La política económica provoca impotencia
Hoy cambiaron el Twitter y me he sentido como el emigrante que regresa de Basilea en agosto y explora, diletante, la interfaz de su esposa. Todo parece estar ahí, sin embargo recorres a tientas cada pliegue de su piel como la primera vez. Uno piensa que es progre hasta que te alteran la maqueta del periódico, y a partir de ahí la vida es un acostumbrarse a esa fisonomía mutante: que si el cuerpo, que si los hijos, que si el apartamento. Todo medra, aunque un día dejamos de crecer y nos convertimos en Benjamin Button: que si los sueldos, que si el convenio, que si la cuenta menguante.
La erótica del poder también está en horas bajas, como una verga flácida, y hay quien para vigorizarla le añade una ce: fláccida, que suena como a clamidia. Los gobernantes pervierten incluso los adjetivos, que son la gasolina del deseo: las reformas laborales han pasado de ser “duras” a “intensas”. Y las clases magistrales sobre la reducción del déficit parecen extraídas de libros de autoayuda que antes te llegaban a casa envueltos en papel de estraza y hoy lucen en las góndolas de los hipermercados. “Si se hace demasiado rápido, frenará el crecimiento y alargará la recuperación”, insinúa un político de bata blanca en su precoz discurso eyaculador.
Traducción: antes follar era malo, pero resulta que ahora estás jodido si no te echas al monte de venus. Yo entiendo entonces que frenar el déficit es como meter la puntita. Y todo esto debe de ser lo que llaman el sex appeal de la política. La verdad es que provoca impotencia.
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