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España es un absurdo

Por Henrique Mariño
13 feb 2012

Media febrero cargado de absurdos:

- Arde Atenas mientras las polis europeas se sacuden la caspa con las quitanieves.

- El cambio en España vino a ser la reforma, con Rajoy mascullando trein-tai-trés antes del flash (back), más de lo mismo.

- La huelga de los polis de San Salvador de Bahía de Todos los Santos, que reclamaban un aumento de sus magros salarios, termina con decenas de cabezas descerrajadas por los grupos de exterminio, que no dejan de ser agentes del orden sacándose unas perras con las horas extras, en plan chapuzas.

- Beiras deja quieto el zapato y entona la sinfonía del portazo, menos cacofónica que la txalaparta de Khrushchev. Del susto, la foto de familia del Bloque se cae al suelo y la conciencia barbada aprovecha para salirse del marco, como acostumbran a hacer las ánimas por el de la ventana: en Galicia, donde una linde bien vale un magnicidio. Si la de Fraga fue una sorpresa repentina, la de Beiras era una muerte anunciada, tras los avisos de la refundación y los agüeros de la Asamblea Nacional.

- En cuanto a los disparates de andar por casa, uno que me recuerda a España: hace un mes y medio, en año nuevo, me encuentro con un aquapark en la cocina. Le dejo una nota al vecino de arriba cuando llego del curro por la noche, ya que no contesta a mis llamadas al timbre, y me la devuelve a la mañana siguiente por debajo de la puerta diciéndome que se va de viaje. Sigue lloviendo sin parar, hasta que un día se cuela en mi casa un señor (a los quince minutos descubro, porque me da por preguntárselo, que es el fontanero) que le hace un agujero al techo, como si fuese el desagüe de todos los océanos (y yo abajo). Otro día aparece el del seguro, toma nota de los desperfectos (también se jodió la vitrocerámica y el horno) y se va. Más adelante llega un pintor (del seguro), me oye, mira hacia arriba y descubre las cosas buenas que tiene mi techo: también se abre sin resolver nada porque resulta que, antes de darle a la brocha, necesita a un albañil para que le tape el agujero. Luego no viene nadie. Pasan dos o tres semanas. Me llama la dueña del piso de arriba y me cuenta un rollo. Envía de nuevo al señor de los quince minutos de fama (el fontanero del agujero), que entra en la cocina y observa la escayola mutante, que unas veces me parece un Barceló y otras se me aparece la virgen (en la escayola, lo típico). Pues nada, me dice, que ya tapo yo el agujero (albañil), pinto el techo (pintor) y ¿qué me has dicho de la cocina? Con tanta gotera, le explico, el horno no funciona y cuando enciendo la vitro salta el automático (creo que se dice así). El señor (por no llamarlo fontanero-albañil-pintor, aunque le echo entre mi edad y la de Xabi Alonso) se pone a hurgar con un destornillador en el aparato y, antes de que me dé tiempo a jurarle desde la salita que no escondo los millones ahí, me lo encuentro con el horno en la mano (bueno, en el suelo) y con el hueco en la pared. Para no liarme, termino: me dice que funciona (¡-?) y pasa a revisar la vitro: ahí yo me dispongo a hacer una simulación: cojo una olla, la pongo a hervir, dejo que caiga agua sobre el fuego y, antes de que todo salte por los aires, se enciende un piloto amarillo que en realidad está fundido desde la inundación: apago y listo. Entonces, el señor (¿o debería llamarlo electricista?) me dice que viene el lunes, o sea, dentro de cuatro horas, a tapar el agujero. Del seguro no sé nada, pero sí que la señora de arriba, en vez de aplicarse y hacer las cosas como dios manda, ha vuelto a recurrir al hombre orquesta para que me devuelva a una existencia rutinaria de sopas de sobre y pizzas congeladas. No sé cómo explicarlo, pero mi cocina me parece un trasunto de España, ¿que no?

(Por cierto, que si la historia esta les parece más interesante que los peñazos de costumbre, yo encantado de contarles mi vida: hoy la irresponsabilidad ajena personificada en el desastre de la cocina, mañana mis problemas con las compañías telefónicas, pasado el billete fantasma de Spanair y el pico del nuevo pasaje que he tenido que agenciarme, y así. Al menos, con mi escritura y su lectura, me descargo y lo voy echando todo para afuera).

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La política económica provoca impotencia

Por Henrique Mariño
08 feb 2012

Hoy cambiaron el Twitter y me he sentido como el emigrante que regresa de Basilea en agosto y explora, diletante, la interfaz de su esposa. Todo parece estar ahí, sin embargo recorres a tientas cada pliegue de su piel como la primera vez. Uno piensa que es progre hasta que te alteran la maqueta del periódico, y a partir de ahí la vida es un acostumbrarse a esa fisonomía mutante: que si el cuerpo, que si los hijos, que si el apartamento. Todo medra, aunque un día dejamos de crecer y nos convertimos en Benjamin Button: que si los sueldos, que si el convenio, que si la cuenta menguante.

