Pedro Armestre se mimetizó hace un año con los indignados de Sol para narrar gráficamente el nacimiento, auge y desmantelamiento de la acampada más icónica del 15-M. Habíamos coincidido tres lustros antes en El Mundo y volvimos a vernos en el kilómetro cero madrileño, donde nos cruzamos un puñado de veces a las horas más intempestivas. Lo explico abajo, en el prólogo que me encargó para Plaza Tomada, la intrahistoria fotográfica del epicentro de la Spanish Revolution, documento y arte.
Hoy, el reportero gallego, que trabaja para AFP, amaneció con la instantánea de la detención de un colega tras el desalojo de la concentración del 12-M. “Prensa expulsada para tapar vuestros Ojos”, escribió en su cuenta en Twitter.
Esos ojos, mayúsculos como platos, comenzaron a parpadear en las redes sociales. La imagen del “fotógrafo agredido en Sol por la policía” me retrotrae ahora al fantástico trabajo que nos regaló hace un año. Lo que sigue es el prólogo del citado libro, que no está a la altura (Pedro mide un metro noventa y pico, todo hay que decirlo) de su impagable obra. Difícil abrirle la puerta a un profesional que no cabe por ella.
El castillo de cartón
Cada amanecer, la sombra espigada de Pedro Armestre en el granito de la Puerta del Sol. Aferrado a su cámara, oscilante, como un cíclope pendular, vaga entre colchonetas en busca de una alegoría con la que rematar la jornada. Madrid se despereza y el fotógrafo, ojeroso y rendido, todavía no se ha echado al jergón. Esos jóvenes que alfombran la plaza, sumidos en un sueño, son el símbolo de la resistencia. Una noche más.
- ¿Todavía por aquí?
- Sí.
- ¿En los cartones?
- Ya ves.
Pasarían tres o cuatro días hasta que decidió alquilar una habitación en el Hostal Ruano, en el número uno de la Calle Mayor, desde cuya ventana retrataría el patchwork de rabia y libertad en el que se había transformado el kilómetro cero de la capital. Porque el fotógrafo no acudió a cubrir el 15-M, sino que fue la protesta la que nos embargó a todos. Y a Pedro le pilló con un objetivo en cada mano: el de la Nikon y el de modelar, con imágenes, los albores de una revolución, el levantamiento de un pueblo, la intrahistoria de un movimiento sin precedentes en este país. “Se estaba produciendo el acontecimiento de repulsa más grande desde la Transición, sin tener en cuenta los atentados del 11-M”, sostiene Pedro Armestre (Verín, 1972). “Las discusiones de barra de bar se estaban trasladando a otro sitio. Y yo quería estar en él”.
Todo había comenzado el 15 de mayo de 2011 con una manifestación convocada por Democracia Real Ya contra un sistema electoral que, según los jóvenes organizadores, no les representa, contra los políticos corruptos y contra un mercado laboral que les excluye o explota. “Me di cuenta de que era diferente porque no veía filas y filas de autocares aparcados que alguien había pagado, como en esas protestas en las que te dan un bocadillo y un refresco gratis, te meten en un bus y te dicen: Vámonos a Madrid”, asevera con sorna el fotoperiodista ourensano. “El tono de la gente era distinto. Las consignas resultaban espontáneas, no rutinarias. Percibí la indignación sin saber que luego les iban a llamar indignados”.
Entonces, como en la caverna, captó en la sombra de una valla el alborozo de los brazos en alto y una pintada en ciernes: “Lo llaman democracia…”. Se dio la vuelta hacia la multitud, observó sus gargantas inflamadas y escuchó gritar: “Y no lo es”. Aquel lema se había convertido en el ariete verbal de la Spanish Revolution, cuyo eco terminaría propagándose por las plazas de Atenas, Londres, Tel Aviv o Nueva York. La ciudadanía pedía responsabilidad a los gobernantes, clamaba un sistema político más representativo, exigía una mayor transparencia en la gestión de la cosa pública.
