Por Henrique Mariño
Apaga y vámonos: la culpa de que Rajoy no haya mostrado todavía sus cartas la tiene haber nacido en Santiago. Eso no quita que puedas venir al mundo en León y sostener que la crisis no es tal sino recesión, pero ésa es otra historia. Más aburrida, claro, porque no transcurre en un terruño olvidado, pasto de meigas, donde la gente, como no tiene otra cosa que hacer, se pasa todo el día subida a una escalera esperando a que pase un mostoleño para apostarle una mariscada –tirada de precio, como la farlopa– si adivina qué está haciendo: ¿subiendo o bajando?
El hallazgo ha sido revelado por un periodista con oficio, Paddy Woodworth, en un perfil del a la tercera presidente publicado en The Irish Times, donde repasa la trayectoria del gallego. Condición –la misma que la de Franco y Fraga, recuerda– que sostiene la pieza, en la cual Rajoy es rebautizado como “cara de póquer”. En realidad, nos pasa a todos cuando salimos de casa, que nos aferramos a los tópicos porque siempre funcionan y así en el pueblo lo entiende hasta el mono del quiosco. Lo sabe bien la peyorativa Rosa Díez, ahora liada haciendo panda en el Congreso, a quien le bastó una carrera hasta los estudios de CNN+ para atiborrarse de lugares comunes.
Como estamos en campaña y hay que ir montando el árbol, no me extiendo y les dejo el artículo del rotativo irlandés, aunque GC se ha tomado la molestia de traducir parte del texto a esa lengua periférica y tullida que, si tomó nota de su padrino político, tan bien conocerá nuestro presidente (lo de nuestro lo digo por lo de gallego). Todo sea dicho, Irlanda llega tarde, pues ya lo había descubierto antes España, o sea, Aznar: “Tiene una gran experiencia y una muy buena capacidad de resolución. Lo que pasa es que tiene su personalidad, su estilo, su modo de ver las cosas, su modo de actuar, su origen gallego y su [risas] oficio de gallego”. De haberlo sabido, si yo soy Rajoy me reencarno en Ourense y me meto a afilador y paragüero.
Post á feira: Hasta Rajoy puede serlo + ¿Por qué Lili habla inglés? + Desván de los Monjes
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Por Henrique Mariño
Los medios de comunicación renquean, pero los que usan el gallego están heridos de muerte o han pasado a mejor vida, caso de Vieiros o Xornal. Los que subsisten y los que, felizmente, están por venir creen que es necesario supervitaminarse y mineralizarse, que diría Super Ratón. De ahí la campaña emprendida por diez cabeceras, Vitaminas para o Galego, para que la lengua propia –presente en la calle, secundaria en el sector– tenga un reflejo en diarios, revistas y webs. Larga vida.
A Tempos Novos, Galicia Confidencial o Praza Pública habría que sumarles iniciativas independientes de periodistas que, robándole horas al calendario, más allá de sus quehaceres laborales, labran con cariño proyectos de los que difícilmente sacarán provecho económico y que tienen por objetivo dar a conocer la cultura del país. Letra en obras, desde la humildad, promueve a los nuevos autores que se expresan en lengua gallega, poetas y escritores que dan a conocer su obra más allá de los canales institucionales.
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Por Henrique Mariño
Resulta manido, pero no por trillado deja de ser la realidad nuestra de cada día: si llamas al hijo de la prima de tu madre, que es fontanero, para que te haga una chapuza en casa, el último giro de la llave inglesa vendrá acompañado de un papelito en el que el acreedor habrá escrito 120 euros del ala. En cambio, si alguien contacta con Ana, que además de mi prima es periodista, para invitarla a participar en un nuevo e interesante proyecto –lo típico–, lo más habitual es que le digan que, bueno, en principio, no podemos pagar, pero si todo va bien en dos o tres meses pensamos retribuir las colaboraciones. Ya.
