Por Henrique Mariño

Los aniversarios, efemérides y días de son las oenegés del almanaque, esa excusa de notables para trocar una jornada de buen comportamiento por un año entero de hijoputismo enmascarado. Como el que sostiene la pancarta del teléfono ese y luego llega a casa y le zurra a su señora. Julio Camba, tan vigente que acojona, cumple cincuenta años (su muerte, quiero decir). Y ya vienen los diarios –llegamos todos– con nuestros panegíricos sin tacha. Yo, por desastre, me acabo de enterar ahora de las bodas de oro del vilanovés con la flaca, de ahí que en mi camba no haya referencia al pasado, sino más bien al futuro, instalado ya en el presente. En fin, que no tengo a mano el Haciendo de República para aventar un par de citas, pero creo que si se lo regalan a su cuñado el concejal, seguro que en vez de leerlo se mira al espejo.
Yo iba a escribir en el periódico un artículo sobre el catorce ochomiles del periodismo español. (A ver: para mí, víctima de una metonimia aguda, el periódico es Público, como para la senectud el parte era la primera y no este sin dios de telediarios). Pero es que no sé qué me pasa que siempre que me pongo con Camba nos cae un ERE encima o, directamente, la persiana metálica. Como pueden suponer, no hay Camba porque no hay periódico, pero eso a quién le importa. La movida es que no hay Undargarin porque no hay Alicia Gutiérrez, no hay mujer explotada sexualmente porque no hay Óscar López-Fonseca, no hay Luis de Guindos porque no hay Pere Rusiñol y, en fin, no hay tu tía porque no hay Tudela.
Como un excomulgado que le celebra al niño la primera comunión, termino dándole bola al de Vilanova de Arousa. Y que no me vengan ahora los jacobinos biempensantes con lo del texto edulcorado que elude el racismo y la misoginia, porque me pillan con las velas y, si me explayo, termino quemándome. Cincuenta años no es nada, pero bien merecen el empacho literal en honor del resucitado. O, más bien, reencarnado: Jabois es Camba, como Gistau es Umbral. Si me pregunta quién coño es el primero, pensaré que no vive en este mundo o, peor, que este mundo no vive en usted. Ya digo, a mí lo único que me jode de Jabois es que no lleve tilde en la o.
Por cierto, ¿ya ha muerto Camba? Mañana no hablará de él ni cristo.
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Más: Julio Camba, el primer distópico + Mamá, yo de mayor quiero ser Manuel Jabois
Menos: Cierra Público y me descalzo ante ustedes
Por Henrique Mariño
Julio Camba era un señor que aborrecía el ajo y el sufragio femenino. Lo plasmó en un lustroso tratado gastronómico, La casa de Lúculo; y en Haciendo de República, un vademécum acerado y perspicaz donde cargó contra el nuevo régimen, del que esperaba que le pusiese una embajada. La mesa y el escaño le brindaron la más jugosa nómina de su generación, pese a que en sus tiempos del ABC había que azuzarle para que se enrollase, pues el gallego sudaba la gota gorda para cumplir con sus diez artículos mensuales. Hay quien de la vida espera la muerte: Camba habría firmado poder dejar de escribir, una boutade que refleja su cuestionable reputación de vago.
Para nuestra fortuna y debido a su necesidad –que no hambre, pues el ilustre periodista no perdonó un mantel–, nunca llegó a hacerlo.
Aunque haya pasado a la posteridad por las crónicas políticas o por el arte de comer (y después contarlo), su viajado currículo oculta en un pliegue una obra que le hace merecedor de pasar a la historia no sólo del articulismo español sino también de la literatura universal. Instalado en Nueva York como corresponsal del diario fundado por Torcuato Luca de Tena, comienza a enviar un rosario de textos proféticos que darían para Un año en el otro mundo, un libro con el que se adelanta a la santísima trinidad distópica.
Editado por Biblioteca Nueva en 1917 y recuperado por Rey Lear, el supersticioso y bien plantado dandi de Vilanova de Arousa alucina un increíble mundo nuevo a partir de su experiencia en la Gran Manzana. Lo hace lustros, décadas antes de que Aldoux Huxley alumbrase Un mundo feliz; George Orwell, 1984, y Ray Bradbury, Fahrenheit 451. Incluso se anticipa a Yevgeni Zamiatin, que facturaría cuatro años después Nosotros, una novela en la que se inspiró el creador de Rebelión en la granja para engendrar la sociedad orwelliana. Camba sería, con permiso de H.G. Wells y de algún otro autor embrionario de ciencia ficción, el primer distópico.