La erótica del poder también está en horas bajas, como una verga flácida, y hay quien para vigorizarla le añade una ce: fláccida, que suena como a clamidia. Los gobernantes pervierten incluso los adjetivos, que son la gasolina del deseo: las reformas laborales han pasado de ser “duras” a “intensas”. Y las clases magistrales sobre la reducción del déficit parecen extraídas de libros de autoayuda que antes te llegaban a casa envueltos en papel de estraza y hoy lucen en las góndolas de los hipermercados. “Si se hace demasiado rápido, frenará el crecimiento y alargará la recuperación”, insinúa un político de bata blanca en su precoz discurso eyaculador.

Traducción: antes follar era malo, pero resulta que ahora estás jodido si no te echas al monte de venus. Yo entiendo entonces que frenar el déficit es como meter la puntita. Y todo esto debe de ser lo que llaman el sex appeal de la política. La verdad es que provoca impotencia.

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Fraga, el político oscilante

Por Henrique Mariño Etiquetas:
20 ene 2012

No sé por qué todo dios tiene que escribir sobre Fraga, un señor con muy mala hostia y peor paternidad: que si la ley, que si la braga. Ese ser oscilante que un día firmaba una condena a muerte y al siguiente ordenaba que le tocasen la gaita, al principio como a todos pero luego en plan gangbang. Yo no hablé antes de él porque su muerte me pilló trabajando, algo de lo que presumía Don Manuel, pero ni el trabajo redime al hombre (como tampoco lo absuelve de sus actos) ni todos los abuelos son buenos. A Fraga no lo dulcificaron ni las arrugas y si nunca se afeitó el bigote fue porque carecía de él. A mí un anciano que deja atrás a su comitiva, no por tirano sino por plusmarquista, no me parece de fiar. Y como otros lo vieron en Londres haciéndose las embajadas, yo asistí en Fitur a la yinkana de los stands, donde terminó reventando a los caballos y, de paso, a los de la prensa, que a cada parada caían rendidos y regaban con espuma la moqueta.

Fraga se va y los constitucionalistas se echan las manos al Estado. Y en Madrid, que era un asfalto baldío, llueve de nuevo, aunque para mí que sólo lo han llorado de corazón los 100 Pipers, quienes han tenido que esperar al pitido final para volver a la faena. Sospeche, lector, de los entierros de quince curas y de las romerías de mil gaiteiros, porque en la exhalación algo falla. Ondea, pues, un pañuelo blanco salpicado de aquello: el adiós a un hombre que no pudo reinar y se conformó con sacar el cinto en la taifa donde había nacido, porque al final lo que queremos todos es que te reconozcan en el pueblo. Donde unos ven una carrera meteórica, yo veo un currículo abaneante, ora hasta la ventana de un segundo piso (como Grimau, que terminó cayéndose), ora hasta la falda de un monte (pongamos Montejurra).

Un exministro franquista pasa a mejor vida y ahora todo quisque estuvo en Fraga, que hasta parece el padre del 68.

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Debajo de la cama

Por Henrique Mariño
19 ene 2012

Un día te caes de la cama y, mientras observas la pelusa hacinada bajo el somier, te percatas de la existencia de una nueva realidad a ras de suelo. George Eastman vivió de película hasta que la gente pasó del rollo, y hoy Kodak se escora 90 grados, como el Costa Concordia. Estiras el brazo para encender la radio y, arrugado en la plaqueta, flipas más que la madre de Good Bye, Lenin! asistiendo a la caída del muro de Berlín. Nada tiene sentido: las mujeres y los niños ya no son los primeros en abandonar el barco, porque ahora es el capitán quien da la vez; y, mientras buscan a los desaparecidos en las bodegas del crucero, se nos aparece una joven moldava que viajaba de ganchete de Schettino. La gente se extraña de estas cosas porque no ha visto Crash, pero el asunto pasa del thriller erótico a la economía sumergida. Su nombre no aparece en la lista de a bordo: ¿amante indocumentada o currela sin contrato? A mí lo que me fascina es el adjetivo del titular: moldava. Y el participio: enfiestado.

Ya digo que por aquí abajo todo es distinto. El Mirandés sumerge un pie en las semifinales de la Copa del Rey y comprueba que puede meterse: el metal no está tan frío. Montoro anuncia que quiere entrullar a quien gaste mucho, supongo que también a los de casa, y Malamadre le guiña un ojo al Releches mientras vocea: “Al fondo hay sitio”. Un juez lo tiene negro por (presuntamente) trincar a unos mendas que presumían de lavar más blanco. Y así.