Armestre olió que allí había tema y quiso darle forma, consciente de que la gesta había que retratarla a través del detalle. “El campamento que se montó en Sol era tan visual que se volvió monótono: levantabas la cámara y ya tenías algo colorido. Como trabajo en France Press, mi obligación era tomar fotografías que funcionasen aquí y en el extranjero. Pero cuando supe que quería hacer algo personal, lo que hoy es este libro, me di cuenta de que debía ir a la procura de imágenes más icónicas”.
Al igual que había representado la obstinación y la fortaleza con una escena de los indignados durmientes en la aurora, vio a un hombre que derramaba cartones de leche en un gran puchero y nos habló de cuántas bocas habría que alimentar en aquel ingente desayuno. Le puso cara a la irritación, al entusiasmo, a la solidaridad, al cansancio, a la reivindicación, al amor, a la queja, al frío y, claro, a la esperanza, simbolizada en ese rayo durante la tormenta que anegó las tiendas.
Cuando ya no pudo más, rebañó unos cartones del Museo del Jamón y armó, junto a otros colegas, un chamizo de papel bajo el andamio de un maltrecho set de televisión. “Estábamos más dormidos que despiertos. Lo forramos como pudimos para que nadie entrara y, así, proteger los equipos. Allí nos tumbamos cuatro tíos y lo convertimos en nuestro castillo”.
- ¿Qué, todavía en los cartones?
- Bueno, ahora estoy en un hostal que me he cogido aquí al lado.
Hay fotógrafos presentes y ausentes, cree Armestre. Los que buscan la mirada y los que esperan, agazapados, hasta que la encuentran. Él prefirió pasar desapercibido, compartir con los acampados la espesura dilatada de las bolsas de los ojos, colmadas, oscuras, como llenas de noche. Presionar el disparador sin que el fotografiado se dé cuenta. Cuando la cámara se tornó molesta, Pedro se acercaba al ceño fruncido y le susurraba: “Y tú, ¿cuánto tiempo llevas aquí?”. Su zoom se había mimetizado en los plásticos y las lonas desde que, la primera madrugada, pensó: “No me voy a ir ahora para volver al amanecer”. Así fue hasta que, casi un mes después, se desmontó el campamento, que dejó de ser símbolo para ejercer de instrumento.
Aquí están las estampas de Plaza Tomada, “un pueblo nuevo nacido de la nada”. Narran, precisamente, cómo transcurrió la vida en él, aunque algunas –aclara el autor– puede que no sean importantes desde una óptica periodística. Fotos de segunda que, en la retina de Armestre, pasan sin embargo a un primer plano. “Como la de ese tío apenado con una caja en la cabeza que personifica un televisor llorando. Antes, el fútbol y los toros manejaban a la población; ahora, es la televisión la que te sujeta al sofá para evitar que pienses”.
No importa lo que haya a su alrededor ni que se pierda profundidad de campo. Le interesa, más que el conjunto y el espacio, el mensaje crítico que transmite ese indignado, la unión de los cuerpos encadenados, la incertidumbre del abrazo, la reflexión del cigarrillo humeante, el revés frustrado de las manos que sujetan un rostro. Son fotos metonímicas: la metáfora por el todo. Porque detrás, ya lo sabemos, está ese otro mundo que sueña con ser posible.
______________________________________________________________________
Estoy en Twitter y Facebook



Fotografías de Pedro Armestre de la acampada en Sol difundidas por AFP en 2011.
____________________________________________________________________
Desde Sol: La conquista del espacio publico + Todo por un sueño + 25 días en Sol
Por Henrique Mariño
O taxi aparca na beirarrúa de enfronte, como acontece sempre que chove, pero Ernesto mete as mans nos petos, apura o cigarro e bota un brinco para salvar a poza de auga onde se reflicten uns bloques de edificios funcionais con restaurantes de menú do día nos baixos. Non mira para os lados: ningún coche vai crebar a medianoite dun domingo pantasma. Os que viven alí xa volveron ás súas casas despois dunha xornada no centro comercial ou no chalé da serra. As oficinas están pechadas e ata dentro dunhas horas non comezará o tránsito no barrio, unha agra aberta no norte da cidade que virou na última década nunha zona residencial para familias sen apelidos pero con posibles. O automóbil xira xusto cando os regos da sola dos zapatos canalizan a auga da poza.
