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Cuando la guardia civil cargaba con mosquetón

Por Henrique Mariño
06 mar 2012

Un zapato desparejado encierra más significados que un titular a cinco columnas. Lo iguala una muñeca rota. Es la semántica de la muerte.

Carballo celebra cada jueves y los segundos y cuartos domingos de mes un mercado donde se congregan las gentes del campo para vender productos de la tierra. Hace 35 años, un ocho de mayo de 1977, la plaza del pueblo acogió a unas 5.000 personas, que ni en las fiestas de San Xoán, el patrón local. El asunto iba, precisamente, de aguas: vecinos y manifestantes procedentes de toda Galicia habían llegado hasta aquí para protestar contra una concesión otorgada treinta años antes a una empresa privada para montar una piscifactoría en Baldaio (playa y marisma de ensueño, parada y fonda de aves, un oasis de juncos con vistas al Atlántico). El objetivo real era extraer áridos, para lo que no dudaron en abrir una pista en medio del paraje por la que transitaban cientos de camiones cargados de arena. También construyeron una suerte de presa horrible, cuyas compuertas impedían el paso de agua del mar, cargándose el ecosistema.

Recuerdo que eran aguas peligrosas, llenas de remolinos. Que mi padré una vez salvó a Paola de morir ahogada. Que yo era más de Razo, aunque solía caminar por la orilla de una playa a otra: cuatro kilómetros, seiscientos metros. Tal vez la memoria me traicione, pero lo importante no es mi recuerdo infantil. Entonces no tenía idea de lo que estaba pasando allí, pues era un mocoso de apenas dos años. Para eso están las hemerotecas y el trabajo de María Rama, una periodista carballesa que volvió tres décadas después a aquel campo de batalla para devolvernos la memoria. El título de su documental es bello: Arena en los ojos. Gracias, Moncho, por recuperármelo.

Los vecinos de Baldaio no exigían imposibles: querían seguir mariscando allí donde lo habían hecho sus padres y abuelos. Su lucha fue acompañada por la de cientos de gallegos que se acercaron a Carballo para solidarizarse con los que trabajaban la tierra, el mar. Supuso uno de los hitos del nacionalismo gallego, junto a Xove y As Encrobas, protagonizado por miles de personas anónimas y por personalides como Moncho Varcálcel o Carlos O Xestal, un humorista al que una vez, tras una actuación, tuve el arrojo de pedirle un autógrafo como si se tratase de Bob Dylan. Le tengo mucho cariño porque días después me dejó en el comercio de mis padres un póster autografiado: gorra oscura, piel en barbecho, gafas de sol. O Xestal era un activista antes de que se pusiese de moda la palabra activista. Pasa con la regueifa, que ahora la llaman rap. Carlos fue el primer rapero cabeza de cartel.

No voy a extenderme con lo que pasó en aquella plaza, pero entiendan que las decenas de guardias civiles que tomaron el lugar y bloquearon cada una de las calles que conducían a ella agarraron sus mosquetones por el cañón, como si fuesen bates de béisbol. Las armas de los manifestantes, pueden imaginárselo, eran consignas como “La playa es nuestra, caciques fuera”. Cuando quisieron escapar, no había salida, pero improvisaron cualquier rincón para esconderse: tabernas, viviendas, cuartos de baño… A Casa San Ramón (el primer quiosco de la historia de 200 metros cuadrados, en cuyo mostrador dormitaban dos gatos del tamaño de un mastín, pero más gordos) llegó alguien al borde de la última exhalación. Corría como Abebe Bikila, el etíope que ganó la maratón en los Juegos Olímpicos de Roma: descalzo. El zapato, perdido y solitario, abandonado en el asfalto. Como una Nancy arrollada por las botas de los picoletos, que por entonces aún calzaban tricornio.

Aquel día fue largo. Por la tarde, mil personas le rindieron homenaje en Baldaio a Marcelino Rodríguez, que había muerto recientemente después de ser detenido por la guardia pretoriana de la empresa que estaba esquilmando el lugar. Lo cogieron con un saco de berberechos y, con las ropas húmedas, le obligaron a caminar diez kilómetros hasta el cuartel de la Guardia Civil en Caión, donde pasó la noche. Padecía del pulmón y murió días después.

