Por Henrique Mariño

Hay noticias que te alegran una tarde de redacción, aunque la intrahistoria que resuella entre líneas sea, en realidad, trágica. Juan Carlos Ortiz había recibido de Diego Barcala una nota de prensa de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica en la que se anunciaba la entrega de los restos de un republicado asesinado en agosto del 36. Su hijo había llegado desde Buenos Aires para darle sepultura digna en un pueblo de la montaña lucense. Un nuevo hoyo; más huesos; el silencio, roto.
Pero aquel señor canoso tenía algo más que contar que la historia de una revancha: su padre, un zoqueiro lector e ilustrado, quiso bautizarlo como Lenin y a su hermana, como Igualdad. El cura no quiso estampar esos nombres revolucionarios en el registro parroquial, pero firmó, según el entonces niño Lenin —que, con los años, terminaría siendo llamado Ramiro para evitar represalias—, su sentencia de muerte.
Más allá de la anécdota —recogida en el titular, propuesto por el redactor jefe de Política—, también era una crónica de la Galicia miserable abocada a la emigración; del reencuentro con el pasado, bien enterrado; de la oposición de algunos vecinos a remover la tierra, esa sonrojante alfombra bajo la que se esconde el polvo; de la pérdida de memoria, cobijada durante décadas en el corazón de una niña que hoy tiene 84 años y quiso hablar, aunque Ramiro, eternamente agradecido, se queja de que la tomen por loca.
Más información en Cuando llamar a tus hijos Lenin e Igualdad te costaba la vida.
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Foto: Fernando Sánchez
El troll, como el hombre, es un animal de costumbres. Sucede en cada asamblea general de la acampada de la madrileña Puerta del Sol: intervienen los portavoces de las comisiones –que crecen como los ministerios en tiempo de bonanza: aquí hasta hay una de Amor y Espiritualidad–; luego intervienen las voces discrepantes, los indignados de a pie, aquellos que ya han estado en dos ONG, caso real, y saben, dicen, de lo que hablan; finalmente toman la palabra –más bien se apoderan de ella– los espontáneos plastas.
Los moderadores, encallecida su paciencia, ya están fogueados en el arte de birlarles el micro. Don’t feed the troll, se advierte en foros y ágoras interneteros. No alimentéis al pesado, braman los susurros de la plaza.
El troll, en la red, provoca, ofende, interrumpe, insulta y, en ocasiones, sufre un trastorno de personalidad múltiple que le lleva a multiplicar sus avatares y nicks, como un gremlin víctima de una aguadilla en la fuente de Sol. En el kilómetro cero de la indignación, sin embargo, el troll analógico confunde, desvía la atención, en definitiva, enreda.
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Una luna informe y multicolor ha salido esta madrugada en la Puerta del Sol. Comenzó a chispear cuando se posaba la noche y ya los acampados se vieron trasegando con lonas y plásticos hasta dar forma, visto desde la cámara de soltv.tv apostada en lo alto de una terraza, a un astro humano y luminoso para cobijarse. Los que habitan en él no son unos lunáticos, sino una mole de ciudadanos de a pie que están aquí desde hace tres días, nada más terminar la manifestación convocada por Democracia Real Ya, para exigir una reforma electoral que devuelva el gobierno a los ciudadanos: un sistema político participativo, como reza su manifiesto, divulgado a voz en grito en varios idiomas.
Los toldos que daban cuerpo al frágil habitáculo donde se afanan los organizadores de la acampada se multiplicaron por arte de lluvia. Los congregados que abarrotaron el kilómetro cero durante la pasada tarde noche comenzaron a replegarse: muchos, con el paso de las horas, fueron tragados por el Metro o se diluyeron en las arterias que dan a la Gran Vía, a Ópera, a Tirso de Molina; algunos buscaron refugio en los soportales de los comercios cercanos; decenas, cientos de ellos se metieron bajo techo, un patchwork de plásticos que contenía a duras penas la terca lluvia que durante las últimas horas convirtió Sol en un espacio severo para vivir, aunque enriquecedor para compartir.
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Por Henrique Mariño
Jaime y Ana están de boda en Galicia. Me llaman, maravillados, desde Allariz, en su día municipio piloto del Bloque, cuando Quin. Rescato, para enviárselo, un breve artículo para Viajes de El Mundo (me atribuyo el texto, no la “Galicia profunda” del título) de hace ya diez años, lo que me hace pensar en la fugacidad del tiempo —de lo que, precisamente, trata la pieza— y en la quinta marcha a la que va el mundo este, así nos pegamos hostias. En cambio, no encuentro un reportaje que escribí en 1999 en otro suplemento del diario madrileño, Crónica (observo que su hemeroteca arranca un año después, claro), con el que sin embargo me he topado en la web de la biblioteca de la Complutense, qué raro. Tiene mucho dato y mucha cifra, como le gusta a Mellado. Dado que es ilegible, ahí va:

Cuando Anxo Quintana se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en alcalde de Allariz. Corría el año 1989 y su villa atravesaba por una situación kafkiana. Tres alcaldes populares en dos años, un presupuesto irrisorio de 82 millones de pesetas, 3.000 hectáreas de monte pasto del fuego, un río Arnoia fétido y sus gentes, desencantadas, en el exilio de la emigración. Manifestaciones, encierros y motines populares acarrearon la dimisión del equipo de gobierno, del Partido Popular. Los suplentes, entonces, nombraron regidor al candidato del Bloque Nacionalista Galego. Comenzaba la metamorfosis de Quin.
