sumaron en Londres, Tel Aviv, Atenas, Nueva Delhi, México, Moscú y Tokio? ¿En qué medida se puede hablar de la emergencia de un nuevo sujeto político?
La idea de “un nuevo sujeto político” no me parece muy útil para ponernos a la escucha de una conversación entre plazas: Tahrir, Syntagma, Sol o Zucotti. Un texto del Comité Invisible recomienda pensar mejor en una composición musical: “algo que se constituye aquí resuena con la onda de choque que emite algo que se constituyó allí y cada cuerpo vibra según su modo propio”. Aunque no supiéramos muy bien qué ocurría realmente en Egipto, la onda de choque de Plaza Tahrir atravesó las plazas del 15-M con la siguiente idea: la rebelión necesita un lugar, un espacio de encuentro y mezcla entre diferentes, con un mensaje dirigido a todos y a todas, más allá de su clase o ideología: “somos personas, no mercancías en manos de políticos y banqueros”. También entre el 15-M y el movimiento Occupy hubo diálogo. Un campo de resonancias, vibraciones y ondas de choque, no una identidad. Una conversación intermitente, frágil y precaria, no un “nuevo sujeto político”. Me parece que esto es lo que tenemos que escuchar y pensar.
Frente a la irrupción de movimientos sociales difusos como el 15-M o el OWS, que le dicen a sus gobernantes “no nos representan”, los gobiernos no encuentran una respuesta satisfactoria. Hasta ahora sus respuestas se parecen más a la impotencia que a una estrategia, como si su poder de infundir miedo y su capacidad de anularlos mediante la integración ya no fueran efectivas. ¿El Estado está perdiendo el control frente a fuerzas sociales que tienden a deslegitimarlo? ¿Cómo se resuelve esta tensión?
Los poderes operan siempre por de-limitación: ponen nombres, establecen fronteras, asignan identidades, estereotipan la realidad. El objetivo que han perseguido en el caso del 15-M es distinguir entre la gente que protesta y la gente normal, señalando a los indignados como “marginales anti-sistema”, “violentos” o “perroflautas”. Así, se trataba de neutralizar el 15-M como espacio de cualquiera mediante una operación simple: dividir mediante estereotipos impregnados de miedo, marcar una línea clara entre lo normal (que no se mueve y asume la representación) y lo sospechoso (turbio y violento). Pero el 15-M ha inventado mil formas de pinchar los estereotipos, desde el humor que ridiculiza y vacía las imágenes del miedo hasta la invitación constante a cualquiera a acercarse a ver con sus propios ojos la realidad que estábamos construyendo en las plazas, reproponiéndose a sí mismo una y otra vez como espacio de cualquiera. Esa ha sido y es su fuerza.
Lo que hacen los movimientos sociales difusos, ¿es anti-política como dicen algunos críticos o es una crítica de la política con una nueva propuesta de vida y de gobierno como dice Santiago López Petit? En tal caso, ¿dónde se ven insinuadas esas formas de vida y gobierno.
Veo las dos cosas. El 15-M tiene un enorme potencial destituyente. Dos de sus principales consignas son “no nos representan” y “lo llaman democracia y no lo es”. Así abre el tabú por excelencia en España desde hace treinta años: qué democracia tenemos. Es ya una percepción muy extendida que la política de los políticos se limita hoy en día a gestionar las necesidades de la economía global presentada como un “destino”. Que la política no está al servicio de las personas, sino de la lógica de beneficio. El 15-M pone esa cuestión en el centro de todas las ciudades y en el centro de todos los debates públicos. En este sentido podría considerarse un movimiento “anti-político”. Pero aunque nos una el rechazo, somos más que rechazo. Esta es una verdad que intelectuales de la talla de Z. Bauman no ven pero que sin embargo es obvia para cualquiera que pasara por las plazas: a los pocos días no estábamos allí para gritar nuestra indignación contra nadie, sino por la belleza y la potencia de estar juntos, ensayando modos de participación común en las cosas comunes. Por lo tanto, redefiniendo y reinventando lo político.
El contrato social y el estado moderno se fundan sobre la base de una sospecha, donde el hombre se ve a sí mismo como su propia amenaza, ¿cuál es el fundamento de lo que hoy se llama “nuevo contrato social”?
Hay un “contrato social” en crisis, el que ofrecía derechos colectivos (salud, educación, trabajo, etc.) a cambio de un cierto consenso político. En España ese contrato se llamó Cultura de la Transición (que la verdad tuvo más de consenso que de derechos). Pero las necesidades de la economía global exigen recortes, privatizaciones y precariedad. El consenso ya no es la contrapartida de nada. El 15-M lo rompe, deslegitimando radicalmente todas las instancias de representación tradicionales (partidistas o sindicales). La izquierda que aún reivindica su nombre querría reflotar más o menos el viejo contrato. Pero me parece más interesante lo que se está pensando en torno a los bienes comunes, como un tercer término más allá de lo público y lo privado. El aire, la biodiversidad, el genoma, el lenguaje, las calles, Internet… De todos y de nadie, los bienes comunes nos atraviesan y constituyen, nos hacen y deshacen. Y exigen de nosotros la invención de nuevas instituciones y formas de gestión ciudadana para hacernos cargo en común de lo que tenemos en común.
Podemos arriesgarnos a decir que hace 10 años Argentina vivía un anticipo de la crisis que hoy vive Europa, pero no fue con menos Estado ni una subordinación de la política frente al mundo financiero que la está dejando atrás. En otras palabras, no fue rechazando las instancias de involucramiento y transformación que disponen el Estado y las estructuras políticas clásicas. ¿Qué valor de referencia tiene, por ejemplo para el 15-M, el modo en que Argentina logró salir de la crisis?
Me parece que lo que pasa ahora en Argentina no se entiende sin tener en cuenta la deslegitimación radical y práctica del neoliberalismo que operaron los movimientos en torno al cambio de siglo. Desde abajo se abrieron otras posibilidades, también para los gobiernos. En Europa estamos muy lejos de ahí. Ni siquiera nos tenemos que preocupar de que un gobierno integre reivindicaciones de los movimientos autónomos a cambio de su desactivación. Los poderes están lanzados en una fuga hacia adelante suicida, ajena a toda escucha y blindada a cualquier tipo de participación ciudadana. Pero los cambios importantes siempre empiezan por abajo. El colectivo Tiqqun dice que la base del neoliberalismo es existencial: la idea de que cada cual tiene su vida. Es lo que llaman “liberalismo existencial”. El 15-M cuestiona la hegemonía de esa idea: en las plazas hubo todo un proceso de redescubrimiento del otro, hasta ahora enemigo, obstáculo u objeto indiferente. Ojalá avancemos en una crisis mayor del neoliberalismo que abra para todos el mapa de lo posible.
La filosofía política viene ensayando aproximaciones a una nueva manera de abordar lo colectivo; el desarrollo de conceptos como procomún, multitud, comunidad son algunos de esos ejemplos. ¿Hay un nuevo “nosotros”? ¿Cómo imagina una representación posible para esa nueva acepción del pronombre con mayor capacidad de inclusión.
Hacernos invisibles para el poder y visibles para los demás. Aparecer borroso. Esa es la función de las ficciones políticas. Jacques Ranciére tiene reflexiones poderosísimas al respecto. La ficción política interrumpe el orden policial de la identidad, abriendo espacios donde cualquiera puede contarse. Frente a los estereotipos que dividen y definen la realidad, los nombres de cualquiera. Por ejemplo, “indignados”. Al principio funcionó como etiqueta mediática, pero la gente del 15-M se lo ha reapropiado. Indignado puede ser cualquiera, cualquiera que perciba como intolerable la vida bajo este capitalismo enloquecido, cualquiera que piense que sólo colectivamente podemos recuperar la dignidad (una palabra que encierra “indignados”). Indignados no son “los de izquierda”, ni “los radicales”, no son los trabajadores ni siquiera los ciudadanos. No es una identidad, sino una decisión subjetiva y posible para todos. “No es un lugar al que se pertenece, sino un espacio al que se ingresa para construirlo”, como decía Diego Tatián. Y lo mismo ocurre con otras ficciones políticas del 15-M: “personas”, “somos el 99%” o incluso la plaza de Sol como personaje colectivo.
