Por Henrique Mariño
Un zapato desparejado encierra más significados que un titular a cinco columnas. Lo iguala una muñeca rota. Es la semántica de la muerte.
Carballo celebra cada jueves y los segundos y cuartos domingos de mes un mercado donde se congregan las gentes del campo para vender productos de la tierra. Hace 35 años, un ocho de mayo de 1977, la plaza del pueblo acogió a unas 5.000 personas, que ni en las fiestas de San Xoán, el patrón local. El asunto iba, precisamente, de aguas: vecinos y manifestantes procedentes de toda Galicia habían llegado hasta aquí para protestar contra una concesión otorgada treinta años antes a una empresa privada para montar una piscifactoría en Baldaio (playa y marisma de ensueño, parada y fonda de aves, un oasis de juncos con vistas al Atlántico). El objetivo real era extraer áridos, para lo que no dudaron en abrir una pista en medio del paraje por la que transitaban cientos de camiones cargados de arena. También construyeron una suerte de presa horrible, cuyas compuertas impedían el paso de agua del mar, cargándose el ecosistema.
Recuerdo que eran aguas peligrosas, llenas de remolinos. Que mi padré una vez salvó a Paola de morir ahogada. Que yo era más de Razo, aunque solía caminar por la orilla de una playa a otra: cuatro kilómetros, seiscientos metros. Tal vez la memoria me traicione, pero lo importante no es mi recuerdo infantil. Entonces no tenía idea de lo que estaba pasando allí, pues era un mocoso de apenas dos años. Para eso están las hemerotecas y el trabajo de María Rama, una periodista carballesa que volvió tres décadas después a aquel campo de batalla para devolvernos la memoria. El título de su documental es bello: Arena en los ojos. Gracias, Moncho, por recuperármelo.
Los vecinos de Baldaio no exigían imposibles: querían seguir mariscando allí donde lo habían hecho sus padres y abuelos. Su lucha fue acompañada por la de cientos de gallegos que se acercaron a Carballo para solidarizarse con los que trabajaban la tierra, el mar. Supuso uno de los hitos del nacionalismo gallego, junto a Xove y As Encrobas, protagonizado por miles de personas anónimas y por personalides como Moncho Varcálcel o Carlos O Xestal, un humorista al que una vez, tras una actuación, tuve el arrojo de pedirle un autógrafo como si se tratase de Bob Dylan. Le tengo mucho cariño porque días después me dejó en el comercio de mis padres un póster autografiado: gorra oscura, piel en barbecho, gafas de sol. O Xestal era un activista antes de que se pusiese de moda la palabra activista. Pasa con la regueifa, que ahora la llaman rap. Carlos fue el primer rapero cabeza de cartel.
No voy a extenderme con lo que pasó en aquella plaza, pero entiendan que las decenas de guardias civiles que tomaron el lugar y bloquearon cada una de las calles que conducían a ella agarraron sus mosquetones por el cañón, como si fuesen bates de béisbol. Las armas de los manifestantes, pueden imaginárselo, eran consignas como “La playa es nuestra, caciques fuera”. Cuando quisieron escapar, no había salida, pero improvisaron cualquier rincón para esconderse: tabernas, viviendas, cuartos de baño… A Casa San Ramón (el primer quiosco de la historia de 200 metros cuadrados, en cuyo mostrador dormitaban dos gatos del tamaño de un mastín, pero más gordos) llegó alguien al borde de la última exhalación. Corría como Abebe Bikila, el etíope que ganó la maratón en los Juegos Olímpicos de Roma: descalzo. El zapato, perdido y solitario, abandonado en el asfalto. Como una Nancy arrollada por las botas de los picoletos, que por entonces aún calzaban tricornio.
