
Dos cámaras del mausoleo de Fraga han sido inauguradas con pompa, boato y maltrato de billetera. El inacabado complejo proyectado por Peter Eisenman, presupuestado por un porrón de millones que no para de dilatarse y conocido como Cidade da Cultura (arriba, fotografiado por Miguel Riopa), contiene, por ahora, una biblioteca y un archivo. No lejos del monte Gaiás, se alza otra ciudad, con minúsculas, de la cultura. Mientras una ejerce de pozo sin fondo, deglutidora de euros y metáfora de la falta de ideas de la clase política —aquélla, ésa y ésta—, que no sabe qué diantres hacer con el King Kong ni con su hambre feroz; la otra, Santiago de Compostela, adolece de espacios para organizar conciertos de pequeño aforo.
Es sólo un ejemplo que refleja las carencias de la pedregosa urbe, capital de la lluvia, antaño referencia cultural de Galicia. Apenas hay locales para las bandas emergentes o para las consagradas que sólo alcanzan a congregar a una inmensa minoría. Faltan sitios y apoyo para poner en práctica la cultural real, la que se ve pero también la que se hace: ser participante y no mero espectador; la cultura de la que nace cultura, como un Gremlin, y en Compostela, por agua, que no sea; la cultura de la caña, no de los peces. Claro que, a la procura del rédito político, viste más un Gaiás que un circuito liliputiense donde se crea, se destruye y se transforma. Más también una visita de U2, de Bruce Springsteen, de Britney Spears, de quien dé para vocalizar patata y salir bien centrado en la foto.
Digo yo —que podría agradecer, como sufrido declarante de a pie, un bolo subvencionado y, consecuentemente, a precio asequible de algunos artistas que han pasado por Galicia, de Bob Dylan a Van Morrison— que será mejor sembrar la cultura y dejarla crecer de abajo arriba que gastarse la pasta en obras faraónicas y grandes fastos, de los que poco queda, más allá del recuerdo, una vez apagados los rescoldos. Bien es verdad que la Cidade da Cultura, como el dinosaurio, seguirá allí. Pero con sus tripas rugiendo, absorbiendo partidas y pidiendo cada día más y más.
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P.S.- No dejen de leer Galicia, tierra de faraones, de J.C. Escudier, tan certero como de costumbre, ni tampoco Queda inaugurado este pantano, del no menos lúcido X.M. Pereiro.
Hace 10 años, la —probablemente— mejor banda de rock español mascaba su epitafio.
La sangre aún me hierve narra el diario de ruta de la grabación del primer disco en directo de Los Enemigos, Obras escocidas. Vivan en paz.
El marketing nació en Malasaña
Mucho antes de que las grandes superficies colocaran los superventas junto a las cajas registradoras, un grupo madrileño halló una castiza y original fórmula para vender su debut. En el bar Velarde se despachaba Ferpectamente, caña de cerveza y tapa de chorizo incluidas, por un módico precio: 1.000 pelas. La estrategia dio sus frutos (10 discos, dos B.S.O. y una retahíla de rarezas y colaboraciones varias desde 1985), aunque aquella banda, Los Enemigos, no pasaría de vender una cantidad de elepés maja, pero claramente inferior a su calidad.
La paradoja es que si cada persona que asiste a un concierto comprase su CD, el cuarteto coleccionaría discos de oro. Extraños resortes de la industria al margen, ahora podría darse el caso. Granada, Madrid, Valencia y Santiago de Compostela han sido las plazas donde Los Enemigos ha grabado su primer disco en directo, Obras escocidas, 1985-2000 (Chewaka/Alkilo), a la venta el 12 de febrero: un repaso a la discografía enemiga en 37 canciones, de la mano de colegas como Julián Siniestro, Rosendo o Los Planetas. La Luna tiró de carretera y manta para dar cuenta de los pormenores de una gira protagonizada por espontáneos plastas, cursos acelerados de inglés, litros de tónica y soledades de escalera de hotel. Bienvenidos a la máquina del tiempo de Los Enemigos.
Granada, conexión interestelar
Sala Industrial Copera, 28 de octubre de 2000, psicodelia en el escenario. Fino ha reclutado a Los Planetas para un experimento conjunto. «Jota estaba acojonado porque es muy así. “Yo no sé cantar”, dice. “Mira, Jota, tú siente la canción, no la tienes que hacer como Josele. ¿Cómo vas a desgarrar tú la voz? Hazla tuya y cántala a tu manera”. Ha quedado muy bien. Incluso me ha dicho Josele: “Jota es de las pocas veces que ha estudiado”».
Josele Santiago (voz y guitarra), Fino Oyonarte (bajo y coros), Manolo Benítez (guitarras) y Chema Animal Pérez (batería) no están solos. Les acompaña un vigués afable con pinta de bonachón con un currículo muy lucido: al mando de teclado y guitarras, Pablo Novoa, ex Golpes Bajos y La Marabunta; músico de Los Ronaldos y Julieta Venegas… La sala, metalúrgica y trallera, hasta los topes. Alternando temas cerveceros con composiciones más intimistas, la apoteosis colectiva se desata con John Wayne y Septiembre. Josele, un santo, se deshace como puede de una corpulenta chiquilla que consigue subir al escenario en dos ocasiones. En la última, esquivando a los técnicos, logra darle un beso al cantante más abstemio del país.
Josele ya no bebe. «He notado las papeleras más llenas. Le doy más vueltas a las canciones. Hace tiempo, las daba antes por terminadas». Rafa Fustes, encargado del Flamingo (bar-refugio enemigo) no verá peligrar sus reservas de whisky: «Estaba harto y ya toca disfrutar un poco. Como la sobriedad es algo bastante nuevo, me paso el día flipando. Ahora no sé cómo voy a terminar la jornada y eso motiva bastante. Recuerdo que una vez me invitaron a un viaje por el desierto de Mauritania y tuve que rechazarlo. ¿Qué iba a llevar en la mochila? ¿Cuarenta botellas o qué? Básicamente, he conseguido libertad». Así nació Tengo que hacer los deberes, el único tema inédito. «Está parido en casa de Cristina, mi chica, en Santiago, donde paso la mitad del año. Es la primera canción que he compuesto después de beber. Y de ello trata: es una despedida de los bares, mayormente. Ahora entro en alguno, pero en seguida me aburro. La tónica llena mucho».
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