– Carallo, que susto –di mentres abre a porta.
– Ernesto?
– Si, Ernesto Mourullo.
Pousa uns xornais enchoupados no asento e peitea cos dedos o cabelo mollado. Olla os pelos na man, nega coa cabeza mentres chisca os ollos e escoita un tin-tin que sae da radio. É ela.
– Laura, da central, recolleu o cliente?
– Correcto. Estou indo cara á rúa Argumosa.
– Abonado 2.046. Queda anotado.
– Grazas, nena. Vaia noite!
– Pois eu, aquí, ao quente.
– Non sabes ben a que está caendo. Acaban de pechar o túnel da M-30 e xa podes imaxinarte a que se montou.
– Vou avisar logo os compañeiros. Que sexa leve.
– Veña, chao.
Cando o taxi non para diante da porta da consultora e ten que ir na outra dirección, Ernesto sabe que o camiño suporá cinco minutos e algún euro máis, pero tráelle sen coidado. Non porque pague a empresa, senón pola posibilidade de escoitar máis veces a voz de Laura nese intre extra. Chegou a agardar na outra beirarrúa para que fose así sempre, pero o sentido no que veñen os taxis é unha lotaría, polo que xa acordou con el mesmo ficar na porta da empresa, malo será. A semana de Ernesto comeza a medianoite do domingo e remata vinte minutos máis tarde, cando chega ao seu fogar. O resto do tempo e un ínterim, a lembranza dun aloumiño nos oídos.
Alguén debe traballar os domingos e el non ten familia, aceptou Ernesto cando entrou na oficina. Bota oito horas en soidade, organizando o traballo feito e preparando o papelame para o luns. Come un sándwich da máquina ao chegar, bota un par de cigarros pola tarde, ponse nervioso a iso das once. Laura. E logo a esperar a que chegue o seguinte domingo. Ata que un deles, nada máis bater a porta do taxi, méteselle unha idea na cabeza. Luz verde.
– Precísase un coche para a rúa Caleruega, 106. Coche para a rúa Caleruega…
– Son o 1.037. Vou para aló.
– Taxi 1.037 de camiño á rúa Caleruega.
– …
– O cliente pagará con vale. Zafiris Consultores. Número de abonado: 2.046.
– Nome?
– Francisco Socorro del Castillo.
– Grazas. Boa noite.
– Boa noite.
Ernesto baixa a fume de carozo por Arturo Soria e xira á esquerda. Reduce a velocidade e unha sombra levanta un brazo ao lonxe. O cliente sabe que van a recollelo a el porque os domingos, cando cae a noite, o asfalto é un ermo. Chove e un home enxoito, duns trinta e cinco anos, fai un aceno para que o taxi xire. Abre a porta, saca un pano e trata de secar a calva húmida, pola que escorregan as pingueiras como nunha fervenza.
– Francisco Socorro. Poderíame levar á Avenida Donostiarra, por favor?
– Marchando –di Ernesto.
Non o recoñece. Haberían de contratar a alguén novo, tal vez sen familia, que quizais se alimente tamén con sándwichs de xamón e queixo que o repoñedor deixou dous días antes, o venres, na máquina. Ernesto agora come quente. Para no Iberia, un bar na Glorieta de San Bernardo a onde só van taxistas e policías ata que amence e chegan os borrachos de retirada. Fala cos colegas dos millóns que lle custou a licenza, porque el aínda conta en pesetas, das letras que lle faltan por pagar, dos impostos que o teñen frito, duns cabróns que se foron sen pasar por caixa despois de levalos a San Blas e da tortilla que non hai quen a coma.
– Jonathan, isto non se traga.
