Por Henrique Mariño

Yo me tragaba Simplemente María, que tanto caló en los corazones de las mujeres de mi casa, porque iba antes del Tour de Francia y de ahí no se movía la tele, cuando había que levantarse para cambiar. Recuerdo incluso un aparatejo con interruptor luminoso que la acompañaba, como ahora el coso de la TDT, y que a mi abuela Pastora le daban miedo las serpientes, para ella, culebras.
Mi padre entraba en el comedor y, con el ceño fruncido, preguntaba por el nuevo pretendiente de María, que por entonces ya no quería enamorarse, pobre Víctor Carreño. Mi madre le mandaba callar, mi hermana asentía con la quijada y yo seguía hozando La Voz de Galicia, que era el periódico que se leía en casa, empezando por las esquelas, siguiendo por el tiempo y terminando por las noticias del pueblo. El resto lo usaba mi madre para alfombrar la alacena de las sartenes, a ras de suelo, forrada de sufrido azulejo blanco y anexa a la cocina de leña, que desde que nací nunca había alumbrado. Era la Simplemente María mexicana, protagonizada por Victoria Ruffo, el primer gran éxito de la TVG, antes de Dallas:
- Sue Ellen estaba mala.
- ¿Mala? Estaba bébeda. ¿Non é así, Sue Ellen?
- Sí.
La petrolera familia Ewin era como los Bush, aunque las cogorzas no se las pillaba el hijo sino la nuera, casada con el malvado JR, el sacamantecas episódico de nuestra infancia. Mediaban los ochenta, yo tendría unos diez años y en aquella casa se hacía país, al menos televisivo (otro día hablamos de Pampín). Simplemente María marcó el boom de las telenovelas latinoamericanas en Galicia, antes de que la Venezuela prechavista tuviese a bien surtirnos de Jeannette Rodríguez por un tubo, la de Cristal y La dama de rosa, emparentada en la ficción con Carlos Mata, un señor que un día sacó un disco y otro vino a mi pueblo a inaugurar un supermercado.
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La explicación al título de este post —aviso para neófitos y despistados— la tiene Élodie. Los episodios de violencia que desangran Río de Janeiro han motivado que deje para otra ocasión la filmografía de la actriz francesa y opte por unos remedios elaborados en el corazón de la favela para mitigar el tedio y el abatimiento dominical.
Libro. Tropa de Élite (Luiz Eduardo Soares, André Batista y Rodrigo Pimentel; Libros del Lince). ¿Quiénes son esos tipos de negro que suben favela arriba, a la caza de narcos, luciendo un escudo con una calavera atravesada por un machete y dos pistolas? Un ex secretario nacional de Seguridad Pública y, precisamente, dos ex miembros del BOPE escriben a seis manos un libro inspirado en las operaciones especiales del cuerpo de élite de la Policía Militar de Río de Janeiro, un batallón hasta hace unos pocos años incorruptible e incorrupto.
Ensayo. A Prisao (Publifolha, 2002). El abogado criminalista Luís Francisco Carvalho Filho, reflexiona, más allá de la estadística, sobre un sistema carcelario que tiene como teórico y utópico objetivo regenerar a los delincuentes brasileños. En esta entrevista, el autor critica las lamentables condiciones en los presidios, cuna del paulistano Primeiro Comando da Capital y del carioca Comando Vermelho, dueños y señores del crimen organizado en las dos principales ciudades de Brasil.
Filmes y documentales. Inspirado en el citado libro de realidad ficción, Tropa de Élite, llevado al cine por José Padilha en 2007. Superpolis contra traficantes. “Muere o mata”. Litros de glóbulos rojos como los que supuraban los protagonistas de Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002), la otra cara de la moneda cinematográfica, que cedía el protagonismo a los narcos Zé Pequeno y Mané Galinha, enfrentados por el control de las drogas.
