
Ilustración: Manuel Pazos
Eu viña dos tangos arxentinos de Carlos Gardel, das rancheras mexicanas de Rocío Durcal, do gospel vasco de Mocedades, do pop galego de Pucho Boedo e Los Tamara… Porque, musicalmente, crieime dentro dunha caixa de zapatos –como non podía ser menos– ateigada de casetes que meu pai gardaba baixo o mostrador da tenda, onde repousaba un vello reproductor de marca Philips.
O máis moderno era o Callypso de Harry Belafonte, que moitas voltas ten dado ata que o meu padriño, Fernando Macías, Rocker para os seus amigos, lle regalou unha cinta que, facendo honor ao seu alcume, contiña gravacións do que daquela rompía a pista. Lembro, por exemplo, Fai un sol de carallo, de Os Resentidos, e Lo estás haciendo muy bien, de Semen Up, que co paso dos anos terminaría comprando en vinilo, un mini elepé editado por Mario Pacheco, que coa sua recente morte acaba de deixar orfa a discográfica –en crise, como todas– Nuevos Medios, que tanto fixo polos novos flamencos.
A cinta aquela, para min, supuxo unha revolución nunha casa na que non se collían os 40 Principales, xa non falemos de Radio 3. Pero, para que negalo, agora que estamos en San Xoán, tamén sonaban con profusión as marchas militares que meu pai compraba por correspondencia, en packs de catro casetes que viñan dentro dunha caixa, como as dos VHS, debidamente ilustrada. A marcialidade non logrou colarse polas miñas orellas, pese a que por aquelas datas, por se non abondasen as sesións enlatadas do inverno, tocaba a doble ración que, en vivo e en directo, nos proporcionaban as bandas militares de rapaciños –entón, para min, mozos– que tocaban a paso lixeiro polas rúas de Carballo.
Así foi durante anos, nos que a excepción ao cofre de cartón do meu pai eran algúns concertos de bandas locais no vello palco da rúa Coruña, a onde eu me subía para contemplar ao público, con beisboleiras e tupés rockabillies, dándolle as costas ao grupo de turno, que mesmo podía ser Los Enkfermos. Toda unha experiencia para un mocoso máis pendente das pintas daquela movida carballesa que da música mesma.
Entón, a comenzos dos noventa, tería lugar un concerto no San Martiño que marcaría a miña vida, no só musical, para sempre. Naquel palco de táboas, o mesmo polo que pasaran as bandas da vila Jesse James, Trámites ou La Crema, plantouse un combo madrileño que tivera a ben bautizarse como Los Enemigos. Os camerinos, por chamarlle dalgún xeito, eran dúas furgonetas atravesadas. Apenas un cento de persoas, aínda que Xurxo Chapela sempre di que só eran cincoenta, presenciaban o concerto. Había dous tipos, embutidos en denim e coiro, que me chamaran moito a atención, porque parecían que levitaban ante aquela música (hoxe penso que, máis que entrar en trance, abaneaban…). Chovía, eu non pasaba dos quince anos e o que sonaba alí arriba era La vida mata, tal vez o mellor disco da historia do rock español.
Fai cinco anos, os fans da banda (agrupados no Foro de Los Enemigos e, máis tarde, na web Requesound) pedíronme para a súa festa anual, coñecida como Desencuentro Enemigo, que lles lera o pregón. Non puiden ir, porque daquela andaba por Sao Paulo, pero mandeilles un texto que remataba así:
“Con tales antecedentes, la presencia en aquel concierto fue determinante para mis oídos y, lo que es más importante, para mí. Entonces, entre la distancia que mediaba entre el palco y el escaso público, había dos mendas vestidos de cuero y ropa vaquera que sujetaban unos vasos cuyo contenido no tardaría en apreciar. Si en aquel momento, flipaba, ahora sé que yo fui uno de ellos años después, y me gustaría pensar que –entre los tantos conciertos de Los Enemigos que he presenciado por media España, de Granada a Barcelona, de Valencia a Córdoba, de Medina del Campo a un pueblo de Murcia de cuyo nombre no me acuerdo– allí, en medio del público, había un quinceañero que también flipaba con Josele Santiago y familia.
Veinte años no es nada, decía el tanguero. Los cojones. Veinte años han sido nuestra vida. Una existencia vivida con banda sonora de Los Enemigos. A mí, su música me ha hecho más feliz. He llorado, reído, saltado, gritado, soñado y, así, hasta agotar los participios”.