– Saberás ti o que é unha tortilla, a saber o que comerás na casa…
Pero Ernesto xa non ten apartamento propio. Vendeuno, cos cartos comprou a licenza do taxi a prezo de ouro, fíxose cun Ford Mondeo ben branco e se non vivo en Argumosa, vivo en Vallecas Villa. Tanto lle ten, transporte que non falte.
– Laura, da central, recolleu o cliente?
– Si. Vou camiño da Avenida Donostiarra.
– Abonado 2.046.
– Efectivamente.
Cando a radio fala, o seu corazón medra, a voz enderéitase e mide as palabras, aínda que se eu che contase, Laura. Entón, por primeira vez en meses, ela rompe a rutina:
– Que música máis bonita. Que escoitas?
– É un bolero.
– De Ravel –e escachan a rir.
Logo viñeron os mambos, as guarachas e os chachachás. Cando Ernesto comezou a escoitar tangos, pensou que era o momento de botarlle valor, aínda que para iso lle fixeran falla catro días de retiro na casa para meditar a súa decisión. Entrou no coche, puxo un disco compacto do Polaco Goyeneche, parou no Iberia para tomar un grolo e arrancou cara a Canillejas, no leste da cidade, onde ficaban as oficinas de Radioteléfono Taxi Metropolitano. Saíronlle varias persoas ao paso e decatouse de que levaba a luz verde acesa. Quitouna. Canturreou Naranjo en flor. Baixou a xanela e tomou aire.
De novo a choiva e Laura que non sae. Ernesto desexa que pasen rápido os coches e os camións, non vaia ser que apareza e non a vexa. Y en esa calle de estío, calle perdida, dejó un pedazo de vida y se marchó… Dez, quince, vinte minutos: ninguén. Abren a porta e saen dúas mulleres. Corre cara a onde están. Laura? Míranse entre elas e unha di: Laura Ortiz? Ben, si, Laura, a operadora telefonista. Laura non está, xa non traballa aquí. Primero hay que saber sufrir, despues amar, despues partir y al fin andar sin pensamientos… Non entendo, pero se ela… Señor, deixou o choio a semana pasada, se quere pregunte arriba. Despues, qué importa el después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado.
O Fiat Punto párase a un metro da xanela, como lle aconteceu a primeira vez que o escoitou. McAuto Toledo, le atiende Petru Ionescu. Nunca lle soubera tan ben unha Big Mac como entón. Señorita, si no acerca el coche o sale y viene usted a recogerla, difícilmente podré alcanzarle la bolsa. Laura colleu o menú, refresco e patacas sempre grandes, e susurrou polos buratiños: grazas, Petru. E volveu cada sábado pola tarde, coa escusa de que lle collía de camiño cando ía ver a súa nai á vila onde nacera había 33 anos. Sempre a un metro da xanela. Señorita… Grazas, Petru. Nunca tanto a visitara desde que morrera papá. E logo moito ves ultimamente, filla. Pois se soubeses as hamburguesas que levo comido, pensou, pero díxolle: precisamente, quería comentarche que veño vivir a Torrijos, mamá, saíume un traballo aquí preto.
– McAuto Toledo, le atiende Laura Ortiz.
______________________________________________________________________
Publicado originalmente en la antología de relatos Follas de Carballo (Ed. Lumieira)
Hace dos meses, Marcos Pérez Pena me propuso escribir un texto para un libro publicado por 2.0 Editora sobre el movimiento 15-M. En él estarían presentes tanto voces académicas (Raimundo Viejo, Víctor Sampedro o Carlos Taibo) como las de miembros de las comisiones y asambleas de barrio surgidas en las urbes gallegas.
Manolo Barreiro daría paso tras el prólogo de A praza é nosa. Quen constrúe a democracia? a representantes de Universidade Invisible, Attac, Proxecto Derriba o Democracia Real Xa, pero el coordinador de la obra también buscaba “visiones más urgentes y originales” de periodistas.
Una es la de Xosé Manuel Pereiro y la otra, ésta. Como mi experiencia giró en torno a la acampada de la Puerta del Sol, decidí escribir sobre la conquista del espacio público. Original, no lo sé, pero de la redacción apresurada doy fe.
(leer más…)