Aquel día fue largo. Por la tarde, mil personas le rindieron homenaje en Baldaio a Marcelino Rodríguez, que había muerto recientemente después de ser detenido por la guardia pretoriana de la empresa que estaba esquilmando el lugar. Lo cogieron con un saco de berberechos y, con las ropas húmedas, le obligaron a caminar diez kilómetros hasta el cuartel de la Guardia Civil en Caión, donde pasó la noche. Padecía del pulmón y murió días después.
Los congregados, entonces, decidieron ocupar simbólicamente la marisma, donde de nuevo le esperaban los mosquetones, las pelotas de goma y los botes de humo. El médico Mariño, con el que no me une parentesco alguno, no dio abasto para atender a los heridos. Otros fueron trasladados a un hospital de A Coruña, donde las fuerzas del orden (disculpen por el oxímoron) detuvieron a Moncho Valcárcel, Xosé Esmorís y Francisco Felípez, que habían acudido allí para interesarse por la salud de los heridos y fueron trasladados inmediatamente al cuartel. Éste último, años después, prefiere no recordar lo que sucedió aquella noche. Dice que fue la más dura de su vida.
“No hubo muertos de casualidad”, rememora. Si usted sabe lo que había que hacer antes de la cocción, cuando no abundaban los congeladores, para que un pulpo estuviese tierno, entenderá esta frase: “Mallaron en nós coma pulpos”. Mallar de majar, es decir, machacar. La estampa era propia del Duelo a garrotazos de Goya, pero con fusiles. Felípez se lamenta de que las hostias fueran aleatorias, porque había jóvenes, pero también jubilados y ancianos. Para que se hagan una idea, la prensa tituló entonces: ”La Guardia Civil rompió cuatro mosquetones durante el intercambio de golpes” (ojo con la palabra intercambio; también con la maleabilidad de las armas). Otras publicaciones fueron más metafóricas: “La sangre llegó al mar”. Diario 16, indudablemente poético, recurrió a la prosopopeya en la crónica de la carga que se había producido horas antes en Carballo: “Muchos animales expuestos para la venta (conejos, gallinas y cerdos) huyeron en medio del barullo”.
Un combate desigual y asimétrico en el que los vecinos se vieron envueltos por una causa justa, aunque tuvieron que esperar a 1991 para que el Tribunal Supremo les diese la razón. Habían soportado golpes, amenazas, multas y calabozos. Un hombre murió reventado. Una mujer abortó. La empresa concesionaria de aquella piscifactoría fantasma jamás pudo demostrar que había comercializado ni un kilo de moluscos de la marisma, que se divisa desde la escarpada ermita de Santa Irene. Allí, Oliva Pose, erigida ya en heroína labriega, se dirigió tiempo después a los suyos y entonó: “La naturaleza no puede ser privada. Costó mucho, pero ha valido la pena”.
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Por Henrique Mariño

Los aniversarios, efemérides y días de son las oenegés del almanaque, esa excusa de notables para trocar una jornada de buen comportamiento por un año entero de hijoputismo enmascarado. Como el que sostiene la pancarta del teléfono ese y luego llega a casa y le zurra a su señora. Julio Camba, tan vigente que acojona, cumple cincuenta años (su muerte, quiero decir). Y ya vienen los diarios –llegamos todos– con nuestros panegíricos sin tacha. Yo, por desastre, me acabo de enterar ahora de las bodas de oro del vilanovés con la flaca, de ahí que en mi camba no haya referencia al pasado, sino más bien al futuro, instalado ya en el presente. En fin, que no tengo a mano el Haciendo de República para aventar un par de citas, pero creo que si se lo regalan a su cuñado el concejal, seguro que en vez de leerlo se mira al espejo.
