Versión completa de la entrevista con Terry Rockefeller aparecida el 10-9-2011 en Público, por Margarita Padilla, Juan Gutiérrez y Amador Fernández-Savater **

Terry Rockefeller es documentalista y activista por la paz. Ha realizado documentales sobre el movimiento por los derechos civiles y La Gran Depresión en EEUU. Perdió a su hermana Laura en el 11-S y desde entonces participa activamente en la organización Peaceful Tomorrows (Mañana en Paz). Forma parte de la International Network for Peace (Red de Afectados por Violencia Política).
Tras cada acto de violencia y terror surge un grito: “nunca más”. En el caso de Peaceful Tomorrows, ese grito va más allá de la exigencia de castigo para los responsables del 11-S y se traduce en acciones de paz positiva que asumen dimensiones globales. Acciones de paz que pasan, en buena medida, por entender (y ayudar a entender) la violencia, sus razones y consecuencias. Entender la violencia, para no reproducirla.
Terry, ¿qué te ocurrió el once de septiembre?
Mi hermana Laura era actriz y cantante, vivía en Nueva York. Encontró un trabajo de dos días como ayudante en un curso de nuevas tecnologías que se desarrollaba en el World Trade Center. Cuando el primer avión golpeó la torre norte, ella estaba en el piso 106. Enseguida fui hasta allí. Era un paisaje de pesadilla, hierros retorcidos, escombros de hormigón y un humo muy denso que se elevaba desde los restos. Lo primero que pensé fue: “alguien ha querido hacer esto”. Me abrumó la intencionalidad de la violencia del 11-S.
Cuando los atentados del 11-M en Madrid, la ciudadanía enseguida relacionó el “no a la guerra” y los atentados, por eso la crítica de la guerra se hizo muy presente. Y mientras que los grupos más militantes quedaban paralizados por sus visiones internas, la ciudadanía (supuestamente “no concienciada”) desplegó un abrazo social de amor y solidaridad que arropó a las víctimas en un deseo de paz, neutralizando el deseo de venganza y de guerra. Nuestra impresión es que en EEUU no pasó lo mismo.
¡Pero en Nueva York fue exactamente así! La solidaridad se desbordó. Se improvisaban santuarios de duelo y recuerdo por la calle, los restaurantes ofrecían comida gratuita, la gente manifestaba su apoyo de mil formas distintas. ¿Sabes? Las ciudades menos interesadas en la venganza fueron aquellas tocadas más directamente por los atentados. La gente que vivió de cerca la destrucción no estaba preocupada por la revancha. Es verdad que ese “abrazo social” no llegó a cambiar la política como ocurrió en España, con la victoria de Zapatero y la salida de las tropas. Nuestra política cambió, pero a peor. Desde EEUU vimos con asombro todo lo que sucedió tan rápidamente en España.
¿Cómo reaccionaste a la muerte de tu hermana?
La gente me preguntaba: “¿no estás furiosa? ¿No quieres venganza?” Claro que estaba furiosa, nos habían arrebatado brutalmente a Laura, ya no podríamos escucharla cantar ni reír, ella no podría cumplir ninguno más de sus sueños. Pero la venganza es un tema muy diferente. Tras visitar la zona cero en Nueva York, era incapaz de imaginar en qué podría consistir una venganza. Y tenía el sentimiento irresistible de que perseguirla empujaría el mundo fuera de todo control.
Mantener esta posición no fue fácil, en el ambiente caldeado post-11S. Algunas personas de Peaceful Tomorrows hemos sido tildadas de anti-patrióticas en varias ocasiones. Un locutor de radio llegó a acusarme de no amar a mi hermana, cuando dije que me parecía importante preguntarse porqué Al-Qaeda había llevado a cabo los ataques del 11-S. ¡Confieso que no fue fácil sentirme no violenta con ese locutor de radio!
¿Qué es Peaceful Tomorrows?
Una organización donde familiares y víctimas buscamos caminos para cortar la espiral de la violencia que desató el 11-S, lo que se conoce como “Guerra contra el Terror”. Nos hacemos cargo, no sólo de nuestros familiares, sino de todos las personas que han muerto debido al 11-S. Nos hemos embarcado en numerosas campañas desde 2002: nos oponemos a las guerras en Irak y Afganistán; reivindicamos justicia democrática para los responsables del 11-S y no juicios militares; exigimos el cierre de Guantánamo y que los torturadores rindan cuentas; y trabajamos muy duro contra la ola de islamofobia que amenaza con anegar EEUU.
¿Es Peaceful Tomorrows minoritaria entre las víctimas del 11-S?
En EEUU no sólo hay una, dos o tres organizaciones como aquí, sino cerca de doscientas, algunas muy especializadas (en temas de documentación, seguros, programas especiales, heridos, etc.). No es que seamos una minoría, sino que la mayoría de las víctimas han decidido activarse en otras líneas de trabajo, con otras preocupaciones. La mayoría de gente en EEUU se opone a la guerra en Afganistán, pero aún no se ha parado. La mayoría de gente EEUU se ha manifestado contra la guerra de Irak, pero aún no la hemos detenido. No creo que seamos minoritarios, sino quizá menos visibles.
Vuestras primeras iniciativas fueron viajar a Afganistan e Irak.
Nuestros seres queridos son víctimas civiles inocentes. La guerra contemporánea mata sobre todo civiles. Es un hecho, no importa lo inteligentes que sean las bombas. En 2002 y 2003 fuimos a Afganistán e Irak y organizamos “hermanamientos” con otras víctimas civiles inocentes. Personalmente, estuve en Bagdad y Basra, antes de la invasión estadounidense. Hablo de “hermanamiento”, porque entre nosotros había un lazo muy fuerte de sufrimiento compartido. Sentíamos lo mismo, habíamos sufrido la misma pérdida y respondíamos de igual modo: no a la guerra. El terrorismo no se acaba con la guerra. Es un pensamiento erróneo.
Has vuelto a ir luego a Irak, ¿verdad?
Más tarde he trabado relación con La’Onf. Es una federación de casi un centenar de asociaciones activas en Irak trabajando en torno a la no violencia. Me pareció increíble escuchar a iraquíes contar cómo se vieron transformados por la sola noción de la lucha no violenta. Es una cuestión muy profunda: ¿de qué sirve la no violencia en medio de una guerra? ¿No supone complicidad con el ejército ocupante de EEUU? Ellos responden que no, que la no violencia se opone a la ocupación pero que no quieren participar en más violencias porque ya han tenido suficientes (bajo Hussein, durante la guerra y ahora en la ocupación).
Buscan una tercera vía de oposición no violenta a la ocupación, los conflictos étnicos o regionales y la corrupción. No buscan tumbar al gobierno, sino obtener electricidad, agua, educación y trabajo para los iraquíes. Y están prefigurando lo que desean que sea el futuro de Irak. Esta primavera pasada decían en una declaración: “la no violencia es la solución para reformar Irak y transformarla en una democracia civil… En la no violencia las personas no son nuestro enemigo, es a la injusticia a lo que nos oponemos”. No es una organización pequeña, La’Onf está implantada en las dieciocho provincias que tiene Irak y participan muchas mujeres, contradiciendo todos nuestros estereotipos sobre el papel de las mujeres en Irak.
Os habéis movilizado también en Estados Unidos.
Sí, por ejemplo en torno al rechazo de la pena de muerte. No creo que el Estado deba tener el poder para matar a nadie. Nos movilizamos para que no fuera ejecutado Zacharius Moussaoui, el llamado “secuestrador número 20” o “terrorista del zapato”. Durante el juicio, conocimos a su madre, Aicha. Supimos por ella que educó a sus hijos como inmigrante musulmana de Marruecos en Francia. Era una esposa muy joven en un matrimonio forzado. El marido la pegaba a ella y a los hijos. Aicha es una musulmana laica, pero Moussaoui viró al islamismo radical cuando creció y se fue a vivir a Inglaterra. Nosotros le hablamos a Aicha de los seres queridos que habíamos perdido y de que a pesar de nuestro dolor no apoyábamos la pena de muerte. Finalmente, yo misma testifiqué en el juicio y fue muy importante para mí evitar la ejecución de Moussaoui, la espiral de muerte.
Otro motivo de movilización para vosotros ha sido Guantánamo.
Hace poco hemos conocido a Omar Deghayes, un preso recién liberado de Guantánamo. Un caso de completa equivocación de identidad. La inteligencia pakistaní vendió (literalmente) a Omar a las autoridades militares americanas. Le ha llevado seis años salir de Guantánamo. Ha sido torturado numerosas veces y ha perdido la vista del ojo derecho. Hablamos durante horas. No he vivido nada parecido, pero siento una conexión muy fuerte con él. Me impresionó una historia: Omar pidió varias veces libros sobre EEUU, pero se los denegaron, sólo le daban el Corán. Diez años más tarde seguimos con Guantánamo activo, un espacio inconstitucional, fuera de la ley.
Obama no ha cumplido su promesa de cerrarlo.
Millones de personas se han movilizado para parar las guerras y cerrar Guantánamo, pero aún no lo hemos conseguido. Obama nos ha decepcionado completamente, incumpliendo todas sus promesas: cerrar Guantánamo, salir de Afganistán, ejecutar a Bin Laden en lugar de llevarle a juicio como exige la justicia democrática, etc. Esta lucha va a ser larga y dura. Hay algo muy roto en el sistema político estadounidense. Me siento responsable de ello, no culpable, pero sí responsable.
¿Por qué te sientes responsable de las acciones de gobiernos a los que no apoyas?
Me tomo la democracia muy en serio. Si en las elecciones no sale lo que quieres, tienes que activarte, protestar en la calle, trabajando día a día para cambiar la mentalidad de la gente. La ciudadanía no acaba cuando votas. Y desde luego no hemos hecho lo suficiente todavía. Nuestra democracia está como paralizada por el 11-S. Entonces se instaló una especie de ceguera colectiva y la decisión de ir a la guerra apenas tuvo oposición en el Congreso.
Hablas de islamofobia en EEUU.
Recuerda el asunto de la “mezquita” justo hace un año. Sólo se trataba de un centro cultural árabe que se iba a abrir en Manhattan, como hay otros centros culturales judíos o budistas. Un lugar donde estudiar, encontrarse y también meditar. Pero los políticos ultraconservadores instrumentalizaron con fines electorales un sentimiento anti-islámico, apelando a la memoria de las víctimas del 11-S. Eso me rompió el corazón.
En EEUU hay mucha ignorancia. Ha habido ataques a musulmanes, pero también a indios e incluso a latinoamericanos sólo por ser morenos como los árabes. Buscan dividirnos según cómo vestimos, rezamos o no rezamos. Son las diferencias que tenemos que dejar en segundo plano para afrontar las verdaderas divisiones, las que condujeron al 11-S. Los secuestradores del 11-S eran musulmanes muy bien educados que no recibieron un buen trato, dignidad y respeto en los contextos europeos donde vivieron. Lo último que yo quiero es humillar y deshumanizar a alguien por su religión.
El centro cultural pretendía ser un lugar de entendimiento y eso es lo que falta. Entender al otro, aunque no estés de acuerdo. Entender incluso las motivaciones de los terroristas, sin justificar sus métodos. Es un gran desafío. ¿Por qué rezas así, por qué comes esto y no lo otro? ¿Qué significa Jihad? Jihad significa lucha, lucha interior, lucha interior con mi propia fe. No significa violencia. Escuchar hablar a un musulmán sobre la Jihad puede ayudar a un católico, a un budista o a un ateo. Porque hay quien lucha también con su no creencia. Yo todos los días me pregunto qué significa mi no creencia y de dónde vienen entonces mis valores.
¿Cómo te sentiste sobre la muerte de Bin Laden?