Estos días los plumillas volvemos a hablar de que no se puede trabajar gratis ni cobrar una minuta irrisoria. Todos lo hemos hecho en algún momento, pensando que si aprovechábamos –en realidad, se aprovechaban de nosotros– las prácticas de turno y dábamos el callo como es debido, a lo mejor nos ampliaban la beca, incluso nos daban unas perras –la figura de colaborador fijo es acojonante, ¿qué no?– y, con un buen hostiazo de suerte, nos hacían un contrato en prácticas. Yo, hasta los treinta, siempre defendí ciegamente el amaestramiento, hasta que un día una periodista nos hizo ver a los becarios que habíamos empezado a cavar nuestras propias tumbas. No tardamos en percatarnos de que siete chavales estábamos sustituyendo no a otros tantos profesionales pero sí a lo mejor a tres o cuatro. Por un sueldo muy inferior, claro.
– ¿No os dais cuenta de que dentro de unos años os pasará lo mismo, ya que los puestos de trabajo que deberíais ocupar vosotros estarán siendo desempeñados por becarios? —nos decía con razón.
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Por Henrique Mariño
Foto: Paco Manzano
Una madrugada, a finales de los noventa, entró un mozo con un monopatín en el Candela y nada volvió a ser lo mismo. El refugio de flamencos y pelícanos terminó convirtiéndose en un coche escoba adonde llegaban los esprínteres de la noche pasados de frenada. Atrás quedaba Paco de Lucía diciéndole a Chapela, palma en ristre: “Quillo, tápate”. Uno entraba en la cueva en busca de un quejío rupestre y se encontraba con la sombra de Morente, acodado en la barra, al que le llamabas por tu nombre, qué raro. Luego abrieron el sótano, como quien visita en microbús una favela carioca en plan safari fotográfico. Hace unos años, alguien se encontró a Miguel tendido en los adoquines de Olivar antes de que abriese la mañana y El País le dedicó un epitafio a página al “agitador del flamenco moderno”. Calle del Olmo, 8.
Yo, a Morente, lo había descubierto en el Johnny. Nacho Tábora, un santiagués afable que estudiaba para abogado en Madrid, nos sentaba en un pasillo en alto que flanqueaba el escenario del salón de actos del colegio mayor. Dos hermanas malagueñas que vivían en Sevilla o dos sevillanas que vivían en Málaga, no recuerdo bien, ejercían de apuntadoras, chivándome cada palo, explicándome cada letra, destilando el significado de cada sorbo. A mí, entonces, me gustaba mucho Enrique y Rancapino, un ronco cantaor de Chiclana que hizo de la afonía un arte. Seguí viéndolos en los conciertos del Conde Duque hasta que Morente soñó la Alhambra, excusa perfecta para entrevistarlo.
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Por Henrique Mariño
Espanta la cornada del mar y la voltereta del percebeiro en plena faena, pero la belleza de las imágenes nos hace olvidar que hay alguien detrás de la cámara. Si el documental Percebeiros nos sumerge en la lucha titánica entre el hombre y el océano, el making of del cortometraje rescata a los bizarros profesionales que se han atrevido a bajar a la mina atlántica. Todo sea por ilustrar la proeza diaria de superhéroes como Serxio Ces, el percebeiro de Cedeira que protagoniza la nueva cinta de David Beriain. Bravo por el periodista navarro y por los otros dos Sergios submarinos, Carmona y Caro: gran trabajo. Enhorabuena a todo el equipo y suerte en los Goya.