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Por Henrique Mariño

“Paz. Dios lo ve todo”. Unas letras gigantes de color blanco, similares a las del parque Griffith de Hollywood, observan desde lo alto de la ladera a los habitantes de Muzo, un municipio colombiano a seis afanosas horas de Bogotá que saluda al forastero con un cartel que ilustra las bondades de la tierra: “Bienvenidos a la capital mundial de la esmeralda”.
Puede que Dios todo lo escrute, pero raramente se lo muestra a los cientos de desharrapados que merodean en el exterior de las minas donde se extraen estas piedras preciosas de color verde, que han hecho ricas, sin embargo, a un puñado de familias desde hace varias décadas. El mensaje de concordia tiene más sentido, puesto que aquí, en la provincia de occidente del departamento de Boyacá, la sangre ha corrido sin control durante 30 años, en lo que se conoció como la Guerra Verde.
Mónica Moya se sintió atraída por esta singular zona perdida del planeta cuando percibió el bullicio que genera en el centro de Bogotá, donde vive, el comercio callejero de esmeraldas. El cruce de la Avenida Jiménez y la Séptima está sembrado de vendedores que despliegan hojas de papel dobladas donde esconden ora generosas gemas, ora diminutas chispitas. Las cifras, en pesos, son de cinco y seis ceros, aunque un extranjero puede llevarse varios ejemplares a casa por unos 200 o 300 euros, siempre y cuando sea precavido y vaya acompañado de un experto, pues las falsificaciones están a la orden del día y, sobre todo, a la caza del turista.
“Es un mundo cerrado en el que no es fácil entrar”, asegura Moya, quien tuvo que comenzar a rodar el documental Esmeralderos para descubrir realmente el negocio (y la ruina) que subyace tras este preciado mineral. Aquellos comisionistas que se ganaban la vida en la calle eran, simplemente, un eslabón más de una cadena que comienza a decenas de metros bajo tierra, donde el oxígeno escasea, la respiración apenas alcanza y el insufrible calor se torna soportable sólo ante la idea de que tras la roca palpite el corazón verde.
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La estampa prenatalicia de la madrileña Puerta del Sol abrigó este lunes la causa de los bomberos madrileños, que le exigen al alcalde de la capital, Alberto Ruiz Gallardón, una mejora de sus servicios y dotaciones. Extraño: en la distancia que media entre las napolitanas de La Mallorquina y los clientes del hostal situado en las antípodas de la plaza, loteras a voz en grito, colas de buscadores de fortuna, compradores compulsivos con sus bolsas en ristre y bomberos, cientos de bomberos embutidos en sus trajes de faena.
La sorpresa de los turistas sólo era comparable a la de los críos y bebés que, apenas levantando un palmo de la silla o del suelo, pululaban por el kilómetro cero. Si el carnaval ha quedado atrás y los señores de las carrozas no son los reyes magos, ¿quién coño son estos?, parecían preguntarse con esos ojos abiertos. De azul marino y amarillo fluorescente, los apagafuegos repartían globos, enviaban cohetes a la noche y entregaban a papá billetes de 50 euros con la efigie del alcalde. En su reverso, impresa, constaba la explicación a todo.
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Hace 10 años, la —probablemente— mejor banda de rock español mascaba su epitafio.
La sangre aún me hierve narra el diario de ruta de la grabación del primer disco en directo de Los Enemigos, Obras escocidas. Vivan en paz.
El marketing nació en Malasaña
Mucho antes de que las grandes superficies colocaran los superventas junto a las cajas registradoras, un grupo madrileño halló una castiza y original fórmula para vender su debut. En el bar Velarde se despachaba Ferpectamente, caña de cerveza y tapa de chorizo incluidas, por un módico precio: 1.000 pelas. La estrategia dio sus frutos (10 discos, dos B.S.O. y una retahíla de rarezas y colaboraciones varias desde 1985), aunque aquella banda, Los Enemigos, no pasaría de vender una cantidad de elepés maja, pero claramente inferior a su calidad.
