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La Iglesia echa sus redes

Por Henrique Mariño
15 mar 2012

Los curas llaman a filas y no sé de qué nos extrañamos. Ya lo hicieron antes los militares, con aquello del buen rollo, y pronto será el turno de las aspirantes a perfectas casadas. Si queda algo por rebañar en el hogar paterno, aunque sea la hipoteca a cuarenta años del viejo, será para el único heredero. Siempre ha sido así, aunque ahora no haya tantos hijos para repartir. Pero hemos tenido que ver el plato de lentejas flaqueando para percatarnos de que lo suyo es un trabajo fijo, sean las hostias, sea el fusil. Y, desandando los pasos del pasote, hay quien se mete a milico y ya están los padres Sam con lo de la Conferencia Episcopal te reclama.

Yo no lo veo mal. Tal vez la culpa ha sido del espejismo, del todo dios a estudiar, que así nos va. En realidad, las vocaciones siempre han sido estomacales. Y parece que tras el empacho viene el ayuno y, con éste, lo de irse al Retiro a pasar las pruebas para jardinero. En los últimos años, claro, el funcionariado de la Iglesia se había convertido en una suerte de United Colors of Benetton de la prédica, pero ya digo que aquí ahora también toca volver a la garita, al invernadero, al confesionario. Será culpa del vicio, que uno se acostumbra a pedir una de boquerones con la caña y luego no hay quien pare un segundo en casa.

Lo del vídeo es lo de menos. Antaño la misa se coló por la radio y pronto los pecados serán purgados por whatsapp. Tampoco importa que la Iglesia pague poco o menos, máxime en un país donde las oposiciones se habían elevado a la categoría de misterio. El objeto de fe bien podía ser un matasellos o una gasa, siempre que el curro fuese sólido, duradero y –¿cómo se dice?– estable. La cosa funcionó hasta que la sonda del euro nos puso rectos. En fin, que los mejores cocidos ya no correrán a cargo de los clérigos gallegos, que decía Camba, pero malo será que los párrocos de estreno no se arreglen con unos canelones congelados de La Sirena.

Pues eso, que a darse prisa, no vaya a ser el efecto llamada. En el fondo, me imagino que lo de cura será algo así como community manager. Ya lo dijo Simón, o sea, Pedro: “Maestro, por tu palabra echaré las redes”.

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Cuando la guardia civil cargaba con mosquetón

Por Henrique Mariño
06 mar 2012

Un zapato desparejado encierra más significados que un titular a cinco columnas. Lo iguala una muñeca rota. Es la semántica de la muerte.

Carballo celebra cada jueves y los segundos y cuartos domingos de mes un mercado donde se congregan las gentes del campo para vender productos de la tierra. Hace 35 años, un ocho de mayo de 1977, la plaza del pueblo acogió a unas 5.000 personas, que ni en las fiestas de San Xoán, el patrón local. El asunto iba, precisamente, de aguas: vecinos y manifestantes procedentes de toda Galicia habían llegado hasta aquí para protestar contra una concesión otorgada treinta años antes a una empresa privada para montar una piscifactoría en Baldaio (playa y marisma de ensueño, parada y fonda de aves, un oasis de juncos con vistas al Atlántico). El objetivo real era extraer áridos, para lo que no dudaron en abrir una pista en medio del paraje por la que transitaban cientos de camiones cargados de arena. También construyeron una suerte de presa horrible, cuyas compuertas impedían el paso de agua del mar, cargándose el ecosistema.

Recuerdo que eran aguas peligrosas, llenas de remolinos. Que mi padré una vez salvó a Paola de morir ahogada. Que yo era más de Razo, aunque solía caminar por la orilla de una playa a otra: cuatro kilómetros, seiscientos metros. Tal vez la memoria me traicione, pero lo importante no es mi recuerdo infantil. Entonces no tenía idea de lo que estaba pasando allí, pues era un mocoso de apenas dos años. Para eso están las hemerotecas y el trabajo de María Rama, una periodista carballesa que volvió tres décadas después a aquel campo de batalla para devolvernos la memoria. El título de su documental es bello: Arena en los ojos. Gracias, Moncho, por recuperármelo.

