Por Henrique Mariño
Etiquetas: Fraga
No sé por qué todo dios tiene que escribir sobre Fraga, un señor con muy mala hostia y peor paternidad: que si la ley, que si la braga. Ese ser oscilante que un día firmaba una condena a muerte y al siguiente ordenaba que le tocasen la gaita, al principio como a todos pero luego en plan gangbang. Yo no hablé antes de él porque su muerte me pilló trabajando, algo de lo que presumía Don Manuel, pero ni el trabajo redime al hombre (como tampoco lo absuelve de sus actos) ni todos los abuelos son buenos. A Fraga no lo dulcificaron ni las arrugas y si nunca se afeitó el bigote fue porque carecía de él. A mí un anciano que deja atrás a su comitiva, no por tirano sino por plusmarquista, no me parece de fiar. Y como otros lo vieron en Londres haciéndose las embajadas, yo asistí en Fitur a la yinkana de los stands, donde terminó reventando a los caballos y, de paso, a los de la prensa, que a cada parada caían rendidos y regaban con espuma la moqueta.
Fraga se va y los constitucionalistas se echan las manos al Estado. Y en Madrid, que era un asfalto baldío, llueve de nuevo, aunque para mí que sólo lo han llorado de corazón los 100 Pipers, quienes han tenido que esperar al pitido final para volver a la faena. Sospeche, lector, de los entierros de quince curas y de las romerías de mil gaiteiros, porque en la exhalación algo falla. Ondea, pues, un pañuelo blanco salpicado de aquello: el adiós a un hombre que no pudo reinar y se conformó con sacar el cinto en la taifa donde había nacido, porque al final lo que queremos todos es que te reconozcan en el pueblo. Donde unos ven una carrera meteórica, yo veo un currículo abaneante, ora hasta la ventana de un segundo piso (como Grimau, que terminó cayéndose), ora hasta la falda de un monte (pongamos Montejurra).
Un exministro franquista pasa a mejor vida y ahora todo quisque estuvo en Fraga, que hasta parece el padre del 68.
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Por Henrique Mariño
Un día te caes de la cama y, mientras observas la pelusa hacinada bajo el somier, te percatas de la existencia de una nueva realidad a ras de suelo. George Eastman vivió de película hasta que la gente pasó del rollo, y hoy Kodak se escora 90 grados, como el Costa Concordia. Estiras el brazo para encender la radio y, arrugado en la plaqueta, flipas más que la madre de Good Bye, Lenin! asistiendo a la caída del muro de Berlín. Nada tiene sentido: las mujeres y los niños ya no son los primeros en abandonar el barco, porque ahora es el capitán quien da la vez; y, mientras buscan a los desaparecidos en las bodegas del crucero, se nos aparece una joven moldava que viajaba de ganchete de Schettino. La gente se extraña de estas cosas porque no ha visto Crash, pero el asunto pasa del thriller erótico a la economía sumergida. Su nombre no aparece en la lista de a bordo: ¿amante indocumentada o currela sin contrato? A mí lo que me fascina es el adjetivo del titular: moldava. Y el participio: enfiestado.
Ya digo que por aquí abajo todo es distinto. El Mirandés sumerge un pie en las semifinales de la Copa del Rey y comprueba que puede meterse: el metal no está tan frío. Montoro anuncia que quiere entrullar a quien gaste mucho, supongo que también a los de casa, y Malamadre le guiña un ojo al Releches mientras vocea: “Al fondo hay sitio”. Un juez lo tiene negro por (presuntamente) trincar a unos mendas que presumían de lavar más blanco. Y así.
Hasta se muere Fraga, el oxímoron del invierno.
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Por Henrique Mariño
No hay órdenes como las de arriba, esas que caen como chuzos, atraídas por las fuerzas de la gravedad y del propio orden. Doña Ana Botella, inversamente proporcional a la caída de las hojas del Retiro, ha comenzado el ejercicio con buen pie, aplicándolas con mano firme. Si la tierra ha de ser para quien la trabaja, el disfrute del parque madrileño corresponderá, lógicamente, a quien se jubile. Excepto que tengas polio, los bastones ejerzan de apéndices y caminar sea el heroico maratón de cada día.
Gustavo Bravo cree que las noticias, al contrario que las órdenes, tienen que partir desde abajo. Por eso ha montado un periódico de barrio que pretende denunciar los abusos que se producen a la vuelta de la esquina. La historia de José, 69 años, paraliza a cualquiera. En un Madrid asfáltico, capital del smog, su escapada diaria al Retiro se ha visto truncada por la imposibilidad de acceder al lugar tras la prohibición de circular en coche por el mismo, escribe Sandra Remón. Algo a priori lógico, si no fuese porque la barrera para un poliomelítico e impedido resulta ahora insalvable.
Siguen atravesando el parque los vehículos de los repartidores y de los jardineros. Ya no los de los ciudadanos que, pese a sus dificultades, emprendían una odisea de diez metros para sentarse en un banco junto al Ángel Caído. José está decidido a seguir contaminando el céntrico pulmón verde y para ello ha pedido un permiso especial que le permita adentrarse en él con su cuatro ruedas. Una pena que sus malos humos, que tanto afean la foto oficial de turno, amenacen con violar la transparencia del azul capitalino. Con Botella, ahora sí, de Madrid al cielo.