La paradoja es que si cada persona que asiste a un concierto comprase su CD, el cuarteto coleccionaría discos de oro. Extraños resortes de la industria al margen, ahora podría darse el caso. Granada, Madrid, Valencia y Santiago de Compostela han sido las plazas donde Los Enemigos ha grabado su primer disco en directo, Obras escocidas, 1985-2000 (Chewaka/Alkilo), a la venta el 12 de febrero: un repaso a la discografía enemiga en 37 canciones, de la mano de colegas como Julián Siniestro, Rosendo o Los Planetas. La Luna tiró de carretera y manta para dar cuenta de los pormenores de una gira protagonizada por espontáneos plastas, cursos acelerados de inglés, litros de tónica y soledades de escalera de hotel. Bienvenidos a la máquina del tiempo de Los Enemigos.
Granada, conexión interestelar
Sala Industrial Copera, 28 de octubre de 2000, psicodelia en el escenario. Fino ha reclutado a Los Planetas para un experimento conjunto. «Jota estaba acojonado porque es muy así. “Yo no sé cantar”, dice. “Mira, Jota, tú siente la canción, no la tienes que hacer como Josele. ¿Cómo vas a desgarrar tú la voz? Hazla tuya y cántala a tu manera”. Ha quedado muy bien. Incluso me ha dicho Josele: “Jota es de las pocas veces que ha estudiado”».
Josele Santiago (voz y guitarra), Fino Oyonarte (bajo y coros), Manolo Benítez (guitarras) y Chema Animal Pérez (batería) no están solos. Les acompaña un vigués afable con pinta de bonachón con un currículo muy lucido: al mando de teclado y guitarras, Pablo Novoa, ex Golpes Bajos y La Marabunta; músico de Los Ronaldos y Julieta Venegas… La sala, metalúrgica y trallera, hasta los topes. Alternando temas cerveceros con composiciones más intimistas, la apoteosis colectiva se desata con John Wayne y Septiembre. Josele, un santo, se deshace como puede de una corpulenta chiquilla que consigue subir al escenario en dos ocasiones. En la última, esquivando a los técnicos, logra darle un beso al cantante más abstemio del país.
Josele ya no bebe. «He notado las papeleras más llenas. Le doy más vueltas a las canciones. Hace tiempo, las daba antes por terminadas». Rafa Fustes, encargado del Flamingo (bar-refugio enemigo) no verá peligrar sus reservas de whisky: «Estaba harto y ya toca disfrutar un poco. Como la sobriedad es algo bastante nuevo, me paso el día flipando. Ahora no sé cómo voy a terminar la jornada y eso motiva bastante. Recuerdo que una vez me invitaron a un viaje por el desierto de Mauritania y tuve que rechazarlo. ¿Qué iba a llevar en la mochila? ¿Cuarenta botellas o qué? Básicamente, he conseguido libertad». Así nació Tengo que hacer los deberes, el único tema inédito. «Está parido en casa de Cristina, mi chica, en Santiago, donde paso la mitad del año. Es la primera canción que he compuesto después de beber. Y de ello trata: es una despedida de los bares, mayormente. Ahora entro en alguno, pero en seguida me aburro. La tónica llena mucho».
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La violencia ha vuelto a estallar en las favelas de Río de Janeiro. Todo comenzó el domingo, cuando los narcos atacaron puestos de policía e incendiaron vehículos en represalia por el despliegue de las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) y por el traslado de presos a cárceles federales. Desde entonces, la Policía ha contabilizado hasta este jueves 34 muertos en operaciones contra presuntos criminales. La última ha tenido como objetivo Vila Cruzeiro, ocupada por seis tanques de la Armada, que le han abierto el camino a policías, militares y agentes especiales del temido BOPE.

Explicar qué es el cielo y el infierno no resulta fácil, pero hay metáforas que ayudan a hacerlo. Río de Janeiro simboliza ambas cosas. El paraíso está al nivel del mar, que humedece las playas de Ipanema y Copacabana, con sus cuerpazos al sol y sus terrazas donde tomarse una cerveza con colarinho, bien fresca, al ritmo de la samba y los contoneos de la chavalada. No lejos de allí y ajeno a los ojos del turista, el averno ha ocupado los morros (cerros) de la cidade maravilhosa: pobreza, violencia, marginalidad, narcotráfico, fracaso escolar, crimen, esperanza de vida menguante… El mundo al revés: arriba el infierno y abajo el cielo.
La capital turística y cultural de Brasil, donde cada día mueren violentamente unas veinte personas, sin contar a los desaparecidos, albergará el Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016. Muchos habitantes de Chicago, Tokio o Madrid, que aspiraban a llevarse los seis aros a casa, todavía se preguntan cómo es posible que una de las urbes más violentas del planeta albergue un evento semejante. Infraestructuras al margen, Río es una ciudad insegura, con tres mafias que dominan el tráfico de drogas, grupos paramilitares que intentan desplazar a éstas para imponer su propia ley, y una policía violenta, corrupta y de gatillo fácil. Nadie pone en duda el esfuerzo de autoridades políticas y policiales para controlar la situación durante el desarrollo de ambas competiciones deportivas, pero a día de hoy la situación pone los pelos de punta.
