Condenar a la cárcel a los raperos recuerda al terrorífico guion de una película distópica

 

La sentencia que condena a dos años y un día de cárcel a doce raperos por el contenido de sus letras recuerda al terrorífico guion de una película distópica. Por ejemplo, en Minority Report, dirigida por Steven Spielberg y basada en un relato corto de Philip K. Dick, la policía de Washington se vale de tres mutantes que tienen la capacidad de ver el futuro para arrestar y sentar en el banquillo a los asesinos antes de que cometan un crimen.

Treinta y siete años antes de que John Anderton, el capitán de la policía PreCrimen interpretado por Tom Cruise, se viese obligado a poner pies en polvorosa (los mutantes predicen que matará a alguien y él decide huir antes de que lo trinquen, pero tampoco es plan destriparles ahora el filme), la Audiencia Nacional ha tenido una visión: las rimas de una crew de hip hop podrían inducir a sus oyentes a cometer un atentado.

El condicional prevalece sobre el presente, encarnado en unas letras que loan a los Grapo: la palabra es un arma cargada de pasado. Versos que deberían ser juzgados, en todo caso, por la crítica musical o literaria, pero no por un tribunal encargado de los delitos relacionados con el crimen organizado. ¿Es terrorismo tratar de “expandir la cultura revolucionaria y elevar el nivel de conciencia de las masas trabajadoras”, como proclaman los condenados? ¿Un colectivo de raperos conforma una banda criminal organizada? El Estado se nos está yendo de las manos…

Claro que la pericia precognitiva de los miembros de la Audiencia Nacional dista mucho de la habilidad de los precogs (nombre técnico de los mutantes), por lo que su película no se encasilla tanto en el cine futurista o distópico, como en el género paranormal. Las magistradas han visionado un “riesgo abstracto” que se cierne sobre la población española, explica Alejandro Torrús. O sea, están convencidas de que en el futuro los fans de La Insurgencia, como se hacen llamar los raperos, podrían tomar las armas contra Amancio y Botín, es un decir.

Digo yo que deben de estar muy convencidas porque los han condenado a dos años y un día de cárcel, 4.800 euros de multa y nueve años de inhabilitación para ejercer cargos públicos por un delito de enaltecimiento del terrorismo. Si también tuviesen la capacidad de vislumbrar el pasado, tendrían que acusar a decenas de bandas musicales que cantaron contra el Estado, las fuerzas de seguridad, la banca o los oligarcas, aunque no podrían condenarlas porque el futuro (o sea, nuestro pasado) ha demostrado que sus letras pudieron incomodar, pero no fueron letales.

Salvando las distancias, todos escuchamos Matar hippies en las Cíes, aunque lo único que ha corrido peligro desde entonces ha sido el archipiélago vigués, amenazado por las hordas de turistas. “Les corto los brazos / les arranco las piernas / les saco las uñas / les muerdo las orejas”. Ni Julián Hernández quería cargarse a los melenudos (“Son unos hippies, los voy a matar”, cantaba a comienzos de los ochenta, desgañitado, Germán Coppini), ni a nosotros se nos pasó por la cabeza tomarnos la justicia por nuestra mano.

Dos años y un día entre rejas.

Botín y Amancio pueden respirar tranquilos al pie de la letra.

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