Los visitantes

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No hay partido que valga sin afición contraria. De crío, en el campo sentíamos un orgullo callado cuando la hinchada foránea se dejaba caer por el Municipal, porque alguien había tenido a bien acercarse a nuestro estadio sin que el pueblo esgrimiese coartada turística alguna. Llegaban los festeiros del Coruxo y el graderío mutaba en carnaval. Más que una peña, parecía una charanga. Nosotros vestíamos de rojo y sus camisetas verdes volvían loco a Paco, el daltónico, que ya no sabía dónde tomar asiento.

Los enemigos no eran los visitantes, sino las gradas desangeladas en una desapacible tarde de domingo. El campo embarrado reforzaba aquella sensación de frialdad. Y, si no diluviaba, siempre había una manguera a mano. Aunque sale en los mapas, Carballo siempre ha sido una ciudad sumergida, por lo que el delegado del equipo rival asumía que esa tarde tocaba waterpolo y no protestaba. Nuestro capitán se llamaba Baleato, pero podrían haberlo apodado Nemo.

Aquellos colores forasteros, ya digo, eran motivo de orgullo. A veces, sus cánticos amortiguaban el bombo de Moncho Fuentefría y la bocina de Liso, el ciego, que cada minuto que pasaba se cagaba más alto en los errores arbitrales, empezando por la madre del colegiado hasta ascender al cristo negro. Nosotros éramos más contenidos, por lo que un solo autobús era capaz de enmudecer a todo un campo, pero no importaba. Ellos eran de Vigo y su mera presencia más allá del Muro compensaba el bochorno, sobre todo si era día del club y hacíamos caja.

Con los años, dejé de ir al fútbol y comencé a frecuentar algún mitin, pero no es lo mismo. Ahora no hay visitantes, ni siquiera los enemigos más acérrimos. La afición acude al pabellón, al teleclub o a la plaza como un rebaño de ovejas, agita las banderas como si fueran cencerros y bala sólo cuando procede. No hay más color que el azul, el rojo, el naranja o el morado, pero sin mezclarse. No como los helados de Fuentefría, que combinaban la vainilla con el chocolate o la fresa con la nata. Ya no hablemos de las gradas del Municipal de Carballo, que cuando jugaba el Coruxo parecían un semáforo.

Hay mítines festivos, claro que sí, pero esa alegría desbordante es falsa, como la del impenitente que sale en Nochevieja aunque no se lo pida el cuerpo y su mujer esté de parto. Hay expresiones de la democracia que tienen mucho de dictadura de la felicidad, y los actos electorales son el mejor ejemplo. Luego están los simpatizantes que van al mitin como el ganado camino del matadero. Sucede estos días, que se miran entre ellos y dicen por lo bajini: “Sólo pido que no duela”.

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