Las favelas tienen en Río, a diferencia de las bidonvilles o villas miseria de otras latitudes, una particularidad. Están en las lomas de las montañas. Su nacimiento se remonta a principios del siglo pasado, cuando el Gobierno cedió a algunos militares terrenos en alto en compensación por los servicios prestados en el frente. En aquellas montañas próximas a la costa, que confieren a la ciudad esa belleza característica, capricho de la naturaleza, crecía la planta de la favela. Ésta dio nombre al Morro de la Favela y, con el tiempo, a todas las construcciones de infraviviendas que comenzaron a surgir en las zonas de la ciudad donde el ladrillo de los ricos, blancos de origen europeo, no había llegado. Allí se estableció, y lo sigue haciendo, la población negra y mulata del noreste de Brasil. Inmigración interior y de escasos recursos.
Pobre no significa malhechor
Aunque con el paso de los años también han proliferado los poblados de chabolas en áreas más llanas de la periferia, las zonas nobles de Río, sembradas de riscos, están flanqueadas por barrios humildes. El Hotel Sheraton, por ejemplo, tiene unas maravillosas vistas a la playa de Leblón, pero si al cliente le toca la habitación equivocada se topará con un panorama más modesto: el de la favela de Vidigal. Y, para ahondar en la paradoja, desde el citado arenal la más bella estampa es la que proporcionan los cientos de lucecitas que de noche brotan allá arriba, o sea, en el corazón de la pobreza.
Y pobre, quede claro, no significa malhechor. Buena parte de sus moradores son trabajadores que cobran sueldos míseros y sacan adelante la ciudad. Mano de obra barata que permite tener a varios camareros tras la barra o a un par de chachas en casa. Ellos, en el fondo, son víctimas por partida triple: por no tener un duro y cargar con los trabajos más ingratos, por sufrir la violencia de traficantes y policías, y por tener que cargar con el sambenito de favelados, o sea, los que moran en la favela.
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Por Henrique Mariño
“Trae la cámara, mira lo que me he encontrado”. Enfundado en un mono blanco con capucha que lo cubre de la cabeza a los pies, un miembro del equipo de investigación de Igualdad Animal entra en la nave y enciende el foco. Las ratas, encaramadas en los conductos de alimentación que rozan el techo de las instalaciones, se ven sorprendidas por la luz cegadora y huyen a la procura de un refugio de sombra. Al final del pasillo, flanqueado por cubículos donde dormitan decenas de animales, hay un cerdo que yace en el suelo. De su boca mana vómito y sangre. Sus patas, trémulas, trazan una sufrida danza macabra en el aire. El objetivo de Iván plasma la agonía de un puerco enfermo que ha sido apartado del resto y consume sus últimas horas de vida tirado en el cemento, abandonado a su mala suerte.
La atmósfera, espesa y sofocante, se vuelve irrespirable con el paso de los minutos y las mascarillas que portan los activistas apenas camuflan el amoníaco, producto de la mezcla de orina y excrementos, que flota en el ambiente. “Tenemos imágenes que estremecerían a cualquiera”, explica José Valle, portavoz de Igualdad Animal, que ha llevado a cabo una investigación en casi 200 granjas de cerdos españolas. “Y algunas de esas grabaciones, no vayas a creer, han sido realizadas en instalaciones consideradas ejemplares y premiadas por el sector cárnico”. Animales con los intestinos colgando, gorrinos esqueléticos que apenas articulan un gruñido, cochas que se comen a sus crías muertas…
“No dejamos de sorprendernos. En cada granja que entramos nos encontramos con algo que no habíamos visto antes”. En esta ocasión —madrugada de mayo, hacienda toledana—, un buen número de cadáveres acumulados en carretillas y contenedores al aire libre, otros simplemente tendidos en el suelo de las pocilgas, algunos recién paridos y aplastados por sus madres… Y ratas, y cucarachas, y ese aire viciado de dióxido de carbono, ácido sulfhídrico, amoníaco y polvo que torna la estancia asfixiante.
“Vemos también cerdos que devoran a otros y animales trastornados que golpean los barrotes, los muerden y tratan de escapar, por no hablar de los enfermos”, detalla el activista Javier Moreno, que se ha quedado fuera de la granja para ejercer de vigilante mientras sus compañeros documentan las condiciones de vida y muerte en esta granja situada a una hora y media de Madrid. Alba, encargada de tomar fotografías, no puede más y busca un atisbo de aire fresco en un corredor descubierto. “Este olor es repugnante”, se queja, porque hay tufos que ni la costumbre torna soportables.
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