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Pedro Armestre evita que nos tapen los ojos

Por Henrique Mariño Etiquetas: ,
13 may 2012

Pedro Armestre se mimetizó hace un año con los indignados de Sol para narrar gráficamente el nacimiento, auge y desmantelamiento de la acampada más icónica del 15-M. Habíamos coincidido tres lustros antes en El Mundo y volvimos a vernos en el kilómetro cero madrileño, donde nos cruzamos un puñado de veces a las horas más intempestivas. Lo explico abajo, en el prólogo que me encargó para Plaza Tomada, la intrahistoria fotográfica del epicentro de la Spanish Revolution, documento y arte.

Hoy, el reportero gallego, que trabaja para AFP, amaneció con la instantánea de la detención de un colega tras el desalojo de la concentración del 12-M. “Prensa expulsada para tapar vuestros Ojos”, escribió en su cuenta en Twitter.

Esos ojos, mayúsculos como platos, comenzaron a parpadear en las redes sociales. La imagen del “fotógrafo agredido en Sol por la policía” me retrotrae ahora al fantástico trabajo que nos regaló hace un año. Lo que sigue es el prólogo del citado libro, que no está a la altura (Pedro mide un metro noventa y pico, todo hay que decirlo) de su impagable obra. Difícil abrirle la puerta a un profesional que no cabe por ella.

 

El castillo de cartón

Cada amanecer, la sombra espigada de Pedro Armestre en el granito de la Puerta del Sol. Aferrado a su cámara, oscilante, como un cíclope pendular, vaga entre colchonetas en busca de una alegoría con la que rematar la jornada. Madrid se despereza y el fotógrafo, ojeroso y rendido, todavía no se ha echado al jergón. Esos jóvenes que alfombran la plaza, sumidos en un sueño, son el símbolo de la resistencia. Una noche más.

- ¿Todavía por aquí?
- Sí.
- ¿En los cartones?
- Ya ves.

Pasarían tres o cuatro días hasta que decidió alquilar una habitación en el Hostal Ruano, en el número uno de la Calle Mayor, desde cuya ventana retrataría el patchwork de rabia y libertad en el que se había transformado el kilómetro cero de la capital. Porque el fotógrafo no acudió a cubrir el 15-M, sino que fue la protesta la que nos embargó a todos. Y a Pedro le pilló con un objetivo en cada mano: el de la Nikon y el de modelar, con imágenes, los albores de una revolución, el levantamiento de un pueblo, la intrahistoria de un movimiento sin precedentes en este país. “Se estaba produciendo el acontecimiento de repulsa más grande desde la Transición, sin tener en cuenta los atentados del 11-M”, sostiene Pedro Armestre (Verín, 1972). “Las discusiones de barra de bar se estaban trasladando a otro sitio. Y yo quería estar en él”.

Todo había comenzado el 15 de mayo de 2011 con una manifestación convocada por Democracia Real Ya contra un sistema electoral que, según los jóvenes organizadores, no les representa, contra los políticos corruptos y contra un mercado laboral que les excluye o explota. “Me di cuenta de que era diferente porque no veía filas y filas de autocares aparcados que alguien había pagado, como en esas protestas en las que te dan un bocadillo y un refresco gratis, te meten en un bus y te dicen: Vámonos a Madrid”, asevera con sorna el fotoperiodista ourensano. “El tono de la gente era distinto. Las consignas resultaban espontáneas, no rutinarias. Percibí la indignación sin saber que luego les iban a llamar indignados”.

Entonces, como en la caverna, captó en la sombra de una valla el alborozo de los brazos en alto y una pintada en ciernes: “Lo llaman democracia…”. Se dio la vuelta hacia la multitud, observó sus gargantas inflamadas y escuchó gritar: “Y no lo es”. Aquel lema se había convertido en el ariete verbal de la Spanish Revolution, cuyo eco terminaría propagándose por las plazas de Atenas, Londres, Tel Aviv o Nueva York. La ciudadanía pedía responsabilidad a los gobernantes, clamaba un sistema político más representativo, exigía una mayor transparencia en la gestión de la cosa pública.