Los vecinos de Baldaio no exigían imposibles: querían seguir mariscando allí donde lo habían hecho sus padres y abuelos. Su lucha fue acompañada por la de cientos de gallegos que se acercaron a Carballo para solidarizarse con los que trabajaban la tierra, el mar. Supuso uno de los hitos del nacionalismo gallego, junto a Xove y As Encrobas, protagonizado por miles de personas anónimas y por personalides como Moncho Varcálcel o Carlos O Xestal, un humorista al que una vez, tras una actuación, tuve el arrojo de pedirle un autógrafo como si se tratase de Bob Dylan. Le tengo mucho cariño porque días después me dejó en el comercio de mis padres un póster autografiado: gorra oscura, piel en barbecho, gafas de sol. O Xestal era un activista antes de que se pusiese de moda la palabra activista. Pasa con la regueifa, que ahora la llaman rap. Carlos fue el primer rapero cabeza de cartel.

No voy a extenderme con lo que pasó en aquella plaza, pero entiendan que las decenas de guardias civiles que tomaron el lugar y bloquearon cada una de las calles que conducían a ella agarraron sus mosquetones por el cañón, como si fuesen bates de béisbol. Las armas de los manifestantes, pueden imaginárselo, eran consignas como “La playa es nuestra, caciques fuera”. Cuando quisieron escapar, no había salida, pero improvisaron cualquier rincón para esconderse: tabernas, viviendas, cuartos de baño… A Casa San Ramón (el primer quiosco de la historia de 200 metros cuadrados, en cuyo mostrador dormitaban dos gatos del tamaño de un mastín, pero más gordos) llegó alguien al borde de la última exhalación. Corría como Abebe Bikila, el etíope que ganó la maratón en los Juegos Olímpicos de Roma: descalzo. El zapato, perdido y solitario, abandonado en el asfalto. Como una Nancy arrollada por las botas de los picoletos, que por entonces aún calzaban tricornio.

Aquel día fue largo. Por la tarde, mil personas le rindieron homenaje en Baldaio a Marcelino Rodríguez, que había muerto recientemente después de ser detenido por la guardia pretoriana de la empresa que estaba esquilmando el lugar. Lo cogieron con un saco de berberechos y, con las ropas húmedas, le obligaron a caminar diez kilómetros hasta el cuartel de la Guardia Civil en Caión, donde pasó la noche. Padecía del pulmón y murió días después.

Los congregados, entonces, decidieron ocupar simbólicamente la marisma, donde de nuevo le esperaban los mosquetones, las pelotas de goma y los botes de humo. El médico Mariño, con el que no me une parentesco alguno, no dio abasto para atender a los heridos. Otros fueron trasladados a un hospital de A Coruña, donde las fuerzas del orden (disculpen por el oxímoron) detuvieron a Moncho Valcárcel, Xosé Esmorís y Francisco Felípez, que habían acudido allí para interesarse por la salud de los heridos y fueron trasladados inmediatamente al cuartel. Éste último, años después, prefiere no recordar lo que sucedió aquella noche. Dice que fue la más dura de su vida.

“No hubo muertos de casualidad”, rememora. Si usted sabe lo que había que hacer antes de la cocción, cuando no abundaban los congeladores, para que un pulpo estuviese tierno, entenderá esta frase: “Mallaron en nós coma pulpos”. Mallar de majar, es decir, machacar. La estampa era propia del Duelo a garrotazos de Goya, pero con fusiles. Felípez se lamenta de que las hostias fueran aleatorias, porque había jóvenes, pero también jubilados y ancianos. Para que se hagan una idea, la prensa tituló entonces: ”La Guardia Civil rompió cuatro mosquetones durante el intercambio de golpes” (ojo con la palabra intercambio; también con la maleabilidad de las armas). Otras publicaciones fueron más metafóricas: “La sangre llegó al mar”. Diario 16, indudablemente poético, recurrió a la prosopopeya en la crónica de la carga que se había producido horas antes en Carballo: “Muchos animales expuestos para la venta (conejos, gallinas y cerdos) huyeron en medio del barullo”.