Medité profundamente sobre aquello y concluí que la muerte de Bin Laden, el líder de la organización que asesinó a mi hermana, no cambiaba fundamentalmente la búsqueda en la que estoy comprometida desde el 11 de septiembre de 2001. Bin Laden fue asesinado tras los levantamientos pacíficos en el mundo árabe que para mí son señales de que el terrorismo de Al-Qaeda está en declive. Me entristeció cómo le mataron. Otra vulneración más de la justicia democrática. Creo que no se le quiso capturar ni llevar a juicio. Desde el 11-S, la Constitución americana ha sido violada una y otra vez y yo quiero que esto termine. Mi visión personal es que un sistema de justicia democrática, de acuerdo con los principios de la justicia internacional, que se aplica igual a todos y que piensa en el mundo como un conjunto, es una fuerza para la no violencia, atempera los deseos de venganza.
¿Ha cambiado tu visión del mundo tras el 11-S?
Antes del 11-S era una defensora muy activa de los derechos humanos, como documentalista, militante de Amnistía Internacional, etc. Cuando ocurrió el 11-S, mi deseo más apasionado es que la muerte violenta de mi hermana no llevará a otras muertes violentas. Fue inmediato. Los amigos me llamaban y yo les decía eso. Una confirmación de quien era. Lo nuevo en mi vida es la conexión sensible con el dolor y la gente que lucha por lo mismo que yo. Trabajo contra la guerra de Irak y quiero estar conectada con los iraquíes que la sufren. Antes todo era más abstracto, un activismo más abstracto, no tenía una sensibilidad que me conectase tan profundamente con los otros. Esta necesidad de juntarse y organizarse con otras víctimas de violencia política era una novedad en mi vida. Necesitaba hablar con otras víctimas y estar junto a ellas. Nunca pude imaginar que un afgano me entendiese mejor que mi vecino de al lado.
¿Hay entonces relación entre la actividad pública de Peaceful Tomorrows y el proceso de sanación personal?
Sí, las dos cosas van unidas muchas veces. Para mi fue muy importante anímicamente durante los primeros meses encontrar otra gente que decidía oponerse públicamente a la guerra exclamando “not in my name”. Y luego encontrar compañeros para el camino, otra gente que ha pasado por lo mismo, que comparte la tragedia y que reacciona igual. Ahora tengo amigos que nunca habría imaginado tener. Mi hermana era amante de la paz. De hecho era una persona mucho más amable y tierna que yo. Muchos de sus amigos vinieron a mi cuando fue asesinada y me dijeron: “una de las cosas más duras del 11-S es que de alguna manera todos esperábamos que Laura estuviera aquí para ayudarnos a elaborarlo”. Siento que la honro acercándome a otra gente que sufre, actuando como lo hago. Y eso me hace mucho bien.
** Terry Rockefeller fue invitada en mayo a Madrid por la Asociación 11-M Afectados de Terrorismo a un encuentro de víctimas por la justicia democrática y la paz. Agradezco a Jesús Abril de la Asociación 11-M su ayuda para la entrevista. En la foto interviene ante alumnos del IES Jaime Ferrán Clúa de San Fernando de Henares, en una actividad organizada por Juan Cordero de Ciria y Guillermo García Domingo.
Otras entrevistas a miembros de la Red de Afectados por Violencia Política aquí en Fuera de Lugar:
Entrevista con Aaron Barnea (Israel)
Entrevista con Mazen Faraj (Palestina)
Entrevista con Ali Abu Awwad (Palestina)
Entrevista con Jo Berry y Pat Magee (Irlanda del Norte e Inglaterra)
Entrevista con Juan Gutiérrez (España)
Entrevista con Ali Abu Awwad, por Amador Fernández-Savater y Juan Gutiérrez. Realizada en el marco de los encuentros “Paz en positivo: un reto posible” (8 de junio de 2010, Bilbao).

- Ali Abu Awwad, en la coordinación del Día Mundial de la Paz y el Día de la Resistencia Social en Nabi Saleh
–Ali, preséntanos brevemente tu historia.
Me llamo Ali Abu Awwad y provengo de una familia de refugiados del 48. Se trata de una familia muy política, mi madre estuvo en la cárcel durante muchos años. Yo seguí pronto sus pasos y me impliqué también en la resistencia contra la ocupación israelí. Fui arrestado en la primera Intifada y pasé cuatro años en la cárcel. En el año 2000, un colono israelí me hirió gravemente. Mientras me daban tratamiento médico en Arabia Saudí me enteré de la muerte de mi hermano Yousef, detenido y disparado a quemarropa por un soldado israelí en un puesto de control.
Lo peor en mi país es que el dolor infligido no se acaba con el asesinato, sino que continua en mil detalles de la vida diaria bajo la ocupación israelí. Muchas veces el dolor y la desesperación te dejan sin elección alguna, pero al final del día yo puedo decir que quien mató a mi hermano no me pudo arrebatar mi humanidad, ni hacerse con el control de mi mente. Mi madre fue la primera persona de la familia que ingresó en el Círculo de Padres, luego lo hice yo. El Círculo de Padres es una organización que reúne a más de seiscientas familias israelíes y palestinas que transforman el dolor por la pérdida de un ser querido en acciones por la reconciliación. En la actualidad soy responsable de proyectos de la organización. Tras un proceso muy largo y muy duro, ahora creo que el diálogo es el camino para llegar a la verdad y la paz… pero no cualquier tipo de diálogo.
–¿Qué quieres decir?
Desde hace ocho o nueve años, vivo en mi maleta. He estado en muchísimos lugares del mundo. He oído a los políticos hablando de paz y diálogo en Naciones Unidas o en la Casa de los Lores. Tienen la palabra fácil. Para mí, por el contrario, el diálogo pasa en primer lugar por sentarse en una silla más incómoda desde la que ver el mundo. Se trata de quedarse en ella y probar lo que está probando el otro, no para sentir compasión por él, sino simplemente para entender lo que necesita en su vida para vivir, para crecer, para pensar, para comportarse como un ser humano.
–¿Y en qué tipo de silla hay que sentarse para entender lo que pasa en Palestina?
Hay que preguntarse algunas cosas: ¿qué sientes cuando tienes diez años y visitas a tu madre en la cárcel, pero no puedes abrazarla? ¿Qué significa crecer como un refugiado? ¿Qué sientes cuando peleas con piedras contra un enemigo poderosamente armado? ¿Qué sentí cuando me dijeron durante el proceso de interrogatorio y torturas al que fui sometido que le habían cortado totalmente el pelo a mi madre, que la habían afeitado porque tenía una especie de enfermedad? ¿Qué sientes cuando durante toda tu vida la gente espera que seas un héroe, cuando se espera que seas un líder con tan sólo 17 años? Son algunas preguntas extraídas de mi propia historia, pero mi historia es perfectamente común en Palestina. Cuando nos sentamos en una de esas sillas incómodas, entonces el diálogo puede tener resultados porque se vuelve inmediatamente un diálogo práctico.
–Me gustaría entender qué experiencias y reflexiones te han llevado hasta el Círculo de Padres y, en general, a tus posiciones actuales.
Ese proceso tiene muchos momentos. Por ejemplo, el primer contacto con la resistencia no violenta fue cuando estaba en la cárcel, tras la primera Intifada. Yo estaba en la comisión que lideraba entonces un grupo de cinco mil presos políticos palestinos. Decidimos hacer una huelga de hambre sólo a base de agua y sal que duró diecisiete días. Lo único que pedíamos eran mejores condiciones, ni siquiera nuestra libertad. Y lo conseguimos. Aquella prueba de la fuerza de la resistencia no violenta me marcó profundamente.
Otro episodio muy importante de mi proceso ocurrió también por entonces. Después de tres años en prisión solicitándolo y protestando, conseguí ver a mi madre que estaba en una cárcel de mujeres. Me llevaron de mi cárcel a la suya. Ella estaba al otro lado del cristal y empezamos a hablar, sin lágrimas. No sé, cuando vives esta vida de algún modo te empiezas a convertir un poco en una máquina, supongo. Pero quienes no podían dejar de llorar eran los dos oficiales de la policía israelí que nos custodiaban. Yo conocía a los israelíes como fuerza ocupante, militares, enemigos, pero nunca había visto a uno llorar. Así que a través de ese gesto pude saborear el gusto de la reconciliación.
Muchas veces tenemos esos conflictos internos, en los que no sabemos muy bien lo que nos pasa. Pero en política siempre hay que estar muy seguro de lo que haces. Las cosas tienen que estar claras y aunque no lo estén, hay que decir que lo están. Aportar humanidad a la política, eso sí que es un trabajo duro. En eso estamos.
–¿Cómo viviste los Acuerdos de Oslo?
Mi familia y yo esperábamos algo importante de aquel proceso. Esperábamos nada más y nada menos que cambiar nuestra identidad: pasar de ser revolucionarios a ser ciudadanos de un Estado propio. Personalmente, anhelaba salir de la cárcel, volver a mi casa en Cisjordania y vivir con normalidad, vivir una vida que integrase los valores de la paz. Pero cuando me liberaron junto a otros cuatro mil presos políticos palestinos, me obligaron a vivir en Jericó durante dos años más, sin poder volver a casa. El Acuerdo de Paz se empezó a caer para mí. Y aprendí algo importante, que tuvo posteriormente mucho que ver con mi decisión de ingresar en el Círculo: una cosa es un acuerdo de paz y otra distinta la construcción de paz. Aquel Acuerdo de Paz era sobre todo paz frente a los medios, paz sólo en el papel, sin construcción de paz.
–¿Qué hiciste al volver a casa?
No podía conectarme con la situación. Me preguntaba todo el tiempo: ¿voy a seguir siendo un revolucionario, un luchador? Pero durante el periodo del Acuerdo pude comprobar el significado y el valor de la ausencia de violencia, tenía esperanzas en que algo podía cambiar en mi vida. Así que decidí implicarme más directamente en el proceso de paz y me convertí en un oficial de la seguridad palestina. Pero no fue nada fácil. La Autoridad palestina no era una auténtica autoridad, había una autoridad por encima que era la ocupación israelí. En realidad no podíamos controlar prácticamente nada. Los mandos israelíes humillaban a la Autoridad palestina una y otra vez. Y cuando había un atentado suicida se nos planteaban muchas preguntas: ¿de quién es la responsabilidad? ¿De la Autoridad palestina? ¿Del Parlamento o del ejército israelí, de quién? Fue entonces cuando me di cuenta de que si no hay participación, si no incluyes la reconciliación, la empatía, el conocimiento y la comprensión, si no añades todo esto a la solución política de los problemas políticos, el proceso de paz es débil y las esperanzas se pierden muy rápidamente.
En el año 2000 se inició la segunda Intifada, con una impronta claramente militante. Dos meses después fui herido por un colono israelí. Y cuando estaba en Arabia Saudí recibiendo tratamiento médico me comunicaron la muerte de mi hermano en un puesto de control. Un soldado le disparó una bala a setenta centímetros de la cabeza. Yousef tenía 32 años.
–¿Cómo recibiste su muerte?
Lo pasé fatal. Yousef era para mí un hermano, un amigo, un padre, una madre. Siempre se ocupó de mí, solía protegerme. Yo sabía lo que significa perder la fe, perder la razón. Sabía lo que significa perder los sueños, perder la esperanza. Pero no sabía lo que significaba perder a alguien que forma parte de mi vida, de mi existencia. Mi hermano fue asesinado, no porque participase en ninguna actividad política, ni porque fuese un delincuente, sino por ser simplemente un palestino. Por eso le mataron. ¿Acaso ser palestino es un delito, un error?
Yousef valía como todo un planeta, por eso no hay nada que pueda sustituirle. Si Yousef valía como todo un planeta, si valía lo que valen todos los israelíes juntos, ¿cuántos debería asesinar para sentirme mejor? ¿Cuánto odio debe envenenar mi cuerpo y el cuerpo del enemigo para poder aliviar mi dolor? Me encerré en mi mismo, no quise hablar con nadie, simplemente no quería vivir. Hiciese lo que hiciese, nada me lo iba a devolver. Ni la paz, ni la violencia, ni la no violencia, nada. Pero Yousef dejó también un hijo, una hija y a su mujer. Y rehacer el sentido de mi vida consistía en ayudarles en la suya después de la muerte de su padre. Pero en aquel momento, lleno de ira como estaba, no quería ver el otro lado, ni hablar con él.
–¿Y qué pasó entonces?