Hasta se muere Fraga, el oxímoron del invierno.

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Embotellamiento en el Retiro

Por Henrique Mariño
13 ene 2012

No hay órdenes como las de arriba, esas que caen como chuzos, atraídas por las fuerzas de la gravedad y del propio orden. Doña Ana Botella, inversamente proporcional a la caída de las hojas del Retiro, ha comenzado el ejercicio con buen pie, aplicándolas con mano firme. Si la tierra ha de ser para quien la trabaja, el disfrute del parque madrileño corresponderá, lógicamente, a quien se jubile. Excepto que tengas polio, los bastones ejerzan de apéndices y caminar sea el heroico maratón de cada día.

Gustavo Bravo cree que las noticias, al contrario que las órdenes, tienen que partir desde abajo. Por eso ha montado un periódico de barrio que pretende denunciar los abusos que se producen a la vuelta de la esquina. La historia de José, 69 años, paraliza a cualquiera. En un Madrid asfáltico, capital del smog, su escapada diaria al Retiro se ha visto truncada por la imposibilidad de acceder al lugar tras la prohibición de circular en coche por el mismo, escribe Sandra Remón. Algo a priori lógico, si no fuese porque la barrera para un poliomelítico e impedido resulta ahora insalvable.

Siguen atravesando el parque los vehículos de los repartidores y de los jardineros. Ya no los de los ciudadanos que, pese a sus dificultades, emprendían una odisea de diez metros para sentarse en un banco junto al Ángel Caído. José está decidido a seguir contaminando el céntrico pulmón verde y para ello ha pedido un permiso especial que le permita adentrarse en él con su cuatro ruedas. Una pena que sus malos humos, que tanto afean la foto oficial de turno, amenacen con violar la transparencia del azul capitalino. Con Botella, ahora sí, de Madrid al cielo.

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Enero se caga

Por Henrique Mariño
12 ene 2012

El otoño es un paso a nivel sin barreras ante el tracatrá del invierno. Septiembre llegó con sus hojas y sus eres, más precipitados que caídos. Enero, encostado, le trajo al niño un iPad donde todavía busca qué coño es la mirra. Y nosotros, bajo el puente, mudando de etiqueta, del 20 al 30 y del 30 al 50 por ciento. No es la crisis, son las rebajas. Valemos lo que nos paguen, pero no hay quien compre: periodismo de saldo. Con el otoño llegó a Oviedo un hombre que no sabe de dónde vienen las canciones, Leonard. Con el invierno se va de Xixón un tipo que entendió que el cine alumbra en Lund o Tánger. Lukas Moodysson y Oliver Laxe en la tela de un impaís donde muchos se creyeron capitanes, aunque fuese de la escalera B.

En Madrid no llueve, pero mi cocina hace aguas. Los pobres de las favelas viven por encima de sus posibilidades. La tasa de desempleo es el nuevo sexo: paro oral, ya no nos llevamos otra cosa a la boca. Google indexa los concursos de acreedores y la tabla del ibex ha sustituido a las chavalas de los clasificados en las preferencias del lector salmón. No queda otra que nadar contracorriente, río arriba, el agua helada y los tercios de cerveza a 4,50. Los soldadores no hacen horas extras y a nosotros nos sellan los periódicos. Los departamentos de recursos humanos tienen diarrea, pero sus gabinetes de prensa prefieren llamarle gastroenteritis a la cagarría laboral. Hace diez días que no enciendo la televisión. Ni para ver el parte.

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El 15-M y la conquista del espacio público

Por Henrique Mariño Etiquetas: ,
10 ene 2012

Hace dos meses, Marcos Pérez Pena me propuso escribir un texto para un libro publicado por 2.0 Editora sobre el movimiento 15-M. En él estarían presentes tanto voces académicas (Raimundo Viejo, Víctor Sampedro o Carlos Taibo) como las de miembros de las comisiones y asambleas de barrio surgidas en las urbes gallegas.

Manolo Barreiro daría paso tras el prólogo de A praza é nosa. Quen constrúe a democracia? a representantes de Universidade Invisible, Attac, Proxecto Derriba o Democracia Real Xa, pero el coordinador de la obra también buscaba “visiones más urgentes y originales” de periodistas.

Una es la de Xosé Manuel Pereiro y la otra, ésta. Como mi experiencia giró en torno a la acampada de la Puerta del Sol, decidí escribir sobre la conquista del espacio público. Original, no lo sé, pero de la redacción apresurada doy fe.