Un combate desigual y asimétrico en el que los vecinos se vieron envueltos por una causa justa, aunque tuvieron que esperar a 1991 para que el Tribunal Supremo les diese la razón. Habían soportado golpes, amenazas, multas y calabozos. Un hombre murió reventado. Una mujer abortó. La empresa concesionaria de aquella piscifactoría fantasma jamás pudo demostrar que había comercializado ni un kilo de moluscos de la marisma, que se divisa desde la escarpada ermita de Santa Irene. Allí, Oliva Pose, erigida ya en heroína labriega, se dirigió tiempo después a los suyos y entonó: “La naturaleza no puede ser privada. Costó mucho, pero ha valido la pena”.

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Algo va mal cuando cualquiera es de izquierdas

Por Henrique Mariño
04 mar 2012

Hoy me levanté ayer. Me he arrastrado por el tablero de plaqueta que media entre la cama y la salita –un ajedrez de cuadrados negros– y me he desplomado en el sillón, como un purasangre reventado. La vida también es debatirse entre bajar o no al súper, escudriñar la alacena y rescatar en el tercer anaquel una conserva del olvido, girar el grifo de la ducha y asistir al milagro de un chorro de agua caliente. A veces sucede que la cafetera pita como un cercanías ante un paso a nivel sin barreras y, cuando te dispones a abrir la nevera, caes en la cuenta de que no tienes leche. La calle como una alternativa hostil.

Yo creo que no debemos dejar de sumergirnos en el metro, hacer cola en urgencias, comprobar cómo ese plástico retractilado puede contener 24 rollos de papel higiénico. Cuando el cielo de una ciudad se convierte en una autopista para helicópteros, como en Sao Paulo o Nueva York, algo falla abajo. Los políticos deberían hacer números con 30 euros en una mano y la lista de la compra en la otra, ir al Congreso en moto o bicicleta (con el hocico bien tapado y más protegidos que un antidisturbios) o apagar la calefacción de su despacho para sentir el frío valenciano. No se puede gobernar para todos desde la atalaya de la moqueta y el parqué. Hay quien lo hizo antes de coronar el escaño, pero ahora le sucede lo que a mí con la desmemoria, o sea, la leche.

Es domingo y algunos ciudadanos se han dejado caer en las urnas de campaña para votar contra la privatización del agua madrileña, que no se entiende tan incolora, inodora e insabora con este cielo, con este río. Mientras lo hago, fantaseo con Esperanza Aguirre, baluarte de la coherencia, exigiendo la dimisión de la delegada del Gobierno en Madrid tras el ataque a su casa. Como hizo cuando el PSOE estaba en el poder y dos fulanos entraron en su finca para llevarse unas peras, ¿o eran unas manzanas? En fin, que pongo la tele y un señor con barba (siempre dudo si el señor con barba está en el Gobierno o en la oposición) dice que “España es un país decente”. Y yo me la imagino, a España, con jersey de cuello vuelto y falda hasta los tobillos.

Pues nada, que me bajo a votar contra la privatización del Canal de Isabel II y, ya de paso, a por un cartón. Cuentan por ahí que el organizador de la consulta popular es un terrateniente: vamos, que no se puede defender que el agua de Madrid sea pública si tienes un piso y unas parcelas. ¡Qué tiempos! La cosa tiene que estar muy mal cuando ya es de izquierdas cualquiera.

 

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¿Ya ha muerto Julio Camba?