La pregunta rebota de aquí para allá: “¿dónde está el 15-M?” ¿Ha fallecido, tal y como dictaminan los medios de comunicación que sólo conceden existencia a lo que es espectacular y masivo, noticiable? ¿Se ha retirado a los cuarteles de invierno, esperando tiempos mejores (y temperaturas más altas) para reocupar su espacio natural: las calles y las plazas? ¿Se ha replegado a los barrios, fuera de la vista de los focos mediáticos y de la volátil “opinión pública”, pero construyendo al modo de las hormigas una base duradera para el cambio social?
A la comisión de Extensión Internacional de Sol, que tuvo un papel relevante en la preparación del 15-O, no le satisface ninguna de las respuestas, así que se ha declarado en huelga (!), invitando a detener la producción (los activistas también producen: activismo) para pensar a fondo lo que a su juicio es una crisis de la estructura organizativa del 15-M. En su declaración llaman la atención sobre tres problemas particularmente: la bajísima participación actual en asambleas y comisiones, la dispersión y división interna, y la burocratización de los comportamientos (automatismos, falta de imaginación).
Me gusta el gesto: se atreve a interrumpir y pienso que si no hay discontinuidad no hay creación, sólo inercias y repetición. No tengo ninguna solución que ofrecer sobre cómo podrían funcionar las cosas de otra manera. Pero voy a tratar de contribuir con algo (un poco general y abstracto, que es lo mío) sobre los problemas que apunta Internacional, por si acaso leerlos de otra manera ayuda a ensanchar el campo donde podemos encontrar respuestas concretas.
Vida y política
¿Dónde se han metido todas las personas que poblaron plazas y asambleas en primavera? ¿Se han vuelto desafectos al 15-M, son incapaces de un compromiso duradero, están ahora resignadas a su suerte? Creo que no. Sin ningún estudio a mano, generalizando simplemente a partir de los casos que conozco personalmente y de la observación de mí mismo, pienso que en general la gente ha vuelto a hacer su vida.
Las semanas de acampada en Sol fueron un tiempo excepcional, pero resulta muy complicado habitar una excepción. O sólo puede hacerlo gente fuera de lo normal: por ejemplo, los activistas, los que hacen de la política el centro de su existencia. Pero si en una asamblea o en una comisión se quedan sólo los (viejos o nuevos) activistas tenemos un problema, porque sus modos de hacer convocan y acogen sobre todo a otros activistas. Y sin menospreciar ni mucho menos su papel, me parece muy claro que la fuerza del 15-M -y algunas de sus invenciones más preciosas- no vinieron del activismo (al principio se oía a muchos militantes de toda la vida confesar, con mayor o menor alegría, “estamos completamente desubicados”), sino de personas sin experiencia política previa y gente cualquiera. La profesionalización de la política (también la activista) vacía los espacios comunes. Pasa lo mismo cuando una comisión o una asamblea se convierte en un grupo de amigos: la autorreferencialidad de los códigos y los rituales, por mucho confort y bienestar que nos ofrezca, va expulsando a todos los diferentes. Nos queda una simpática tribu, pero no un espacio político.
La vida hoy, en condiciones de inestabilidad y precariedad, nos exige el esfuerzo de hacer y rehacer constantemente todo. Hay pocas cosas que podamos considerar ya dadas: trabajo para toda la vida, casa para toda la vida, amigos para toda la vida, familia para toda la vida, amor para toda la vida, compromisos y convicciones para toda la vida, etc. De hecho, hoy no sufrimos tanto por vivir una vida demasiado hecha, como por no poder hacernos una vida. Los males contemporáneos tienen mucho que ver con la incertidumbre, la inseguridad, la dispersión, la pérdida del sentido, etc. Hacemos equilibrios todo el rato y las pelotitas con las que jugamos están siempre a punto de caerse. Si sostener vivas las relaciones afectivas o el sentido de un pequeño proyecto nos supone ya un esfuerzo agotador, ¿cómo sacar tiempo para implicarnos además en asambleas y comisiones?
El problema no son los activistas ni los grupos de amigos. El problema es la dificultad que tenemos para inventar formas de hacer política que estén a la altura de las personas y no al revés. Una política habitable para el 99%, no sólo para los activistas. Lo personal se desliga de lo colectivo cuando no somos capaces de inventar engarces entre modos de vida y modos de lucha. Entonces lo político se vacía y muere.
Pero “volver a hacer su vida” es una mala expresión. Porque después de pasar por las plazas no se vuelve igual, ni por tanto se vuelve a la misma vida. Paradójicamente, volvemos a una nueva vida: tocada, atravesada, afectada por el 15-M. ¿Qué ha hecho cada cual con esa afectación? Si crear es dar sentido, forma o figura a un cambio existencial para que no se pierda o se volatilice, ¿qué hemos hecho cada uno con lo que el 15-M ha hecho de nosotros? Me parece que ahí hay una investigación apasionante por emprender. ¿Qué aprendimos, qué descubrimos y cómo lo hemos incorporado a la vida cotidiana? ¿Qué nos llevamos del 15-M y cómo podríamos devolver algo? Hay proyectos en marcha como Robo, 15M.cc o Bookcamping en los que personas involucradas en la música, el cine o la edición se replantean su trabajo cotidiano a partir del 15-M y tratan de aportar algo de vuelta a lo común. Por las plazas pasaron también (trabajen de ello o no) maestras, enfermeros, trabajadores sociales, psicólogos, informáticas, estudiantes, periodistas, ¿en qué sentido se ha visto alterada su mirada, su práctica y su estar en el mundo tras el encuentro con el 15-M? Esos cambios micro son sin duda la base de la próxima ola.
Un nuevo clima
En el debate generado por Extensión Internacional se analiza sobre todo la situación del tejido organizativo 15-M: comisiones, asambleas, espacios de coordinación. Lo que a mí me gustaría añadir es que el 15-M no sólo es una estructura organizativa, sino sobre todo un nuevo clima social.
Hemos cuestionado juntos ese peso terrible de la realidad oficial que dice: lo que hay es lo que hay. Y así hemos podido respirar. La situación macro sigue igual, pero ahora la vemos desde otro sitio. Está todo fatal, como rezaba el título de una revista catalana, pero al mismo tiempo nos hemos demostrado capaces de producir otra realidad. Y eso genera automáticamente alegría, un nuevo clima emocional. La realidad oficial es el mapa de lo posible autorizado: lo que es posible ver, pensar, sentir y hacer. Hemos abierto ese mapa. Ahora se pueden ver, pensar, sentir y hacer otras cosas. El sistema de partidos no es más un tabú. Conspiramos para interferir en las elecciones, aunque no nos pongamos de acuerdo en cómo hacerlo, porque es vox populi que son una estafa. La identificación entre democracia y capitalismo ya no está tan clara. La realidad antes invisible de los desahucios está ahora a la vista de todos. Es posible pensar y hacer política sin estar afiliado a un partido ni ser siquiera militante de un movimiento social. Nos servimos cotidianamente de la Red para construir colectivamente otro punto de vista sobre la actualidad. Hemos aprendido que el otro desconocido no es sólo un enemigo o un objeto indiferente, sino que puede ser un cómplice. Nos hemos descubierto capaces de hacer cosas que nunca habíamos sospechado. El mapa de lo posible es otro, el clima es otro.
