Caja Madrid: del noir al gore

blesa-rato

 

Comprendo que haya gente que aproveche para meterse hoy mismo en la cama y no volver a levantarse hasta los primeros calores, si es que algún día llegan. ¿Pero qué hacemos los que tenemos el letargo cambiado ahora que acabamos de poner un pie sobre la realidad? En primer lugar, no encender el televisor, que en el mejor de los casos nos vuelve a inducir al sueño y en el peor nos sacude como Iván Drago, no hay dolor. Lo mejor es prepararse un café y dejar que las noticias fluyan lentamente, como el paisaje desdibujado que iba dejando atrás la locomotora nocturna del Rías Altas.

Uno, después de tanto tiempo bajo manta, está demasiado aturullado para comprender cosas como las tarjetas black, el fundido a negro de esa película gore protagonizada por unos señores encorbatados que no dejan títere preferentista con cabeza. Ya conocen el argumento: un analfabeto, una pensionista, un ciego, una demente (senil) y un gallego entran en el castillo de Caja Madrid, situado en lo alto de un fantasmagórico monte de piedad, en busca de refugio para sus ahorros, pero nadie sale vivo de allí. Como en el Orient Express, la nómina de asesinos es tan extensa que no cabe en los títulos de crédito.

Aunque la trama noir es sencilla, resulta difícil de comprender, será porque la hibernación te deja aplatanado, igual que el ordenador cuando se despierta tras permanecer durante horas en estado de reposo: perdido, sin rumbo y boleroso. Envidio, pues, a quien estos días enfila el sendero hacia la cueva, pese a que conciliar el sueño se complica a cada paso. En el fondo, resulta más llevadero hibernar en el coma que invernar en la realidad, donde mueves una pestaña y te caen hostias como panes. Habrá que hacerse fuerte, aguzar el oído y esperar a que la megafonía escupa: “De repente Moscú está con Rocky”.

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