Por Henrique Mariño
28 feb 2012

Los aniversarios, efemérides y días de son las oenegés del almanaque, esa excusa de notables para trocar una jornada de buen comportamiento por un año entero de hijoputismo enmascarado. Como el que sostiene la pancarta del teléfono ese y luego llega a casa y le zurra a su señora. Julio Camba, tan vigente que acojona, cumple cincuenta años (su muerte, quiero decir). Y ya vienen los diarios –llegamos todos– con nuestros panegíricos sin tacha. Yo, por desastre, me acabo de enterar ahora de las bodas de oro del vilanovés con la flaca, de ahí que en mi camba no haya referencia al pasado, sino más bien al futuro, instalado ya en el presente. En fin, que no tengo a mano el Haciendo de República para aventar un par de citas, pero creo que si se lo regalan a su cuñado el concejal, seguro que en vez de leerlo se mira al espejo.

Yo iba a escribir en el periódico un artículo sobre el catorce ochomiles del periodismo español. (A ver: para mí, víctima de una metonimia aguda, el periódico es Público, como para la senectud el parte era la primera y no este sin dios de telediarios). Pero es que no sé qué me pasa que siempre que me pongo con Camba nos cae un ERE encima o, directamente, la persiana metálica. Como pueden suponer, no hay Camba porque no hay periódico, pero eso a quién le importa. La movida es que no hay Undargarin porque no hay Alicia Gutiérrez, no hay mujer explotada sexualmente porque no hay Óscar López-Fonseca, no hay Luis de Guindos porque no hay Pere Rusiñol y, en fin, no hay tu tía porque no hay Tudela.

Como un excomulgado que le celebra al niño la primera comunión, termino dándole bola al de Vilanova de Arousa. Y que no me vengan ahora los jacobinos biempensantes con lo del texto edulcorado que elude el racismo y la misoginia, porque me pillan con las velas y, si me explayo, termino quemándome. Cincuenta años no es nada, pero bien merecen el empacho literal en honor del resucitado. O, más bien, reencarnado: Jabois es Camba, como Gistau es Umbral. Si me pregunta quién coño es el primero, pensaré que no vive en este mundo o, peor, que este mundo no vive en usted. Ya digo, a mí lo único que me jode de Jabois es que no lleve tilde en la o.

Por cierto, ¿ya ha muerto Camba? Mañana no hablará de él ni cristo.

 

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Más: Julio Camba, el primer distópico + Mamá, yo de mayor quiero ser Manuel Jabois

Menos: Cierra Público y me descalzo ante ustedes

Señor Feito, en Laponia hace frío

Por Henrique Mariño
20 feb 2012

Lo bueno del gallego es que cualquiera puede serlo, ya lo decía Castelao, pero a mí hoy me ha dado por hacerme el sueco y no me sale. Dice un señor por ahí que si no aceptas un curro en Laponia, ya te puedes ir despidiendo del paro. Y yo me voy adonde haga falta, pero con las condiciones del vecino: que si los derechos, que si los sueldos. Pero claro, aquí, que nos han inoculado en vena el rollo del piso y la hipoteca, ese solar donde se enraíza el conservadurismo, a ver quién coño se va fuera dejando los ochenta metros plantados en San Chinarro y debiendo los cincuenta kilos al Santander.

Yo, si fuese madre, también querría estudiar (o poder seguir estudiando) mientras alguien cuida de mi criatura en la guardería de la Facultad. Luego pagaría con alegría los impuestos, consciente de que el empleo de esos recursos redundaría en una sociedad abierta, solidaria y progresista que permitiría a los jóvenes emanciparse, formarse como es debido y todas esas cosas que pensábamos que algún día podrían llegar a España, pero no. Vale que somos latinos, ese lugar común donde los lazarillos y buscones se multiplican como Gremlins, pero justo cuando la chavalada se había acostumbrado a salir de casa, como las erasmus borrachas de Fran Nixon, llega todo esto y nos obligan a volver al hogar de nuestros padres con el papel del Inem entre las piernas.

