Por Henrique Mariño
Foto: Paco Manzano
Una madrugada, a finales de los noventa, entró un mozo con un monopatín en el Candela y nada volvió a ser lo mismo. El refugio de flamencos y pelícanos terminó convirtiéndose en un coche escoba adonde llegaban los esprínteres de la noche pasados de frenada. Atrás quedaba Paco de Lucía diciéndole a Chapela, palma en ristre: “Quillo, tápate”. Uno entraba en la cueva en busca de un quejío rupestre y se encontraba con la sombra de Morente, acodado en la barra, al que le llamabas por tu nombre, qué raro. Luego abrieron el sótano, como quien visita en microbús una favela carioca en plan safari fotográfico. Hace unos años, alguien se encontró a Miguel tendido en los adoquines de Olivar antes de que abriese la mañana y El País le dedicó un epitafio a página al “agitador del flamenco moderno”. Calle del Olmo, 8.
Yo, a Morente, lo había descubierto en el Johnny. Nacho Tábora, un santiagués afable que estudiaba para abogado en Madrid, nos sentaba en un pasillo en alto que flanqueaba el escenario del salón de actos del colegio mayor. Dos hermanas malagueñas que vivían en Sevilla o dos sevillanas que vivían en Málaga, no recuerdo bien, ejercían de apuntadoras, chivándome cada palo, explicándome cada letra, destilando el significado de cada sorbo. A mí, entonces, me gustaba mucho Enrique y Rancapino, un ronco cantaor de Chiclana que hizo de la afonía un arte. Seguí viéndolos en los conciertos del Conde Duque hasta que Morente soñó la Alhambra, excusa perfecta para entrevistarlo.
(leer más…)

Ilustración: Manuel Pazos
Eu viña dos tangos arxentinos de Carlos Gardel, das rancheras mexicanas de Rocío Durcal, do gospel vasco de Mocedades, do pop galego de Pucho Boedo e Los Tamara… Porque, musicalmente, crieime dentro dunha caixa de zapatos –como non podía ser menos– ateigada de casetes que meu pai gardaba baixo o mostrador da tenda, onde repousaba un vello reproductor de marca Philips.
O máis moderno era o Callypso de Harry Belafonte, que moitas voltas ten dado ata que o meu padriño, Fernando Macías, Rocker para os seus amigos, lle regalou unha cinta que, facendo honor ao seu alcume, contiña gravacións do que daquela rompía a pista. Lembro, por exemplo, Fai un sol de carallo, de Os Resentidos, e Lo estás haciendo muy bien, de Semen Up, que co paso dos anos terminaría comprando en vinilo, un mini elepé editado por Mario Pacheco, que coa sua recente morte acaba de deixar orfa a discográfica –en crise, como todas– Nuevos Medios, que tanto fixo polos novos flamencos.
A cinta aquela, para min, supuxo unha revolución nunha casa na que non se collían os 40 Principales, xa non falemos de Radio 3. Pero, para que negalo, agora que estamos en San Xoán, tamén sonaban con profusión as marchas militares que meu pai compraba por correspondencia, en packs de catro casetes que viñan dentro dunha caixa, como as dos VHS, debidamente ilustrada. A marcialidade non logrou colarse polas miñas orellas, pese a que por aquelas datas, por se non abondasen as sesións enlatadas do inverno, tocaba a doble ración que, en vivo e en directo, nos proporcionaban as bandas militares de rapaciños –entón, para min, mozos– que tocaban a paso lixeiro polas rúas de Carballo.
Así foi durante anos, nos que a excepción ao cofre de cartón do meu pai eran algúns concertos de bandas locais no vello palco da rúa Coruña, a onde eu me subía para contemplar ao público, con beisboleiras e tupés rockabillies, dándolle as costas ao grupo de turno, que mesmo podía ser Los Enkfermos. Toda unha experiencia para un mocoso máis pendente das pintas daquela movida carballesa que da música mesma.