Yo iba a escribir en el periódico un artículo sobre el catorce ochomiles del periodismo español. (A ver: para mí, víctima de una metonimia aguda, el periódico es Público, como para la senectud el parte era la primera y no este sin dios de telediarios). Pero es que no sé qué me pasa que siempre que me pongo con Camba nos cae un ERE encima o, directamente, la persiana metálica. Como pueden suponer, no hay Camba porque no hay periódico, pero eso a quién le importa. La movida es que no hay Undargarin porque no hay Alicia Gutiérrez, no hay mujer explotada sexualmente porque no hay Óscar López-Fonseca, no hay Luis de Guindos porque no hay Pere Rusiñol y, en fin, no hay tu tía porque no hay Tudela.
Como un excomulgado que le celebra al niño la primera comunión, termino dándole bola al de Vilanova de Arousa. Y que no me vengan ahora los jacobinos biempensantes con lo del texto edulcorado que elude el racismo y la misoginia, porque me pillan con las velas y, si me explayo, termino quemándome. Cincuenta años no es nada, pero bien merecen el empacho literal en honor del resucitado. O, más bien, reencarnado: Jabois es Camba, como Gistau es Umbral. Si me pregunta quién coño es el primero, pensaré que no vive en este mundo o, peor, que este mundo no vive en usted. Ya digo, a mí lo único que me jode de Jabois es que no lleve tilde en la o.
Por cierto, ¿ya ha muerto Camba? Mañana no hablará de él ni cristo.
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Más: Julio Camba, el primer distópico + Mamá, yo de mayor quiero ser Manuel Jabois
Menos: Cierra Público y me descalzo ante ustedes
Por Henrique Mariño

La primera vez que me compré unos zapatos tenía 27 años, esa edad a la que las estrellas del rock les da por morirse, que si el Morrison, que si la Winehouse. Eran unos botines negros de dudosa calidad, pero me dolía soltar la guita teniendo la mercancía en casa, por eso me llevé un calzado de palo.
Mi abuelo Don José tuvo a bien establecerse en Carballo en los años cincuenta para cortar el cuero con la precisión de un pulidor de diamantes. Primero se instaló en un bajo que tiempo después albergaría una bodega de vinos, el Submarino, sito en la otrora Plaza del Generalísimo, la que había sido de la Libertad y ahora, por aquello del consenso, la de Galicia. Luego se trasladó a la calle Coruña, entre la plaza del pueblo y la iglesia, a un local añejo que todavía hoy regentan mis padres, quienes continuaron con la tradición zapatera, como casi todos los hijos e hijas del viejo, qué sabio. Yo me crié entre cajas de cartón y un respeto secular por el fuego: vivíamos en el piso superior. “Ten cuidado, Henrique, que si salta una chispa esto es una caja de cerillas”, me decía mi padre. El suyo, sin embargo, murió encamado y con la chusta en los labios, como el que espera la ceniza.
A uno de los hijos de Don José se lo llevó una enfermedad y a otro, la emigración. El resto, ya digo, abrazó los mocasines de ante y los escarpines de tacón de seis y medio. Sólo fue a la Universidad el varón del medio, que terminó convirtiéndose en el referente de la estirpe familiar: estudiar era sinónimo de hacer, como él, Derecho. Así pasaron los años, hasta que llegó el momento de dejar el instituto y lanzarse al mejor sitio para descansar, que diría Triángulo de Amor Bizarro. A mi madre le debo poder dedicarme a esto, o sea, al periodismo: ¿qué coño haría yo ejerciendo, en el mejor de los casos, de abogado? Saldría victorioso de algún proceso, supongo, pero por insistencia, como quien vende miniaturas de buda por los bares. Juez y mazo: “Señor Mariño, declaro a su cliente inocente, pero su lengua incesante se va directamente al calabozo”. Cloc.