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Por Henrique Mariño
El otoño es un paso a nivel sin barreras ante el tracatrá del invierno. Septiembre llegó con sus hojas y sus eres, más precipitados que caídos. Enero, encostado, le trajo al niño un iPad donde todavía busca qué coño es la mirra. Y nosotros, bajo el puente, mudando de etiqueta, del 20 al 30 y del 30 al 50 por ciento. No es la crisis, son las rebajas. Valemos lo que nos paguen, pero no hay quien compre: periodismo de saldo. Con el otoño llegó a Oviedo un hombre que no sabe de dónde vienen las canciones, Leonard. Con el invierno se va de Xixón un tipo que entendió que el cine alumbra en Lund o Tánger. Lukas Moodysson y Oliver Laxe en la tela de un impaís donde muchos se creyeron capitanes, aunque fuese de la escalera B.
En Madrid no llueve, pero mi cocina hace aguas. Los pobres de las favelas viven por encima de sus posibilidades. La tasa de desempleo es el nuevo sexo: paro oral, ya no nos llevamos otra cosa a la boca. Google indexa los concursos de acreedores y la tabla del ibex ha sustituido a las chavalas de los clasificados en las preferencias del lector salmón. No queda otra que nadar contracorriente, río arriba, el agua helada y los tercios de cerveza a 4,50. Los soldadores no hacen horas extras y a nosotros nos sellan los periódicos. Los departamentos de recursos humanos tienen diarrea, pero sus gabinetes de prensa prefieren llamarle gastroenteritis a la cagarría laboral. Hace diez días que no enciendo la televisión. Ni para ver el parte.
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Hace dos meses, Marcos Pérez Pena me propuso escribir un texto para un libro publicado por 2.0 Editora sobre el movimiento 15-M. En él estarían presentes tanto voces académicas (Raimundo Viejo, Víctor Sampedro o Carlos Taibo) como las de miembros de las comisiones y asambleas de barrio surgidas en las urbes gallegas.
Manolo Barreiro daría paso tras el prólogo de A praza é nosa. Quen constrúe a democracia? a representantes de Universidade Invisible, Attac, Proxecto Derriba o Democracia Real Xa, pero el coordinador de la obra también buscaba “visiones más urgentes y originales” de periodistas.
Una es la de Xosé Manuel Pereiro y la otra, ésta. Como mi experiencia giró en torno a la acampada de la Puerta del Sol, decidí escribir sobre la conquista del espacio público. Original, no lo sé, pero de la redacción apresurada doy fe.
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Por Henrique Mariño
El hombre del seguro ha venido a casa y, tras tomar nota de los desperfectos en un santiamén, se ha escabullido hacia la puerta. Cuando estaba a punto de entornarla, asomó la cabeza, sacó la faca y le acarició la quijada a la multinacional donde trabaja su mujer, uno de esos cíclopes de la gran empresa que engullen fardos de billetes, eructan a placer y, cuando están digiriendo el botín, vomitan cientos de trabajadores para hacerle más sitio al capital, en plan neobacanal romana. Si se preguntan por qué escribo vomitan trabajadores y no vomitan a trabajadores es porque, pese a nuestro natural viviente, nos consideran una cosa.
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Por Henrique Mariño
Esta mañana me he vestido de yonqui para bajar a comprar tabaco. Raro que le robe un par de horas al sueño, pero el despertador de la vejiga y una ligera cefalea me echaron de la cama abajo. Decía Suso de Toro que el alcoholismo es muy mala cosa, pero la borrachera es necesaria.
Cuando entré en el estanco –capucha calada, gafas de sol, pantalón de chándal y botines de serraje marrón: terrorífico–, pensé que al dueño le iba a dar un infarto, pero quien se acojonó fui yo. Me había atravesado ese sentimiento que uno padece cuando hace cola en un banco y por un momento cree que, en vez de protestarle a la ventanilla por la comisión de la tarjeta, va a gritar ¡todos al suelo!, en plan Tejero. Me sucede lo mismo con el escáner de los aeropuertos, que antes de quitarme los zapatos ya me pongo nervioso y empiezo a mirar a todas partes pensando que llevo en la maleta cuatro botes de Cola Cao Turbo colmados de caballo.
Como las desgracias nunca vienen solas y el refranero se presta a hacerles sitio, en mi cocina llueve sobre mojado desde hace tres días. No me había percatado de que la gotera premonitoria, que comenzó en año nuevo, nada más llegar a casa tras los míos, seguía allí, como un reloj de agua, chop. Con la vitro impracticable, tuve que arrastrarme a la calle de nuevo y, después de tomarme un café en una taberna regentada por una adorable pareja de emigrantes gallegos, decidí acercarme a la plaza. Público se había agotado: normalmente, venden la mitad, pero hoy habían despachado los treinta ejemplares que reciben cada amanecer.
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