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Franco murió intubado; Berlusconi, en la bolsa

Por Henrique Mariño
13 nov 2011

Foto: Remo Casilli / Reuters

Franco murió intubado, horizontal, y Berlusconi se infartó en la bolsa. Al final, que se te vaya de las manos un dictador por un daño colateral tiene que doler, porque lo suyo es que se lo lleve un 15-M, una mayoría absoluta o un mazazo judicial. El dimisionario primer ministro italiano ha caído porque Merkozy, la Brangelina comunitaria, azuzaba; los mercados —¿pero qué coño son los mercados?— no daban tregua y luego todas las siglas esas: UE, BCE, FMI, BM… Los ciudadanos, es verdad, le dieron un toque en los pasados comicios municipales y demostraron, cuando tocaron los referendos de junio, que la televisión no siempre gana las elecciones. Berlusconi esperaba que la gente se quedase en casa o aprovechase para ir a ver a la suegra y, así, no se alcanzase el 50% de participación necesaria para que la votación fuese vinculante. Su imperio mediático aplicó la ley del silencio y, a juzgar por la parrilla televisiva, parecía que la oportunidad de echar atrás un engendro legal que le permitiría evitar los procesos judiciales no existía más que en internet o en las conversaciones de taberna. Pero la gente salió a la calle y le aplicó un correctivo con su voto en contra de la ley de legítimo impedimento. Eran dos síntomas de que la sociedad mantenía sus constantes vitales, aunque insuficientes para desbancarlo del poder. Frustrante, hasta que el ciclón de la crisis levantó la alfombra, mostró la economía italiana hecha polvo y se lo tragó en un soplo. Parece de chiste, pero quién le iba a decir a Berlusconi que un islandés, un griego y un portugués iban a provocar que el italiano terminase tirándose, por indicación del piloto franco-alemán, del avión.

 

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La bala de D’Alema

Por Henrique Mariño Etiquetas: , ,
16 nov 2010

Rompió el hielo con un proyectil. Massimo D’Alema era entonces el presidente de Demócratas de Izquierda y un par de años antes había ejercido de primer ministro tras la caída de Romano Prodi. Huelga decir que Berlusconi había retomado el poder (político) en Italia, por lo que la entrevista versaría en buena parte sobre esa figura sin par que, de haber nacido en nuestro país, podría ser el cruce resultante de Mario Conde con Jesús Gil. El hombre que recogió el testigo del eurocomunismo sembrado por Enrico Berlinguer tomó entonces la bala en su mano y, presumiendo al tiempo de su amistad con Yaser Arafat y Abu Mazen, comentó: “La recogí en la iglesia de la Natividad en Belén”. Segunda intifada. El templo, sitiado y sometido a fuego. Siete palestinos muertos.

Hubo dos preguntas aparentemente inocentes que fueron respondidas como procedía. ¿Cómo se explica que los italianos reeligieran a Berlusconi en 2001? ¿Sería hoy quien es si no fuese por Bettino Craxi? D’Alema, lógicamente, dijo que los ciudadanos, hastiados de los políticos, le habían votado porque creían que era la persona justa “para hacer crecer el país y hacer ricos a todos”. También cargó contra el ex primer ministro socialista —quien, enfangado, terminó huyendo a Túnez, donde murió— y, de paso, contra “la derecha democristiana” por ayudar al Cavaliere a trepar mediáticamente.

D’Alema, por supuesto, no entonó en momento alguno el mea culpa, el suyo y el de la izquierda italiana, pero aquellas cuestiones también aludían a su paso por el Gobierno. La coalición progresista tenía la obligación, tras la derrota de Berlusconi en 1996, de cercenar las anomalías y malformaciones que suponían, además de los problemas con la Justicia del líder de Forza Italia, el conflicto de intereses, el monopolio audiovisual y la concentración de medios.

Parecería ingenuo pensar que la izquierda simplemente subestimó a Berlusconi (así fue: ganaría dos elecciones más y, a estas alturas, ha encabezado cuatro gobiernos) y todavía hoy resulta sorprendente cómo El Olivo no ejerció su responsabilidad, aplicó las leyes existentes y sacó adelante otras que ayudasen a poner en su sitio al Cavaliere, herido de muerte en la enfermería de una plaza de toros portátil. Con los jueces encima, sus empresas necesitadas de créditos y la obligación a la vista de tener que desprenderse de alguna de sus televisiones, Berlusconi recibió la providencial asistencia del primer ex líder comunista que gobernó un estado de Europa Occidental.

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