Los congregados, entonces, decidieron ocupar simbólicamente la marisma, donde de nuevo le esperaban los mosquetones, las pelotas de goma y los botes de humo. El médico Mariño, con el que no me une parentesco alguno, no dio abasto para atender a los heridos. Otros fueron trasladados a un hospital de A Coruña, donde las fuerzas del orden (disculpen por el oxímoron) detuvieron a Moncho Valcárcel, Xosé Esmorís y Francisco Felípez, que habían acudido allí para interesarse por la salud de los heridos y fueron trasladados inmediatamente al cuartel. Éste último, años después, prefiere no recordar lo que sucedió aquella noche. Dice que fue la más dura de su vida.

“No hubo muertos de casualidad”, rememora. Si usted sabe lo que había que hacer antes de la cocción, cuando no abundaban los congeladores, para que un pulpo estuviese tierno, entenderá esta frase: “Mallaron en nós coma pulpos”. Mallar de majar, es decir, machacar. La estampa era propia del Duelo a garrotazos de Goya, pero con fusiles. Felípez se lamenta de que las hostias fueran aleatorias, porque había jóvenes, pero también jubilados y ancianos. Para que se hagan una idea, la prensa tituló entonces: ”La Guardia Civil rompió cuatro mosquetones durante el intercambio de golpes” (ojo con la palabra intercambio; también con la maleabilidad de las armas). Otras publicaciones fueron más metafóricas: “La sangre llegó al mar”. Diario 16, indudablemente poético, recurrió a la prosopopeya en la crónica de la carga que se había producido horas antes en Carballo: “Muchos animales expuestos para la venta (conejos, gallinas y cerdos) huyeron en medio del barullo”.

Un combate desigual y asimétrico en el que los vecinos se vieron envueltos por una causa justa, aunque tuvieron que esperar a 1991 para que el Tribunal Supremo les diese la razón. Habían soportado golpes, amenazas, multas y calabozos. Un hombre murió reventado. Una mujer abortó. La empresa concesionaria de aquella piscifactoría fantasma jamás pudo demostrar que había comercializado ni un kilo de moluscos de la marisma, que se divisa desde la escarpada ermita de Santa Irene. Allí, Oliva Pose, erigida ya en heroína labriega, se dirigió tiempo después a los suyos y entonó: “La naturaleza no puede ser privada. Costó mucho, pero ha valido la pena”.

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Enero se caga

Por Henrique Mariño
12 ene 2012

El otoño es un paso a nivel sin barreras ante el tracatrá del invierno. Septiembre llegó con sus hojas y sus eres, más precipitados que caídos. Enero, encostado, le trajo al niño un iPad donde todavía busca qué coño es la mirra. Y nosotros, bajo el puente, mudando de etiqueta, del 20 al 30 y del 30 al 50 por ciento. No es la crisis, son las rebajas. Valemos lo que nos paguen, pero no hay quien compre: periodismo de saldo. Con el otoño llegó a Oviedo un hombre que no sabe de dónde vienen las canciones, Leonard. Con el invierno se va de Xixón un tipo que entendió que el cine alumbra en Lund o Tánger. Lukas Moodysson y Oliver Laxe en la tela de un impaís donde muchos se creyeron capitanes, aunque fuese de la escalera B.

En Madrid no llueve, pero mi cocina hace aguas. Los pobres de las favelas viven por encima de sus posibilidades. La tasa de desempleo es el nuevo sexo: paro oral, ya no nos llevamos otra cosa a la boca. Google indexa los concursos de acreedores y la tabla del ibex ha sustituido a las chavalas de los clasificados en las preferencias del lector salmón. No queda otra que nadar contracorriente, río arriba, el agua helada y los tercios de cerveza a 4,50. Los soldadores no hacen horas extras y a nosotros nos sellan los periódicos. Los departamentos de recursos humanos tienen diarrea, pero sus gabinetes de prensa prefieren llamarle gastroenteritis a la cagarría laboral. Hace diez días que no enciendo la televisión. Ni para ver el parte.

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Percebeiros, los superhéroes atlánticos

Por Henrique Mariño
09 dic 2011

Espanta la cornada del mar y la voltereta del percebeiro en plena faena, pero la belleza de las imágenes nos hace olvidar que hay alguien detrás de la cámara. Si el documental Percebeiros nos sumerge en la lucha titánica entre el hombre y el océano, el making of del cortometraje rescata a los bizarros profesionales que se han atrevido a bajar a la mina atlántica. Todo sea por ilustrar la proeza diaria de superhéroes como Serxio Ces, el percebeiro de Cedeira que protagoniza la nueva cinta de David Beriain. Bravo por el periodista navarro y por los otros dos Sergios submarinos, Carmona y Caro: gran trabajo. Enhorabuena a todo el equipo y suerte en los Goya.