Cuando llegamos a Madrid, lo primero que hizo mi madre al entrar en el colegio mayor fue preguntar dónde estaba la capilla, como anticipándose a mis pecados. Nada más irse, me sacaron de farra hasta las tantas de la madrugada y, al volver a la residencia, recordé vagamente que había pasado por El Correo Gallego, Cope, Galicia Hoxe, Radiovoz, La Voz de Galicia y EFE. Luego vino la Radio Galega y El Mundo, en el que estaría cuatro años hasta que me fui a Roma, donde compré los zapatos espurios y empecé a escribir para La Voz de Galicia. Después tocó Londres, Sao Paulo y, siempre, Madrid. Si la noche se desboca, el sueño es tan reparador que, al despertarte, te olvidas de dar las gracias: a Fernando García Pablos, Ramón Busto, Paco Pelegrín, Antonio Jiménez, Cristina Abelleira, José Manuel Casal, Pepe Ameixeiras, José Manuel Ferreiro, Ana Romaní, Paco Villanueva, Kino Verdú, Jesús Alcaraz, Alberto Luchini, Juan Manuel Bellver, Cristina de Alzaga, Miguel Ángel Mellado, Ana Rodríguez, Jesús Flores, Luís Ventoso… Y a los colegas, que no precisan cita, porque si los anteriores me enseñaron en su día de qué va el rollo, estos todavía me siguen dando hoy lecciones de amistad.
Tanta enumeración hiede a responso: para no alargarme, termino con los velatorios de ADN.es, aquel periódico digital donde fuimos felices. Seguimos celebrando cada aniversario de su defunción, pero como una vez al año resulta insuficiente encargamos una misa si nos lo pide el cuerpo, que suele ser exigente e incorrupto. Pero cuando ya nos habíamos sacudido el luto y estábamos de alivio, resulta que a Público le da un vahído y ya va uno mirando en el armario si tiene un chaquetón negro, con resultado negativo. Malo será que no sirva alguna prenda oscura, algo que te hayas puesto en los sepelios encadenados de los compañeros de profesión, que parecemos la santa compaña. Pero el jamacuco termina siendo expiración y para mí que una chaqueta de pana marrón es poco seria para un funeral como éste, visto el número de esquelas que ha puesto la gente.
Hoy habrá que ir a comprar pues un chambergo como dios manda y, de paso que bajo, también el periódico. Si tardé casi seis lustros en pagar por unos zapatos, no extrañará que después de tres años me lleve el diario de la competencia. Me imagino que no me resultará tan cómodo como el de casa. Tal vez me sobre algo, la suela resbale o hasta me salga un callo, pero calzar hay que calzarse. Si el vestir comienza en los zapatos, que son los cimientos de nuestro edificio, la democracia arranca en las rotativas. Necesitamos los periódicos como las botas en invierno y las sandalias en verano. Era un euro y veinte, ¿no? Pues a ese precio a lo mejor le digo al quiosquero que me ponga medio kilo. Aunque, en realidad, lo que me gustaría es volver a casa, quitarme los botines negros nada más entrar en el portal y, con los pies desnudos, susurrar desde el felpudo de la puerta:
- Que, mamá, ¿me regalas unos zapatos? Parece mentira, 36 años y todavía descalzo.
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Por Henrique Mariño
Julio Camba era un señor que aborrecía el ajo y el sufragio femenino. Lo plasmó en un lustroso tratado gastronómico, La casa de Lúculo; y en Haciendo de República, un vademécum acerado y perspicaz donde cargó contra el nuevo régimen, del que esperaba que le pusiese una embajada. La mesa y el escaño le brindaron la más jugosa nómina de su generación, pese a que en sus tiempos del ABC había que azuzarle para que se enrollase, pues el gallego sudaba la gota gorda para cumplir con sus diez artículos mensuales. Hay quien de la vida espera la muerte: Camba habría firmado poder dejar de escribir, una boutade que refleja su cuestionable reputación de vago.
Para nuestra fortuna y debido a su necesidad –que no hambre, pues el ilustre periodista no perdonó un mantel–, nunca llegó a hacerlo.