Entón, a comenzos dos noventa, tería lugar un concerto no San Martiño que marcaría a miña vida, no só musical, para sempre. Naquel palco de táboas, o mesmo polo que pasaran as bandas da vila Jesse James, Trámites ou La Crema, plantouse un combo madrileño que tivera a ben bautizarse como Los Enemigos. Os camerinos, por chamarlle dalgún xeito, eran dúas furgonetas atravesadas. Apenas un cento de persoas, aínda que Xurxo Chapela sempre di que só eran cincoenta, presenciaban o concerto. Había dous tipos, embutidos en denim e coiro, que me chamaran moito a atención, porque parecían que levitaban ante aquela música (hoxe penso que, máis que entrar en trance, abaneaban…). Chovía, eu non pasaba dos quince anos e o que sonaba alí arriba era La vida mata, tal vez o mellor disco da historia do rock español.
Fai cinco anos, os fans da banda (agrupados no Foro de Los Enemigos e, máis tarde, na web Requesound) pedíronme para a súa festa anual, coñecida como Desencuentro Enemigo, que lles lera o pregón. Non puiden ir, porque daquela andaba por Sao Paulo, pero mandeilles un texto que remataba así:
“Con tales antecedentes, la presencia en aquel concierto fue determinante para mis oídos y, lo que es más importante, para mí. Entonces, entre la distancia que mediaba entre el palco y el escaso público, había dos mendas vestidos de cuero y ropa vaquera que sujetaban unos vasos cuyo contenido no tardaría en apreciar. Si en aquel momento, flipaba, ahora sé que yo fui uno de ellos años después, y me gustaría pensar que –entre los tantos conciertos de Los Enemigos que he presenciado por media España, de Granada a Barcelona, de Valencia a Córdoba, de Medina del Campo a un pueblo de Murcia de cuyo nombre no me acuerdo– allí, en medio del público, había un quinceañero que también flipaba con Josele Santiago y familia.
Veinte años no es nada, decía el tanguero. Los cojones. Veinte años han sido nuestra vida. Una existencia vivida con banda sonora de Los Enemigos. A mí, su música me ha hecho más feliz. He llorado, reído, saltado, gritado, soñado y, así, hasta agotar los participios”.
Logo viñan os vítores, os vivas e un Dios te salve, Josele Santiago. Agora, os aplausos gustaríame adicarllos a todos os grupos e pinchadiscos carballeses, pasados e presentes, que axudaron a construir da nada unha cultura pop e rock. E tamén, especialmente, aos promotores de concertos, xente como Juan Ramón, Graña, Deus, Guitoi, Kiko e tantos outros. Nós, grazas ao voso interés e esforzo, tamén somos vós. Clap, clap, clap.
________________________________________________________________
Tamén estou en Twitter e Facebook.

Dos cámaras del mausoleo de Fraga han sido inauguradas con pompa, boato y maltrato de billetera. El inacabado complejo proyectado por Peter Eisenman, presupuestado por un porrón de millones que no para de dilatarse y conocido como Cidade da Cultura (arriba, fotografiado por Miguel Riopa), contiene, por ahora, una biblioteca y un archivo. No lejos del monte Gaiás, se alza otra ciudad, con minúsculas, de la cultura. Mientras una ejerce de pozo sin fondo, deglutidora de euros y metáfora de la falta de ideas de la clase política —aquélla, ésa y ésta—, que no sabe qué diantres hacer con el King Kong ni con su hambre feroz; la otra, Santiago de Compostela, adolece de espacios para organizar conciertos de pequeño aforo.
Es sólo un ejemplo que refleja las carencias de la pedregosa urbe, capital de la lluvia, antaño referencia cultural de Galicia. Apenas hay locales para las bandas emergentes o para las consagradas que sólo alcanzan a congregar a una inmensa minoría. Faltan sitios y apoyo para poner en práctica la cultural real, la que se ve pero también la que se hace: ser participante y no mero espectador; la cultura de la que nace cultura, como un Gremlin, y en Compostela, por agua, que no sea; la cultura de la caña, no de los peces. Claro que, a la procura del rédito político, viste más un Gaiás que un circuito liliputiense donde se crea, se destruye y se transforma. Más también una visita de U2, de Bruce Springsteen, de Britney Spears, de quien dé para vocalizar patata y salir bien centrado en la foto.
Digo yo —que podría agradecer, como sufrido declarante de a pie, un bolo subvencionado y, consecuentemente, a precio asequible de algunos artistas que han pasado por Galicia, de Bob Dylan a Van Morrison— que será mejor sembrar la cultura y dejarla crecer de abajo arriba que gastarse la pasta en obras faraónicas y grandes fastos, de los que poco queda, más allá del recuerdo, una vez apagados los rescoldos. Bien es verdad que la Cidade da Cultura, como el dinosaurio, seguirá allí. Pero con sus tripas rugiendo, absorbiendo partidas y pidiendo cada día más y más.