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Por Henrique Mariño
Etiquetas: Rajoy
España se argentiniza. Te metes en el metro de Antón Martín, rumbo norte, oficinas y tal, y la sofisticación del vendedor ambulante medra. Es como si hubiesen instalado las estaciones de Pueyrredón, Corrientes y Pasteur en la línea azul y el Madrid de la crisis fuese el Buenos Aires de antes del corralito, cuando le comprabas un rotulador fluorescente a un vendedor ambulante del subte y te creías que te había vendido un Ibiza amarillo limón tuneado. Avanzas por la línea uno y los menos ofrecen klennex, tal vez conscientes de la sensación del cliente sonándose en la Cañada Real. Ahora se lleva, por ejemplo, el mechero-linterna, para que el niño se entretenga o la abuela pueda encontrar las llaves en el pozo negro del bolso antes de que nos den las uvas. Literal, pero nada comparable a las técnicas del crupier porteño, que te endosa un póquer de ases donde en realidad hay una escalera de morralla. Una vez casi me venden un elefante en Bulnes y yo, en vez de felicitar a aquel viajado comercial del Harrod’s, me interesé por la dieta del paquidermo, no fuese a ser que sólo se alimentase de alfajores Cachafaz. España, adonde antes llegaba todo con dos años de retraso, ha tardado una década en importar las técnicas de venta subterráneas. Cuando nos despistemos, los buses de la EMT se habrán transfigurado en una feria de oportunidades sobre ruedas, como allá, donde media hora de colectivo te da para hacer la compra de la semana. El metropolitano madrileño ya se ha convertido en el espejo de la crisis, como antes fue el reflejo de la inmigración. A este paso, llegará un momento en que no haya negocio para todos y algunos tengan que emigrar. Me imagino a Rajoy en el metro de Berlín, con su labia amordazada, vendiendo Españas. Sólo que allí no le valdrá el cubileteo somnífero que lleva resonando desde hace tres años por estos pagos. En la próxima estación toca descubrir los dados.
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Foto: Vari Caramés
Su rostro era un campo de batalla donde se habían atrincherado el jaco y el sida, el paraíso reventado de la prosopología, un filme expresionista proyectado desde las cuencas fondas, lóbregas, de sus ojos. El retrato que nos dejó Lois Pereiro invita a la munición, a cargarlo de adjetivos: sufrió deprisa, murió joven, dejó un anguloso cadáver. Así, propios y extraños han podido erigir un monumento al poeta desconocido con un amorcillo asaeteado por hipodérmicas a sus pies. Clásico vanguardista. Poeta punk. Maldito Pereiro.
Dejó, antes de abrazar en la otra orilla a Rimbaud, Handke, Pound o Bernhard, apenas dos poemarios urgentes de espinoso hallazgo, a los que se fueron sumando ripios y perdigonazos que había sembrado en publicaciones seminales promovidas por el movimiento atlantista de Manuel Rivas, Antón Patiño o su propio hermano, Xosé Manuel, responsables ahora de su regreso del club de los poetas muertos y olvidados para entrar por derecho en los anaqueles literarios. La Real Academia Galega, acostumbrada a desempolvar a la intelectualidad carpetovetónica, le dedicó este año el Día de las Letras.
Yonqui, roquero, sidoso. Sorprende, ¿no?, que los próceres de la palabra sagrada hayan elegido a un icono involuntario de la contracultura para endomingar sus juegos florales, pero es que lo anteriormente expuesto es todo y nada. Pereiro –más allá de su imagen de maldito, impresa en las conciencias de los neófitos por sus manos perdidas en la baraja de la vida– fue un renovador gracias a un puñado de versos que ejercieron de champú anticaspa en un entorno que incomprendía no lo que se le venía sino lo que ya tenía encima. Con un ojo puesto en las vanguardias centroeuropeas, nos quitó la boina de un plumazo cuando la tribu se enfangaba en el arado o naufragaba en la gamela.
Cuando, tras publicar no sin esfuerzo Poemas 1981-1991, apuró Poesía última de amor e enfermidade, el suplemento cultural de El Mundo la bendijo en 1996 como la mejor obra de poesía editada en España. “La muerte puede o ha de dar muchas sorpresas, sobre todo si se vive como trinchera improbable, baluarte imposible, emoción de exiliado o incluso como experiencia romántica. Uno no anda por la muerte como si anduviera por cualquier otra circunstancia”, sentenció Eduardo Chamorro.
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