Yo claro que quiero ser escandinavo, incluso europeo. Pero noruego para todo, sueco para todo, finlandés para todo. Si tiramos hacia arriba, no creo que quiera ser islandesea ni Björk, pero ésa es otra historia, casi la nuestra. Ya digo: empezábamos a alejarnos de las faldas de nuestra madre España y entonces vino el sistema padre a atornillarnos al suelo con eso de la casa propia, que en realidad es del banco. Y ahora aparece Feito, el de la CEOE, con su arenga movilizadora, vente para Oslo, Manolo, cuando ya es más nunca que tarde y no nos queda otra que la barricada.

A todo esto, ya lo decía Noeli, en Laponia hace frío, pero yo me río.

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España es un absurdo

Por Henrique Mariño
13 feb 2012

Media febrero cargado de absurdos:

- Arde Atenas mientras las polis europeas se sacuden la caspa con las quitanieves.

- El cambio en España vino a ser la reforma, con Rajoy mascullando trein-tai-trés antes del flash (back), más de lo mismo.

- La huelga de los polis de San Salvador de Bahía de Todos los Santos, que reclamaban un aumento de sus magros salarios, termina con decenas de cabezas descerrajadas por los grupos de exterminio, que no dejan de ser agentes del orden sacándose unas perras con las horas extras, en plan chapuzas.

- Beiras deja quieto el zapato y entona la sinfonía del portazo, menos cacofónica que la txalaparta de Khrushchev. Del susto, la foto de familia del Bloque se cae al suelo y la conciencia barbada aprovecha para salirse del marco, como acostumbran a hacer las ánimas por el de la ventana: en Galicia, donde una linde bien vale un magnicidio. Si la de Fraga fue una sorpresa repentina, la de Beiras era una muerte anunciada, tras los avisos de la refundación y los agüeros de la Asamblea Nacional.

- En cuanto a los disparates de andar por casa, uno que me recuerda a España: hace un mes y medio, en año nuevo, me encuentro con un aquapark en la cocina. Le dejo una nota al vecino de arriba cuando llego del curro por la noche, ya que no contesta a mis llamadas al timbre, y me la devuelve a la mañana siguiente por debajo de la puerta diciéndome que se va de viaje. Sigue lloviendo sin parar, hasta que un día se cuela en mi casa un señor (a los quince minutos descubro, porque me da por preguntárselo, que es el fontanero) que le hace un agujero al techo, como si fuese el desagüe de todos los océanos (y yo abajo). Otro día aparece el del seguro, toma nota de los desperfectos (también se jodió la vitrocerámica y el horno) y se va. Más adelante llega un pintor (del seguro), me oye, mira hacia arriba y descubre las cosas buenas que tiene mi techo: también se abre sin resolver nada porque resulta que, antes de darle a la brocha, necesita a un albañil para que le tape el agujero. Luego no viene nadie. Pasan dos o tres semanas. Me llama la dueña del piso de arriba y me cuenta un rollo. Envía de nuevo al señor de los quince minutos de fama (el fontanero del agujero), que entra en la cocina y observa la escayola mutante, que unas veces me parece un Barceló y otras se me aparece la virgen (en la escayola, lo típico). Pues nada, me dice, que ya tapo yo el agujero (albañil), pinto el techo (pintor) y ¿qué me has dicho de la cocina? Con tanta gotera, le explico, el horno no funciona y cuando enciendo la vitro salta el automático (creo que se dice así). El señor (por no llamarlo fontanero-albañil-pintor, aunque le echo entre mi edad y la de Xabi Alonso) se pone a hurgar con un destornillador en el aparato y, antes de que me dé tiempo a jurarle desde la salita que no escondo los millones ahí, me lo encuentro con el horno en la mano (bueno, en el suelo) y con el hueco en la pared. Para no liarme, termino: me dice que funciona (¡-?) y pasa a revisar la vitro: ahí yo me dispongo a hacer una simulación: cojo una olla, la pongo a hervir, dejo que caiga agua sobre el fuego y, antes de que todo salte por los aires, se enciende un piloto amarillo que en realidad está fundido desde la inundación: apago y listo. Entonces, el señor (¿o debería llamarlo electricista?) me dice que viene el lunes, o sea, dentro de cuatro horas, a tapar el agujero. Del seguro no sé nada, pero sí que la señora de arriba, en vez de aplicarse y hacer las cosas como dios manda, ha vuelto a recurrir al hombre orquesta para que me devuelva a una existencia rutinaria de sopas de sobre y pizzas congeladas. No sé cómo explicarlo, pero mi cocina me parece un trasunto de España, ¿que no?

