Feijóo vende el cine gallego por 300 monedas de euro
Cuando se produce un cambio de gobierno, el electrizante suelo de las redacciones de los medios de comunicación públicos tiembla. El baile de caras, por ordinario y frecuente, parece lógico, natural: poco importa que el que salga sea un profesional como la copa de un pino y el que entre, un inepto, un sobrino.
Así, rostros significados y que se han significado, cartas marcadas, tienen las puertas de su despacho, de su estudio o de su plató entreabiertas desde que comienza el recuento electoral. Luego, una noche insomne, enciendes la radio y no reconoces la voz. O te echas el tenedor a la boca y sientes un escalofrío ferruginoso y extraño por haber sentado a tu mesa a una señora forastera que no para de soltar noticias por la suya. Pero bueno, sigues ahí, plantado en el dial, dejando en paz el mando de la tele, porque crees que terminarás acostumbrándote, al igual que lo hiciste con el nuevo médico de cabecera.
Lo que importa, piensas, es que te cuenten que están arrasando la Amazonia para plantar soja o que a continuación vas a escuchar lo último de Femi Kuti. Te quedas con el etanol y con el subidón de afrobeat. Te olvidas del gesto amable o del tic desasosegante de antaño, de la dicción nasal o cazallera que mullía el vacío entre canción y canción.
A veces, no es así. Resulta que se produce un relevo en el sillón presidencial y, por ejemplo, desaparecen los comunicadores, pero también los comunicados. En Galicia, cuando Alberto Núñez Feijóo llegó a la Xunta, nombró como conselleiro a un señor que, de tanto ver mundo, llegó a la conclusión de que la cultura gallega estaba “acomplejada”, tal vez por Francisco Leiro, Luís Tosar o Antón Lamazares. El mismo que, superado en originalidad por su traductor automático, rebautizó a Sobrado dos Monxes como Desván de los Monjes, aunque molaría más Fayado de los Monjes, en fin. La política bilingüística que deriva de ello —o de ellos— es previsible: como el castellano está en peligro, defendámoslo (del gallego, se supone, esa feroz especie invasora).
La programación cultural de la Televisión de Galicia y la Radio Galega, como cabe suponer, también se resintió; y no me refiero a la volatilización de algunos presentadores ni de sus programas, también fulminados, sino a la eliminación de continente y contenido. O sea, que si había una emisión en la radio pública que difundía música gallega y en gallego, a tomar por saco: presentador, programa y, a la postre, contenido, puesto que no se producía la sustitución del espacio caído en desgracia por otro que se encargase de ejercer de plataforma de lanzamiento de las creaciones de los artistas locales —cometido para el que fue montado, entre otros, el ente público de marras, la CRTVG—, a partir de entonces mediáticamente huérfanas. Sucedió con Aberto por reformas en la radio y con Banda Curta, Libro Aberto y Onda Curta en la tele.
Cuando a uno, prácticamente, sólo le quedaba Flocos.tv para poder disfrutar de la producción audiovisual gallega, nos enteramos de que el organismo de la Xunta del que dependía la videoteca online gratuita ha ordenado su cierre. Pesa la crisis económica, pensarán unos. Ingenuamente, añado yo: el conselleiro Varela y el presidente Feijóo, responsables últimos del entierro de esta modélica filmoteca digital, se han cargado el escaparate del cine facturado en el bonsai atlántico para ahorrarse 300 euros al mes.
Primero, apenas lanzado el proyecto por el Gobierno bipartito, lo dejaron a la deriva: en 2009 cancelaron el mantenimiento, por lo que se interrumpió la subida de nuevos contenidos (había archivados más de 350 cortos, tráileres, making of, materiales inéditos, documentales, videocreaciones y largometrajes, a los que habría que sumar otras 300 piezas en cola). Después, se destinó una partida exigua para pagar el servidor y prestar una atención mínima a sus casi 2.000 usuarios registrados, que podían seguir dejando comentarios y formando parte de la comunidad floqueira (una mínima y activa parte de los espectadores totales de la web). Ahora, con la orden de cierre, todo el trabajo realizado y el dinero gastado en Flocos.tv se van por el sumidero de la desidia institucional.
Podría parecer que se trata de una cuestión económica, pero a mí me huele y me duele que no. Y me jode doblemente porque el ataque de los representantes del pueblo no es —sólo— contra la lengua y la cultura gallega: es contra nosotros mismos.
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