El comandante no tiene quien le escriba

Por Henrique Mariño
06 mar 2013

Me disponía a escribir sobre Chaves Nogales cuando Chávez Frías se nos apareció muerto en el televisor, que es en lo que se ha convertido el limbo. Porque no hay redención posible si Ana Blanco se olvida de sacarte en el parte, aunque siempre nos queda que al tercer día venga a resucitarte un obituario de El País, ese coche escoba de la muerte.

Manuel Chaves Nogales necesitó décadas para alcanzar el perdón y la gloria, lo que duró la larga noche de piedra del franquismo y el sidecar de la Transición. Lo recuperó la catedrática María Isabel Cintas, a quien le debemos el renacimiento de una de las plumas mas brillantes del periodismo español, cuyos artículos y libros se han convertido en objeto de culto tras ser profusamente reeditados en los últimos años.

El periodista sevillano narró en primera persona la antesala del nazismo y el franquismo, situando su tintero en la medianía del escritorio, una tierra de nadie en la que se precipitaban los obuses de ambos bandos. Los huesos del autor de A sangre y fuego podrían haber ido a dar a una cuneta o a una checa, aunque felizmente terminó exiliándose en París y Londres, una distancia que lo dotó de objetividad y, sobre todo, de perspectiva.

Pese al océano que nos separa, las crónicas que han trazado la figura y la gestión de Hugo Chávez han adolecido de desapasionamiento. Hemos sido destinatarios del panfleto antichavista y del panegírico militante, huérfanos del relato de una tercera Venezuela. El azañista Chaves Nogales, en cambio, fue quien de encarnar esa tercera España, ni facha ni roja, para explicar nuestro último duelo a garrotazos desde la equidistancia. La desaparición del comandante ha obrado su omnipresencia mediática, pero a mí me sigue faltando ese relato inaudito: La Venezuela de Chávez.

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