El hecho de que menos gente participe en el tejido organizativo 15-M no significa que menos gente se sienta concernida por la esperanza que el 15-M supone. Se demostró claramente el 15-O o, a otra escala muy distinta, en la reciente cabalgata indignada. El 15-M no es sólo el nombre de una estructura organizativa, ni de un movimiento social un poco más grande que los anteriores, sino de otro estado mental. Que no está localizado aquí o allá, sino que atraviesa la sociedad entera como un viento.
Sabíamos más o menos cómo se organiza un movimiento social, pero ¿cómo se organiza un clima? Recién empezamos a pensar esto, sólo un par de apuntes al respecto.
Hay propuestas que prenden mejor en el nuevo clima que otras. Los motivos son muy distintos, seguro. Pero entre ellos está la sintonía de la propuesta (en su manera de construirse y en lo que plantea) con las tendencias más fuertes del clima 15-M: horizontalidad (ni vanguardias ni protagonismos), inclusividad (nos dirigimos al 99%, no a un gheto), respeto (convivencia entre diferentes), noviolencia (una mezcla de conflicto y legitimidad), inteligencia colectiva, creatividad y capacidad de sorprender, “no queremos ser mercancías en manos de políticos y banqueros”, etc. Sintonizar con el clima es una cuestión de escucha y de sensibilidad.
El 15-M tiene mucho que ver con la alegría de estar juntos en una sociedad de competencia y sálvese quien pueda. Esa alegría podía palparse en las plazas, en el 15-O o en la cabalgata indignada. Pero sólo podemos estar juntos, compartiendo espacio y tiempo, en momentos excepcionales. ¿Cómo estamos juntos cuando no estamos juntos? ¿Cómo encontrarnos y sentirnos acompañados sin vernos las caras? Pensar la (auto)organización del clima pasa también por pensar los enlaces, las conexiones, los interfaces, la comunicación. Lo común circula y se construye también a partir de imágenes, narraciones y herramientas. Más comunes cuanto más abiertas, honestas y comprensibles sean. Abiertas, en el doble sentido de que den qué pensar (más que tratar de convencer) y sean reapropiables (se puedan replicar, modificar, adaptar, alterar libremente: sin propiedad). Honestas, porque no esconden la dudas, los desalientos, las contradicciones y los clarooscuros que son parte de la vida. Y comprensibles, es decir, directas y transparentes pero no banales, exigentes pero no cerradas, restringidas o reservadas a los expertos en tal jerga o saber, sino dirigidas a cualquiera.
Hay muchos ejemplos dentro y fuera del tejido organizativo 15-M, pero tengo uno a mano en el acta de la reunión de Extensión Internacional donde se decidió la huelga (que se adjunta junto la declaración). Es una gozada de texto. Abierto: expone todos los argumentos, a favor y en contra, que se dieron en aquella reunión. Honesto: no se calla las tensiones ni los desacuerdos que hubo (y recoge maravillosamente el ruido de fondo de aquella reunión celebrada en el metro: personas y situaciones que se mezclaron azarosamente con el discurrir de la asamblea). Comprensible: es una discusión donde se ponen en juego cuestiones muy profundas en un lenguaje común y accesible a todos. Y además es un relato muy divertido. Permite vivir lo que otros vivieron sin haberlo vivido, estar juntos sin estar físicamente juntos. Ensancha lo común y compartido.
¿Dónde está, pues, el 15-M? No hay que ser hiper-sensible para sentir que el clima se está cargando de electricidad. El 15-M no ha muerto ni está en repliegue. Estamos al acecho. Cada cual desde su lugar, no pasivamente a la espera, sino activamente al acecho.
El reflujo de la primera ola, rechazado por la resistencia de los objetos envestidos, dará materia a la próxima ola cuando, llegado el momento, vuelva la marea.
El aire, la biodiversidad, el genoma, el lenguaje, las calles, Internet… Los bienes comunes no nos rodean. Nos atraviesan y constituyen, nos hacen y deshacen. De todos y de nadie, sostienen el mundo, son el mundo. En el cuidado y enriquecimiento del procomún nos jugamos la vida misma. Es un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos del Estado o del mercado. Nuestro desafío es hacernos cargo en común de un mundo común.
La lógica privatizadora (patentes, copyright restrictivo, industria cultural, etc.) sólo beneficia a una estrecha minoría. Desde elcrowdfunding hasta la ciencia abierta, desde el copyleft hasta las plataformas en defensa del agua, desde la Puerta del Sol hasta Zuccotti Park, una constelación amplísima de comunidades en movimiento ensayan hoy otros modos de producir, decidir y convivir. Abiertos y colaborativos, incluyentes, acogedores y sostenibles, ni estatales ni privados (aunque no necesariamente anti-estatales ni anti-mercantiles). Por y para el 99%, como dice el movimiento americano Occupy.
Pero ajenos a la belleza de la cooperación, desde arriba nos repiten que lo común es un caos y hay que regularlo, como si la alternativa estuviese entre la Ley Sinde (por ejemplo) y la guerra de todos contra todos. Hacen trampa: la constelación del procomún inventa sus propias formas de autorregulación (como Creative Commons). No autoritarias, sino horizontales, comunitarias, distribuidas. Lo que ocurre es que no tienen apenas amparo institucional, suelen ser invisibilizadas, trabadas por los marcos jurídicos, criminalizadas incluso.
Lo público-estatal sólo puede recuperar su función al servicio de las personas si deja de subordinarse al mercado y apoya los procesos de autoorganización social de lo común. Desde luego no apuntan por ahí los artículos sobre la Ley Sinde y el 15-M con los que se ha ganado los galones el nuevo ministro de Cultura. Otra vez los tópicos sobre la convivencia y la creación cultural en peligro. La torpe equiparación de la propiedad intelectual con la propiedad física y, por tanto, de la copia con el robo. Los clichés denigratorios (“nuevos bárbaros”, “papilla anarco-comunista iletrada”).
El PSOE propuso más de lo mismo y acabó como acabó. En provecho de todos, ¿por qué no atreverse a escuchar, pensar y explorar otras vías?
“Consideramos un gobierno tecnocrático de unidad nacional la mejor opción para llevar a cabo las reformas y mantener la confianza de los inversores, con una composición que abarque izquierda y derecha del espectro político y cuente con líderes de confianza (…) Luchando como están las democracias modernas maduras con la crisis de la deuda soberana, los gobiernos tecnocráticos, ‘apolíticos’, pueden ser una opción imperiosa, conforme decae la confianza pública en los políticos, se afianza la resistencia a las reformas estructurales y los partidos sienten pavor por las consecuencias en las urnas de aplicar reformas dolorosas” (Tina Fordham, Citigroup)
A diario suceden mil cosas, pero ¿cómo descifrar cuáles son señales de las transformaciones que vienen? ¿Cuáles son huellas o ecos del pasado, y cuáles anuncian tendencias sociales decisivas? ¿Cómo saber cuándo hemos traspasado un umbral histórico? Me lo he preguntado estos días pensando sobre los “gobiernos técnicos” que se han impuesto en Grecia e Italia. Los veo como signos de muy mal agüero, fórmulas en experimentación que podrían luego reproducirse, rápido. Prototipos.
La verdad es que ahora mismo no me cuesta demasiado imaginar un gobierno técnico a escala europea, que se presente y justifique como única alternativa posible a un crash total inminente o incluso como el menos malo de los gestores posibles en caso de un desastre ya en curso (un corralito general, por ejemplo). Un gobierno “de transición”, sin políticos de por medio, compuesto enteramente por expertos y gestores que saben lo que hay que hacer y no tienen miedo a llevarlo a cabo, ya sin ningún vínculo por débil que fuese con la ciudadanía (voto, etc.). ¿Pesadilla?