Películas realistas alejadas del morro bucólico que sirvió como escenario a Orfeo Negro (Marcel Camus, 1959), una exaltación de la música popular brasileña de la mano de Antonio Carlos Jobim, filmada décadas antes de que la violencia anegase los barrios pobres de la cidade maravilhosa. Una ferocidad reflejada, con más crudeza si cabe, en el caleidoscópico documental Noticias de una guerra particular (Katia Lund y Joao Moreira Salles, 1999) y en Bus 174 (José Padilha, 2002), cuyas imágenes verídicas del secuestro de un autocar en Río serían dramatizadas por Bruno Barreto seis años más tarde en el filme Última parada 174.
Productora. Pax Filmes. El cineasta Paulo Pons y el empresario Alceu Passos se plantearon cómo hacer en Río películas de bajo presupuesto, hasta 40.000 euros, con cámaras digitales. Temática variada y target universal. Cinema vérité carioca, que ya ha dado sus frutos: Vinganza, del propio Pons, una cinta de suspense; Os realizadores, un documental de ficción que satiriza el cine desde dentro; Espiral, una propuesta experimental de humor negro grabada, con dos cámaras, en una sola toma; o Maiores e menores, que presenta a una panda de niños bien que practican sexo en grupo, dentro de coches aparcados en centros comerciales, hasta que alguien los graba y las imágenes son difundidas a través de la red.
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Élodie Bouchez, pese a tenerla abandonada últimamente, fue durante unos años mi actriz fetiche. Me sirvo del título de Didier Le Pêcheur, un filme sobre la resurrección de una bella durmiente en tiempos de sida y sado, para bautizar esta botica colmada de remedios para mitigar el tedio y el abatimiento dominical. Empiezo con otra película de la actriz francesa —para no repetirme— y sigo con libros, discos, restaurantes y lo que se tercie.
Película. Demasiada carne (Pascal Arnold y Jean-Marc Barr, 2000): una extranjera espabila a un pobre hombre en el profundo sur de Estados Unidos.
Blog. Fauna Mongola: mala leche, mucha razón e ilustraciones a cargo de Cristóbal Fortúnez, bisturí y cánula de tribus urbanas.
Reportaje. The Case of the Vanishing Blonde (Vanity Fair): historión protagonizado por un tenaz detective decidido a resolver una brutal violación en Florida.
Disco. Val del Omar (Sony, 1998): Antonio Arias lleva tres lustros dando la matraca con el cinemista granadino, un visionario olvidado que ahora, MNCARS mediante, parece haber resucitado. Todo o nada. Sea como fuere, si el desagravio vale para conocer la obra de Lagartija Nick —una banda, al igual que su mentor, subestimada e ignorada—, bienvenido sea. Este álbum, segunda colaboración con Enrique Morente, rasca más que su reciente discografía y nos remite a su deriva metalera. De entrada, puede costar, pero no resulta empalagoso a la postre. Como un licor café casero generoso en grados.
Libro. A sangre y fuego (Manuel Chaves Nogales, 1937): radiografía de la Guerra Civil a cargo de uno de los maestros del periodismo español.
Músico. Javi Álvarez (Dúo Cobra, Fluzo, Néboa y un largo etcétera). Rey del maquinillo. Hombre orquesta posmoderno. Sodomizador de Furbies con fines armónicos. Compostelano pintón residente en Barna. ¿Más?
Serie. Treme (HBO): David Simon, guionista de la soberbia The Wire, se sumerge en la vida de los músicos de un barrio de Nueva Orleans afectado por el huracán Katrina.
Restaurante. Gumbo (Pez, 15. Madrid): los platos del chef Matthew Scott son tan auténticos como los personajes de la citada serie. Cocina de Nueva Orleans —jambalaya, tomates verdes fritos, bonito ennegrecido— a un precio razonable: 25/30 euros, sin vino. En la calle Palma ha abierto Gumbo Ya-Ya, igualmente recomendable.