Aunque haya pasado a la posteridad por las crónicas políticas o por el arte de comer (y después contarlo), su viajado currículo oculta en un pliegue una obra que le hace merecedor de pasar a la historia no sólo del articulismo español sino también de la literatura universal. Instalado en Nueva York como corresponsal del diario fundado por Torcuato Luca de Tena, comienza a enviar un rosario de textos proféticos que darían para Un año en el otro mundo, un libro con el que se adelanta a la santísima trinidad distópica.
Editado por Biblioteca Nueva en 1917 y recuperado por Rey Lear, el supersticioso y bien plantado dandi de Vilanova de Arousa alucina un increíble mundo nuevo a partir de su experiencia en la Gran Manzana. Lo hace lustros, décadas antes de que Aldoux Huxley alumbrase Un mundo feliz; George Orwell, 1984, y Ray Bradbury, Fahrenheit 451. Incluso se anticipa a Yevgeni Zamiatin, que facturaría cuatro años después Nosotros, una novela en la que se inspiró el creador de Rebelión en la granja para engendrar la sociedad orwelliana. Camba sería, con permiso de H.G. Wells y de algún otro autor embrionario de ciencia ficción, el primer distópico.
Nueva York se presenta ante él como una “fábrica gigantesca” donde prima la cantidad y no la calidad, desprovista de “actividad intelectual” y en la que el ocio de sus habitantes –”un público infantil”– se reduce a “bailes gimnásticos” envueltos en una “música estridente y violenta”. Lo que para Huxley era la “soma” (droga de la felicidad), para Camba es la “goma” (de mascar). Pero, he aquí el mérito, su pluma visionaria no está novelando la hipotética y ulterior perversión de la utopía, ese mundo idealizado: él la concibe en tiempo presente. “El hombre va suprimiendo toda relación con el hombre para entenderse con las cosas directamente”, insistirá en La ciudad automática, escrito durante su segunda estancia en la metrópoli y reeditado por Alhena Media.
Un año en el otro mundo avanza la sociedad antidepresiva, tecnológicamente desarrollada, huérfana de bellas artes y en permanente estado de dicha imaginada en Un mundo feliz. “La mecánica y la industria van suplantando en los Estados Unidos no sólo la ternura doméstica, sino todo lo demás”, expone el corresponsal. “La alegría es puramente física, a base de montañas rusas, de toboganes y de waterchuts”. También vislumbra la omnipresencia (el teléfono como fin, no como medio; la cámara fotográfica que se cuela en la habitación donde agoniza el poeta Rubén Darío…) y el control del Estado trazados por Orwell.
“Nueva York no es una ciudad. Es un sistema, una teoría”. La urbe matemática en la que nada escapa al problema planteado por quien detenta el poder. Washington no alcanza ni de lejos la categoría pérfida, totalitaria y represora del Gran Hermano (trasunto de Stalin), pero representa al “amigo íntimo” que ejerce, a lo sumo, un “poder sobrenatural”. El vigilante ubicuo, en cambio, bien podría ser el “detective americano”, ese ojo que pasa inadvertido y todo lo ve: “Si es hombre se disfraza de mujer, y si es mujer se disfraza de hombre”.
Escéptico y cínico, Camba también alude a los grandes temas de la novela de ciencia ficción distópica: la tecnología reproductiva y el cultivo de seres humanos, el fin de la privacidad, el Estado como “laboratorio social y político”, la producción en cadena, la guerra como “salvación espiritual” y las paradojas y contradicciones que encierran las alianzas bélicas: “¿Qué harían los americanos de nacimiento alemán si las cosas llegaran a tal punto que los Estados Unidos exigieran su concurso para combatir a Alemania?”, se pregunta.