Armestre olió que allí había tema y quiso darle forma, consciente de que la gesta había que retratarla a través del detalle. “El campamento que se montó en Sol era tan visual que se volvió monótono: levantabas la cámara y ya tenías algo colorido. Como trabajo en France Press, mi obligación era tomar fotografías que funcionasen aquí y en el extranjero. Pero cuando supe que quería hacer algo personal, lo que hoy es este libro, me di cuenta de que debía ir a la procura de imágenes más icónicas”.

Al igual que había representado la obstinación y la fortaleza con una escena de los indignados durmientes en la aurora, vio a un hombre que derramaba cartones de leche en un gran puchero y nos habló de cuántas bocas habría que alimentar en aquel ingente desayuno. Le puso cara a la irritación, al entusiasmo, a la solidaridad, al cansancio, a la reivindicación, al amor, a la queja, al frío y, claro, a la esperanza, simbolizada en ese rayo durante la tormenta que anegó las tiendas.

Cuando ya no pudo más, rebañó unos cartones del Museo del Jamón y armó, junto a otros colegas, un chamizo de papel bajo el andamio de un maltrecho set de televisión. “Estábamos más dormidos que despiertos. Lo forramos como pudimos para que nadie entrara y, así, proteger los equipos. Allí nos tumbamos cuatro tíos y lo convertimos en nuestro castillo”.

- ¿Qué, todavía en los cartones?
- Bueno, ahora estoy en un hostal que me he cogido aquí al lado.

Hay fotógrafos presentes y ausentes, cree Armestre. Los que buscan la mirada y los que esperan, agazapados, hasta que la encuentran. Él prefirió pasar desapercibido, compartir con los acampados la espesura dilatada de las bolsas de los ojos, colmadas, oscuras, como llenas de noche. Presionar el disparador sin que el fotografiado se dé cuenta. Cuando la cámara se tornó molesta, Pedro se acercaba al ceño fruncido y le susurraba: “Y tú, ¿cuánto tiempo llevas aquí?”. Su zoom se había mimetizado en los plásticos y las lonas desde que, la primera madrugada, pensó: “No me voy a ir ahora para volver al amanecer”. Así fue hasta que, casi un mes después, se desmontó el campamento, que dejó de ser símbolo para ejercer de instrumento.

Aquí están las estampas de Plaza Tomada, “un pueblo nuevo nacido de la nada”. Narran, precisamente, cómo transcurrió la vida en él, aunque algunas –aclara el autor– puede que no sean importantes desde una óptica periodística. Fotos de segunda que, en la retina de Armestre, pasan sin embargo a un primer plano. “Como la de ese tío apenado con una caja en la cabeza que personifica un televisor llorando. Antes, el fútbol y los toros manejaban a la población; ahora, es la televisión la que te sujeta al sofá para evitar que pienses”.

No importa lo que haya a su alrededor ni que se pierda profundidad de campo. Le interesa, más que el conjunto y el espacio, el mensaje crítico que transmite ese indignado, la unión de los cuerpos encadenados, la incertidumbre del abrazo, la reflexión del cigarrillo humeante, el revés frustrado de las manos que sujetan un rostro. Son fotos metonímicas: la metáfora por el todo. Porque detrás, ya lo sabemos, está ese otro mundo que sueña con ser posible.

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Fotografías de Pedro Armestre de la acampada en Sol difundidas por AFP en 2011.

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Desde Sol: La conquista del espacio publico + Todo por un sueño + 25 días en Sol

Gaiás, la Brasilia gallega

Por Henrique Mariño Etiquetas: , , ,
05 oct 2011

Cada vez que Fraga se despierta, la Cidade da Cultura sigue allí: una mole que se le apareció al expresidente durmiente de la Xunta en un rapid eye movement de esos y que no tardó en ser materializada por el arquitecto Peter Eisenman en el monte Gaiás. Antes, cuando los peregrinos llegaban a Santiago de Compostela, el rollo era ver la Berenguela en lontananza: hete allí la catedral, con sus pétreas uñas arranha-céus, imponente. Ahora, cuando bajas en Ryanair, te dejas el pescuezo en el sitio, impotente, intentando acaparar con la vista los 150.000 metros cuadrados de cuarcita, una piedra que tuvieron que traerse de Brasil porque la de aquí había sido esquilmada, imagínense el tamaño del faraónico patchwork.