Grecia e Italia serían los laboratorios del futuro. El experimento no va mal. Para empezar, se puede hacer. Estos dos golpes de Estado bajos en calorías militares no han provocado el escándalo en la opinión pública “demócrata”. Así me lo parece al menos. Nadie ha elegido a Monti ni a Papademos. Nadie votó los programas que van a llevar a la práctica, pero los parlamentos han refrendado ambos gobiernos y en general se percibe un clima de resignación, cuando no de entusiasmo. ¿Por qué no? Si lo que hay es lo único que puede haber, pues que al menos lo gestione alguien capaz, sin extravagancias y que sepa de cuentas, ¿no?
Hannah Arendt llamaba “Gobierno de Nadie” al dominio de la burocracia y comentaba al respecto: “no es necesariamente un no gobierno, bajo ciertas circunstancias incluso puede resultar una de sus versiones más crueles y tiránicas”. ¿Por qué? Sencillamente porque “no podemos considerar responsable de lo que ocurre a nadie, no hay auténtico autor de las acciones y de los acontecimientos. Realmente es sobrecogedor”. Lo que sigue son sólo algunas intuiciones y citas que me vienen más o menos desordenadamente a la cabeza al pensar en los gobiernos técnicos de Monti-Papademos. Notas de una pesadilla.
El Gobierno de Nadie es hijo de la crisis de la representación
“La falta de políticos nos facilita las cosas” (Mario Monti)
“Papademos nunca estuvo involucrado en política. Sabe lo que hay que hacer” (Thanos Papasavvas, jefe de Investec Asset Management)
El contexto de globalización ha hecho trizas los atributos clásicos de la soberanía del Estado-nación: fronteras, moneda, defensa, cultura, etc. Los estados se limitan cada vez más a gestionar en un territorio concreto las necesidades de la economía global. A izquierda y derecha del espectro parlamentario, se defienden en general los mismos intereses, las mismas ideas sobre el crecimiento y la competitividad. La permeabilidad de las instituciones a la participación ciudadana está bajo mínimos. A estas alturas todo esto son banalidades, secretos a voces. No son los anti-sistema, sino todo tipo de personas quienes se lanzan a la calle al grito de “lo llaman democracia y no lo es” y conspiran en la Red para hackear como pueden el sistema electoral (voto nulo, voto a los partidos minoritarios, etc.).
Los gobiernos técnicos se asimilan muy bien sobre este fondo social: rechazo masivo de la política de los políticos, inoperatividad absoluta del eje izquierda/derecha, hartazgo generalizado de la corrupción y los políticos-estrella (tipo Berlusconi), etc. Monti-Papademos anuncian gobiernos post-políticos y post-ideológicos, de pura gestión técnica. Ellos mismos sólo son máscaras como las de Anonymous, pero bajo las cuales no hay nadie de carne y hueso, sólo el poder abstracto e impersonal de los mercados financieros. No son de izquierdas o de derechas, de hecho lideran gobiernos nacionales de concentración izquierda/derecha. No son políticos, menos aún políticos-estrella, sino simples gestores, ingenieros, expertos. No están atados por fidelidades torpes a una ideología, a la gente que les votó, a su ambición personal. Aspiran a rentabilizar por su cuenta el rechazo de los políticos: son el reverso tenebroso de la crisis de la representación.
El Gobierno de Nadie, un gobierno racional
“Monti promete ser, en fin, un primer ministro mucho más normal y “aburrido” que Berlusconi. Pero lo que de él se espera es seriedad y eficacia. La fiesta ha terminado” (La Vanguardia)
“Cinco palabras definirían el programa de Monti: eficacia, urgencia, crecimiento, rigor y equidad” (Paso a paso).
A Mario Monti le llaman Il Proffesore. Tanto él como Papademos sólo hablan de eficacia en la gestión. Ambos aseguran no tener ideología: simplemente ejecutarán “lo que debe hacerse”. Lo que debe ser.
Según toda una venerable tradición filosófica que va desde Platón hasta Kant, actuar “libremente” es actuar “por deber”, es decir “necesariamente”. Es la teoría platónica de un “gobierno de la filosofía”: un gobierno de las ideas universales y necesarias, lo que debe hacerse en tanto que es racional y justo, independientemente de lo que opine o desee cada quien. Es la teoría kantiana de un “agente libre”, es decir un agente que actúa “por deber”, esto es “racionalmente”. El Gobierno de Nadie se presenta como un gobierno técnico e instrumental: pura aplicación de las verdades de la ciencia económica. Un gobierno sólido, en tanto que no actúa o decide por prejuicios o intereses privados, sino “desinteresadamente”. Un gobierno eficaz donde mandan los que saben, no los que más brillan en los medios de comunicación o los que mejor ponen la zancadilla en los pasillos del poder.
“El Gobierno de Nadie es el más tiránico de todos ya que no se puede pedir cuentas de sus actuaciones a nadie (…) es imposible localizar al responsable o identificar al enemigo” (Hannah Arendt). Quien disiente del Gobierno de Nadie no es un adversario con razones o intenciones respetables: sólo puede ser un loco o un ignorante. Porque sólo un loco o ignorante pelea contra la fuerza de la gravedad. Sería también de locos o de ignorantes pedir la opinión al pueblo sobre las políticas a ejecutar, como si la verdad de una formulación matemática pudiese elegirse por mayoría en unas elecciones. “¿Qué sabrá la gente sobre lo que le conviene?” Lo que dice la gente no puede ser más que ruido o furia. Es inútil, absurdo y altamente pernicioso escucharlo.
Por el contrario, la racionalidad del Gobierno de Nadie es la “inteligencia de lo necesario”: descifrar las leyes que rigen el mundo y actuar conforme a ellas. Pero se trata de leyes bien diferentes de las que pensaban Platón o Kant. El “imperativo categórico” de Monti-Papademos es simplemente la obediencia a las necesidades y exigencias de Goldman Sachs y los mercados financieros. Esa es hoy nuestra fuerza de la gravedad.
El Gobierno de Nadie como “potencia de salvación”
“¿Nos salvaremos? Absolutamente, sí” (Corrado Passera, súper-ministro a cargo de Desarrollo, Infraestructuras y Transportes).
“Vamos a la carrera” (Mario Monti)
“Para salvar a Italia hay que apostar por la credibilidad y la responsabilidad. Hay que ser prudentes con ir a las elecciones” (Franco Frattini, ministro de Exteriores).
El Gobierno de Nadie es el poder que nos promete el rescate de la catástrofe. El cometa de la crisis se acerca imparable a la tierra, los medios de comunicación anuncian su inminente llegada (ibex 35, prima de riesgo, calificaciones), los ciudadanos de a pie miran boquiabiertos el cielo. Sólo un puñado de héroes decididos entienden lo que pasa y actúan en consecuencia. Seguro que no pueden salvarnos a todos, eso por descontado. Hay gente que corre muy lento. Pero quién sabe, igual a mí sí, confiemos…
El poder de salvación ya no se justifica en nombre de tales o cuales valores (democracia, etc.), sino de nuestra pura y simple supervivencia como especie. Poder pastoral que vela y garantiza nuestra conservación como rebaño. Poder médico: si te rebelas contra él firmas tu propia sentencia de muerte. Poder providencial, como explica el filósofo francés Maurice Blanchot. “Nuestro destino está ahora en el poder: no un hombre históricamente destacable, sino cierto poder que está por encima de la persona, la fuerza de los más elevados valores, la soberanía, pero no de una persona soberana, sino de la soberanía misma, en cuanto que se identifica con las posibilidades reunidas en un Destino”. El gobierno técnico no es una dictadura, un poder tiránico personal: “un dictador no deja de desfilar; no habla, grita; su palabra tiene la violencia del grito, del dictare, de la repetición. (El soberano) se manifiesta, pero por deber. Incluso cuando aparece resulta como extranjero a su presencia: está retirado en sí mismo, habla, pero secretamente…”. Frente al show berlusconiano, la discreta “aparición por deber” de Il Proffesore (y señora).