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Feijóo vende el cine gallego por 300 monedas de euro

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01 mar 2011

Cuando se produce un cambio de gobierno, el electrizante suelo de las redacciones de los medios de comunicación públicos tiembla. El baile de caras, por ordinario y frecuente, parece lógico, natural: poco importa que el que salga sea un profesional como la copa de un pino y el que entre, un inepto, un sobrino.

Así, rostros significados y que se han significado, cartas marcadas, tienen las puertas de su despacho, de su estudio o de su plató entreabiertas desde que comienza el recuento electoral. Luego, una noche insomne, enciendes la radio y no reconoces la voz. O te echas el tenedor a la boca y sientes un escalofrío ferruginoso y extraño por haber sentado a tu mesa a una señora forastera que no para de soltar noticias por la suya. Pero bueno, sigues ahí, plantado en el dial, dejando en paz el mando de la tele, porque crees que terminarás acostumbrándote, al igual que lo hiciste con el nuevo médico de cabecera.

Lo que importa, piensas, es que te cuenten que están arrasando la Amazonia para plantar soja o que a continuación vas a escuchar lo último de Femi Kuti. Te quedas con el etanol y con el subidón de afrobeat. Te olvidas del gesto amable o del tic desasosegante de antaño, de la dicción nasal o cazallera que mullía el vacío entre canción y canción.

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No quiero morir un domingo en Río de Janeiro

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27 nov 2010

La explicación al título de este post —aviso para neófitos y despistados— la tiene Élodie. Los episodios de violencia que desangran Río de Janeiro han motivado que deje para otra ocasión la filmografía de la actriz francesa y opte por unos remedios elaborados en el corazón de la favela para mitigar el tedio y el abatimiento dominical.

Libro. Tropa de Élite (Luiz Eduardo Soares, André Batista y Rodrigo Pimentel; Libros del Lince). ¿Quiénes son esos tipos de negro que suben favela arriba, a la caza de narcos, luciendo un escudo con una calavera atravesada por un machete y dos pistolas? Un ex secretario nacional de Seguridad Pública y, precisamente, dos ex miembros del BOPE escriben a seis manos un libro inspirado en las operaciones especiales del cuerpo de élite de la Policía Militar de Río de Janeiro, un batallón hasta hace unos pocos años incorruptible e incorrupto.

Ensayo. A Prisao (Publifolha, 2002). El abogado criminalista Luís Francisco Carvalho Filho, reflexiona, más allá de la estadística, sobre un sistema carcelario que tiene como teórico y utópico objetivo regenerar a los delincuentes brasileños. En esta entrevista, el autor critica las lamentables condiciones en los presidios, cuna del paulistano Primeiro Comando da Capital y del carioca Comando Vermelho, dueños y señores del crimen organizado en las dos principales ciudades de Brasil.

Filmes y documentales. Inspirado en el citado libro de realidad ficción, Tropa de Élite, llevado al cine por José Padilha en 2007. Superpolis contra traficantes. “Muere o mata”. Litros de glóbulos rojos como los que supuraban los protagonistas de Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002), la otra cara de la moneda cinematográfica, que cedía el protagonismo a los narcos Zé Pequeno y Mané Galinha, enfrentados por el control de las drogas.

Películas realistas alejadas del morro bucólico que sirvió como escenario a Orfeo Negro (Marcel Camus, 1959), una exaltación de la música popular brasileña de la mano de Antonio Carlos Jobim, filmada décadas antes de que la violencia anegase los barrios pobres de la cidade maravilhosa. Una ferocidad reflejada, con más crudeza si cabe, en el caleidoscópico documental Noticias de una guerra particular (Katia Lund y Joao Moreira Salles, 1999) y en Bus 174 (José Padilha, 2002), cuyas imágenes verídicas del secuestro de un autocar en Río serían dramatizadas por Bruno Barreto seis años más tarde en el filme Última parada 174.