Logo viñan os vítores, os vivas e un Dios te salve, Josele Santiago. Agora, os aplausos gustaríame adicarllos a todos os grupos e pinchadiscos carballeses, pasados e presentes, que axudaron a construir da nada unha cultura pop e rock. E tamén, especialmente, aos promotores de concertos, xente como Juan Ramón, Graña, Deus, Guitoi, Kiko e tantos outros. Nós, grazas ao voso interés e esforzo, tamén somos vós. Clap, clap, clap.
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El Pacto del Euro y demás reformas económicas de la Unión Europea nos condenan a galeras, convencidos Merkel y cía. de que la culpa es del remero, como si el estado del viento y de la mar fuesen baladíes. Así, desde Bruselas o Berlín, tanto monta, ignoran la tormenta y lustran los estoicos brazos de los currantes, ajenos a las corrientes marinas y a los bajos, como si el vozarrón nos zafase de la tempestad y el latigazo apuntase a la calma. Parece una de piratas, pero el botín se lo llevan otros, pues el sufrido bogador ve menguar cada día su magro jornal.
Daniel Basteiro explica con detalle en este reportaje cómo Bruselas castiga a los trabajadores y cercena el gasto social, cuidándose de que el chorrazo de lacerantes medidas no salpique el traje de banqueros y especuladores, eximidos de responsabilidad pese a haber cebado el crac. “Reducir la productividad a los costes laborales es simplista. Lo que se necesita es inversión, un cambio del modelo productivo, del fomento y modernización de la industria”, explica el catedrático Fernando Valdés Dal-Ré.
Alemania aboga por ligar los sueldos al rendimiento, pero, al margen de lo paradójico y complejo que resultaría en España, ya nos gustaría embolsarnos sus nóminas para, a la fuerza, luego estar supeditados a cómo hayan ido los números (pese a que, como sucede con el ejemplo de las galeras y la tormenta, la productividad no sólo depende de la mano de obra sino también de otros medios, desde la maquinaria hasta la energía). Señores, que hay gente que se lleva a casa 641 euros: eso, los que tienen la suerte de estar contratados y asegurados, porque hay quien ni curro tiene.
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Me he echado el cobertor a las piernas como quien apaga una hoguera con un capote de bencina. Mes de San Juan en Madrid y, como cantaba Josele Santiago en La vida mata, ¿por qué estoy frío si hoy hace calor?
Acabo de ver el documental de Adriano Morán sobre la acampada en Sol y, por momentos, se me ha puesto la carne de gallina, que diría Román, el abuelo de la revolución. Ahora, con el vello encrespado, no acierto a ilustrarlo con palabras. Mejor véanlo, y uso el singular porque, aunque son nueve vídeos, resultan un único filme.
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Por Henrique Mariño
Panero sacó la lengua, y con el aspaviento de su apéndice nicotínico guio un gesto en el papel. Antonio Huerga, que le había alcanzado el libro, esclareció el rito de la cruz.
- Es que no le gusta. Dice que se parece al rey Juan Carlos.
Yo callé y, al tiempo que Leopoldo María encendía los ojos, como si penetrase, felino, con un quinqué dentro de sí, retomé mi camino con una antología de poemas en la mano y un tachón en el retrato del autor.
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Por Henrique Mariño

“No entendemos la izquierda como una proclamación idelógica, sino como unos principios y valores irrenunciables que deben orientar la accción política. El nuestro es un discurso regenerador del sistema político y claramente progresista, de izquierdas, pero actualizado. Pero proclamarse de izquierdas es, por sí solo, algo banal [...]. Hay que dar transparencia a la vida política, abrir las puertas y los cofres de las instituciones. Será un partido de vidrio, transparente, con paredes de cristal”.
Filipe Diez, exmilitante crítico del BNG, lanzará un nuevo partido gallego en otoño. En esta entrevista da más detalles, aunque no revela quién está detrás, sus apoyos, si habrá alguna conversión procedente del partido nacionalista hegemónico en Galicia. Impulsor de la iniciativa ciudadana BenComún —independiente, deja claro, de la futura formación política—, las palabras de este profesor de Lengua y Literatura Gallega entroncan con el sentimiento, la rabia, de los ciudadanos que han manifestado su indignación con el verbo acampar. “Aunque venimos de antes, somos hijos del 15-M”, asegura.