______________________________________________________________________
P.S.- No dejen de leer Galicia, tierra de faraones, de J.C. Escudier, tan certero como de costumbre, ni tampoco Queda inaugurado este pantano, del no menos lúcido X.M. Pereiro.
Hace 10 años, la —probablemente— mejor banda de rock español mascaba su epitafio.
La sangre aún me hierve narra el diario de ruta de la grabación del primer disco en directo de Los Enemigos, Obras escocidas. Vivan en paz.
El marketing nació en Malasaña
Mucho antes de que las grandes superficies colocaran los superventas junto a las cajas registradoras, un grupo madrileño halló una castiza y original fórmula para vender su debut. En el bar Velarde se despachaba Ferpectamente, caña de cerveza y tapa de chorizo incluidas, por un módico precio: 1.000 pelas. La estrategia dio sus frutos (10 discos, dos B.S.O. y una retahíla de rarezas y colaboraciones varias desde 1985), aunque aquella banda, Los Enemigos, no pasaría de vender una cantidad de elepés maja, pero claramente inferior a su calidad.
La paradoja es que si cada persona que asiste a un concierto comprase su CD, el cuarteto coleccionaría discos de oro. Extraños resortes de la industria al margen, ahora podría darse el caso. Granada, Madrid, Valencia y Santiago de Compostela han sido las plazas donde Los Enemigos ha grabado su primer disco en directo, Obras escocidas, 1985-2000 (Chewaka/Alkilo), a la venta el 12 de febrero: un repaso a la discografía enemiga en 37 canciones, de la mano de colegas como Julián Siniestro, Rosendo o Los Planetas. La Luna tiró de carretera y manta para dar cuenta de los pormenores de una gira protagonizada por espontáneos plastas, cursos acelerados de inglés, litros de tónica y soledades de escalera de hotel. Bienvenidos a la máquina del tiempo de Los Enemigos.
Granada, conexión interestelar
Sala Industrial Copera, 28 de octubre de 2000, psicodelia en el escenario. Fino ha reclutado a Los Planetas para un experimento conjunto. «Jota estaba acojonado porque es muy así. “Yo no sé cantar”, dice. “Mira, Jota, tú siente la canción, no la tienes que hacer como Josele. ¿Cómo vas a desgarrar tú la voz? Hazla tuya y cántala a tu manera”. Ha quedado muy bien. Incluso me ha dicho Josele: “Jota es de las pocas veces que ha estudiado”».
Josele Santiago (voz y guitarra), Fino Oyonarte (bajo y coros), Manolo Benítez (guitarras) y Chema Animal Pérez (batería) no están solos. Les acompaña un vigués afable con pinta de bonachón con un currículo muy lucido: al mando de teclado y guitarras, Pablo Novoa, ex Golpes Bajos y La Marabunta; músico de Los Ronaldos y Julieta Venegas… La sala, metalúrgica y trallera, hasta los topes. Alternando temas cerveceros con composiciones más intimistas, la apoteosis colectiva se desata con John Wayne y Septiembre. Josele, un santo, se deshace como puede de una corpulenta chiquilla que consigue subir al escenario en dos ocasiones. En la última, esquivando a los técnicos, logra darle un beso al cantante más abstemio del país.
Josele ya no bebe. «He notado las papeleras más llenas. Le doy más vueltas a las canciones. Hace tiempo, las daba antes por terminadas». Rafa Fustes, encargado del Flamingo (bar-refugio enemigo) no verá peligrar sus reservas de whisky: «Estaba harto y ya toca disfrutar un poco. Como la sobriedad es algo bastante nuevo, me paso el día flipando. Ahora no sé cómo voy a terminar la jornada y eso motiva bastante. Recuerdo que una vez me invitaron a un viaje por el desierto de Mauritania y tuve que rechazarlo. ¿Qué iba a llevar en la mochila? ¿Cuarenta botellas o qué? Básicamente, he conseguido libertad». Así nació Tengo que hacer los deberes, el único tema inédito. «Está parido en casa de Cristina, mi chica, en Santiago, donde paso la mitad del año. Es la primera canción que he compuesto después de beber. Y de ello trata: es una despedida de los bares, mayormente. Ahora entro en alguno, pero en seguida me aburro. La tónica llena mucho».