(Por cierto, que si la historia esta les parece más interesante que los peñazos de costumbre, yo encantado de contarles mi vida: hoy la irresponsabilidad ajena personificada en el desastre de la cocina, mañana mis problemas con las compañías telefónicas, pasado el billete fantasma de Spanair y el pico del nuevo pasaje que he tenido que agenciarme, y así. Al menos, con mi escritura y su lectura, me descargo y lo voy echando todo para afuera).

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La política económica provoca impotencia

Por Henrique Mariño
08 feb 2012

Hoy cambiaron el Twitter y me he sentido como el emigrante que regresa de Basilea en agosto y explora, diletante, la interfaz de su esposa. Todo parece estar ahí, sin embargo recorres a tientas cada pliegue de su piel como la primera vez. Uno piensa que es progre hasta que te alteran la maqueta del periódico, y a partir de ahí la vida es un acostumbrarse a esa fisonomía mutante: que si el cuerpo, que si los hijos, que si el apartamento. Todo medra, aunque un día dejamos de crecer y nos convertimos en Benjamin Button: que si los sueldos, que si el convenio, que si la cuenta menguante.

La erótica del poder también está en horas bajas, como una verga flácida, y hay quien para vigorizarla le añade una ce: fláccida, que suena como a clamidia. Los gobernantes pervierten incluso los adjetivos, que son la gasolina del deseo: las reformas laborales han pasado de ser “duras” a “intensas”. Y las clases magistrales sobre la reducción del déficit parecen extraídas de libros de autoayuda que antes te llegaban a casa envueltos en papel de estraza y hoy lucen en las góndolas de los hipermercados. “Si se hace demasiado rápido, frenará el crecimiento y alargará la recuperación”, insinúa un político de bata blanca en su precoz discurso eyaculador.

Traducción: antes follar era malo, pero resulta que ahora estás jodido si no te echas al monte de venus. Yo entiendo entonces que frenar el déficit es como meter la puntita. Y todo esto debe de ser lo que llaman el sex appeal de la política. La verdad es que provoca impotencia.

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Fraga, el político oscilante

Por Henrique Mariño Etiquetas:
20 ene 2012

No sé por qué todo dios tiene que escribir sobre Fraga, un señor con muy mala hostia y peor paternidad: que si la ley, que si la braga. Ese ser oscilante que un día firmaba una condena a muerte y al siguiente ordenaba que le tocasen la gaita, al principio como a todos pero luego en plan gangbang. Yo no hablé antes de él porque su muerte me pilló trabajando, algo de lo que presumía Don Manuel, pero ni el trabajo redime al hombre (como tampoco lo absuelve de sus actos) ni todos los abuelos son buenos. A Fraga no lo dulcificaron ni las arrugas y si nunca se afeitó el bigote fue porque carecía de él. A mí un anciano que deja atrás a su comitiva, no por tirano sino por plusmarquista, no me parece de fiar. Y como otros lo vieron en Londres haciéndose las embajadas, yo asistí en Fitur a la yinkana de los stands, donde terminó reventando a los caballos y, de paso, a los de la prensa, que a cada parada caían rendidos y regaban con espuma la moqueta.