Ése es, cree él, uno de los caladeros donde tratará de recabar adhesiones y, en el futuro, votos: los descontentos con el sistema, pero también los descreídos que dejaron de confiar en los partidos tradicionales. Ahora falta por ver si ellos, los indignados, se sienten identificados con su propuesta: un intento, según Diez, de transformar el statu quo.
- Filipe Diez: “Proclamarse de izquierdas, por sí solo, es algo banal”
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Por Henrique Mariño

Hay noticias que te alegran una tarde de redacción, aunque la intrahistoria que resuella entre líneas sea, en realidad, trágica. Juan Carlos Ortiz había recibido de Diego Barcala una nota de prensa de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica en la que se anunciaba la entrega de los restos de un republicado asesinado en agosto del 36. Su hijo había llegado desde Buenos Aires para darle sepultura digna en un pueblo de la montaña lucense. Un nuevo hoyo; más huesos; el silencio, roto.
Pero aquel señor canoso tenía algo más que contar que la historia de una revancha: su padre, un zoqueiro lector e ilustrado, quiso bautizarlo como Lenin y a su hermana, como Igualdad. El cura no quiso estampar esos nombres revolucionarios en el registro parroquial, pero firmó, según el entonces niño Lenin —que, con los años, terminaría siendo llamado Ramiro para evitar represalias—, su sentencia de muerte.
Más allá de la anécdota —recogida en el titular, propuesto por el redactor jefe de Política—, también era una crónica de la Galicia miserable abocada a la emigración; del reencuentro con el pasado, bien enterrado; de la oposición de algunos vecinos a remover la tierra, esa sonrojante alfombra bajo la que se esconde el polvo; de la pérdida de memoria, cobijada durante décadas en el corazón de una niña que hoy tiene 84 años y quiso hablar, aunque Ramiro, eternamente agradecido, se queja de que la tomen por loca.
Más información en Cuando llamar a tus hijos Lenin e Igualdad te costaba la vida.
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Foto: Fernando Sánchez .
La juventud patria, agazapada bajo el colchón familiar, sorteaba la crisis plantándose en la casilla del plato de lentejas de mamá, de la hipoteca del coche tuneado a cargo de la pensión de la abuela y del jergón en el cuarto de las muñecas, al que siempre se puede regresar, cabizbajo barra a, a no ser que la habitación se haya convertido en trastero transitorio, cuarto del ordenador (y de los ratones) o reserva canina; a no ser que la única estancia fuese la de los propios padres y el vástago durmiese en el sofá-cama del salón, sustituido por un tres piezas del Ikea porque todos los sofás-cama son incómodos por definición. Extrañaba que esta bisoña España del boom al crash se quedase de brazos cruzados ante tanta jodienda, que ya va para tres años —la recesión, sic—, sorteando como una oca el pozo, la calavera, el laberinto.
Tiraron porque les tocaba. Un par de hostias de la madera tras una manifestación y el arrebato sedentario de plantarse en la Puerta del Sol a lo Ghandi, de aquí no nos mueve ni Rubalcaba, ni falta que hacía, pues el ministro, más allá de las elecciones que se le venían encima al PSOE, era consciente de que un desalojo por la fuerza de los indignados lastraría su lucha, primarias mediante, por la rosa, de manera que no valían los puños. Dios, qué caduco resulta todo: han pasado apenas unos días y este post apesta a alcanfor.
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Foto: Fernando Sánchez
El troll, como el hombre, es un animal de costumbres. Sucede en cada asamblea general de la acampada de la madrileña Puerta del Sol: intervienen los portavoces de las comisiones –que crecen como los ministerios en tiempo de bonanza: aquí hasta hay una de Amor y Espiritualidad–; luego intervienen las voces discrepantes, los indignados de a pie, aquellos que ya han estado en dos ONG, caso real, y saben, dicen, de lo que hablan; finalmente toman la palabra –más bien se apoderan de ella– los espontáneos plastas.
Los moderadores, encallecida su paciencia, ya están fogueados en el arte de birlarles el micro. Don’t feed the troll, se advierte en foros y ágoras interneteros. No alimentéis al pesado, braman los susurros de la plaza.
El troll, en la red, provoca, ofende, interrumpe, insulta y, en ocasiones, sufre un trastorno de personalidad múltiple que le lleva a multiplicar sus avatares y nicks, como un gremlin víctima de una aguadilla en la fuente de Sol. En el kilómetro cero de la indignación, sin embargo, el troll analógico confunde, desvía la atención, en definitiva, enreda.
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