(leer más…)

La explicación al título de este post —aviso para neófitos y despistados— la tiene Élodie. Los episodios de violencia que desangran Río de Janeiro han motivado que deje para otra ocasión la filmografía de la actriz francesa y opte por unos remedios elaborados en el corazón de la favela para mitigar el tedio y el abatimiento dominical.
Libro. Tropa de Élite (Luiz Eduardo Soares, André Batista y Rodrigo Pimentel; Libros del Lince). ¿Quiénes son esos tipos de negro que suben favela arriba, a la caza de narcos, luciendo un escudo con una calavera atravesada por un machete y dos pistolas? Un ex secretario nacional de Seguridad Pública y, precisamente, dos ex miembros del BOPE escriben a seis manos un libro inspirado en las operaciones especiales del cuerpo de élite de la Policía Militar de Río de Janeiro, un batallón hasta hace unos pocos años incorruptible e incorrupto.
Ensayo. A Prisao (Publifolha, 2002). El abogado criminalista Luís Francisco Carvalho Filho, reflexiona, más allá de la estadística, sobre un sistema carcelario que tiene como teórico y utópico objetivo regenerar a los delincuentes brasileños. En esta entrevista, el autor critica las lamentables condiciones en los presidios, cuna del paulistano Primeiro Comando da Capital y del carioca Comando Vermelho, dueños y señores del crimen organizado en las dos principales ciudades de Brasil.
Filmes y documentales. Inspirado en el citado libro de realidad ficción, Tropa de Élite, llevado al cine por José Padilha en 2007. Superpolis contra traficantes. “Muere o mata”. Litros de glóbulos rojos como los que supuraban los protagonistas de Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002), la otra cara de la moneda cinematográfica, que cedía el protagonismo a los narcos Zé Pequeno y Mané Galinha, enfrentados por el control de las drogas.
Películas realistas alejadas del morro bucólico que sirvió como escenario a Orfeo Negro (Marcel Camus, 1959), una exaltación de la música popular brasileña de la mano de Antonio Carlos Jobim, filmada décadas antes de que la violencia anegase los barrios pobres de la cidade maravilhosa. Una ferocidad reflejada, con más crudeza si cabe, en el caleidoscópico documental Noticias de una guerra particular (Katia Lund y Joao Moreira Salles, 1999) y en Bus 174 (José Padilha, 2002), cuyas imágenes verídicas del secuestro de un autocar en Río serían dramatizadas por Bruno Barreto seis años más tarde en el filme Última parada 174.
Productora. Pax Filmes. El cineasta Paulo Pons y el empresario Alceu Passos se plantearon cómo hacer en Río películas de bajo presupuesto, hasta 40.000 euros, con cámaras digitales. Temática variada y target universal. Cinema vérité carioca, que ya ha dado sus frutos: Vinganza, del propio Pons, una cinta de suspense; Os realizadores, un documental de ficción que satiriza el cine desde dentro; Espiral, una propuesta experimental de humor negro grabada, con dos cámaras, en una sola toma; o Maiores e menores, que presenta a una panda de niños bien que practican sexo en grupo, dentro de coches aparcados en centros comerciales, hasta que alguien los graba y las imágenes son difundidas a través de la red.
(leer más…)

- Oye, actúas en Palma.
- ¿Yo…? No.
- Qué sí, que estás anunciado.
- Uhm…
Emilio José, triunfador en el Festival de Benidorm con Soledad, allá por 1973, cuelga el teléfono aturdido. Alguien lo ha llamado para que le confirme que va a actuar en Baleares, pero a él nadie lo ha contratado. Luego, recibe la revista de la AIE y ve que forma parte de los Artistas en Ruta: concierto en Bilbao, en El Puerto de Santa María, en Ponferrada… Algo falla, pero entonces lee la letra pequeña: “El de Apeiron debuta con un CD doble [...]. Se trata de una estampa en la que su autor imagina a Elis Regina, Debussy y Marvin Gaye coincidiendo a principios de otoño de 1987 en un pueblecito de Galicia sin más ocupación que la de dejar escrito un legajo que encontraría Emilio posteriormente. El reto es ese: reinterpretar la partitura con mi desastrosa voz“. Obviamente, concluye el intérprete de Mi barca, se trata de otro Emilio José.
