Zënzar, el rock del arado

Más allá del asfalto, donde brotaron bandas como Leño o Burning, también han anidado grupos de rock que han hecho del canto contra la injusticia su bandera. Claro que la periferia en las grandes ciudades equivalía al barrio, mientras que en los pueblos perdidos de la mano de dios significaba aislamiento. En paralelo al rock urbano, cuya tradición se abrió paso en los años ochenta y noventa gracias al machete de Rosendo, Barricada o Reincidentes, en los finisterres peninsulares surgieron combos de compleja clasificación, acaso rock de protesta. Porque, aunque los parámetros eran similares, no podía hablarse de rock urbano, precisamente porque una de sus principales características extramusicales era haberse desarrollado en el campo, aunque el término rock rural sería reduccionista. Por ejemplo, las letras de estos combos también aludían a temas marginales, pero lo que en la urbe eran drogas y billares, en la periferia de la periferia, además del vicio, marginal quería decir, literalmente, al margen. Apartados de todo: de los centros neurálgicos de la industria, la administración o la cultura, sin referentes a mano, obviamente sin el oráculo de Google ni los hechiceros del streaming.

Zënzar nacieron hace un cuarto de siglo en Cerceda, un cruce de caminos entre Santiago y A Coruña, donde cada aldea tiene su propia idiosincrasia. Una de ellas, As Encrobas, sufrió a finales de los setenta el navajazo de la mina. También instalaron una central térmica, que convirtió el lugar, hasta entonces una población agrícola y ganadera, en el Springfield de Los Simpson, pero a la gallega. Basta decir que, hoy en día, el municipio también alberga una planta de tratamiento de residuos y un vertedero ciclópeo que recibe basura de toda la región. Pero este feroz desarrollismo desplazó a los vecinos de aquel paraje después de que sus terrenos fueran expropiados. Las plantaciones y cultivos, la ropa tendida al viento y la salud de los habitantes han sufrido el polvo que expulsa la gran chimenea después de quemar carbón para producir electricidad.

Muchos parroquianos se emplearon en las nuevas empresas: sus bocas, selladas. Otros, desde entonces, no se han cansado de denunciar los atropellos medioambientales. Es el caso de Xosé Bocixa, un crío cuando sus padres tuvieron que dejar atrás su hogar, hoy un mocetón enjuto de 49 años, rasgos angulosos y voz rasposa. Fue el fundador de Mordor, que debía su nombre a la tierra del mal de El señor de los anillos, pero que pronto fue desechado porque ya había otro grupo que se llamaba así. Rebautizados como Zënzar, desde que en 1988 se subieron al escenario del Pub Non Sei, no han dejado de abrazar a los débiles y criticar los desmanes de los poderosos. Quizás, volviendo al género, deberíamos hablar de rock de combate. Cantado en gallego, algo natural, pues es su lengua madre, aunque terminaría teniendo una connotación política: nacionalista y de izquierda. Nunca se pasaron al español para abarcar más público. Tampoco hicieron concesiones a los cantos de sirena de mánagers y promotores.

“Te ofrecían ir a festivales a cambio de rebajar el caché, aunque nos negamos a tocar por cuatro duros. Aun así compartimos palco con Platero, La Polla y Extremoduro”, recuerda Xosé Bocixa, líder y cantante. “Hemos sobrevivido porque no había presiones y la música nunca se convirtió en nuestro trabajo. Pudimos aprovechar oportunidades, como la de dar un bolo en Las Ventas, pero no nos interesó”. Siguen siendo unas estrellas de cinco puntas de la escena gallega. Poco pródigos, años atrás compartían credo con otras bandas hermanas como Korosi Dansas, Túzaros, Skornabois o Xenreira, que pasaron a peor vida. Zënzar, con siete discos de estudio y un directo en su haber, son los únicos supervivientes. Se ha ido Silveira, pero ahí siguen Mario Grela, Paco Cerdeira, Laura Romero —que sustituyó a Tabeaio, fallecido el pasado noviembre— y el propio Bocixa.

“Siempre hicimos música sin normas dictadas por nadie, con total libertad, escapando del mundo comercial. Somos autónomos y, salvo al principio, editamos nuestros discos. Hemos denunciado el proceso destructivo del entorno y a los poderes que sometieron a nuestros padres, aunque cada vez somos menos panfletarios”, concluye el líder de esta formación, objeto de un disco en el que participó una veintena de bandas que le siguen rindiendo culto: Vai polos padriños. Un homenaje, o sea, a los maestros que abrieron camino cuando aquella tierra era musicalmente baldía.

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