Debajo de la cama
Un día te caes de la cama y, mientras observas la pelusa hacinada bajo el somier, te percatas de la existencia de una nueva realidad a ras de suelo. George Eastman vivió de película hasta que la gente pasó del rollo, y hoy Kodak se escora 90 grados, como el Costa Concordia. Estiras el brazo para encender la radio y, arrugado en la plaqueta, flipas más que la madre de Good Bye, Lenin! asistiendo a la caída del muro de Berlín. Nada tiene sentido: las mujeres y los niños ya no son los primeros en abandonar el barco, porque ahora es el capitán quien da la vez; y, mientras buscan a los desaparecidos en las bodegas del crucero, se nos aparece una joven moldava que viajaba de ganchete de Schettino. La gente se extraña de estas cosas porque no ha visto Crash, pero el asunto pasa del thriller erótico a la economía sumergida. Su nombre no aparece en la lista de a bordo: ¿amante indocumentada o currela sin contrato? A mí lo que me fascina es el adjetivo del titular: moldava. Y el participio: enfiestado.
Ya digo que por aquí abajo todo es distinto. El Mirandés sumerge un pie en las semifinales de la Copa del Rey y comprueba que puede meterse: el metal no está tan frío. Montoro anuncia que quiere entrullar a quien gaste mucho, supongo que también a los de casa, y Malamadre le guiña un ojo al Releches mientras vocea: “Al fondo hay sitio”. Un juez lo tiene negro por (presuntamente) trincar a unos mendas que presumían de lavar más blanco. Y así.
Hasta se muere Fraga, el oxímoron del invierno.
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