Anarquista antes que conservador, precoz en la mecanografía y tardío en la entrega, lo que Camba narra desde el otro mundo tardará en ser evocado por los grandes escritores del siglo XX. Valga como ejemplo esa civilización sin letra impresa, el ardiente objetivo deseado por los bomberos de Bradbury, que se afanaban para encontrar libros y quemarlos. “América tiende deliberadamente a suprimir toda manifestación literaria”, auguró el hombre que le presentó la dimisión a la muerte después de haber vivido sus últimos doce años en la habitación 383 del Hotel Palace de Madrid. Pero antes de rubricar la instancia con la guadaña, nos recordó que en aquella Nueva York “saturada de electricidad”, colosal “hasta en sus catástrofes”, el fuego también era, como en Fahrenheit 451, todo un espectáculo.
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Publicado en el nº 2 de la revista Números Rojos, ya a la venta. Ilustración: Violeta Cintas.
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Media febrero cargado de absurdos:
- Arde Atenas mientras las polis europeas se sacuden la caspa con las quitanieves.
- El cambio en España vino a ser la reforma, con Rajoy mascullando trein-tai-trés antes del flash (back), más de lo mismo.
- La huelga de los polis de San Salvador de Bahía de Todos los Santos, que reclamaban un aumento de sus magros salarios, termina con decenas de cabezas descerrajadas por los grupos de exterminio, que no dejan de ser agentes del orden sacándose unas perras con las horas extras, en plan chapuzas.
- Beiras deja quieto el zapato y entona la sinfonía del portazo, menos cacofónica que la txalaparta de Khrushchev. Del susto, la foto de familia del Bloque se cae al suelo y la conciencia barbada aprovecha para salirse del marco, como acostumbran a hacer las ánimas por el de la ventana: en Galicia, donde una linde bien vale un magnicidio. Si la de Fraga fue una sorpresa repentina, la de Beiras era una muerte anunciada, tras los avisos de la refundación y los agüeros de la Asamblea Nacional.
- En cuanto a los disparates de andar por casa, uno que me recuerda a España: hace un mes y medio, en año nuevo, me encuentro con un aquapark en la cocina. Le dejo una nota al vecino de arriba cuando llego del curro por la noche, ya que no contesta a mis llamadas al timbre, y me la devuelve a la mañana siguiente por debajo de la puerta diciéndome que se va de viaje. Sigue lloviendo sin parar, hasta que un día se cuela en mi casa un señor (a los quince minutos descubro, porque me da por preguntárselo, que es el fontanero) que le hace un agujero al techo, como si fuese el desagüe de todos los océanos (y yo abajo). Otro día aparece el del seguro, toma nota de los desperfectos (también se jodió la vitrocerámica y el horno) y se va. Más adelante llega un pintor (del seguro), me oye, mira hacia arriba y descubre las cosas buenas que tiene mi techo: también se abre sin resolver nada porque resulta que, antes de darle a la brocha, necesita a un albañil para que le tape el agujero. Luego no viene nadie. Pasan dos o tres semanas. Me llama la dueña del piso de arriba y me cuenta un rollo. Envía de nuevo al señor de los quince minutos de fama (el fontanero del agujero), que entra en la cocina y observa la escayola mutante, que unas veces me parece un Barceló y otras se me aparece la virgen (en la escayola, lo típico). Pues nada, me dice, que ya tapo yo el agujero (albañil), pinto el techo (pintor) y ¿qué me has dicho de la cocina? Con tanta gotera, le explico, el horno no funciona y cuando enciendo la vitro salta el automático (creo que se dice así). El señor (por no llamarlo fontanero-albañil-pintor, aunque le echo entre mi edad y la de Xabi Alonso) se pone a hurgar con un destornillador en el aparato y, antes de que me dé tiempo a jurarle desde la salita que no escondo los millones ahí, me lo encuentro con el horno en la mano (bueno, en el suelo) y con el hueco en la pared. Para no liarme, termino: me dice que funciona (¡-?) y pasa a revisar la vitro: ahí yo me dispongo a hacer una simulación: cojo una olla, la pongo a hervir, dejo que caiga agua sobre el fuego y, antes de que todo salte por los aires, se enciende un piloto amarillo que en realidad está fundido desde la inundación: apago y listo. Entonces, el señor (¿o debería llamarlo electricista?) me dice que viene el lunes, o sea, dentro de cuatro horas, a tapar el agujero. Del seguro no sé nada, pero sí que la señora de arriba, en vez de aplicarse y hacer las cosas como dios manda, ha vuelto a recurrir al hombre orquesta para que me devuelva a una existencia rutinaria de sopas de sobre y pizzas congeladas. No sé cómo explicarlo, pero mi cocina me parece un trasunto de España, ¿que no?