Blanchot explica que el poder de salvación impone siempre una “muerte política” a cambio de la seguridad que ofrece. El soberano debe ser incuestionable, de modo que se cancela toda posibilidad de disenso (a la que se acusa además de complicidad con la catástrofe). Delegamos en el soberano todas nuestras capacidades (de expresión, pensamiento, acción) y la política queda proscrita. Porque en realidad el Gobierno de Nadie no hace política. Ni actúa, ni decide: sólo gestiona. Es decir, modula como puede un poder que le rebasa y precede. Una máquina hiper-compleja orientada por intereses económicos. Un poder inhumano que no se puede alterar, gestionar o modificar, sino simplemente obedecer lo mejor posible. Es el poder de lo automático, de lo necesario. Es nuestro Destino.
La danza de los nadie contra el Gobierno de Nadie
¿Cómo despertar de esa muerte política? Los discursos “ilustrados” que aún identifican nuestras democracias con la racionalidad política libre, voluntaria y organizada suenan cada vez más a chiste pesado. Pero todavía habrá quien aconseje, ante la amenaza del Gobierno de Nadie, que recuperemos la confianza en el sistema de partidos, la representación política, el eje izquierda/derecha, etc. Más aún. Habrá voces que responsabilicen con toda seguridad a la revolución anónima que se extiende ahora mismo por el mundo de haber allanado el terreno al Gobierno de Nadie. “Mirad, ahí está el resultado de vuestro ‘no nos representan’”.
En realidad es todo lo contrario. Entregando todo el poder a los mercados financieros, blindándose contra todo atisbo de participación ciudadana, convirtiéndose en simples gestores de lo Inevitable y lo Necesario, los políticos han cavado su propia tumba. Ya pueden quejarse todo lo que quieran Papandreu, Berlusconi o Rajoy cuando le toque: los poderes a los que se ataron han decidido de pronto prescindir de sus servicios y poner en su lugar a otros ingenieros de más confianza. Punto.
El único despertar posible de la muerte política es lo que Hannah Arendt pensó como “acción”. Actuar es interrumpir el dominio de lo automático, lo contrario de obedecer o repetir. También en la vida personal: interiorizamos los automatismos cuando hacemos lo que debemos hacer, vemos lo que tenemos que ver, decimos lo que hay que decir y pensamos lo que está prescrito pensar. Arendt lo llamó “conducta”: un comportamiento normalizado, previsible y predecible. Por el contrario, cuando actuamos “nos unimos a nuestros iguales y empezamos algo nuevo”, salimos del aislamiento y la impotencia, nos volvemos capaces.
La “política del cualquiera” de movimientos como el 15-M no es equivalente ni simétrica al Gobierno de Nadie: no confía el mando a los que saben, sino que parte del principio de que todos podemos pensar; no tiene rostro, pero precisamente para que quepan todos y cada uno de los rostros singulares; no gestiona lo que hay, sino que inventa colectivamente nuevas respuestas para problemas comunes.
Pluralidad, invención, pensamiento: así es la danza de los nadie contra el Gobierno de Nadie.
** Gracias, Ester, Álvaro, por la lectura y los comentarios!
La Tabacalera ha cumplido un año (y algo más) de vida. Se trata de un espacio cedido por el Ministerio de Cultura para la autogestión ciudadana y es ahora mismo de uno de los lugares más vivos e interesantes de Madrid.
En junio de este año, La Tabacalera presentó un dossier al Ministerio de Cultura que incluía una propuesta para acordar un convenio para la cesión durante cuatro años de la parte del edificio que ahora ocupa el centro social. El Ministerio no ha acordado (¿aún?) la cesión, de modo que La Tabacalera es una experiencia que puede terminar en marzo del año que viene.
Este miércoles 9 de noviembre se presenta públicamente el dossier y los amigos que tengo en Tabacalera me han pedido que modere un debate en torno al proyecto y sus líneas generales. Con ocasión del mismo, se puso en contacto conmigo la periodista Sara Brito de Público para un reportaje. Me hizo unas cuentas preguntas sobre La Tabacalera y yo las respondí todas juntas y revueltas en el texto que puedes leer ahí abajo.
En primer lugar, sólo soy un usuario más de La Tabacalera, tengo allí amigos y he organizado algunas cosas, me interesa mucho lo que ocurre y me ha dado qué pensar sobre las transformaciones del mundo que vivimos.
Creo que esta crisis no sólo es económica, sino que es una crisis de modelos. Digamos que hay un modelo en bancarrota: el modelo-tele. En política, en los medios de comunicación, en la producción cultural, en el saber… Lo que ya no se sostiene es el modelo centralizado y unidireccional, de acceso restringido, espectacular y a la vez opaco, donde caben muy pocas voces y muy pocos temas. Es la crisis de los intermediarios que dividen y despotencian aquello que representan.
Por todas partes vemos una rebelión de los públicos y las audiencias, una toma de palabra masiva, una apertura de lo posible, la propuesta de otros tema de discusión y otros modos de hacer. Un nuevo poder social. Se queman distancias que fundaban jerarquías y muchos pueden lo que antes era el monopolio de unos pocos. Y esto ya no como movimiento en los márgenes, sino central en nuestra sociedad. Pienso por supuesto en el 15-M, pero no sólo.
Por todas partes crece la sensación de que hay un desacople esencial entre las formas de vida y las instituciones que organizan la vida colectiva. La Tabacalera se la juega en ese desacople, como espacio abierto a esa creatividad social que desborda hoy el marco institucional clásico. Espacio de encuentros, espacio de imprevistos, espacio de autoorganización, espacio de colaboración entre diferentes, espacio participable… Ensayo de otros modos de gestionar los bienes y los recursos, producir y distribuir los saberes, tomar la palabra y las decisiones, organizar la misma vida en común. Aquí ya no se trata tanto de pensar la institución como centro jerárquico de sentido, sino como contexto o entorno, matriz o interfaz que acoge y produce distintos saberes, vínculos y encuentros.
De lo más interesante de La Tabacalera es el cruce entre lo público-estatal y lo público-autoorganizado (o lo común). Ese cruce promueve una idea nueva de lo público y una idea nueva de lo autoorganizado. Mientras que tradicionalmente lo público-estatal tiende al control, la homogeneidad y la verticalidad, lo público-autoorganizado tiende a la separación y a la autosuficiencia. Por un lado, tenemos espacios como los centros sociales autogestionados que gozan de mucha libertad y poca seguridad (precariedad, inestabilidad). Por otro lado, tenemos espacios más “seguros” pero donde no pasa nada, como tantísimos centros culturales. Se trata de pensar una nueva articulación que conjugue el caos autoorganizado y la estabilidad institucional (recursos, tiempo, espacio, etc.). Esa nueva articulación se está empezando a experimentar en diferentes formas y planos, con diferentes resultados y problemas, en espacios a mi juicio decisivos para el futuro como pueden ser Tabacalera o Medialab-Prado.
Por último, Tabacalera es un lugar repleto de problemas y precisamente eso es lo que me parece más interesante. ¿Qué quiero decir? Pues que la crisis de la representación y los intermediarios no asegura nada, no produce automáticamente mundos habitables, abiertos e incluyentes. Ni mucho menos. Tabacalera es un pequeño mundo lleno de los problemas del mundo compartido: choques, dispersión, desencuentros, aceleración, etc. No es muy distinto de la calle. Sólo hay quizá una ligera diferencia (pero decisiva): los problemas se pueden pensar y elaborar en común, se puede intervenir sobre ellos y gestionar colectiva, directamente. Pero gracias a que no hay mucha diferencia entre lo que pasa dentro y fuera de Tabacalera, lo que se experimenta dentro tiene muchas cosas qué decir a lo que ocurre fuera. Y tal vez la “política” de Tabacalera resida en este punto: no sólo en sus finalidades (el para qué de las cosas que se hacen), sino en el cómo. Cómo construimos, en el día a día, un mundo común.