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El hashtag de la #putacrisis

Por Henrique Mariño
08 ene 2012

El hombre del seguro ha venido a casa y, tras tomar nota de los desperfectos en un santiamén, se ha escabullido hacia la puerta. Cuando estaba a punto de entornarla, asomó la cabeza, sacó la faca y le acarició la quijada a la multinacional donde trabaja su mujer, uno de esos cíclopes de la gran empresa que engullen fardos de billetes, eructan a placer y, cuando están digiriendo el botín, vomitan cientos de trabajadores para hacerle más sitio al capital, en plan neobacanal romana. Si se preguntan por qué escribo vomitan trabajadores y no vomitan a trabajadores es porque, pese a nuestro natural viviente, nos consideran una cosa.

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Para cerrar la herida, abran el periódico

Por Henrique Mariño
04 ene 2012

Esta mañana me he vestido de yonqui para bajar a comprar tabaco. Raro que le robe un par de horas al sueño, pero el despertador de la vejiga y una ligera cefalea me echaron de la cama abajo. Decía Suso de Toro que el alcoholismo es muy mala cosa, pero la borrachera es necesaria.

Cuando entré en el estanco –capucha calada, gafas de sol, pantalón de chándal y botines de serraje marrón: terrorífico–, pensé que al dueño le iba a dar un infarto, pero quien se acojonó fui yo. Me había atravesado ese sentimiento que uno padece cuando hace cola en un banco y por un momento cree que, en vez de protestarle a la ventanilla por la comisión de la tarjeta, va a gritar ¡todos al suelo!, en plan Tejero. Me sucede lo mismo con el escáner de los aeropuertos, que antes de quitarme los zapatos ya me pongo nervioso y empiezo a mirar a todas partes pensando que llevo en la maleta cuatro botes de Cola Cao Turbo colmados de caballo.

Como las desgracias nunca vienen solas y el refranero se presta a hacerles sitio, en mi cocina llueve sobre mojado desde hace tres días. No me había percatado de que la gotera premonitoria, que comenzó en año nuevo, nada más llegar a casa tras los míos, seguía allí, como un reloj de agua, chop. Con la vitro impracticable, tuve que arrastrarme a la calle de nuevo y, después de tomarme un café en una taberna regentada por una adorable pareja de emigrantes gallegos, decidí acercarme a la plaza. Público se había agotado: normalmente, venden la mitad, pero hoy habían despachado los treinta ejemplares que reciben cada amanecer.

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Rajoy, el gallego con “cara de póquer”

Por Henrique Mariño
21 dic 2011

Apaga y vámonos: la culpa de que Rajoy no haya mostrado todavía sus cartas la tiene haber nacido en Santiago. Eso no quita que puedas venir al mundo en León y sostener que la crisis no es tal sino recesión, pero ésa es otra historia. Más aburrida, claro, porque no transcurre en un terruño olvidado, pasto de meigas, donde la gente, como no tiene otra cosa que hacer, se pasa todo el día subida a una escalera esperando a que pase un mostoleño para apostarle una mariscada –tirada de precio, como la farlopa– si adivina qué está haciendo: ¿subiendo o bajando?

El hallazgo ha sido revelado por un periodista con oficio, Paddy Woodworth, en un perfil del a la tercera presidente publicado en The Irish Times, donde repasa la trayectoria del gallego. Condición –la misma que la de Franco y Fraga, recuerda– que sostiene la pieza, en la cual Rajoy es rebautizado como “cara de póquer”. En realidad, nos pasa a todos cuando salimos de casa, que nos aferramos a los tópicos porque siempre funcionan y así en el pueblo lo entiende hasta el mono del quiosco. Lo sabe bien la peyorativa Rosa Díez, ahora liada haciendo panda en el Congreso, a quien le bastó una carrera hasta los estudios de CNN+ para atiborrarse de lugares comunes.

Como estamos en campaña y hay que ir montando el árbol, no me extiendo y les dejo el artículo del rotativo irlandés, aunque GC se ha tomado la molestia de traducir parte del texto a esa lengua periférica y tullida que, si tomó nota de su padrino político, tan bien conocerá nuestro presidente (lo de nuestro lo digo por lo de gallego). Todo sea dicho, Irlanda llega tarde, pues ya lo había descubierto antes España, o sea, Aznar: “Tiene una gran experiencia y una muy buena capacidad de resolución. Lo que pasa es que tiene su personalidad, su estilo, su modo de ver las cosas, su modo de actuar, su origen gallego y su [risas] oficio de gallego”. De haberlo sabido, si yo soy Rajoy me reencarno en Ourense y me meto a afilador y paragüero.

 

Post á feira: Hasta Rajoy puede serlo + ¿Por qué Lili habla inglés? + Desván de los Monjes

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