(Por cierto, que si la historia esta les parece más interesante que los peñazos de costumbre, yo encantado de contarles mi vida: hoy la irresponsabilidad ajena personificada en el desastre de la cocina, mañana mis problemas con las compañías telefónicas, pasado el billete fantasma de Spanair y el pico del nuevo pasaje que he tenido que agenciarme, y así. Al menos, con mi escritura y su lectura, me descargo y lo voy echando todo para afuera).
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Etiquetas: Fraga
No sé por qué todo dios tiene que escribir sobre Fraga, un señor con muy mala hostia y peor paternidad: que si la ley, que si la braga. Ese ser oscilante que un día firmaba una condena a muerte y al siguiente ordenaba que le tocasen la gaita, al principio como a todos pero luego en plan gangbang. Yo no hablé antes de él porque su muerte me pilló trabajando, algo de lo que presumía Don Manuel, pero ni el trabajo redime al hombre (como tampoco lo absuelve de sus actos) ni todos los abuelos son buenos. A Fraga no lo dulcificaron ni las arrugas y si nunca se afeitó el bigote fue porque carecía de él. A mí un anciano que deja atrás a su comitiva, no por tirano sino por plusmarquista, no me parece de fiar. Y como otros lo vieron en Londres haciéndose las embajadas, yo asistí en Fitur a la yinkana de los stands, donde terminó reventando a los caballos y, de paso, a los de la prensa, que a cada parada caían rendidos y regaban con espuma la moqueta.
Fraga se va y los constitucionalistas se echan las manos al Estado. Y en Madrid, que era un asfalto baldío, llueve de nuevo, aunque para mí que sólo lo han llorado de corazón los 100 Pipers, quienes han tenido que esperar al pitido final para volver a la faena. Sospeche, lector, de los entierros de quince curas y de las romerías de mil gaiteiros, porque en la exhalación algo falla. Ondea, pues, un pañuelo blanco salpicado de aquello: el adiós a un hombre que no pudo reinar y se conformó con sacar el cinto en la taifa donde había nacido, porque al final lo que queremos todos es que te reconozcan en el pueblo. Donde unos ven una carrera meteórica, yo veo un currículo abaneante, ora hasta la ventana de un segundo piso (como Grimau, que terminó cayéndose), ora hasta la falda de un monte (pongamos Montejurra).
Un exministro franquista pasa a mejor vida y ahora todo quisque estuvo en Fraga, que hasta parece el padre del 68.
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Hace dos meses, Marcos Pérez Pena me propuso escribir un texto para un libro publicado por 2.0 Editora sobre el movimiento 15-M. En él estarían presentes tanto voces académicas (Raimundo Viejo, Víctor Sampedro o Carlos Taibo) como las de miembros de las comisiones y asambleas de barrio surgidas en las urbes gallegas.
Manolo Barreiro daría paso tras el prólogo de A praza é nosa. Quen constrúe a democracia? a representantes de Universidade Invisible, Attac, Proxecto Derriba o Democracia Real Xa, pero el coordinador de la obra también buscaba “visiones más urgentes y originales” de periodistas.
Una es la de Xosé Manuel Pereiro y la otra, ésta. Como mi experiencia giró en torno a la acampada de la Puerta del Sol, decidí escribir sobre la conquista del espacio público. Original, no lo sé, pero de la redacción apresurada doy fe.