Pues que el fundador del Círculo, Yitzhak Frankenthal, quiso conocer a mi familia. Se lo comunicó a mi hermano y él se lo dijo a mi madre, que respondió: “bien, le damos la bienvenida”. Yo aluciné. Siempre he visto a muchos israelíes en casa, conocía sus comportamientos, sus rostros, les había puesto etiquetas, pero nunca había visto tan de cerca su dolor, sus lágrimas. Entonces me di cuenta de que si esas personas, que habían pagado el precio más alto al conflicto, eran capaces de venir a mi casa, darme apoyo y empatía, y entender mis derechos y mis razones, entonces cualquiera en Israel podía hacerlo. Y del mismo modo, igual que yo me uní al Círculo de Padres, cualquiera en Palestina puede hacerlo también. Así se inició mi camino en el Círculo de Padres, hasta aquí una fase de mi historia.
–¿Qué significa para ti la reconciliación?
En primer lugar, creo que la reconciliación es un gran desafío personal. Porque luchar contra el enemigo es una respuesta fácil, pero es mucho más difícil luchar contra ti mismo. Resistir al sentimiento de venganza, al deseo de arrojar el veneno que te han metido en el cuerpo contra otro cuerpo, eso es muy duro. Reconciliarse supone reconectar con la vida después del crimen. Ser capaz de abrir de nuevo los ojos y decir abiertamente que lo que se ha hecho contra ti no te ha hundido.
Pero no es nada fácil dejar de sentirse víctima, ésa es una de las razones por las que continua el conflicto. Ser víctima significa que uno no actúa, sino que reacciona. Uno pierde su capacidad de acción, pierde la estrategia, pierde el control, porque lo único que le controla es el sentimiento de ser víctima. En este conflicto ambas partes se sienten víctimas y eso explica que se perpetúe el comportamiento agresivo. Hay una competición por ver quién es más víctima. Y las víctimas se vuelven a menudo victimarios. Los israelíes tienen la herramienta de la historia, la referencia al Holocausto, para demostrar que son víctimas. Y los palestinos pueden enarbolar mil elementos de su vida diaria: los puestos de control, el muro, los asentamientos, etc.
Yo también me sentía una víctima y esperaba respuestas exteriores. Todo dependía de los demás: las soluciones, los juicios, los castigos, etc. Pero hubo un momento decisivo en que empecé a buscar respuestas por mi mismo y en mi mismo. Entonces dejé de sentirme una víctima. Ese proceso pasó a través del conocimiento, cuando desde el otro lado se dio un paso. No sé si hay claves para la reconciliación. Ni siquiera sé muy bien qué me sucedió a mí cuando decidí cambiar hacia la reconciliación. No sé qué me pasó, pero sí sé lo que quiero. La pregunta clave es: ¿para qué quiero reconciliarme?
–¿Y cuál es tu respuesta a esa pregunta?
Para mí, la reconciliación es una herramienta para alcanzar la paz en una situación de conflicto. Podemos firmar un acuerdo de paz entre dos Estados o dos naciones. Pero la reconciliación significa defender con uñas y dientes ese acuerdo, y normalizar las relaciones con el otro. Mediante la reconciliación, la existencia de uno se convierte en la existencia del otro, ambas se conectan. Por eso creo en la reconciliación durante el conflicto. Y después de alcanzar la paz, la reconciliación debería convertirse en un objetivo, ya no sólo en una herramienta. El objetivo de ser buenos vecinos, en una situación en la que existen relaciones normales entre vecinos normales.
Si las personas no nos reconciliamos no es porque no queramos la paz, ni porque queramos quedarnos atrincherados en un sentimiento de víctima que nunca es agradable. No nos reconciliamos porque no sabemos cómo hacerlo, no sabemos cómo enterrar nuestro sufrimiento y nuestra ira, no sabemos cómo volver a vivir cuando el crimen contra ti es continuo, cómo dar una cara humana al enemigo que nos deshumaniza día a día. Pero mientras no lo hagamos no hay solución, estaremos paralizados. No estamos hablando de querernos más los unos a los otros ni de cosas espirituales por el estilo, sino de algo muy práctico que podría servir también a un nivel político. Lograr la reconciliación mientras el conflicto está todavía en marcha no es fácil. Pero igual que este conflicto es complicado, la solución será complicada.
El soldado que mató a mi hermano quería que yo pagara con mi mente, que perdiera la cabeza. Esa es la ocupación real. Porque si yo no pudiera controlar mi comportamiento respondería con violencia y eso serviría a sus políticos, por eso la reconciliación es tan valiosa.
–¿Qué relación tiene la reconciliación con la política?
Para mí, la reconciliación no sólo es un trayecto personal entre dos personas, sino también entre dos naciones. No es una solución personal por la cual yo me sienta mejor conmigo mismo. No es un tratamiento psicológico, sino el tratamiento político de problemas que son políticos. Por ejemplo, el asesinato de mi hermano fue un comportamiento político. Si yo participo en el Círculo de Padres, si me siento con alumnos israelíes para mostrarles mi experiencia, es porque creo que todo ello puede contribuir a una mayor libertad para los palestinos. Por ese motivo, en mi idea de la reconciliación, la visión política es un elemento muy importante.
–¿Cuál sería esa visión política?
Mi visión como palestino es tener un Estado para los palestinos. Esa es mi visión. Mi objetivo es acabar con la ocupación israelí, lo cual traerá automáticamente seguridad para Israel. Mi objetivo es tener un Estado palestino, lo cual traerá automáticamente el reconocimiento de Israel como Estado. La reconciliación durante el conflicto no funcionará sin una visión política. Porque cuando existe esa visión, cuando la tengo clara en mi mente, puedo defender públicamente mi comportamiento y mis declaraciones de reconciliación. La reconciliación necesita una visión política y también una estrategia, es decir, una estructura de base que la sostenga. Porque cuando tu comportamiento forma parte de una estructura y de una estrategia, entonces la gente, otras víctimas, pueden formar parte del proceso y unirse a él. Ya no es algo personal, se convierte en un comportamiento público, colectivo.
–¿Esa visión política es la de los políticos?
No, todo lo contrario. Uno de nuestros mayores problemas es que los políticos no tienen estrategia para la paz en Oriente medio. Por eso de ellos sólo salen riñas y la construcción de paz viene por otros lados. No estoy nada seguro de que los políticos se acerquen a la mesa de negociaciones con una mente limpia y buenos argumentos sobre cómo resolver los problemas. De ahí que enseguida empiecen las competiciones políticas sobre quién va a ganar más. Pero no hay un lado ganador en la negociación de la paz. Deben ganar los dos lados. Tampoco la Comunidad Internacional tiene una estrategia para la paz en Oriente medio. De hecho, hay iniciativas donde se instrumentaliza claramente nuestra sangre como si fuera un material. Pero la sangre de los niños israelíes y palestinos es mucho más sagrada que las necesidades políticas de quien sea. Nuestra sangre no está en venta.
–Dices que un gran problema para la reconciliación es que no sabemos qué hacer con el sufrimiento y la ira, dónde poner la energía del odio. ¿Qué piensas al respecto?
Lo que lleva a las personas hacia la violencia no es el odio. Eso es lo que yo he experimentado. Nuestro comportamiento normal no es el odio. Pero cuando vives bajo el sufrimiento, se te empuja hacia la ira. La ira es el lenguaje del sufrimiento, no del odio. Es importante saberlo. Se puede crear un lugar donde darle otro uso a la ira. Esa es una de las claves de mi apuesta por la resistencia no violenta. La resistencia no violenta es el medio a través del cual canalizar eficazmente la ira, y esa ira bien canalizada nos lleva al éxito. ¿Queremos tener razón o también tener éxito, ser eficaces? Es una pregunta clave. ¿Quieres que tu ira te conduzca a algún lugar o sólo quieres sentirte bien por responder, por resistir, por vengarte?
La resistencia no violenta es más que una filosofía, es una estructura, un estilo de vida, una identidad política. Cuando hablas de la India, inmediatamente te viene a la cabeza Gandhi o la marcha de la sal. Pero, ¿qué es lo primero que te viene a la cabeza cuando hablas de Gaza? Hamás, la resistencia de Hamás. Un comportamiento se convierte en una identidad política. Pero podemos cambiarla, el movimiento de no violencia que estamos creando podría convertirse en el nuevo rostro de la nación.
–¿Qué haría falta para ese cambio?
Hace poco me reuní con gente que vive en la zona de Jenin en la franja de Gaza. Me senté con sesenta guerrilleros que estaban allí con sus armas. Hablamos del proceso de construcción de paz. Llevamos más de sesenta años luchando, pero ¿cuál es el resultado de esa lucha? Más muros, más asentamientos, más puestos de control. Expliqué porqué la resistencia no violenta podría ser un camino más eficaz hacia la paz. Después de cuatro horas de conversación, los guerrilleros me dijeron muy claramente que años antes habían firmado un acuerdo para dejar las armas, pero que no funcionó porque no hubo ningún tipo de cambio en su vida cotidiana. El problema principal para Israel es la seguridad: si no sufren ataques, los israelíes viven en paz. Pero no es lo mismo para los palestinos: un alto el fuego de Israel no es una solución para Palestina. Porque la ocupación sigue en marcha, con sus muros, sus puestos de control, sus asentamientos. En los últimos años se ha llegado muchas veces a un acuerdo en la franja de Gaza, pero ¿cuál es el resultado? Que no hay cambios a nivel práctico, así que mañana cuando aflore de nuevo el sentimiento de desesperación el alto el fuego se romperá. Para convencer a personas que viven bajo una ocupación de no responder a cualquier ataque con la violencia hay que mostrar un camino activo, práctico y eficaz.
–¿Cuál es la fuerza de la no violencia?
La resistencia no violenta no ataca físicamente, pero sí se enfrenta a aspectos militares: armas, ejércitos, tanques. Sin embargo, su arma no es física ni material, sino moral. Es la propia humanidad. Es un derecho que se ejerce y se lleva a la práctica. Si llevo a la práctica el derecho a la independencia de Palestina por la vía militar seré derrotado. Porque perderemos cualquier batalla con Israel, así es la cosa nos guste o no. Y además no cualquier tipo de revolución logra la libertad. En el conflicto armado nosotros los palestinos salimos perdedores en todos los planos. Por su lado, la resistencia no violenta también es una estrategia de lucha. Y hablo de lucha porque esto es una batalla. Por ejemplo, te pones enfrente de una apisonadora que viene a dañar y destruir tu casa. Uno está ahí desnudo, sólo con su cuerpo. Pero no estás desnudo de creencias y de moral. Hay que tener un nivel muy alto de creencias para desarrollar este tipo de comportamiento. Israel tiene un gran problema con la resistencia palestina no violenta. Los soldados israelíes son cada vez más violentos contra los activistas no violentos. Quieren que nosotros respondamos con violencia. Pero yo sé que si no lo hago los desarticulo. Mediante la resistencia no violenta hacemos que no funcione el sistema que hay frente a nosotros. Para explicar mejor en qué consiste la no violencia, yo siempre cuento una historia.
–Adelante con ella.
Un amigo y yo pasamos un día en coche por un puesto de control. Allí, un soldado israelí muy agresivo se nos acercó sonriendo. Yo le pregunté: “¿qué tal es la vida en este puesto de control?” Ese día llovía y hacía mucho frío. “Me parece que tiene que ser terrible estar en este puesto de control”, continué. Él sonrió un poco más y me dijo: “¿Por qué lo iba a ser? Aquí mando yo”. Yo le respondí: “porque está sufriendo, lo sé”. Él se enfadó muchísimo: “no, te equivocas, eres tú quien sufres”. Y yo le contesté muy tranquilo: “no, yo estoy en un coche, calentito, con un amigo. Usted está bajo la lluvia, viene a mí con su arma y está orgulloso de provocar mi sufrimiento. Pero aquí el débil es usted. Yo voy a pasar este puesto de control y usted se quedará aquí todo el día”. Aquel soldado se asustó mucho cuando le mostré que no me podía convertir en una víctima, cuando le mostré la debilidad del poder que sólo proviene de tener un arma. Entonces empezó a hablarme de otra manera. Me contó que había nacido en un asentamiento, que su familia pertenecía a la extrema derecha religiosa y que nunca había hablado con un palestino de igual a igual.