Yo ya había hablado del Gaiás, ese King Kong de la cultura, pero no lo había pisado hasta este verano. Fue entonces, en un viaje vespertino al fondo de sus entrañas, cuando me di cuenta de que a Fraga le podía caber el Estado en la cabeza, pero no la Cidade da Cultura. Lo que para Don Manuel fue un sueño, para los sucesores en el sillón presidencial está resultando una pesadilla. Ya no importa tanto el estratosférico gasto del armazón (400 millones de euros) como el relleno de la empanadilla: faltan toneladas de cuadros, libros, artistas, esculturas, músicos y ya no digamos políticos para saciar al monstruo.

Tenemos, eso sí, una instalación de tres pares de megalómanos cojones –como se aprecia en la foto de Miguel Riopa– y una performance fallida. Vamos, que han montado una Brasilia en medio del monte y, aparte de no haberle encontrado una utilidad a precio de saldo, se han olvidado a los conselleiros y funcionarios en la capital, que sería una forma de remendar el marrón. ¡Burp!, que diría el bicho.

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Volver á casa

Por Henrique Mariño
04 mar 2011

Como cando chegou o teléfono ás parroquias e os vellos, que nunca tal cousa viran, collían o aparato sonante e dicían por vez primeira, sen frases feitas e con gran lóxica, ¿quen fala?, agora os espectadores, chantados ante o autor destes cadros, poderían preguntarse: ¿quen pinta?

Cun pé sumido na terra e un ollo perdido na vangarda, Manuel Pazos (Carballo, 1979) amosou desde ben cedo maneiras renacentistas e dotes para as belas artes. Fillo da cultura televisiva por unha cuestión xeracional, cerebro, corazón e man débenlle moito a un sinfín de referentes que van do poeta Lois Pereiro ata o pintor Pedro Cano, mestre a quen lle adebeda o seu interese pola acuarela, coa que leva anos traballando.

Curioso, porque nesta mostra, precisamente, manda o acrílico e a técnica mixta, coa introducción de xeles e cargas coas que pretende darlle a esos polbos a elasticidade, a textura, a cor e o brillo cos que se atopou na lonxa de Malpica, onde ten discorrido os veráns da súa adolescencia. Logo, instalado xa en Madrid, viría o smog, a moitedume, o tráfego, a fugacidade e o anonimato, ós que lle faría fronte suxeito a un pedestal enxebre e humano: a raíz contra a metrópole, ou enraizado na metrópole, ou metropolitano de raíz.

Así, canda os seus octopus vulgaris (O.V.) e os peixes veciños de rula, o pintor presenta unha serie de cadros da Gran Vía (G.V.), a rúa que abriu a Madrid coma un porco e fixo dela unha cidade moderna, hoxe sementada de almas en máis pena que gloria, autómatas transeúntes guiados polo bip bip dos semáforos. Unha escolma das súas últimas pezas que din moito deste creador poliédrico, versátil e disperso, difícilmente enmarcable nunha disciplina, nunha técnica, nunha temática.

Iso si, pese á súa cultura pop, ó gusto pola imaxe en movimento e á benvida ás novas tecnoloxías, Pazos resulta un artista clásico, aínda que xogue, como acontece coa masa viscosa e sexual dos polbos, a situar a súa pintura no límite do figurativo, nun intento de mergullar o espectador, confundido na primeira ollada, na aparente abstracción das entrañas do mar. Como se iso que contén a caixa fose a casqueira informe do océano e non o produto que dignificará as nosas mesas cun chisco de sal gordo, unha pisca de pementón e un chorriño de aceite. Figúrense.

Manuel Pazos: O.V.+G.V. Ata o 3 de abril. Pazo da Cultura de Carballo (A Coruña)

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