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Apaga y vámonos: la culpa de que Rajoy no haya mostrado todavía sus cartas la tiene haber nacido en Santiago. Eso no quita que puedas venir al mundo en León y sostener que la crisis no es tal sino recesión, pero ésa es otra historia. Más aburrida, claro, porque no transcurre en un terruño olvidado, pasto de meigas, donde la gente, como no tiene otra cosa que hacer, se pasa todo el día subida a una escalera esperando a que pase un mostoleño para apostarle una mariscada –tirada de precio, como la farlopa– si adivina qué está haciendo: ¿subiendo o bajando?
El hallazgo ha sido revelado por un periodista con oficio, Paddy Woodworth, en un perfil del a la tercera presidente publicado en The Irish Times, donde repasa la trayectoria del gallego. Condición –la misma que la de Franco y Fraga, recuerda– que sostiene la pieza, en la cual Rajoy es rebautizado como “cara de póquer”. En realidad, nos pasa a todos cuando salimos de casa, que nos aferramos a los tópicos porque siempre funcionan y así en el pueblo lo entiende hasta el mono del quiosco. Lo sabe bien la peyorativa Rosa Díez, ahora liada haciendo panda en el Congreso, a quien le bastó una carrera hasta los estudios de CNN+ para atiborrarse de lugares comunes.
Como estamos en campaña y hay que ir montando el árbol, no me extiendo y les dejo el artículo del rotativo irlandés, aunque GC se ha tomado la molestia de traducir parte del texto a esa lengua periférica y tullida que, si tomó nota de su padrino político, tan bien conocerá nuestro presidente (lo de nuestro lo digo por lo de gallego). Todo sea dicho, Irlanda llega tarde, pues ya lo había descubierto antes España, o sea, Aznar: “Tiene una gran experiencia y una muy buena capacidad de resolución. Lo que pasa es que tiene su personalidad, su estilo, su modo de ver las cosas, su modo de actuar, su origen gallego y su [risas] oficio de gallego”. De haberlo sabido, si yo soy Rajoy me reencarno en Ourense y me meto a afilador y paragüero.
Post á feira: Hasta Rajoy puede serlo + ¿Por qué Lili habla inglés? + Desván de los Monjes
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Por Henrique Mariño
Los medios de comunicación renquean, pero los que usan el gallego están heridos de muerte o han pasado a mejor vida, caso de Vieiros o Xornal. Los que subsisten y los que, felizmente, están por venir creen que es necesario supervitaminarse y mineralizarse, que diría Super Ratón. De ahí la campaña emprendida por diez cabeceras, Vitaminas para o Galego, para que la lengua propia –presente en la calle, secundaria en el sector– tenga un reflejo en diarios, revistas y webs. Larga vida.
A Tempos Novos, Galicia Confidencial o Praza Pública habría que sumarles iniciativas independientes de periodistas que, robándole horas al calendario, más allá de sus quehaceres laborales, labran con cariño proyectos de los que difícilmente sacarán provecho económico y que tienen por objetivo dar a conocer la cultura del país. Letra en obras, desde la humildad, promueve a los nuevos autores que se expresan en lengua gallega, poetas y escritores que dan a conocer su obra más allá de los canales institucionales.
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Por Henrique Mariño
Espanta la cornada del mar y la voltereta del percebeiro en plena faena, pero la belleza de las imágenes nos hace olvidar que hay alguien detrás de la cámara. Si el documental Percebeiros nos sumerge en la lucha titánica entre el hombre y el océano, el making of del cortometraje rescata a los bizarros profesionales que se han atrevido a bajar a la mina atlántica. Todo sea por ilustrar la proeza diaria de superhéroes como Serxio Ces, el percebeiro de Cedeira que protagoniza la nueva cinta de David Beriain. Bravo por el periodista navarro y por los otros dos Sergios submarinos, Carmona y Caro: gran trabajo. Enhorabuena a todo el equipo y suerte en los Goya.
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