¿Quién controlaba ahí la situación, quién tenía la autoridad real? No era él desde luego. Es sólo un ejemplo, una historia. Pero muestra muy bien cómo el comportamiento no violento requiere muchísima fuerza, en primer lugar la de controlar la ira. Si yo soy la persona que está sufriendo una ocupación militar, es él quien está en una posición equivocada e injusta, no yo. Es entonces cuando debemos preguntarnos si sólo queremos tener razón o también ser eficaces. Porque a través de estos actos de humanidad, dejas a la otra parte sin opción. La otra parte piensa: “coge un arma y sabré cómo tratarte”. Pero mientras no cojas un arma, no saben cómo tratarte. En la guerra física puedes pelear, pero cuando pones tu humanidad como arma frente al enemigo despiertas al ser humano que hay en él, porque todo lo que tiene delante suyo es otro ser humano. Al final yo no tenía frente a mí la imagen de un enemigo armado y agresivo, sino la de un ser humano con su historia. Si este comportamiento se convierte en un comportamiento masivo, y esa resistencia no violenta se está desarrollando ahora mismo en la franja de Gaza como un comportamiento público y nacional, seguro que la solución llegará muy pronto.
–¿Por qué razones piensas que la resistencia no violenta puede ser tan eficaz?
Porque les quita a los israelíes la excusa de la seguridad. La seguridad israelí se ha convertido en el mayor enemigo de los palestinos. ¿Por qué? Porque se basa en la ocupación: no es la defensa legal de una nación, sino un sistema en el que los niños palestinos necesitan cuatro horas para llegar al colegio por la mañana, una situación en la que las mujeres embarazadas mueren en los puestos de control. Eso no es seguridad, el muro no es un mecanismo para la seguridad. En primer lugar, es la representación psicológica del miedo israelí, un miedo muy vinculado a su pasado histórico. Esa es la verdad. Si las estructuras militares de la ocupación israelí no funcionan podríamos encontrar otra solución. Pero mientras exista un suicida esa estructura seguirá siendo poderosa, porque ahí encuentra justificación para seguir armándose. Por eso yo me siento devastado cuando hay acciones de violencia armada. La lucha contra los “islamistas radicales” es la mejor excusa frente a la Comunidad Internacional. Y de ese modo nadie presta atención al derecho legítimo a resistir de una nación ocupada que vive una situación de injusticia. La resistencia no violenta les arrebata esa excusa. Lo que necesitamos es una estructura que sirva a la libertad y a la seguridad a la vez. Hamás tiene una estructura, la ocupación tiene una estructura, Avigdor Lieberman tiene una estructura. Pero la ocupación no sirve a la seguridad y la violencia no sirve a la libertad. Por eso el 95% de los palestinos no participan en la resistencia violenta, a pesar de vivir bajo una ocupación militar (sin embargo, ¡se nos sigue considerando terroristas!). Necesitamos una estructura para la paz, una estructura para la humanidad de la resistencia no violenta. La resistencia no violenta no significa que yo abandone el derecho a resistir la ocupación, sino el rechazo a matar para ello. El asesinato de otro ser humano debería considerarse un crimen y un delito. Si dos naciones pueden llegar a esta conclusión sin dar más excusas a las matanzas, podríamos reconciliarnos y quizá perdonarnos.
–¿Cuáles son a tu juicio los logros y las aportaciones más importantes del Círculo de Padres?
El mayor regalo que puede hacer el Círculo es mostrar que aquellos que pagaron el precio más alto al conflicto pueden sentarse y conversar. Si ellos pueden hacerlo, entonces cualquiera puede. Ese es el logro más grande para mí, porque desafía la reproducción del conflicto. Lograr una solución política a través del Círculo no es nuestra tarea. Nuestra tarea es más bien traer mayor entendimiento entre los pueblos, lo cual puede contribuir por añadidura al proceso de negociación y búsqueda de una solución política. Es difícil ser humano cuando vives en una jungla. Para mí, ser humano no es sentir compasión por otros o ser amable con los otros. Ser humano significa ser capaz de entender qué necesitan los otros para vivir como seres humanos, apoyarlo y así ser parte de su existencia como seres humanos. Cuando nos conocemos unos a otros, cuando uno conoce las necesidades de vida que tiene el otro y se siente implicado en ellas, entonces te conviertes en parte de la solución de los problemas. En el Círculo hemos forjado tal confianza que yo dejaría tranquilamente que Aaron (Barnea), siendo israelí, me representase. Es decir, pondría en sus manos la sangre de mi hermano, la historia de mi familia y la identidad política de mi existencia sin dudarlo. Esa confianza es otro logro importante del Círculo.
También me gustaría señalar los logros internacionales del Círculo, que consisten en llevar por todo el mundo el siguiente mensaje: no nos usen más, dejen ser ser pro- esto o pro- lo otro y sean pro-solución. Si quieren apoyar a Israel, háganlo de modo que abandone lo antes posible los territorios ocupados. Si quieren apoyar a Palestina, apoyen la resistencia no violenta y la transformación de las condiciones de vida cotidianas de los palestinos. Aquí nadie va a desaparecer, la única solución es que todos aprendamos a convivir en la misma tierra. Para ello, yo quiero que haya dos Estados y que un grupo de locos no gestionen mi vida. Deseo que Israel tenga fronteras políticas para reconocerlas. Deseo la situación en la que todo el mundo se de cuenta de que las armas no son la respuesta. No sé porqué no podemos compartir la vida en esta tierra y nos empeñamos en compartir la muerte, una vez que están enterrados nuestros muertos. Lo único que necesito es mi libertad, no quiero lanzar a personas al mar ni nada parecido.
Por eso nuestro mensaje, nuestra voz conjunta se alza, como la voz de gente considerada en general como víctimas, para decir que no somos material que pueda servir a la iniciativa política de nadie, que escogemos vivir, que escogemos tener paz y que escogemos llegar a una solución. Y si al final la separación es la solución yo formaré parte de ella. Si el muro tiene el acuerdo de ambos lados, apoyaré el muro. Si la gente opta por el divorcio, pues nos divorciamos. Porque así quizá podamos luego volver a casarnos, pero no ya en este tipo de matrimonio. No en el que tenemos ahora.
–¿Eres todavía capaz de imaginar un futuro de paz?
Nunca me hubiera imaginado a Arafat y a Rabin estrechándose la mano pero sucedió. Nunca hubiera imaginado que ciento cuarenta familias palestinas e israelíes fuesen juntas al Museo del Holocausto y al día siguiente a visitar un pueblo árabe en Palestina, pero así lo hizo Círculo de Padres. Nunca me hubiera imaginado hablando junto a Aaron de un futuro de paz, ni mencionando la palabra ocupación en un colegio israelí. Nunca hubiera imaginado que Hamás dijese que están preparados para reconocer la iniciativa de los países árabes y pedirles que busquen un alto el fuego. Las cosas se están moviendo. Es un proceso a la vez emocional y político, personal y político. No podemos resolver todo. Los problemas no desaparecerán, tampoco tras la reconciliación. Siempre habrá conflictos, distintas identidades, distintas ideologías, pero ¿son conflictos donde la gente muere o donde simplemente discuten y no se gustan los unos a los otros? No hace falta que nos adoremos, sino que no nos matemos. Esa es la situación que quiero ver entre israelíes y palestinos: que incluso las discusiones y los conflictos incorporen valores no violentos.
* Esta entrevista apareció en el número 35 de la revista Hermes (noviembre, 2010). La negrita es mía.
La entrevista traducida al italiano
La página web del Círculo de Padres
Más sobre el Círculo de Padres en ‘Fuera de Lugar’:
-entrevista con Aaron Barnea
-entrevista con Mazen Faraj
Recojo este texto políticamente incorrecto (es decir, no obvio) de @cien_margaritas sobre las relaciones entre el 15-M y los JMJ. Ya hay un hashtag de discusión sobre el tema.

En la asamblea de calle del grupo de Pensamiento (15-M) hemos pensado sobre la inclusividad. A mi entender, la inclusividad tiene que ver con la enemistad y la amistad.
Para muchos movimientos sociales ha sido muy importante, en paralelo a su propia construcción, la construcción política de una enemistad: identificar y señalar al enemigo. Por ejemplo, el movimiento obrero tuvo que descubrir-construir a la burguesía como su enemigo de clase. (No entro a valorar esto, solo a constatarlo).
Sin embargo, la fuerza del 15-M no consiste en haber visibilizado unos enemigos. Todo el mundo requetesabía, ya antes del 15-M, que la democracia estaba corrupta y que la economía estaba podrida. La fuerza del 15-M consiste en haber construido un gran espacio de unión (personas que quieren estar juntas) desde el cual luchar con mayor fuerza (con escucha y respeto) y mejores armas (la no-violencia activa) contra esa democracia corrupta y esa economía podrida. Alguien dijo en Twitter: “No estábamos solos, estábamos desunidos”. El despertar es despertar al encuentro con otros/as que, dejando de lado todo lo que nos separa, son como nosotros/as (tenemos los mismos malestares, queremos soluciones comunes).
Ahora, la celebración en Madrid del encuentro JMJ es un test para el 15-M: ¿Cómo debe relacionarse el 15-M con lo que no le gusta?
Para la izquierda, la situación está más clara. La izquierda detesta a la iglesia católica por su colaboración con la dictadura franquista. (En la asamblea de pensamiento un participante dijo que la izquierda española, en general, rechaza toda forma de espiritualidad). Para la izquierda es fundamental construir y manifestar una enemistad clara y rotunda respecto a la iglesia católica. Una enemistad que se expresa como choque, confrontación, demostración de fuerzas…
Para el 15-M la cosa es más difícil: el encuentro JMJ le fuerza a posicionarse sobre algo ajeno a su dinámica, sin que haya habido suficientes procesos de consenso al respecto. (Basta ver los comentarios…, que estallan en todas direcciones).
Y es que el 15-M no es la izquierda. Es otra cosa. Una cosa nueva que está abriendo nuevos derroteros. Entonces, si no es posicionarse, ¿hay algo que se pueda hacer? En mi opinión, lo que corresponde a un movimiento horizontal y asambleario no es focalizarse en la presencia del papa ni de la jerarquía eclesiástica (focalizarse en la jerarquía refuerza la jerarquía), sino preguntarse por los miles de personas que ahora están en Madrid. ¿El 15-M tiene algo que decirles? (Me refiero a algo que les interese, no a decirles que son tontos/as o algo peor). Es más: ¿el 15-M tiene algo que escuchar de esa juventud que ahora habita Madrid, de la situación de sus lugares de origen, de sus malestares, de sus deseos…?
Vemos a esos chicos y chicas cantar, rezar, meditar, escuchar catequesis… Pero en la programación de sus jornadas no hay momentos para la toma horizontal de la palabra. No los/las vemos en corros, hablando, celebrando asambleas. Yo todavía tengo en la retina las imágenes de los primeros días de la acampada en Sol: gente tomando la calle, sentadas en corros, haciendo uso de la palabra, haciendo consenso.
¿Podría haber algún problema común, algo que interese al 15-M y que tal vez pudiera interesar a algunos chicos y chicas JMJ? ¿Podríamos abrir alguna superficie de contacto? ¿Podría el 15-M autoconvocarse para armar en la calle, estos días, una demostración de democracia que invite a la toma de la palabra a los visitantes JMJ? ¿Podría el 15-M regalar a las JMJ una experiencia de horizontalidad y respeto? No para hacer un bloque contra bloque sino para derrumbar los estereotipos que otros/as nos aplican (perroflautas) y que aplicamos a otros/as (papaflautas).