Proyección de fragmentos de Chicago 10 (Brett Morgen, 2007) y debate.
Introducción y moderación a cargo de Amador Fernández-Savater, editor de Acuarela Libros y responsable del blog Fuera de Lugar.
VIERNES, 14 DE OCTUBRE, A LAS 19:00. EN LA CASA DEL BARRIO (Avenida de Carabanchel Alto, metro Carabanchel Alto, buses 35 y 47). ¿Cómo llegar?
¿Quiénes fueron los Yippies?
Los miembros del Youth International Party (Partido Internacional de la Juventud) conocidos como Yippies, fueron una rama de los muchos y variados movimientos sociales vinculados a la Nueva Izquierda (New Left) norteamericana de los años 60. Como casi todos ellos, los Yippies también se enfrentaron a la guerra de Vietnam así como al resto de expresiones derivadas del statu quo estadounidense o Amerika, como les gustaba llamarle a ellos, con k de Ku Klux Klan.
Lo que diferenció a los Yippies del resto de movimientos sociales de la época fue, sin duda, las tácticas que llevaron a cabo para tal fin. Para los Yippies, la política no pasaba por la conciencia, era más bien algo irracional; algo que tenía que ver más con los sentimientos que con el intelecto. La política Yippie pasaba por el cuerpo, debía “atravesarte”; de ahí que la imagen, lo visual, fuese siempre para ellos tan importante; tanto que llegaron a afirmar que lo que de ellos se dijese carecía de interés, lo que al Youth International Party le importaba de verdad era ser visto. “La historia está en las imágenes, no en las palabras”, decían, de ahí su interés en los medios de comunicación.
Los Yippies, en la estela de Marshall Mcluhan, entendían la revolución como una lucha de símbolos, un campo de batalla en el que los signos servían a modo de armas. A la fabricación de esas armas dedicaron gran parte de sus esfuerzos activistas. Muchas de ellas (guerrilla de la comunicación, creación de mitos, performance callejera, humor y absurdo) han sido retomadas por movimientos políticos recientes. ¿Qué continuidades y discontinuidades podemos establecer entre el ayer de los yippies y nuestra actualidad? ¿Cómo pensamos hoy la relación entre política, imagen y medios de comunicación?
Esta es la entrevista (foto incluida) que me hizo Verónica Gago para el periódico argentino Página 12 y que se publicó el lunes 29 de agosto con el título “Después de la puerta del Sol”. Las respuestas son de mediados de julio, es decir previas a las marchas indignadas, a la (no) batalla de Sol, a la visita del Papa, etc.
¿Cuál es la novedad del 15-M para la cultura política española del último tiempo?
El periodista Guillem Martínez acuñó el término de Cultura de la Transición (CT) para nombrar la cultura -en sentido fuerte: maneras de ver, de hacer y de pensar- que ha sido hegemónica en España durante los últimos treinta años, la que nace con la derrota de los movimientos radicales de los 70 (movimiento obrero autónomo, contracultura, etc.).
La CT es una cultura esencialmente consensual, pero no en el sentido de que llegue a acuerdos mediante el diálogo de los desacuerdos, sino de que impone ya de entrada los límites de lo posible: la democracia-mercado es el único marco admisible de convivencia y organización de lo común, punto y final. La CT se dedica entonces desde hace treinta años a poner ese punto y final (una y otra vez): “eso no se discute”, “no sé de qué me hablas”, “el pasado ha pasado”, “no hay alternativa”, “o yo o el caos”, etc.
Es una cultura profundamente desproblematizadora: no se pueden hacer preguntas sobre las formas de organizar la vida en común por fuera de lo posible autorizado. Y, por tanto, profundamente despolitizadora: porque la política va precisamente de hacer preguntas sobre los modos de estar juntos.
¿Se percibe ahora una crisis de esa Cultura de la Transición?
El poder de la CT se ha ido vaciando con los años. Por un lado, han ido desapareciendo o disminuyendo los miedos que la CT administraba e instrumentalizaba en tanto que “poder de salvación”: golpe militar, terrorismo de ETA, ruptura de España, etc. Al mismo tiempo se han ido perdiendo los derechos colectivos asociados al Estado del bienestar (privatizaciones, recortes, precarización generalizada, etc.) incluidos también en el consenso. La CT se percibe cada vez menos como protección y cada vez más como la fuente misma de los peligros contemporáneos.
Por otro lado, las nuevas dinámicas sociales y culturales erosionan la legitimidad de la CT: la gente joven consume cada vez menos CT y cada vez más cultura de mercado, la Red habilita la posibilidad de un desborde del monopolio de la palabra que estaba en manos de los intelectuales y expertos CT, etc.
En la CT, el consenso sobre las cuestiones políticas y económicas es absoluto: el sistema de partidos y el mercado no son ni pueden ser objeto de discusión. Sin embargo, se escenifica un conflicto permanente en el que estamos invitados a tomar partido: PSOE o PP, izquierda o derecha, capitalismo ilustrado o capitalismo troglodita, “las dos Españas”. Esa polarización organiza nuestro mapa de lo posible. Se puede hablar sobre nacionalismo, la lengua o el laicismo, pero no sobre la precariedad, los desahucios y las hipotecas. Se puede discutir sobre el tabaco, los límites de velocidad y los toros, pero no cuestionar la representación política. La derecha extrema ataca agresivamente el derecho al aborto, el matrimonio homosexual y la asignatura de Educación para la Ciudadanía. La izquierda progre responde educadamente con gestos simbólicos sobre el crucifijo en las escuelas, el multiculturalismo o el feminismo. Pero en cualquiera de los casos, la CT se asegura siempre el monopolio de los temas: decidir en torno a qué se piensa y en qué términos.
¿El 15-M entonces ya expresa otra manera de entender el mundo?
El movimiento 15-M cambia de tema. Evita cuidadosamente los debates identitarios que nos capturan en el tablero de ajedrez de la política-espectáculo y apunta directamente al mayor de los tabúes exigiendo “democracia real ya”. Es decir, afirmando que es el pueblo quien debe mandar y no los políticos ni el dinero. “Democracia real ya” es un enunciado que altera completamente el monopolio de las palabras y los temas que ejerce cotidianamente la CT.
La desafección con respecto a la cultura consensual, que tiene un recorrido muy largo y se ha expresado de mil formas distintas a lo largo de años (desde el fenómeno de la abstención electoral hasta los movimientos sociales), se ha organizado en el 15-M como un hecho masivo y completamente central, ya no marginal, en la sociedad. En primer lugar como rechazo desafiante, explícito y sonoro de la política de (todos) los políticos. Las consignas más coreadas son “no nos representan” o “lo llaman democracia y no lo es”. Pero luego también como experimentación práctica y positiva del enunciado-consigna democracia real ya en asambleas, acampadas y redes sociales de todo tipo. El 15-M es la mayor brecha que hemos visto aparecer nunca en la CT.
¿Pero cuáles acontecimientos señalarías como antecedentes de tal ruptura?
Movimientos como la insumisión al servicio militar o por la recuperación de la memoria histórica -contra nuestras particulares leyes de punto y final- han socavado profundamente las figuras y los relatos de la CT. Pero creo que el 15-M se engarza más directamente en el plano subjetivo con esos otros momentos recientes en los que hemos gritado masivamente “no nos representan” y “lo llaman democracia y no lo es”. Me refiero por ejemplo al “no a la guerra” en 2003, a la reacción social a los atentados terroristas del 11-M en 2004, al movimiento V de Vivienda en 2006 o a las movilizaciones contra la ley anti-descargas a partir de 2009. Los modos de politización que esos movimientos inauguran ya no corresponden con los de los movimientos sociales: ni viejos ni nuevos.
¿En qué sentido?
