Los Bartolines

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No sorprende tanto que Le Petit Nicolas haya empleado sus años mozos en labrarse una rutilante carrera como estrella del photobombing como que los medios presenten al supuesto lampiño estafador como un trofeo de caza con la cantidad de buenas piezas que siguen correteando en libertad por los pasillos de instituciones y consejos de administración. Este experto en reventar fotos con su cara de circunstancias no deja de ser la cucaracha que nos asalta cuando encendemos la luz de la cocina, indicándonos que en los pliegues de la plaqueta y el azulejo se esconden legiones de bicharracos negros, algunos tan fotogénicos como el nuevo antihéroe de la derecha patria.

Mientras repasamos su álbum familiar (y dudamos de si él acompaña a Aznar o es Aznar quien lo flanquea a él) y nos maravillamos con su arte para el sabotaje fotográfico (Botella, Aguirre, Rosell, Cañete, Felipe de Borbón…), se nos escapan a la velocidad que imprime el Cucal decenas de estafadores, ladrones de guante blanco y otros mandamases fake que burlaron los filtros de los partidos políticos, las empresas, los organismos públicos y la prensa hasta ocupar las cúpulas del poder. Algunos son tan ficticios como Le Petit Nicolas, aunque sus mentiras se hayan estirado en el tiempo lo suficiente como para dirigir el FMI, por poner un ejemplo, aunque se trate de un caso real de verdad.

Menos lejos llegó Bartolín, aquel concejal de La Carolina que se autosecuestró por ETA a finales de los noventa. Concretamente hasta Irún, situado a 735 kilómetros de su pueblo, una distancia nada despreciable para sus veintitantos años. “Me secuestraron. No sé quién, pero me secuestraron”, perjuró tras su autoliberación. Pocos se lo creyeron, excepto Carlos Iturgaiz, un exlíder del PP vasco cuyo legado apenas trascendió el nombre de Ciclos Iturgaiz, una banda (musical) que intentó colar en el Diario Vasco una esquela de Kim Jong-Il que rezaba: Faro que ilumina a la clase trabajadora. Descanse en paz.

De no haber sido raptado por sí mismo, quién sabe a dónde habría llegado el ahijado del exalcalde franquista Ramón Palacios, que hizo del ayuntamiento jiennese, donde se instaló en 1960, un inexpugnable feudo popular. Su padrino, cuyos tentáculos alcanzaban a peces gordos del partido conservador en Sevilla y Madrid, de Arenas a Aznar, podría haberlo encaminado hasta las altas esferas de la política, pero Bartolín prefirió tirar hacia Euskadi y reivindicar el secuestro desde su móvil. El supuesto Petit Nicolas también presumía de ser ahijado de un secretario de Estado y sobrinísimo de Arturo Fernández, el señor de los cáterin, hasta que lo trincaron. Me lo imagino al otro lado del teléfono justificando el photobombing: “Me fotografiaron. No sé quién, pero me fotografiaron”.

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