[Domingo 21, 20h Asamblea JMJ+15M, convocada espontáneamente por personas que quieren fomentar el diálogo entre participantes de la JMJ y el 15M, en la Puerta del Sol (no ha sido consensuada en ningún espacio asambleario de Acampada Sol)]
Texto que ha circulado por las listas del movimiento 15-M con motivo de un debate en torno a la no violencia

“la necesidad irreversible de destrozarlo todo
de destrozarlo todo
de destrozarlo todo y a todos
destrozar a los hombres
destrozar a las mujeres
destrozar hasta el destrozo total
pero eso sí
destrozar sin apariencia de destrozo
destrozar sin apariencia de destrozo alguno
destrozar a alguien y que este alguien siga intacto / aparentemente
destrozar sin destrozar es la mejor destrucción”
(Esteve Graset)
El 15-M es un movimiento noviolento. Es algo que está tan en su esencia que ni siquiera ha sido una decisión tomada en asamblea: va de suyo, se ha impuesto como una pura evidencia. No decidimos nuestro ADN, partimos de él.
Tan fuerte es esta “decisión no decidida” que nadie por ahora la ha contravenido, a pesar de las provocaciones, los desalojos, las palizas. (Hay otras “decisiones no decididas” que son de todxs conocidas: ser un movimiento horizontal, inclusivo, respetuoso, sin representación, no querer nada con siglas y con partidos políticos, etc.).
La noviolencia no significa noconflicto. Hemos ocupado plazas, nos hemos manifestado sin permiso, hemos bloqueado desahucios, hemos echado a la policía de los barrios… Es decir, la noviolencia del 15-M no es pasiva, no es acatamiento de la legalidad ni asunción de los términos convencionales de la política, sino que es activa, rebelde, desobediente y creativa.
La opción por la noviolencia no es una opción por rehuir el conflicto, sino por plantearlo en los propios términos, escogiendo los escenarios y marcando los ritmos.
De hecho, el 15-M ha podido hacer lo que otros movimientos más “radicales” llevan años intentando sin ningún éxito. Es cuestión de fuerza. El movimiento 15-M tiene la fuerza que otros movimientos no tuvieron.
¿Qué significa tener fuerza? Tiene fuerza quien puede alterar y modificar la realidad, cuestionar las agendas dominantes e im-poner los propios problemas, hacer ver lo que se quería ocultar y decir lo que está prohibido decir, transformar las vidas, los lazos y las vibraciones entre los seres humanos.
Violencia y fuerza no son sinónimos. La fuerza que unx tiene no se mide por el nivel de violencia que puede ejercer. La fuerza del 15-M pasa (entre otras muchas cosas) por su capacidad para acoger la pluralidad, llevar la iniciativa y ser imprevisible. Si el movimiento 15-M ha “decidido” ser noviolento es porque intuye muy claramente que las acciones violentas -agresión, intimidación o amenaza, disturbios y enfrentamiento con la policía- debilitarían esas tres claves de su fuerza.
El poder lleva buscando clarísimamente imágenes de disturbios desde el primer desalojo de Plaza Cataluña: son imágenes mil veces vistas que confirman todos los clichés que dividen y aislan a los que protestan del resto de la población. El movimiento ha sido súper-inteligente al desertar continuamente de los escenarios que nos preparan y en los que nos esperan. Nos salimos por la tangente. Resulta llamativo que desde el interior del movimiento todavía haya quien esté dispuesto a proporcionar al poder político y mediático las imágenes que está pidiendo para erosionar el apoyo social y la legitimidad ancha del 15-M.
Nos salimos por la tangente porque no queremos que nos empujen a la ya muy conocida espiral de represión/detenidos/heridos/miedo/rencor/reacción/campañas antirrepresivas, donde perdemos toda la iniciativa para seguir haciendo preguntas a la sociedad sobre cómo queremos vivir juntos, cómo queremos gobernamos, qué se hace con la riqueza que producimos entre todos, etc.
La violencia nos hace previsibles: refuerza las posiciones y los roles (policía represor/manifestante víctima). Llamar “hijo de puta” a un policía confirma la situación y el reparto de los papeles. Cada cual ya sabe quién es, qué identidad tiene y qué debe sentir hacia el otro. Seguramente no es algo muy grave, pero tampoco tiene nada de subversivo. Por el contrario, los gestos que hemos visto a menudo en las manifestaciones del 15-M de interpelar positivamente a la policía, con formas de comunicación irónica o empática, descolocan la situación: desconciertan, incomodan e inquietan, interrumpen los automatismos, cuestionan los clichés, hacen preguntas, cortocircuitan lo previsible, lo que cada cual sabe que tiene qué pensar, hacer y sentir.
Nosotrxs frente a la policía. La policía frente a nosotrxs. Es una imagen demasiado cómoda de lo que hacemos, es una línea de separación demasiado simple. Nuestra lucha no es así. El enemigo con el que nos batimos es una “lógica” que, en primer lugar, nos atraviesa a nosotros mismos (por ejemplo, en las mil decisiones cotidianas por las cuales sostenemos este sistema del que formamos todxs parte porque no hay ningún afuera). Hay una gran “potencia de humanización” en el movimiento 15-M. Decimos que somos seres humanos y no mercancías en manos de políticos o banqueros. Por la misma razón, podemos pensar que un policía es mucho más que su “función” y dirigirnos así a su humanidad (cuando tratamos de entablar diálogo o les recordamos que ellos también están hipotecados, pero también cuando les gritamos “vergüenza” ante un desahucio o una redada).
¿Violencia y no violencia son compatibles? La experiencia dice que la violencia se coloca siempre en el centro de lo que ocurre, como si fuera un torbellino que succiona y arrastra todo lo demás. La noviolencia puede expresarse de muchos modos, la violencia sólo de uno. En las acciones noviolentas cabe mucha gente distinta, en las acciones violentas siempre participa un tipo de gente muy determinada (hombre, joven, con papeles, etc.). Queremos afirmar, tanto en las formas de organización como en los modos de estar en la calle, los rasgos de nuestro ADN: horizontalidad, apertura, multiplicidad.
Perder la iniciativa, perder la pluralidad, perder la imprevisibilidad implica perder la fuerza. Fuerza es radicalidad. La noviolencia es lo que nos ha hecho y nos hace más fuertes y más radicales. Destrozar sin destrozar es la mejor destrucción.
Traducción al inglés
Traducción al portugués
Traducción al francés
Traducción al holandés
Versión completa de la entrevista con Jo Berry y Pat Magee aparecida en Público el 19 de junio de 2010. Realizada durante el encuentro en Bilbao “Paz en positivo: un reto posible”, organizado por la Fundación Sabino Arana. Juan Gutiérrez y Juan Cordero me echaron una mano con todo, ¡gracias!
Jo Berry es hija de Sir Anthony Berry, miembro del Parlamento británico y del partido conservador inglés asesinado por el IRA en el atentado del Grand Hotel de Brighton de 1984. Pat Magee fue el militante del IRA que puso la bomba. Tras pasar 13 años en la cárcel, salió amnistiado gracias al Acuerdo de de Paz de Viernes Santo en 1999. Ambos se encontraron en el año 2000 y exponen juntos desde entonces su apuesta por la paz, el diálogo y la reconciliación.
Han realizado un documental para la BBC sobre su experiencia (Facing the enemy) y ahora preparan un libro. Jo es presidenta de la organización Building Bridges for Peace (Construyendo puentes para la paz) y de la Red Internacional por la Paz. Pat es un defensor activo del proceso de paz en Irlanda del Norte. En el veinticinco aniversario del atentado de Brighton, ambos fueron invitados a hablar juntos en el Parlamento inglés.
No llevan nada apenas preparado cuando hablan en público. Parece como si en realidad prosiguieran una larga conversación íntima. Cada encuentro es en carne viva. No sólo se percibe el dolor, sino también una extraña alegría. Y sobre todo la grandísima fuerza de una vulnerabilidad compartida.
¿Qué les ocurrió?
Jo. Cuando hace veinticinco años murió mi padre, a quien yo adoraba, decidí emprender un viaje: renunciar a condenar a los demás, transformar mi dolor, poner fin al ciclo de violencia y venganza. Una parte de mi anhelaba la paz. Quería transformar mi trauma, pero ¿cómo? No lo sabía, me encontraba muy sola. Pero tenía confianza para emprender el viaje, una semilla a la vez frágil y fuerte.
Una noche, cuando volvía a casa en Londres, esperando el autobús me encontré con un joven que venía de Belfast. Charlamos y cogimos finalmente un taxi juntos. Me contó que su hermano había muerto a manos de soldados británicos. Entonces vi claro qué tenía que hacer para transformar mi trauma en algo positivo: convertirme en un puente. Construir un mundo en el que no estemos de pronto divididos como ese chico y yo, sino donde podamos ser amigos.
Pat. Nunca es fácil hablar al lado de Jo, yo he dejado un legado terrible y quiero reconocerlo. Crecí en una comunidad sin poder. Irlanda estaba dividida, una minoría no era escuchada, todas las herramientas políticas estaban proscritas. La violencia fue el resultado inevitable. No teníamos opciones y por eso decidí participar en la lucha armada. En realidad, nuestra violencia surgió de nuestra propia debilidad: no teníamos recursos políticos para cambiar la realidad, sólo los encontramos mucho más tarde. Por eso no podíamos cerrar el grifo del conflicto armado. Brighton fue un atentado importante dentro de una campaña por llevar la guerra fuera de Irlanda, directamente a nuestros enemigos, a las personas culpables del terrorismo de Estado. Entonces nos pareció la mejor manera de actuar.
¿Cómo fue su encuentro?
J. En los años 80 y 90, visité muchas veces Irlanda del Norte. Era una auténtica zona de guerra. Conocí a irlandeses que dormían totalmente vestidos porque esa misma noche sus casas podrían ser asaltadas y ellos detenidos. En esas condiciones era difícil dar con los espacios necesarios para elaborar mi trauma emocional. Encontré mucha humanidad, pero era realmente difícil escuchar y ser escuchada. Mi acento inglés sonaba como una amenaza para la gente. Tras el acuerdo de paz, las condiciones cambiaron: entonces podía ser escuchada y escuchar sin miedo.
Yo quería encontrarme con Pat para escuchar qué le llevó a asesinar a mi padre. Pat salió de la cárcel gracias a los acuerdos de paz de Viernes Santo. Cuando escuché la noticia por televisión, sentí dolor e ira. Pero yo quería escucharle. Algunos amigos intentaron organizarme una reunión con él. Un día, estando yo en Irlanda del Norte en el año 2000, me llamaron y me dijeron: “¿quieres conocer a Pat esta noche?” Yo me dije: “no estoy preparada, no tengo ganas en este momento”, pero al final acudí. La reunión fue de una intensidad extraordinaria, duró tres horas. Durante la primera hora y media, Pat se puso un sombrero político: me daba razones y argumentos que justificaban el atentado que acabó con mi padre. Yo no quería culparle, sino escuchar su historia, comprenderla. Pero entonces algo sucedió y Pat me dijo: “me gustaría escuchar su dolor y su ira, ¿qué puedo hacer para ayudarla?” Ahí empezó nuestro viaje.
P. Cuando salí de la cárcel, la situación era nueva. Y yo me preguntaba qué nuevo papel podía jugar. Un tiempo después, supe que Jo quería encontrarse conmigo. Cuando me reuní con ella, yo llevaba puesto un sombrero político. Le explique porqué había hecho lo que había hecho. Pero estar junto a alguien que escuchaba me cambió profundamente. Entonces reconocí lo asombroso de aquel momento. Lo que me dejó sin habla fue que Jo no expresaba ira. Todo hubiera sido más fácil para mí si Jo se hubiese encolerizado o enfrentado conmigo. Pero su disponibilidad a escuchar y conocer mi historia me desarmó. Y esa apertura ha motivado 10 años de exploración conjunta.
¿Podría haberse usted acercado a Jo como ella lo hizo?
P. Habría sido un error que yo tomase la iniciativa de contactar con ella. Se hubiese malinterpretado, habría sonado a autojustificación o a instrumentalización. La iniciativa debe partir de la víctima, cuando ella siente que el siguiente paso en su proceso es ir al encuentro del asesino.
¿Ha habido arrepentimiento o perdón?