En tanto no están convocados, protagonizados ni liderados por militantes o activistas, como en el caso de la okupación, la insumisión o la antiglobalización, sino por gente sin experiencia política previa; no extraen su fuerza de un programa o de una ideología, sino de una afectación sensible y en primera persona por algo que sucede; no se identifican a la izquierda o la derecha del tablero de ajedrez político, sino que escapan a esa alternativa proponiendo un nosotros no identitario, abierto e incluyente en el que cabe cualquiera; no buscan destruir este mundo para construir otro, sino que buscan defender y recrear el único mundo que hay contra los que lo estropean, sin programa utópico o alternativa global de sociedad; etc.
¿Estás hablando de movimientos sociales que no son movimientos sociales?
Sí, casi diríamos más bien Objetos Voladores No Identificados. Difícilmente perceptibles para los radares del pensamiento crítico tradicional debido a su falta de pureza en lo que dicen y lo que hacen, a la dificultad para sumarlos a los movimientos sociales alternativos y/o antisistema. Algunos amigos los llamamos “espacios de anonimato” y los perseguimos desde hace años, completamente abducidos. El 15-M resuena con toda esta onda de politización atípica.
Esto constrasta con una suerte de ansiedad, especialmente mediática, por saber quiénes son y qué quieren los que salieron a las calles el 15-M…
Hay algo que hizo el 15M en primer lugar que fue indefinir la cuestión de la identidad. ¿PSOE o PP? ¿Izquierda o derecha? ¿Libertarios o socialdemócratas? ¿Apocalípticos o integrados? ¿Reformistas o revolucionarios? ¿Moderados o antisistema? Ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario. Las exigencias de nitidez y líneas precisas que imperan en las visiones dominantes de lo político están desconcertadas ante el 15-M. La naturaleza del movimiento suscita tantas discusiones intrigadas como la sonrisa de la Gioconda. No hay respuesta a la pregunta (policial) por la identidad: ¿quiénes son? ¿Qué quieren? Estamos en huelga de identidades: somos lo que hacemos, queremos lo que somos.
El 15-M es una fuerza política pero anti-política: plantea preguntas radicales sobre las formas de organizar la vida en común que no caben y trastocan el tablero de ajedrez político. Neutralizar esa potencia de interrogación pasa por asignarle una identidad: “son estos”, “quieren esto”. Los políticos y los media presionan para que el 15-M se convierta en un “interlocutor válido” con sus propuestas, programas y alternativas. Saben que una identidad ya no hace preguntas, sino que ocupa un lugar en el tablero (o aspira a ello). Se convierte en un factor previsible en los cálculos políticos y las relaciones de fuerzas. Se vuelve gobernable.
Desde el 15-M la impugnación del sistema representativo convive con una búsqueda minuciosa del consenso asambleario, ¿cómo vincular ambos aspectos?
Se viven como opuestos. El consenso de la CT funciona, como decíamos antes, prescribiendo ya de entrada los límites de lo posible: la democracia equivale a un sistema de representación en el marco de un sistema de partidos (reducido fundamentalmente a dos: PP y PSOE). En el movimiento 15-M el consenso es una idea-fuerza muy importante. Pero los acuerdos se construyen haciendo dialogar a los desacuerdos en asambleas públicas donde cualquiera puede hablar en nombre propio y no existen las facciones-partidos.
Las luchas de poder se sustituyen por la escucha activa, la elaboración de pensamiento colectivo, la atención hacia lo que se está construyendo entre todos, la confianza generosísima en la inteligencia del otro desconocido, el rechazo de los bloques mayoritarios y minoritarios, la búsqueda paciente de verdades incluyentes, el cuestionamiento y recuestionamiento constante de las decisiones tomadas, el privilegio del debate y el proceso sobre la eficacia de los resultados, etc.
Fue llamativa también una suerte de coordinación espontánea en todo el país: empezaron a contagiarse los acampes en otras ciudades y en pequeños pueblos…
La ocupación de todas las plazas de España es el gesto más radical desde la autoconvocatoria frente a las sedes del PP la jornada de reflexión del 13-M de 2004. La paradoja es que ese desafío masivo se apoya en los recursos más ligeros: la no violencia, la idea-fuerza del respeto, el lenguaje despolitizado y humanista, la apertura sin límites, la búsqueda a toda costa del consenso, la interpelación positiva hacia la policía, etc. Esa es la paradoja en tensión que da toda su fuerza al movimiento. Sin el conflicto, sólo seríamos una simpática forma de vida “alternativa” más. Sin el costado empático e incluyente, sólo seríamos otro pequeño grupo “radical” separado e incapaz de morder la realidad. El SÍ sin el NO es buenismo. El NO sin el SÍ es pura desesperación.
¿Cómo continúa hoy ese debate una vez levantada la acampada en Puerta del Sol?
Durante un mes hemos asistido a asambleas de cinco o seis horas realmente apasionantes, extraordinarias y únicas como experiencias de inteligencia colectiva. Pero una vez abandonado el campamento de Sol que funcionaba como centro soberano en Madrid, la situación se ha modificado, ha pasado de acampada a movimiento, y hay un gran debate abierto en torno a la organización, la toma de decisiones, la noción de consenso y el espacio de las asambleas. ¿Sigue siendo viable pensar el consenso como unanimidad? ¿No lastra esa idea de consenso la agilidad de las iniciativas y las acciones? ¿Cómo organizar democráticamente un movimiento con varios centros? ¿Hay algo así como un movimiento? ¿Dónde están sus fronteras entre dentro y fuera? ¿Se puede articular sin totalizar? Como el movimiento 15-M es una novedad, el desafío es ahora pensar todas estas preguntas desde un nuevo cerebro y no aplicar las respuestas heredadas de los movimientos sociales u otros.
Desde el principio, sin embargo, la pregunta era cómo ir más allá de Sol…
Los acampados de Sol siempre supieron muy bien que su fuerza estaba fuera de Sol. Mejor dicho: la fuerza estaba en el vínculo vivo con lo que un amigo llama “la parte quieta del movimiento”, es decir, la población tocada y afectada por Sol aunque no participase directamente en la acampada. Sol nunca buscó la separación y por eso suscitó tantos flujos de solidaridad dentro/fuera (tan sólo el tercer día tuvo que hacerse un llamamiento para que los vecinos de Madrid dejasen de llevar comida que ya no se sabía dónde almacenar). Nunca se planteó como un afuera utópico ni como otro mundo posible, sino como una invitación al otro desconocido a luchar juntos en un plano de igualdad.
En realidad, Sol no era lo Otro, sino este mismo mundo (con sus guarderías, sus placas solares, su biblioteca y su enfermería) pero construido y gobernado directamente por sus habitantes. En un grupo de debate, una chica por debajo de los veinte años dijo: “nos reprochan que somos muy abstractos, pero los abstractos son ellos”. Es la diferencia entre utopía y heterotopía. La utopía es otro mundo. La heterotopía es una pequeña distancia con respecto a la realidad que nos permite habitarla de otra manera. Sol era esa pequeña distancia.
¿Qué experiencias de la crisis recoge el movimiento del 15-M?
Entre enero y marzo se produjeron en España más de quince mil desalojos forzados de vivienda. Se trata de personas que no pueden asumir el pago de las hipotecas que contrataron en su día y son expulsadas de sus casas (lo que no les exime de la obligación de pagar el resto de la hipoteca pendiente). Me parece que los desahucios son la imagen más precisa de la crisis, quizá incluso también la imagen más precisa del capitalismo actual. Desahuciar, expulsar, desposeer, desarraigar, precarizar, fragilizar, arrojar a la intemperie y la incertidumbre… Para los mercados financieros que rigen nuestro mundo, todos somos materia desechable, prescindible, superflua. Ninguno estamos a salvo del gran desahucio capitalista. La alteración de todo es la norma y la estabilidad de algo es ahora la excepción. El miedo a quedar fuera es el acicate de fondo que nos empuja a todos a abrirnos paso a codazos en el día a día.