En concreto, hablamos de un chaval de Quins, parroquia de Melón, pueblecito ourensano donde vive Emilio José y otras 1.500 personas más. Lejos de la canción ligera de su tocayo, musicalmente “fusiona modernidad y tradición con acierto, en las que no renuncia al gallego sino que lo acerca a la bossa nova y al rap cuando le apetece predominando la melodía sobre la lengua utilizada”, escribe en La Fonoteca Fernando Fernández Rego.
“En el uso de la retranca y la ironía sus composiciones recuerdan a unos Resentidos pasados por un filtro minimalista. Tampoco se olvida del tropicalismo, en ese sentido también se aproximaría —salvando las distancias, Emilio es mucho más divertido— a El Guincho”, añade el autor del libro 50 Anos de Pop, Rock e Malditismo na Música Galega (Toxosoutos, 2010). O sea: moderneo enxebre, electro-regueifas lo-fi y una nómina de fans que comienza por Julieta Venegas y termina con un par de señoras coruñesas que, a la tercera canción, deciden largarse de un concierto suyo porque ellas habían ido a ver a Emilio José, pero al otro.
Emilio José Soledad se pone en contacto entonces con la AIE (Sociedad de Artistas Intérpretes o Ejecutantes), habla con Luis Cobos y decide telefonear a Spanish Bombs, la agencia que representa al artista. “Ha llamado esta mañana de buen rollo y nos ha explicado que lleva 40 años tocando con su nombre, que está registrado”, relata Carlos Mariño, mánager del ourensano, quien se puso en contacto inmediatamente con el hacedor de Chorando apréndese (Foehn, 2009) para transmitirle la noticia. Emilio José Quins tenía que cambiarse el nombre.
(leer más…)
Élodie Bouchez, pese a tenerla abandonada últimamente, fue durante unos años mi actriz fetiche. Me sirvo del título de Didier Le Pêcheur, un filme sobre la resurrección de una bella durmiente en tiempos de sida y sado, para bautizar esta botica colmada de remedios para mitigar el tedio y el abatimiento dominical. Empiezo con otra película de la actriz francesa —para no repetirme— y sigo con libros, discos, restaurantes y lo que se tercie.
Película. Demasiada carne (Pascal Arnold y Jean-Marc Barr, 2000): una extranjera espabila a un pobre hombre en el profundo sur de Estados Unidos.
Blog. Fauna Mongola: mala leche, mucha razón e ilustraciones a cargo de Cristóbal Fortúnez, bisturí y cánula de tribus urbanas.
Reportaje. The Case of the Vanishing Blonde (Vanity Fair): historión protagonizado por un tenaz detective decidido a resolver una brutal violación en Florida.
Disco. Val del Omar (Sony, 1998): Antonio Arias lleva tres lustros dando la matraca con el cinemista granadino, un visionario olvidado que ahora, MNCARS mediante, parece haber resucitado. Todo o nada. Sea como fuere, si el desagravio vale para conocer la obra de Lagartija Nick —una banda, al igual que su mentor, subestimada e ignorada—, bienvenido sea. Este álbum, segunda colaboración con Enrique Morente, rasca más que su reciente discografía y nos remite a su deriva metalera. De entrada, puede costar, pero no resulta empalagoso a la postre. Como un licor café casero generoso en grados.
Libro. A sangre y fuego (Manuel Chaves Nogales, 1937): radiografía de la Guerra Civil a cargo de uno de los maestros del periodismo español.
Músico. Javi Álvarez (Dúo Cobra, Fluzo, Néboa y un largo etcétera). Rey del maquinillo. Hombre orquesta posmoderno. Sodomizador de Furbies con fines armónicos. Compostelano pintón residente en Barna. ¿Más?
Serie. Treme (HBO): David Simon, guionista de la soberbia The Wire, se sumerge en la vida de los músicos de un barrio de Nueva Orleans afectado por el huracán Katrina.
Restaurante. Gumbo (Pez, 15. Madrid): los platos del chef Matthew Scott son tan auténticos como los personajes de la citada serie. Cocina de Nueva Orleans —jambalaya, tomates verdes fritos, bonito ennegrecido— a un precio razonable: 25/30 euros, sin vino. En la calle Palma ha abierto Gumbo Ya-Ya, igualmente recomendable.