J. Todo el mundo opina: “está bien que perdones”, “¿por qué no perdonas?” Perdón es una palabra difícil. Hay un contexto cristiano de la palabra. ¿Y si perdono pero más tarde siento de nuevo ira hacia Pat? En todo caso el perdón es un viaje. Pero yo no tengo nada que perdonar. Yo no entré en este proceso para cambiar a Pat. Para mí no se trata de perdón, sino de conocimiento. A veces, después de escuchar la historia de Pat, creo que he comprendido con tanta claridad su vida que no queda nada por perdonar y que de haberla vivido yo habría hecho las mismas elecciones que él. Todos somos seres humanos involucrados. Yo también estoy involucrada en el conflicto al formar parte de un país que no escuchaba y diabolizaba al otro. Se trata de abrir otras opciones. Ahora veo a Pat como a un ser humano, no como a un enemigo sin rostro.
P. Yo tomé mis decisiones conscientemente. No digo con ello que todas fueran correctas. Pero mi exploración con Jo no tiene que ver con el arrepentimiento o con la búsqueda del perdón. En todo caso trata de que haya menos conflicto interior, menos dolor. Para mí esto no pasa por el perdón, sino por comprender. Yo era responsable de tener una visión ciega del otro. No reconoces la integridad de su posición, la legitimidad de sus argumentos. Hay que hacerlo. Tener una imagen más completa, ese es mi aprendizaje. Conocer a Jo y a otras víctimas ha ampliado mi visión.
¿Han sido criticados?
J. Sí, hay quien percibe este proceso de hacerse amigo del enemigo como una amenaza. Los políticos lo temen. Pero recibo mucho apoyo, me siento cada vez más fuerte en este camino y eso supera todas las críticas. Lo importante es convertir el dolor en algo positivo, pero para las víctimas no hay dos caminos idénticos, todos son distintos e íntimos. Mi transformación habría seguido sin el encuentro con Pat, otros puentes pueden construirse. Cada cual debe hacer su proceso y muchos no pasan por conocer directamente al asesino. Conozco a madres que perdieron a sus hijos el atentado del 7 de julio en el metro de Londres y emprenden otros caminos.
P. Yo siempre traté de proteger a mi familiares de las consecuencias de mis decisiones. Me alejé deliberadamente de ellos. Sólo en los años recientes he podido comprender cómo les afectaron mis decisiones. Mi familia no apoya las decisiones que tomé, tengo un hijo comprometido con la no violencia. Pero apoyan lo que hago ahora y eso ayuda. Creo que el documental que he hecho con Jo ha ayudado a mi familia a entenderme. Cuando lo estábamos rodando, algunas personas de mi entorno se sintieron amenazadas. Me decían: “te han engañado”, “¿de veras que creías que podría salir en la BBC y justificar la lucha armada?” Pero en la calle recibí muchas palabras de enhorabuena. Creo que ese documental sido muy útil y ha contribuido al cambio de otras personas.
¿Se puede generalizar un caso tan excepcional?
P. Nuestra experiencia no es excepcional, odiaría pensar eso. De hecho, siempre ha habido un proceso de diálogo por abajo en la sociedad que contribuyó a que las comunidades estuvieran preparadas en su momento para la paz. Es más fácil la reconciliación si hay proceso de paz, pero se puede dar antes.
Creo que en nuestra experiencia hay una lección aplicable a otros contextos y situaciones: cualquier acuerdo debe ser incluyente, nadie debe quedar marginado, todo el mundo debe ser escuchado. Cuando la gente se siente impotente recurre a la violencia.
Yo no soy pacifista, pienso que en la situación en la que estábamos no teníamos otra opción que la que elegimos, pero hoy es distinto, ahora podemos construir. Dediqué casi treinta años de mi vida a esa lucha, diecisiete de ellos en la cárcel que para nosotros era otro frente de lucha. Estoy encantado de haber salido de este conflicto, de tener otras opciones ahora. Y sí, creo que el conflicto armado abrió estas posibilidades, lo defiendo. Es muy duro decir esto al lado de Jo. En el otro extremo está el lado humano del conflicto. Ahora estoy en eso. Conocer a Jo ha ampliado mi visión. Y me hace estar menos en conflicto conmigo mismo. Eso es lo mejor que puedo ofrecer ahora.
¿Cómo valoran los diez años de relación?
J. No se trata de valentía, sino de asumir un riesgo. Este proceso es como un viaje en busca de respuestas. Es muy importante poder contar la propia historia. Escuchar, ser escuchada, sin juicios. Que broten el odio y la ira, pero también trabajar mucho internamente para canalizarlos de modo seguro. Sin embargo, en este viaje hay que pagar un precio: no se puede olvidar. Cada vez que aparecemos juntos, recuerdo muy vivamente la muerte de mi padre. Pero creo que el coste personal es menor que la importancia de mi trabajo. Yo no puedo volver a ser una persona normal. Para mí los encuentros merecen la pena, ensanchan mi humanidad. Ahora hay más alegría en mi vida, más conexión profunda con el mundo.
Nuestra reconcilliación no es sólo emocional, tiene algo de político. Lo que hay es una profunda transformación. Lo importante es que seguimos aprendiendo. Pat y yo nos retamos cada vez que hablamos, tenemos opiniones muy diferentes, pero seguimos comunicándonos. Es un desafío y a la vez un regalo. No es una comunicación como la de los políticos: no se trata de juzgar qué posición es correcta y cuál no. A mí me hace feliz por dentro hacer algo positivo con lo que ocurrió. He transformado el dolor en pasión por la paz y así he ampliado mi humanidad. Le agradezco a Pat haberme ayudado a hacer eso. No hay muchos hombres del IRA capaces de escuchar a víctimas como Pat. Pat encontró la fuerza para hacerse vulnerable. Y yo mantuve siempre la confianza en que él iba a hablar de las emociones personales, también en público. Esa confianza nos hizo continuar en esto. Ahora nos llamamos amigos.
P. Yo ya sabía en la cárcel que en el futuro tendría que sentarme con mis enemigos de entonces: soldados británicos, lealistas, etc. Sabía que ellos formarían parte conmigo del proceso de paz para Irlanda del Norte. Pero nunca imaginé que pasaría diez años en este proceso con Jo. Desde la primera reunión, me impactó su disponibilidad. Me emocionó. La sensibilidad, la capacidad de escucha, la inteligencia… Veo todos esos dones en Jo y ahora pienso que provienen de su padre, eso lo hace todo más duro. Encuentro muy difícil estar junto a Jo, pero sé que he de hacerlo. Poco a poco las fronteras entre nosotros se desdibujan, nos redescubrimos, pensamos juntos sobre el pasado y aprendemos de él, entendemos mejor la medida de la pérdida, tenemos una mayor comprensión del otro. Me siento muy honrado por la confianza de Jo durante todos estos años, teniendo en cuenta que yo maté a su padre.
Versión completa de la entrevista a Mazen Faraj aparecida el 10 de mayo de 2009 en el diario Público.

Poco después de la guerra en Gaza, entrevistamos en esta misma sección a Aaron Barnea, representante del Foro de Familias (se puede leer la entrevista más abajo, en este mismo blog). Algunas voces cuestionaron su apuesta por la paz y la reconciliación, como si fuera una opción que sólo los israelíes pudieran permitirse. Sin embargo, el Foro agrupa a más de 500 familias israelíes y palestinas unidas en la decisión de cortar con la espiral de violencia que divide a las dos comunidades. Ahora tiene la palabra una mirada palestina. Mazen Faraj es el representante palestino del Foro de Familias Israel-Palestina. Desde que nació, vive en el campo de refugiados de Dehesheh (Belén). Pasó tres años de su juventud en cárceles israelíes y su padre fue asesinado en la ofensiva militar de 2002. Sin embargo su voz habla, sin el timbre del resentimiento, de inventar otra convivencia.
Cuando uno mira desde fuera el conflicto entre israelíes y palestinos la conclusión a la que llega es que no hay esperanza, pero vuestro ejemplo la desmiente.
Nosotros queremos sostener la esperanza, sin ella no hay nada. La esperanza que supone creer en el entendimiento. Queremos mostrar cómo en Israel y Palestina hay gente que mantiene abiertos el corazón y la mente. Todos los días, cada mañana, tenemos que decidir si estamos a favor de esta esperanza y pensar cómo traerla concretamente a nuestras vidas. Cómo no matarla, no perderla. Absolutamente todo está en manos de la gente, de los seres humanos más comunes. Por ejemplo, el problema del Acuerdo de Oslo es que se trataba de un acuerdo entre líderes políticos. Y lo fundamental es construir la paz desde abajo. Cada uno de nosotros cuenta, cada uno de nosotros puede elegir convertirse en un puente que salte las fronteras, que hable y escuche.
Lo importante es aprender a hablar y a escuchar, no convencer. No se trata de sumar a la gente a mi opinión, sino a inventar los modos de hablar en común. No es fácil, las experiencias y las interpretaciones son muy distintas. Por ejemplo, lo que pasa en 1948 para los israelíes es el nacimiento de su Estado, mientras que los palestinos lo llamamos “nakba“, es decir, nuestra catástrofe. Lo mismo ocurre con los acontecimientos de 1967. O con los palestinos que luchan con las armas: son “guerrilleros de la libertad” para nuestro pueblo, pero “terroristas” para los israelíes. Hay muchas experiencias y miradas distintas. El diálogo no es sencillo. Pero el ejemplo del Foro de Familias demuestra que es posible, incluso en su caso extremo: entre gente que ha pagado el precio más alto al conflicto. Un entendimiento entre humanos, entre lo que en nosotros hay de humano.
¿Cómo tomaste tú esa decisión por la esperanza?
Esa decisión la tomo todos los días, no de una vez para siempre. Mi padre fue asesinado por el ejército israelí en 2002, durante el asedio a la Iglesia de la Natividad en Belén. En 1948 escapó del pueblo donde nació buscando algo mejor. Escapó del miedo y la muerte buscando un lugar más seguro otra vida. No sabía que acabaría en un campo de refugiados. No sabía que sería asesinado a los 62 años. Cuando murió hice muchas preguntas a todos sus conocidos sobre él. Y supe que pasó los 62 años de su vida entre el sufrimiento y la muerte, pero sin dejar nunca de buscar una vida mejor para sí mismo y para su familia, sin perder nunca la esperanza. Le mataron sólo porque era palestino. Encontraron más de 60 balas en su cuerpo. Esa es la suerte que corren miles y miles de personas inocentes en este contexto de ocupación, conflicto y guerra.
Algo así te coloca ante una decisión: ¿qué vas a hacer entonces? Cada día me veo obligado a elegir dónde colocar mi miedo y mi rabia. Qué hacer con esa clase de sentimientos. Cómo darle un sentido a todo lo que me ha pasado en la vida. La respuesta obvia, la respuesta fácil, es la venganza. Matar a todos los que puedas en el bando de los que te han dañado. Pero yo pensé que por muchos israelíes que matara no conseguiría recuperar a mi padre. Para mi no se trata de venganza, sino de justicia. Hay una gran responsabilidad en esta decisión. Yo me siento responsable ante mi familia, mis dos hijas. Y decido no morir, ni matar. Mi deseo ahora es mirar al otro lado y buscar cómo construir la paz con otros, una vida mejor para nosotros, que supondrá también una vida mejor para todos. Desde mi sufrimiento y mi trayectoria, rebelándome contra el destino que se nos impone a todos los palestinos, creo mi propio mensaje de esperanza. Y así, al final del día me encuentro a mi mismo. Como yo, otras miles de voces se levantan con el mismo mensaje. Todos sabemos cuál es la solución. Todos sabemos que al final habrá paz y justicia para todos. Lo que hacemos es convertir nuestro dolor en la prueba viva de que hay otro camino. Tomar esa decisión es un proceso difícil. Pero con ella testimonias sobre tu humanidad.
¿Qué encontraste al mirar la otra orilla?
Como muchos otros palestinos, durante toda mi vida me he encontrado a los israelíes sólo como soldados, como enemigos que intentaban quitarme mi libertad, encarcelarme, matarme. Ten en cuenta que he pasado más de tres años y medio, repartidos a lo largo de muchas ocasiones, en prisiones israelíes. La primera vez siendo yo muy joven y más tarde debido a mi participación en las protestas contra la ocupación a comienzo de los años 90, durante la primera Intifada. Ahora visito colegios israelíes y palestinos con el Foro de Familias. El efecto es muy fuerte. Tal y como me pasaba a mi, muchos chicos se manejan exclusivamente con estereotipos demoníacos sobre el “otro” difundidos por los medios de comunicación. ¿Cómo romper esa imagen? Sólo encontrándote con el otro en un plano personal y humano, conociendo su historia, así pueden construirse los puentes necesarios para un diálogo y otra convivencia.