Nueva York se presenta ante él como una “fábrica gigantesca” donde prima la cantidad y no la calidad, desprovista de “actividad intelectual” y en la que el ocio de sus habitantes –”un público infantil”– se reduce a “bailes gimnásticos” envueltos en una “música estridente y violenta”. Lo que para Huxley era la “soma” (droga de la felicidad), para Camba es la “goma” (de mascar). Pero, he aquí el mérito, su pluma visionaria no está novelando la hipotética y ulterior perversión de la utopía, ese mundo idealizado: él la concibe en tiempo presente. “El hombre va suprimiendo toda relación con el hombre para entenderse con las cosas directamente”, insistirá en La ciudad automática, escrito durante su segunda estancia en la metrópoli y reeditado por Alhena Media.
Un año en el otro mundo avanza la sociedad antidepresiva, tecnológicamente desarrollada, huérfana de bellas artes y en permanente estado de dicha imaginada en Un mundo feliz. “La mecánica y la industria van suplantando en los Estados Unidos no sólo la ternura doméstica, sino todo lo demás”, expone el corresponsal. “La alegría es puramente física, a base de montañas rusas, de toboganes y de waterchuts”. También vislumbra la omnipresencia (el teléfono como fin, no como medio; la cámara fotográfica que se cuela en la habitación donde agoniza el poeta Rubén Darío…) y el control del Estado trazados por Orwell.
“Nueva York no es una ciudad. Es un sistema, una teoría”. La urbe matemática en la que nada escapa al problema planteado por quien detenta el poder. Washington no alcanza ni de lejos la categoría pérfida, totalitaria y represora del Gran Hermano (trasunto de Stalin), pero representa al “amigo íntimo” que ejerce, a lo sumo, un “poder sobrenatural”. El vigilante ubicuo, en cambio, bien podría ser el “detective americano”, ese ojo que pasa inadvertido y todo lo ve: “Si es hombre se disfraza de mujer, y si es mujer se disfraza de hombre”.
Escéptico y cínico, Camba también alude a los grandes temas de la novela de ciencia ficción distópica: la tecnología reproductiva y el cultivo de seres humanos, el fin de la privacidad, el Estado como “laboratorio social y político”, la producción en cadena, la guerra como “salvación espiritual” y las paradojas y contradicciones que encierran las alianzas bélicas: “¿Qué harían los americanos de nacimiento alemán si las cosas llegaran a tal punto que los Estados Unidos exigieran su concurso para combatir a Alemania?”, se pregunta.
Anarquista antes que conservador, precoz en la mecanografía y tardío en la entrega, lo que Camba narra desde el otro mundo tardará en ser evocado por los grandes escritores del siglo XX. Valga como ejemplo esa civilización sin letra impresa, el ardiente objetivo deseado por los bomberos de Bradbury, que se afanaban para encontrar libros y quemarlos. “América tiende deliberadamente a suprimir toda manifestación literaria”, auguró el hombre que le presentó la dimisión a la muerte después de haber vivido sus últimos doce años en la habitación 383 del Hotel Palace de Madrid. Pero antes de rubricar la instancia con la guadaña, nos recordó que en aquella Nueva York “saturada de electricidad”, colosal “hasta en sus catástrofes”, el fuego también era, como en Fahrenheit 451, todo un espectáculo.
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Publicado en el nº 2 de la revista Números Rojos, ya a la venta. Ilustración: Violeta Cintas.
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Por Henrique Mariño

No hay patata frita más rica que la birlada de la bandeja sobre la encimera que aguarda a ser servida en la mesa. Estará igual de buena en dos minutos, cuando aterrice en nuestro plato, pero el placer reside en burlar el control maternal para llevarnos el tubérculo a la boca. Una madre siempre se enfada y amenaza con la espumadera en mano, pese a que no tenga mucho sentido, pues el destino de la patata siempre será, indefectiblemente, nuestro estómago. Pero ésta es otra historia. La que toca es la de David de Gea, un rubiales con nombre de cantante apto para adolescentes descorazonadas que, en realidad, juega de portero en el Manchester United: el chaval entra con dos colegas en un súper, se zampan un dónut y salen del establecimiento sin pasar por caja, cuenta The Sun. Muy prosaico.