Una de las líneas de acción del 15-M, una vez que las acampadas han perdido centralidad, es el bloqueo de los desahucios en marcha. Es una imagen que dice mucho sobre el movimiento. Dice por ejemplo que el 15-M no apunta a otros mundos posibles y utópicos, sino más bien a poder habitar el único que hay. Y eso pasa por nuestra capacidad para reinventar el vínculo social, porque no es el Estado quien puede detener la lógica del mercado, sino el otro desconocido que se planta frente a mi casa y bloquea el automatismo fatal del desahucio. Hoy por mí, mañana por ti.
La cuestión de la vivienda y los desalojos compulsivos son un tema central para pensar la continuidad del movimiento entonces…
Ningún desahucio había sido noticia hasta ahora. Un desahucio no puede ser “tema” para ningún intelectual de la CT. Casi por definición. Pero ahora sí se habla de ellos. Los desahucios aparecen en la prensa y la televisión. ¿Por qué? Simplemente porque algunas personas han decidido interrumpir ese mecanismo que se nos presentaba como una especie de fatalidad “natural”, mostrando que se trata de un problema completamente político. El bloqueo de un desahucio es un gesto que agujerea la cultura consensual: hace ver lo que se quería ocultar, problematiza y politiza lo que se quería “naturalizar”, esquiva todas las trampas identitarias y nos interpela a todos.
destrozar a alguien y que este alguien siga intacto / aparentemente
destrozar sin destrozar es la mejor destrucción”
(Esteve Graset)
El 15-M es un movimiento noviolento. Es algo que está tan en su esencia que ni siquiera ha sido una decisión tomada en asamblea: va de suyo, se ha impuesto como una pura evidencia. No decidimos nuestro ADN, partimos de él.
Tan fuerte es esta “decisión no decidida” que nadie por ahora la ha contravenido, a pesar de las provocaciones, los desalojos, las palizas. (Hay otras “decisiones no decididas” que son de todxs conocidas: ser un movimiento horizontal, inclusivo, respetuoso, sin representación, no querer nada con siglas y con partidos políticos, etc.).
La noviolencia no significa noconflicto. Hemos ocupado plazas, nos hemos manifestado sin permiso, hemos bloqueado desahucios, hemos echado a la policía de los barrios… Es decir, la noviolencia del 15-M no es pasiva, no es acatamiento de la legalidad ni asunción de los términos convencionales de la política, sino que es activa, rebelde, desobediente y creativa.
La opción por la noviolencia no es una opción por rehuir el conflicto, sino por plantearlo en los propios términos, escogiendo los escenarios y marcando los ritmos.
De hecho, el 15-M ha podido hacer lo que otros movimientos más “radicales” llevan años intentando sin ningún éxito. Es cuestión de fuerza. El movimiento 15-M tiene la fuerza que otros movimientos no tuvieron.
¿Qué significa tener fuerza? Tiene fuerza quien puede alterar y modificar la realidad, cuestionar las agendas dominantes e im-poner los propios problemas, hacer ver lo que se quería ocultar y decir lo que está prohibido decir, transformar las vidas, los lazos y las vibraciones entre los seres humanos.
Violencia y fuerza no son sinónimos. La fuerza que unx tiene no se mide por el nivel de violencia que puede ejercer. La fuerza del 15-M pasa (entre otras muchas cosas) por su capacidad para acoger la pluralidad, llevar la iniciativa y ser imprevisible. Si el movimiento 15-M ha “decidido” ser noviolento es porque intuye muy claramente que las acciones violentas -agresión, intimidación o amenaza, disturbios y enfrentamiento con la policía- debilitarían esas tres claves de su fuerza.
El poder lleva buscando clarísimamente imágenes de disturbios desde el primer desalojo de Plaza Cataluña: son imágenes mil veces vistas que confirman todos los clichés que dividen y aislan a los que protestan del resto de la población. El movimiento ha sido súper-inteligente al desertar continuamente de los escenarios que nos preparan y en los que nos esperan. Nos salimos por la tangente. Resulta llamativo que desde el interior del movimiento todavía haya quien esté dispuesto a proporcionar al poder político y mediático las imágenes que está pidiendo para erosionar el apoyo social y la legitimidad ancha del 15-M.
Nos salimos por la tangente porque no queremos que nos empujen a la ya muy conocida espiral de represión/detenidos/heridos/miedo/rencor/reacción/campañas antirrepresivas, donde perdemos toda la iniciativa para seguir haciendo preguntas a la sociedad sobre cómo queremos vivir juntos, cómo queremos gobernamos, qué se hace con la riqueza que producimos entre todos, etc.
La violencia nos hace previsibles: refuerza las posiciones y los roles (policía represor/manifestante víctima). Llamar “hijo de puta” a un policía confirma la situación y el reparto de los papeles. Cada cual ya sabe quién es, qué identidad tiene y qué debe sentir hacia el otro. Seguramente no es algo muy grave, pero tampoco tiene nada de subversivo. Por el contrario, los gestos que hemos visto a menudo en las manifestaciones del 15-M de interpelar positivamente a la policía, con formas de comunicación irónica o empática, descolocan la situación: desconciertan, incomodan e inquietan, interrumpen los automatismos, cuestionan los clichés, hacen preguntas, cortocircuitan lo previsible, lo que cada cual sabe que tiene qué pensar, hacer y sentir.
Nosotrxs frente a la policía. La policía frente a nosotrxs. Es una imagen demasiado cómoda de lo que hacemos, es una línea de separación demasiado simple. Nuestra lucha no es así. El enemigo con el que nos batimos es una “lógica” que, en primer lugar, nos atraviesa a nosotros mismos (por ejemplo, en las mil decisiones cotidianas por las cuales sostenemos este sistema del que formamos todxs parte porque no hay ningún afuera). Hay una gran “potencia de humanización” en el movimiento 15-M. Decimos que somos seres humanos y no mercancías en manos de políticos o banqueros. Por la misma razón, podemos pensar que un policía es mucho más que su “función” y dirigirnos así a su humanidad (cuando tratamos de entablar diálogo o les recordamos que ellos también están hipotecados, pero también cuando les gritamos “vergüenza” ante un desahucio o una redada).
¿Violencia y no violencia son compatibles? La experiencia dice que la violencia se coloca siempre en el centro de lo que ocurre, como si fuera un torbellino que succiona y arrastra todo lo demás. La noviolencia puede expresarse de muchos modos, la violencia sólo de uno. En las acciones noviolentas cabe mucha gente distinta, en las acciones violentas siempre participa un tipo de gente muy determinada (hombre, joven, con papeles, etc.). Queremos afirmar, tanto en las formas de organización como en los modos de estar en la calle, los rasgos de nuestro ADN: horizontalidad, apertura, multiplicidad.
Perder la iniciativa, perder la pluralidad, perder la imprevisibilidad implica perder la fuerza. Fuerza es radicalidad. La noviolencia es lo que nos ha hecho y nos hace más fuertes y más radicales. Destrozar sin destrozar es la mejor destrucción.
Amador Fernández-Savater (Madrid, 1974) va y viene entre el pensamiento crítico y la acción política, buscando siempre su encuentro. Es editor de Acuarela Libros (acuarelalibros.blogspot.com), ha dirigido durante años la revista Archipiélago y ha participado activamente en diferentes movimientos colectivos y de base en Madrid (estudiantil, antiglobalización, copyleft, "no a la guerra", V de Vivienda, 15-M). Es autor de “Filosofía y acción” (Editorial Límite, 1999), co-autor de "Red Ciudadana tras el 11-M; cuando el sufrimiento no impide pensar ni actuar" (Acuarela Libros, 2008) y coordinador de "Con y contra el cine; en torno a Mayo del 68" (UNIA, 2008). Actualmente, emite semanalmente desde Radio Círculo el programa "Una línea sobre el mar", dedicado a la filosofía de garaje. Contacto: amador@sindominio.net