Tal y como están las cosas, supongo que os toparéis con mucho escepticismo…
¿Sabes lo duro que fui para mi ir a un colegio en Gaza después de la última guerra? No sabía qué decir. Durante esas tres semanas más de 1400 personas fueron asesinadas. ¿Cómo seguir hablando de paz y esperanza? Pero hay que hacerlo. ¿Qué significa decidir por la venganza? Sólo más muerte, más sangre, más tragedias para otra gente. Hay que cortar esto. Después de 60 años seguimos en el mismo sitio. ¿Cuál ha sido el efecto de la masacre de Gaza? Que ahora el ejército de Hamás es más grande. Entonces, ¿quién ganó la guerra? Por su lado, la derecha israelí arrasó en las elecciones, pero ellos no traerán la seguridad. El miedo no construye seguridad. El control no construye seguridad, sólo nuevas fronteras. El muro, los check-points, los asesinatos selectivos, la guerra en Gaza, nada de eso construye seguridad. Cualquier persona decidida puede cruzar el muro por las montañas y atentar en Tel-Aviv. La seguridad de los israelíes pasa por la libertad, los derechos y la vida de los palestinos. Estamos conectados, nuestros destinos están entrelazados.
¿Cuáles son los logros del Foro?
Creemos que los pequeños cambios pueden tener una gran fuerza. Si vamos a una escuela y 4 o 5 chicos escuchan nuestro mensaje, el día de mañana construirán algo con él. Por ejemplo, si a uno de ellos le toca algún día ser soldado en un check-point, sabrá que lo que tiene enfrente son seres humanos y que no todos los palestinos desean su muerte o la desparición de Israel. Ya nada será lo mismo. Nosotros no le decimos a nadie lo que tiene que hacer con su sufrimiento y su dolor. Simplemente mostramos con el ejemplo que hay otras elaboraciones que no pasan por el resentimiento y la venganza.
¿Qué sueñas para el futuro?
Sueño con que un día pueda viajar a través de mi país sin que nadie controle mis movimientos. Ese sueño concentra todos mis deseos de libertad y derechos humanos. Una vida mejor, sin la desolación de la guerra, significa para mi cosas muy simples: que mis hijas puedan ver el mar o tener un jardín. Para mi sería una gran victoria ver cómo mis hijas crecen en condiciones muy diferentes a las mías. Tiraremos el muro, como finalmente la gente tiró el Muro de Berlín. Quizá yo no lo vea ni mis hijas tampoco. Pero en todo caso habré hecho algo que tiene sentido ya por sí mismo: levantarme sobre mis propios pies y decir en voz alta que somos seres humanos.
Versión completa de la entrevista aparecida en Público el 14 de marzo de 2009.

(c) Francis Tsang*
Cristina Sánchez-Carretero es Científica Titular del Laboratorio de Patrimonio del CSIC. Ha coordinado el proyecto colectivo de investigación “Archivo del duelo”, basado en el registro y análisis de casi 70000 documentos de las ofrendas depositadas por la ciudadanía en los espacios públicos tras los atentados del 11-M.
¿Por qué el 11-M no se convirtió en otro 11-S? ¿Por qué aquí no prevaleció el miedo, el racismo o la lógica de la seguridad? Sin duda la respuesta se halla en la reacción social a los atentados. La ciudadanía tomó las calles para expresar su duelo, protesta y anhelos, sin dejar que el miedo organizara la acción. Una parte de esta historia, sistemáticamente borrada por la memoria oficial, son los santuarios que la gente edificó precariamente y sin pedir permiso a nadie en los espacios públicos.
¿Cuál fue el detonante de vuestra investigación?
Lo personal y lo profesional en terrenos como la antropología están muy unidos y tras el 11-M, al igual que otros muchos colectivos profesionales, sentimos que necesitábamos hacer algo. Lo fundamental en una investigación no son tanto los resultados a los que llegas, sino qué preguntas te planteas. En nuestro caso, el germen de las preguntas que nos hicimos fueron los atentados, la reacción social y la toma de espacios públicos para ritualizar el duelo. Todo aquello nos llevó a preguntarnos qué había detrás de esa movilización, detrás de esa expresión del duelo. En ese sentido fue el duelo propio el que nos llevó a plantearnos esa serie de cosas. Analizar la herida social fue la manera de elaborar la herida personal.
¿Cuáles eran vuestros objetivos?
En España hay muchos proyectos en los que desde el presente se trata de recuperar una memoria del pasado, a través de objetos etnográficos o de una investigación de los vestigios que perduran. Lo que es más raro es un proyecto que trate de registrar algo que está ocurriendo en el propio presente. Los mecanismos para hacer eso los tienes en los medios de comunicación, los grandes archivos de prensa, pero los proyectos de investigación suelen retrotraerse al pasado. Nosotros actuamos a la inversa: en un momento de crisis quisimos documentar lo que estaba ocurriendo en ese instante y darle un valor para que no se perdiera de cara a una memoria futura. Los registros efímeros y anónimos (como era una gran parte, aunque también había muchos mensajes firmados) no suelen perdurar. Nuestro objetivo era que no se perdiese esa expresión efímera y anónima de la ciudadanía. Cuando se cuenta la historia de los atentados, las grandes imágenes que usan los medios de comunicación son de las élites políticas, las comisiones de investigación o el juicio. Pero eso sólo es una parte. Aquellos días se construyó también un abrazo social que habló activamente de un mundo diferente. Parece que eso no interesa recordarlo.
¿Qué habéis descubierto en vuestra investigación? Empecemos por la ciudadanía.
Para explicarlo quizá sirva una comparación entre la toma de espacios públicos y las ofrendas tras el 11-S y el 11-M. En EEUU se fomenta enormemente el patriotismo, la unidad en torno al Estado-nación basada en el miedo: al terrorismo, al enemigo común, etc. Mientras que una de las conclusiones del proyecto sobre Madrid es que aquí la acción que piden la mayoría de los mensajes es la construcción de un mundo de paz. Las palabras amor y paz aparecen una y otra vez. Entonces tienes miedo y amor como palabras clave en uno u otro sitio. Otra diferencia se da en torno al uso de ciertos símbolos como la bandera. En EEUU se unifican todas las voces bajo la bandera (“Todos somos EEUU”), mientras que en el caso de Madrid la pluralidad de banderas es inmensa y la unidad no se encuentra en el Estado-nación, sino en la ciudad: Madrid. Lo local, simbolizado en el tren (“Todos íbamos en ese tren”). Ese es el elemento de unificación, de unidad. Hablo de las conclusiones del análisis de los mensajes, no de mis impresiones sobre qué pasó tras el atentado. Son casi 70000 documentos y a través de ese análisis se ve que La ciudad, lo local, es el elemento aglutinador. No se dice “Todos somos España”, sino “Todos somos Madrid”. Lo que marca el sentimiento de pertenencia es la ciudad. Es muy interesante el uso de lo local para el fomento de ese cosmopolitismo o unidad en torno a la ciudad.
¿Y en el aspecto político?
Pueden decirse varias cosas. Por ejemplo que la experiencia ciudadana en la toma de los espacios públicos durante la guerra de Irak dejó un sedimento que posibilitó la acción tras los atentados. Había mucha variedad de mensajes: contra Aznar, contra la guerra, pero también contra ETA, claro. Quizá lo más relevante fue la necesidad de espacios abiertos de comunicación e intercambio de ideas. Las columnas del santuario de Atocha se usaban para debatir. Alguien escribe algo, otro le responde. Pienso en un cartel que dice: “los inmigrantes no son culpables”. Y al lado hay otro que dice lo mismo pero en árabe y luego otro contesta. Hay varias capas de diálogo. Es como un palimpsesto. Lo que allí había era un foro, un foro abierto de intercambio, de comunicación que en sí mismo es político. Horizontal, es decir, sin filtros para poder expresar las ideas. Lo que nosotros llamamos acción performativa se ve ahí claramente. Por el mero hecho de dejar todas esas ofrendas se estaba pidiendo una acción concreta, en este caso la construcción de un mundo de paz. Esto puede traer consecuencias políticas importantes. Es un componente de acción. De acción performativa: dejando una ofrenda o escribiendo un graffiti se está pidiendo una acción concreta: “esto no debería haber pasado”, “exigimos responsabilidades políticas”. De ahí también el gran poder político de estos espacios. Personalmente, yo estoy muy interesada en ver cómo esas acciones concretas que se pedían en ese momento, esa utilización de los foros públicos como espacio de comunicación, podrían dar lugar a una acción continuada, a una praxis.
¿Y la dimensión religiosa?
Aquí nos llevamos una gran sorpresa. La hipótesis de partida es que el uso de los espacios públicos y civiles para ritualizar el duelo se debía a una desacralización, a una secularización de la sociedad actual. Sin embargo, lo que nos encontramos estaba muy lejos de esa idea. Hay más de mil estampas religiosas relacionadas con el catolicismo. Hay ofrendas budistas, sintoístas, protestantes. Una pluralidad de religiones que también es reflejo de la sociedad actual. Otro aspecto relacionado es el siguiente: hay una gran tradición en España de depositar flores, ofrendas, cruces por ejemplo en las carreteras para marcar el lugar donde murió alguien. Pero siempre lo hace quien tiene una relación directa con el fallecido. Este fue el primer caso de una forma tan masiva de depositar ofrendas en espacios públicos para personas desconocidas. Y eso tiene mucho que ver con los medios de comunicación de masas.
¿Y lo literario?
Está muy relacionado con la necesidad de comunicación y con esa característica de palimpsesto, de reescritura continua de paredes, murales y carteles. Hay una profusión de la poesía como medio de comunicación en un momento de crisis. Por otro lado, se da una ruptura de los géneros: Bruce Springsteen aparece junto a Antonio Machado, etc. Se rompen las categorías, es la literatura en acción y en uso. Hemos encontrado libros enteros depositados como ofrenda: El principito, por ejemplo. Hay escritos en todos los soportes imaginables: calendarios viejos que alguien sacaba de una cartera; el mensaje de un inmigrante sobre sus papeles de regularización; las papeletas de votación depositadas como ofrenda; gente del Samur que dejaba su propia camiseta con una dedicatoria escrita; cortinas que alguien arrancó de su casa; o manteles, claramente en uso, que alguna persona utilizó para escribir lo que sentía. Y la palabra por todas partes, especialmente en forma poética, pero también de epístola, de oración… Hay mucho dibujo, pero domina la palabra.
“Queremos devolver la investigación a la sociedad”
Ahora que está todo inventariado y catalogado, nuestra intención es devolver la investigación a la sociedad, poniendo las bases de datos a disposición de cualquiera. Que se puedan utilizar estos materiales tan poderosos -en la forma y en el fondo- con fines educativos o como herramientas de educación por la paz. Que la ciudadanía pueda reconocer la potencia de su toma de las calles y de la palabra desde el dolor, su poder constructor de solidaridad y su gran fuerza activa durante aquellos días.
* http://www.francistsang.com/ (fotografía reproducida en el libro Red ciudadana tras el 11-M; cuando el sufrimiento no impide pensar ni actuar, Acuarela Libros & A. Machado). Se trata de un pequeño santuario construido el mismo 11 en el interior de la estación de Atocha: nadie se dejaba prescribir lo que sentir ni dónde expresarlo.
