Por Henrique Mariño

Una señora dijo el otro día que le gusta el sexo a deshoras, y yo la entiendo, aunque no le doy la razón. Uno, más que nada, copula cuando puede, pero si nos tenemos que ajustar al minutero el placer termina convirtiéndose en rutina. Es como el acto masturbatorio, que tiene mucho de fe, sobre todo en uno mismo: si la fisiología manda, la cosa se vuelve un mero trámite con final previsible, celuloso; no hay como el arrebato incendiario que nos lleva a sondear la almohada o a rozarnos con un cardo, según. Follar a deshoras implica ponerse a ello fuera de sazón o de tiempo, que en realidad es lo suyo, pues todo lo demás es ogino. Sin embargo, planificar el coito es como viajar a Laponia con el taxímetro en marcha, un cortarrollos, pero a veces la suegra, el curro o la prole imponen el calendario sexual. Como si la fruta madura tuviese que ser mordida durante el fin de semana y así, claro, los sábados son los nuevos lunes: uno se va a la cama como a misa de doce, con su predecible liturgia de látex y arrobos, libre de pecados. La comprendo, comentaba antes, porque la pasión no alumbra en ese momento prefijado para el ayuntamiento, sino en todas las eternidades que uno consume en la oficina, en la cena familiar o en la escapada con los churumbeles a Buitrago de Lozoya. Digo yo que entonces, también es verdad, uno más que follar a deshoras, fornica contrarreloj.
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Foto: Marcelo Sayão / EFE
Cuando ya nos habíamos acostumbrado a la política del eufemismo, llega la política del oxímoron. El rescate griego o el ajuste de la plantilla de su empresa valen como ejemplos de la primera. En cuanto a la segunda, basta con encender la tele y contemplar el despliegue —o sea, la ocupación militar con blindados— que el Ejército y la Policía han llevado a cabo en la favela carioca de Rocinha, bautizado por las autoridades brasileñas como Operación Choque de Paz. Acojonante.
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Por Henrique Mariño
Foto: Remo Casilli / Reuters
Franco murió intubado, horizontal, y Berlusconi se infartó en la bolsa. Al final, que se te vaya de las manos un dictador por un daño colateral tiene que doler, porque lo suyo es que se lo lleve un 15-M, una mayoría absoluta o un mazazo judicial. El dimisionario primer ministro italiano ha caído porque Merkozy, la Brangelina comunitaria, azuzaba; los mercados —¿pero qué coño son los mercados?— no daban tregua y luego todas las siglas esas: UE, BCE, FMI, BM… Los ciudadanos, es verdad, le dieron un toque en los pasados comicios municipales y demostraron, cuando tocaron los referendos de junio, que la televisión no siempre gana las elecciones. Berlusconi esperaba que la gente se quedase en casa o aprovechase para ir a ver a la suegra y, así, no se alcanzase el 50% de participación necesaria para que la votación fuese vinculante. Su imperio mediático aplicó la ley del silencio y, a juzgar por la parrilla televisiva, parecía que la oportunidad de echar atrás un engendro legal que le permitiría evitar los procesos judiciales no existía más que en internet o en las conversaciones de taberna. Pero la gente salió a la calle y le aplicó un correctivo con su voto en contra de la ley de legítimo impedimento. Eran dos síntomas de que la sociedad mantenía sus constantes vitales, aunque insuficientes para desbancarlo del poder. Frustrante, hasta que el ciclón de la crisis levantó la alfombra, mostró la economía italiana hecha polvo y se lo tragó en un soplo. Parece de chiste, pero quién le iba a decir a Berlusconi que un islandés, un griego y un portugués iban a provocar que el italiano terminase tirándose, por indicación del piloto franco-alemán, del avión.
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Por Henrique Mariño
El barco se hunde y ellos se embarcan en un bote de papel. Ya está en la calle Números Rojos, una revista política de izquierdas —como indica su nombre— alumbrada en un contexto crítico. Piezas largas, con cifras y datos, en tiempos de lectura fragmentada. Escriben, entre otros, Julio Anguita, Jiménez Villarejo, Leo Bassi…
El primer número acaba de llegar a las librerías de Madrid, aunque habrá que esperar hasta el lunes para verlo en los quioscos de la capital y de Barcelona. Mientras, es posible comprarlo —y, de paso, colaborar económicamente para que la iniciative prospere— en Lánzanos. ¡Larga vida!
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Por Henrique Mariño
Foto: Susana Vera / Reuters
No he vivido por encima de mis posibilidades. Sin embargo, en la cucharada de ricino va implícita que todos debemos pagar los platos rotos por habernos agenciado un piso, comprado un coche y reservado un viaje a Bora Bora. Lo proclaman a la derecha y a la —es un decir— izquierda, como si no existiese más realidad que la de los nuevos ricos y los flamantes ilusos, hipotecados hasta el tuétano y sin pasta para comprarse el disfraz de ninja de Leopoldo Abadía: no job, no income, no assets.
No es verdad que todos hayamos adquirido un apartamento en San Chinarro o un adosado en Bertamiráns. Ni que cambiásemos el Golf por el Mini Cooper, porque, para empezar, ni Chapela, ni Arturo ni yo tenemos carné de conducir. Y si por vacaciones entendemos una cena con Jabois y un concierto de Nacho Vegas en San Vicente do Mar, el plan vacacional nos ha salido a precio. Que no cuela. Nos desangramos con la cornada de la especulación, hayamos jugado al Monopoly o no. La crisis la termina sufriendo cada uno de nosotros, en carne propia o ajena, eso que llaman daños colaterales.
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