Poco importa que se lo lleve crudo (el salario: 80.000 pavos a la semana), porque al exguardameta del Atlético de Madrid le sabe, como nos sabe a todos, la rosquilla como botín, no la del euro treinta y cinco. Por eso, la gente folla de tapadillo en el probador del H&M aunque tenga piso en Las Tablas y chalé en la playa, porque la libido también se resiente con la otra crisis del ladrillo, que arranca cuando el techo fijo guarece la rutina. El rollo es atusarse con más estilo que discreción al descorrer la cortina, rebañar la miga con la lengua una vez franqueado el segurata. Nada que no hayamos leído en el Antiguo Testamento: si acaso, ha cambiado la manzana por el dónut.
De Gea, todo sea dicho, ha tirado de Facebook para explicar que no, que el del dónut fue un colega, porque a él sólo le gustan con chocolate, que es como decir que te pone lo de los probadores pero sin condón. Lo que pasó, aclara, fue un ¡anda, la cartera! en toda regla: salió a buscarla al coche y al volver no supo explicarle el olvido al vigilante del Tesco, una cadena de supermercados británica que vende una crema de chocolate con un 5% de cacao, acojonante. La culpa, vamos, no es del diablo rojo, sino de un sistema educativo que nos arroja al espacio exterior sin entender ni papa de inglés. Así nos va a las hordas de españolitos gritones por esos mundos de Albión: que nos meten en un Virgin Store y, en vez de hurtarle palabras al diccionario, se nos hincha la vena pícara y nos da por el pillaje. Luego, ya saben, mi no entender.
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Élodie Bouchez, pese a tenerla abandonada últimamente, fue durante unos años mi actriz fetiche. Me sirvo del título de Didier Le Pêcheur, un filme sobre la resurrección de una bella durmiente en tiempos de sida y sado, para bautizar esta botica colmada de remedios para mitigar el tedio y el abatimiento dominical. Empiezo con otra película de la actriz francesa —para no repetirme— y sigo con libros, discos, restaurantes y lo que se tercie.
Película. Demasiada carne (Pascal Arnold y Jean-Marc Barr, 2000): una extranjera espabila a un pobre hombre en el profundo sur de Estados Unidos.
Blog. Fauna Mongola: mala leche, mucha razón e ilustraciones a cargo de Cristóbal Fortúnez, bisturí y cánula de tribus urbanas.
Reportaje. The Case of the Vanishing Blonde (Vanity Fair): historión protagonizado por un tenaz detective decidido a resolver una brutal violación en Florida.
Disco. Val del Omar (Sony, 1998): Antonio Arias lleva tres lustros dando la matraca con el cinemista granadino, un visionario olvidado que ahora, MNCARS mediante, parece haber resucitado. Todo o nada. Sea como fuere, si el desagravio vale para conocer la obra de Lagartija Nick —una banda, al igual que su mentor, subestimada e ignorada—, bienvenido sea. Este álbum, segunda colaboración con Enrique Morente, rasca más que su reciente discografía y nos remite a su deriva metalera. De entrada, puede costar, pero no resulta empalagoso a la postre. Como un licor café casero generoso en grados.
Libro. A sangre y fuego (Manuel Chaves Nogales, 1937): radiografía de la Guerra Civil a cargo de uno de los maestros del periodismo español.
Músico. Javi Álvarez (Dúo Cobra, Fluzo, Néboa y un largo etcétera). Rey del maquinillo. Hombre orquesta posmoderno. Sodomizador de Furbies con fines armónicos. Compostelano pintón residente en Barna. ¿Más?
Serie. Treme (HBO): David Simon, guionista de la soberbia The Wire, se sumerge en la vida de los músicos de un barrio de Nueva Orleans afectado por el huracán Katrina.
Restaurante. Gumbo (Pez, 15. Madrid): los platos del chef Matthew Scott son tan auténticos como los personajes de la citada serie. Cocina de Nueva Orleans —jambalaya, tomates verdes fritos, bonito ennegrecido— a un precio razonable: 25/30 euros, sin vino. En la calle Palma ha abierto Gumbo Ya-Ya, igualmente recomendable.