Fraga se va y los constitucionalistas se echan las manos al Estado. Y en Madrid, que era un asfalto baldío, llueve de nuevo, aunque para mí que sólo lo han llorado de corazón los 100 Pipers, quienes han tenido que esperar al pitido final para volver a la faena. Sospeche, lector, de los entierros de quince curas y de las romerías de mil gaiteiros, porque en la exhalación algo falla. Ondea, pues, un pañuelo blanco salpicado de aquello: el adiós a un hombre que no pudo reinar y se conformó con sacar el cinto en la taifa donde había nacido, porque al final lo que queremos todos es que te reconozcan en el pueblo. Donde unos ven una carrera meteórica, yo veo un currículo abaneante, ora hasta la ventana de un segundo piso (como Grimau, que terminó cayéndose), ora hasta la falda de un monte (pongamos Montejurra).

Un exministro franquista pasa a mejor vida y ahora todo quisque estuvo en Fraga, que hasta parece el padre del 68.

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Embotellamiento en el Retiro

Por Henrique Mariño
13 ene 2012

No hay órdenes como las de arriba, esas que caen como chuzos, atraídas por las fuerzas de la gravedad y del propio orden. Doña Ana Botella, inversamente proporcional a la caída de las hojas del Retiro, ha comenzado el ejercicio con buen pie, aplicándolas con mano firme. Si la tierra ha de ser para quien la trabaja, el disfrute del parque madrileño corresponderá, lógicamente, a quien se jubile. Excepto que tengas polio, los bastones ejerzan de apéndices y caminar sea el heroico maratón de cada día.

Gustavo Bravo cree que las noticias, al contrario que las órdenes, tienen que partir desde abajo. Por eso ha montado un periódico de barrio que pretende denunciar los abusos que se producen a la vuelta de la esquina. La historia de José, 69 años, paraliza a cualquiera. En un Madrid asfáltico, capital del smog, su escapada diaria al Retiro se ha visto truncada por la imposibilidad de acceder al lugar tras la prohibición de circular en coche por el mismo, escribe Sandra Remón. Algo a priori lógico, si no fuese porque la barrera para un poliomelítico e impedido resulta ahora insalvable.

Siguen atravesando el parque los vehículos de los repartidores y de los jardineros. Ya no los de los ciudadanos que, pese a sus dificultades, emprendían una odisea de diez metros para sentarse en un banco junto al Ángel Caído. José está decidido a seguir contaminando el céntrico pulmón verde y para ello ha pedido un permiso especial que le permita adentrarse en él con su cuatro ruedas. Una pena que sus malos humos, que tanto afean la foto oficial de turno, amenacen con violar la transparencia del azul capitalino. Con Botella, ahora sí, de Madrid al cielo.

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El 15-M y la conquista del espacio público

Por Henrique Mariño Etiquetas: ,
10 ene 2012

Hace dos meses, Marcos Pérez Pena me propuso escribir un texto para un libro publicado por 2.0 Editora sobre el movimiento 15-M. En él estarían presentes tanto voces académicas (Raimundo Viejo, Víctor Sampedro o Carlos Taibo) como las de miembros de las comisiones y asambleas de barrio surgidas en las urbes gallegas.

Manolo Barreiro daría paso tras el prólogo de A praza é nosa. Quen constrúe a democracia? a representantes de Universidade Invisible, Attac, Proxecto Derriba o Democracia Real Xa, pero el coordinador de la obra también buscaba “visiones más urgentes y originales” de periodistas.

Una es la de Xosé Manuel Pereiro y la otra, ésta. Como mi experiencia giró en torno a la acampada de la Puerta del Sol, decidí escribir sobre la conquista del espacio público. Original, no lo sé, pero de la redacción apresurada doy fe.

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