Productora. Pax Filmes. El cineasta Paulo Pons y el empresario Alceu Passos se plantearon cómo hacer en Río películas de bajo presupuesto, hasta 40.000 euros, con cámaras digitales. Temática variada y target universal. Cinema vérité carioca, que ya ha dado sus frutos: Vinganza, del propio Pons, una cinta de suspense; Os realizadores, un documental de ficción que satiriza el cine desde dentro; Espiral, una propuesta experimental de humor negro grabada, con dos cámaras, en una sola toma; o Maiores e menores, que presenta a una panda de niños bien que practican sexo en grupo, dentro de coches aparcados en centros comerciales, hasta que alguien los graba y las imágenes son difundidas a través de la red.

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No quiero morir un domingo

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21 nov 2010

Élodie Bouchez, pese a tenerla abandonada últimamente, fue durante unos años mi actriz fetiche. Me sirvo del título de Didier Le Pêcheur, un filme sobre la resurrección de una bella durmiente en tiempos de sida y sado, para bautizar esta botica colmada de remedios para mitigar el tedio y el abatimiento dominical. Empiezo con otra película de la actriz francesa —para no repetirme— y sigo con libros, discos, restaurantes y lo que se tercie.

Película. Demasiada carne (Pascal Arnold y Jean-Marc Barr, 2000): una extranjera espabila a un pobre hombre en el profundo sur de Estados Unidos.

Blog. Fauna Mongola: mala leche, mucha razón e ilustraciones a cargo de Cristóbal Fortúnez, bisturí y cánula de tribus urbanas.

Reportaje. The Case of the Vanishing Blonde (Vanity Fair): historión protagonizado por un tenaz detective decidido a resolver una brutal violación en Florida.

Disco. Val del Omar (Sony, 1998): Antonio Arias lleva tres lustros dando la matraca con el cinemista granadino, un visionario olvidado que ahora, MNCARS mediante, parece haber resucitado. Todo o nada. Sea como fuere, si el desagravio vale para conocer la obra de Lagartija Nick —una banda, al igual que su mentor, subestimada e ignorada—, bienvenido sea. Este álbum, segunda colaboración con Enrique Morente, rasca más que su reciente discografía y nos remite a su deriva metalera. De entrada, puede costar, pero no resulta empalagoso a la postre. Como un licor café casero generoso en grados.

Libro. A sangre y fuego (Manuel Chaves Nogales, 1937): radiografía de la Guerra Civil a cargo de uno de los maestros del periodismo español.

Músico. Javi Álvarez (Dúo Cobra, Fluzo, Néboa y un largo etcétera). Rey del maquinillo. Hombre orquesta posmoderno. Sodomizador de Furbies con fines armónicos. Compostelano pintón residente en Barna. ¿Más?

Serie. Treme (HBO): David Simon, guionista de la soberbia The Wire, se sumerge en la vida de los músicos de un barrio de Nueva Orleans afectado por el huracán Katrina.

Restaurante. Gumbo (Pez, 15. Madrid): los platos del chef Matthew Scott son tan auténticos como los personajes de la citada serie. Cocina de Nueva Orleans —jambalaya, tomates verdes fritos, bonito ennegrecido— a un precio razonable: 25/30 euros, sin vino. En la calle Palma ha abierto Gumbo Ya-Ya, igualmente recomendable.

La pesada de BB

Por Henrique Mariño Etiquetas:
15 nov 2010

Rodaba Berlanga en Benicàssim Novio a la vista —que pudo llamarse Quince añitos o Loli se viste de mujer, pero no— cuando en medio del set se le apareció Brigitte Bardot, una jovenzuela de infarto con ganas de cámara, para pedirle un papelito en la comedia. La francesa, que estaba de vacaciones con sus padres precisamente en el hotel donde se estaba filmando la película, había tenido que ser escoltada desde la playa por dos guardias civiles y sus respectivos mosquetones nada más presentarse en la arena embutida en un bikini rojo. Berlanga le respondió que no, pese a la insistencia de la posadolescente. “Quitadme a esa pesada de encima”, dice Manuel Vicent que dijo el director de Plácido. Corría el año 1953 y el valenciano no confesó entonces el motivo de la negativa: “La cámara iría detrás de ella”. Apenas un par de años después, Roger Vadim la lanzaría al estrellato con Y dios creó a la mujer.

Perdonen que no se me levante

Por Henrique Mariño Etiquetas:
13 nov 2010

Ha muerto Luis García Berlanga, el erotómano.