Por Henrique Mariño

Este domingo los quioscos han amanecido con un espeso olor a rancio. Las portadas de algunos diarios narran una realidad paralela, propia de otro mundo, que para ellos ayer pintaba así: caos en las calles, okupadas por la extrema izquierda, esa algarada inflamada. Como no había fotos para ilustrar las fantasías de los responsables de esos periódicos, hubo que tirar de agencias y buscar la llamarada en Roma. Si, total, el titular del 15-O ya estaba escrito, ¿para qué estropear la primera plana con la estampa de una familia alborozada, de un mar de pancartas reivindicativas, de una vista aérea de la populosa marcha que recorrió Madrid?
Más allá de la imagen que los medios han transmitido desde la irrupción del 15-M, la de un movimiento de protesta protagonizado por jóvenes, también hemos visto bebés, niños, adultos de todas las edades y ancianos. Una ciudadanía módelica, pacífica y responsable que ha dejado claro que la indignación no era una moda pasajera, sino que está aquí para quedarse. Así son las cosas, pero así no nos las han contado.
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Por Henrique Mariño
Hoy me he levantado un poco España, que es lo que le pasa a uno cuando el fiestón parece no tener fin y, ebrio de Visa Oro, te abrazas al director del banco, al comercial del concesionario y a la agente de la agencia de viajes en un ejercicio de exaltación de la amistad on the rocks. Fue un erguirse vertiginoso, mareante, de llamar a un amigo recién padre para que te quite a golpe de realidad la resaca madre. Necesitas, de alguna manera, reafirmarte con un potaje en este vacilante mundo que da vueltas, ver el futuro indulgente en una cuna de cristal, espantar el canguelo de la hipoteca mientras se habla de mamelucos, pezoneras y tummy tubs. Brindarle a esa pareja feliz, en definitiva, la vaharada tóxica de tu desgracia, que no aprendió del penúltimo pasote, cuando los excesos del Cobi, el Curro y el Pelegrín, la primera mascota dark. Agotado el año 1993, me dije: No volveré a empinar el codo. Pero ya sabemos que la memoria, tan taimada, tiende a desechar lo malo y quedarse con lo bueno y, como mucho, te hace cambiar el Kas naranja por la Schweppes limón.
Resulta que, cuando más lo necesitas, tu amigo no coge el teléfono porque está con su mujer en el Lidl discutiendo sobre el precio de unos pepinillos en vinagre, y ya no atisbas forma humana de quitarte el bajón. Entonces, llamas a los restos del naufragio para poner tu resaca en valor y consolarte, al menos, con el sufrimiento de tus colegas de farra. Todos han sido víctimas del garrafón: el mismo ladrillazo incrustado en sus cabezas. Nadie quiere ahogar sus penas en más alcohol, por lo que decides quedarte en casa y no encender una sola luz, acaso la de la televisión. A un señor que dirigía una caja de ahorros le dan no sé cuantos millones de euros por su jubilación. Una agencia de calificación le rebaja dos puntos a España, que se levanta de la siesta con cefalea, vómitos y la boca pastosa. Ella, deshidratada, pide a gritos una cisterna de Mondariz y yo, a falta de un tuneo general, sólo acierto a entrar en el baño, dirigirme al espejo y pedirle a esa sombra de mí mismo:
- Que sean dos Fitch sin hielo, por favor.
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Cada vez que Fraga se despierta, la Cidade da Cultura sigue allí: una mole que se le apareció al expresidente durmiente de la Xunta en un rapid eye movement de esos y que no tardó en ser materializada por el arquitecto Peter Eisenman en el monte Gaiás. Antes, cuando los peregrinos llegaban a Santiago de Compostela, el rollo era ver la Berenguela en lontananza: hete allí la catedral, con sus pétreas uñas arranha-céus, imponente. Ahora, cuando bajas en Ryanair, te dejas el pescuezo en el sitio, impotente, intentando acaparar con la vista los 150.000 metros cuadrados de cuarcita, una piedra que tuvieron que traerse de Brasil porque la de aquí había sido esquilmada, imagínense el tamaño del faraónico patchwork.
Yo ya había hablado del Gaiás, ese King Kong de la cultura, pero no lo había pisado hasta este verano. Fue entonces, en un viaje vespertino al fondo de sus entrañas, cuando me di cuenta de que a Fraga le podía caber el Estado en la cabeza, pero no la Cidade da Cultura. Lo que para Don Manuel fue un sueño, para los sucesores en el sillón presidencial está resultando una pesadilla. Ya no importa tanto el estratosférico gasto del armazón (400 millones de euros) como el relleno de la empanadilla: faltan toneladas de cuadros, libros, artistas, esculturas, músicos y ya no digamos políticos para saciar al monstruo.
Tenemos, eso sí, una instalación de tres pares de megalómanos cojones –como se aprecia en la foto de Miguel Riopa– y una performance fallida. Vamos, que han montado una Brasilia en medio del monte y, aparte de no haberle encontrado una utilidad a precio de saldo, se han olvidado a los conselleiros y funcionarios en la capital, que sería una forma de remendar el marrón. ¡Burp!, que diría el bicho.
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