Versión íntegra de la entrevista a Aaron Barnea aparecida en Público el 14-2-2009

Aaron frente al Ministerio de Defensa en Tel Aviv
Una mirada superficial parece indicarnos que no hay nada entre israelíes y palestinos que escape a la espiral de terror y desesperación. Pero siempre hay destellos de algo distinto. Se trata de darles valor y espacio. Impregnarse de la profunda fuerza que late en ellos por ínfimos y frágiles que parezcan al lado de los proyectiles. Aaron Barnea perdió a su hijo Noam en el Líbano en 1999. Cuando murió, le faltaban sólo 5 días para acabar el servicio militar. En su uniforme encontraron la insignia del Movimiento de las Cuatro Madres que reclamaba la retirada del ejército israelí del Líbano. Desde entonces Aaron participa en el Foro de Familias, una organización que reúne a familias israelíes y palestinas que transforman el dolor por la pérdida de un ser querido en acciones por la reconciliación. Que desafía a la fatalidad sin reproducirla.
Háblanos sobre el Foro de Familias(1)
Los orígenes del Foro están en el año 94. Entonces, un joven, un soldado de 19 años que se llamaba Arik Frankenthal, fue capturado por un grupo de Hamas mientras hacía auto-stop. Su familia era muy religiosa, cumplían el perfil de lo que llamamos aquí “el religioso nacional”: los que van con los sombrerillos tejidos (kippa), se suelen identificar como gente cercana a los que viven en los asentamientos y mantienen posiciones muy radicales sobre la solución al conflicto. Durante los siete días de duelo tradicionales judíos, su padre, Yitzhak Frankenthal, recibe la visita de un pequeño grupo llamado “Víctimas del Terrorismo”. Son familiares de asesinados en acciones terroristas palestinas y cada vez que sucede algo se manifiestan exigiendo mano dura, venganza, nada de tregua, etc. Pero Yitzhak les dijo: “señores, ustedes no me representan. Nada me va a devolver a mi hijo. No me voy a consolar sabiendo que más familias palestinas lloran a sus hijos, la violencia sólo engendra violencia y lo que tenemos que hacer es apoyar el Acuerdo de Paz”. En el año 94 estábamos en el ápice de lo que se llamó el Acuerdo de Paz, el acuerdo firmado por Rabin y Arafat en Oslo. La voz de Yitzhak era nueva porque lo que predominaba entonces era el rechazo al Acuerdo, al que se oponía la derecha israelí y también Hamás. Isaac Rabin se dio cuenta inmediatamente de que ahí tenía un apoyo de mucha envergadura a su política y le abrió la posibilidad a Yitzhak de dirigirse a un público más amplio, especialmente familias israelíes que habían sufrido la muerte de un ser querido a raíz de acciones palestinas. En poco tiempo hubo unas 25 familias que se agregaron a ese llamamiento por la paz de Yitzhak. Al año siguiente asesinan a Rabin y el Acuerdo de Oslo comienza a desvanecerse.
Un punto de inflexión
Sí, también para nosotros. Hacia fines del 98, lo que era una iniciativa exclusivamente israelí decide dar un paso importante: ver si al otro lado de la frontera hay grupos palestinos, familias palestinas determinadas a adoptar la misma posición. Una posición que hable de reconciliación, de la necesidad de llegar a un acuerdo y de abandonar la violencia y el terror. Esa decisión desafiaba una opinión muy extendida en Israel que dice: “al otro lado no hay ningún interlocutor”. El grupo va a Gaza y descubre a muchas familias dispuestas a adoptar la misma actitud. Comienza un periodo de “dinámica de grupos” entre la gente de ambos lados y el grupo descubre que tiene en sus manos una fuerza enorme que va mucho más allá del mero apoyo al Acuerdo de Paz que ya entonces estaba esfumándose.
¿Qué fuerza es esa?
Es la fuerza de hablar al público y decir: “si personas que han perdido a sus seres queridos, personas que han pagado el precio más alto al conflicto, son capaces de hablar entre sí y llegar a un diálogo de reconciliación, entonces cualquiera puede hacerlo”. Desde ese momento la organización, que pasa a llamarse “Foro de familias-Círculo de Padres” porque se abre también a personas que han perdido a seres queridos “de primer grado”, se transforma en una organización apolítica que se dirige directamente al pueblo, a la sociedad civil, para mostrar que la reconciliación es posible.
¿Cómo es el trabajo concreto del Foro?
Nuestro mayor enemigo es la polarización. Pero aquí la polarización no es ideológica. La polarización viene de una falta de conocimiento del otro, de encuentro humano con el otro. Los medios de comunicación han jugado un papel muy importante en todo esto, porque tienen una tendencia a la simplificación, a la reducción del otro a una sola dimensión. Mientras que el encuentro personal complica la visión. ¿Y qué es lo humano si no esta complicación? Ese efecto es el que buscamos en los encuentros.
¿Encuentros de qué tipo?
Habitualmente vamos muchísimo a los colegios. Cada año visitamos más de mil clases. No va un solo conferenciante, sino dos. Un israelí y un palestino, juntos. El conferenciante abre la clase relatando su historia en primera persona y cómo se encontró con el otro en la organización. Por ejemplo, el palestino relatará qué obstáculos ha tenido que pasar ese mismo día para dar la charla, a qué hora ha tenido que levantarse para cruzar el check-point y cómo es su vida cotidiana. Es un relato individual pero que tiene una perspectiva muy amplia, porque habla de una realidad que es común a todo un pueblo. Por eso genera empatía. El efecto es increíble. Después de estar hora y media un israelí y un palestino hablando juntos, los chicos nos dicen: “por primera vez vemos el otro lado de las cosas”.
También organizamos encuentros a nivel personal en los que por ejemplo un israelí trata de recuperar su pasado y contárselo a la otra parte y al revés. O encuentros entre las familias. Se hacen generalmente cerca de Jerusalén, allí donde israelíes y palestinos podemos llegar sin problemas. Ahí se trata sobre todo de conocerse a nivel humano. Pero también realizamos entonces otro tipo de actividades: por ejemplo visitamos juntos Yad Vashem, el centro más importante en Jerusalén dedicado a la historia del holocausto. Lo hicimos juntos. Y el mismo grupo fue a visitar una de las aldeas palestinas abandonadas en el 48, en lo que los palestinos llaman la Nakba, es decir el desastre que supuso para ellos la instauración del Estado de Israel que generó el problema de los refugiados. Fuimos también juntos. Dos personas que vivieron en esa aldea y que hoy en día son miembros de nuestra organización hablaron al grupo. En esos encuentros pudimos compartir las dos narrativas, israelí y palestina.
A finales del 2002 lanzamos un programa llamado “¡Hola, Shalom! ¡Hola Salaam!” (2). Era una línea telefónica que permitía a israelíes comunicarse con palestinos y viceversa. Entrábamos en el segundo año de la Intifada y percibimos que los dos pueblos necesitaban volver a dialogar. Recibimos dinero de la UE para difundir el proyecto y resultó ser un éxito de grandes dimensiones. Más de un millón de llamadas fueron registradas por el ordenador. La experiencia fue publicada y tuvo mucha resonancia mundial. Hoy la línea existe aún pero está prácticamente silenciada, por carencia de fondos. A raíz de la guerra reciente en Gaza decidimos ofrecer al grupo de ONGs de la Paz el derecho de continuar con la línea. En caso de que eso no progrese, trataremos nuevamente de conseguir los fondos para seguir llevándola nosotros porque creemos que vuelve a cobrar importancia.
¿Qué significa ‘reconciliación’?
Reconciliación significa aceptar la existencia del otro. Aceptar la humanidad del otro. Los derechos del otro a existir. Pensar en un lugar común donde convivir que seguramente exigirá que cada una de las partes renuncie a los “grandes sueños nacionales”. Mediante la empatía personal que se genera en los encuentros vislumbramos eso, prefiguramos eso. En el caso de estos dos pueblos hay muchas posibilidades de llegar a una reconciliación porque hay muchas cosas que nos unen. Israel puede ofrecer a Palestina una perspectiva moderna y occidental al lado de casa. Por su lado, los israelíes están atados emocionalmente a la tierra palestina. No hace falta ser el propietario de esa tierra para sentirlo. Los palestinos serán los custodios de esas lugares afectivamente tan importantes para los israelíes. Hay muchas posibilidades para generar puentes.
A diferencia de otros conflictos, como en Sudáfrica, vosotros habláis de reconciliación ya, sin postergarla para después del acuerdo político.
Nosotros confiamos en la sociedad civil. Presuponemos que la sociedad civil puede incluso desarrollar fuerzas que empujen a los políticos a llegar a acuerdos. Esa es nuestra función. Hoy sabemos que además de un acuerdo de paz, elaborado y firmado por los políticos, va a ser necesario un proceso de reconciliación. No una acción puntual, sólo por arriba, sino un proceso social. Nuestra misión es catalizar ese proceso, tratar de desencadenarlo con nuestro ejemplo, producir una ruptura emocional.
¿Qué significa eso?
Amos Oz nos explicó lo que quería decir con un ejemplo: cuando el presidente egipcio Anwar Shadat llegó a Israel un día memorable de 1977, para la población israelí era completamente impensable cualquier perspectiva de paz con Egipto. Pero Shadat llegó con un mensaje tan claro de paz y una disposición de tanta apertura que desarmó totalmente a la población. Fue increíble porque en cuestión de horas se generó en Israel una ola multitudinaria e imprevista de apoyo al movimiento de paz. Amos Oz nos dijo que cuando nosotros generábamos ese efecto en la gente, porque descubre de golpe que existe un palestino que es un ser humano, no una imagen estereotipada y unidimensional, inhumana, sino algo mucho más amplio. Lo que nosotros hacemos en los encuentros que generamos es humanizar al otro. Y el otro es en el caso de Israel es el palestino y en el caso de Palestina, es Israel. Esa es nuestra función.
¿Vuestra organización tiene algún color político?
Nuestra actitud es apolítica. ¿En qué sentido? Nosotros no entramos a dar soluciones sobre los diferentes temas que están sobre el tapete político: ¿cuál tiene que ser el futuro de Jerusalén? ¿Cómo debe resolverse el tema de los refugiados? Por el contrario, nosotros decimos que aceptaremos cualquier acuerdo político al que los políticos lleguen siempre y cuando sea de manera abierta, democrática, mediante el diálogo y la negociación. A nivel individual pensamos diferente sobre los diferentes temas: dentro de la organización la mayoría abrumadora se considera sionista, pero nadie pone en tela de juicio ni por un momento el derecho de los palestinos a tener su estado. Y creemos que ambas realidades son perfectamente compatibles. En todo caso, a nivel de organización no entramos a un análisis de las diferentes soluciones posibles. Nuestra función es hablar al pueblo con nuestro ejemplo. Y es precisamente porque no tenemos una actitud política por lo que podemos hablar en los colegios, que de otra manera serían mucho más cautos con nosotros. Una actitud apolítica nos permite una apertura mucho más amplia. A nivel más general, se nos ubica en el movimiento por la paz, que aquí está muy vinculado a la izquierda israelí.
Vuestra respuesta personal a la terrible violencia que habéis sufrido tan directamente no parece normal, ¿acaso sois gente excepcional?
Cada uno de nosotros pasó el trauma más grande que se puede pasar: la muerte violenta de un ser querido. En mi caso, mi hijo Noam. Su muerte me sacudió hasta la médula. Pensé que era el final de mi vida. Al principio lo que me sacó de la desesperación fue un sentido de responsabilidad hacia mis otros hijos. Y después la certeza de que mi experiencia me daba una voz y una fuerza que me permitía hablar en favor de la paz. Ninguno de nosotros se considera un santo, Ghandi ni nada de eso. Uno siempre puede preguntarse: “¿reaccionando con odio qué es lo que obtengo?” Mucha gente considera que la pérdida de un hijo impide hacerse esas preguntas. Pero no es nuestro caso. Yo he perdido a un hijo, pero no he perdido la cabeza.
Una última palabra tras las elecciones recientes
Busco la palabra más expresiva para describir lo que siento un día después de las elecciones: me siento aplastado. Pero no vencido. ¿De dónde sacar energías para continuar? Tengo la certeza de que para Israel la paz es una necesidad existencial. Seguiremos buscando aperturas, enfrentando a ambas partes con la humanidad del otro, dándole nombre y apellido, biografía y anhelos. Ahora será más difícil y por ello seguramente más importante.
1. http://www.theparentscircle.org/
2. http://www.theparentscircle.org/Activities.asp?sivug_id=2