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La bala de D’Alema

Por Henrique Mariño Etiquetas: , ,
16 nov 2010

Rompió el hielo con un proyectil. Massimo D’Alema era entonces el presidente de Demócratas de Izquierda y un par de años antes había ejercido de primer ministro tras la caída de Romano Prodi. Huelga decir que Berlusconi había retomado el poder (político) en Italia, por lo que la entrevista versaría en buena parte sobre esa figura sin par que, de haber nacido en nuestro país, podría ser el cruce resultante de Mario Conde con Jesús Gil. El hombre que recogió el testigo del eurocomunismo sembrado por Enrico Berlinguer tomó entonces la bala en su mano y, presumiendo al tiempo de su amistad con Yaser Arafat y Abu Mazen, comentó: “La recogí en la iglesia de la Natividad en Belén”. Segunda intifada. El templo, sitiado y sometido a fuego. Siete palestinos muertos.

Hubo dos preguntas aparentemente inocentes que fueron respondidas como procedía. ¿Cómo se explica que los italianos reeligieran a Berlusconi en 2001? ¿Sería hoy quien es si no fuese por Bettino Craxi? D’Alema, lógicamente, dijo que los ciudadanos, hastiados de los políticos, le habían votado porque creían que era la persona justa “para hacer crecer el país y hacer ricos a todos”. También cargó contra el ex primer ministro socialista —quien, enfangado, terminó huyendo a Túnez, donde murió— y, de paso, contra “la derecha democristiana” por ayudar al Cavaliere a trepar mediáticamente.

D’Alema, por supuesto, no entonó en momento alguno el mea culpa, el suyo y el de la izquierda italiana, pero aquellas cuestiones también aludían a su paso por el Gobierno. La coalición progresista tenía la obligación, tras la derrota de Berlusconi en 1996, de cercenar las anomalías y malformaciones que suponían, además de los problemas con la Justicia del líder de Forza Italia, el conflicto de intereses, el monopolio audiovisual y la concentración de medios.

Parecería ingenuo pensar que la izquierda simplemente subestimó a Berlusconi (así fue: ganaría dos elecciones más y, a estas alturas, ha encabezado cuatro gobiernos) y todavía hoy resulta sorprendente cómo El Olivo no ejerció su responsabilidad, aplicó las leyes existentes y sacó adelante otras que ayudasen a poner en su sitio al Cavaliere, herido de muerte en la enfermería de una plaza de toros portátil. Con los jueces encima, sus empresas necesitadas de créditos y la obligación a la vista de tener que desprenderse de alguna de sus televisiones, Berlusconi recibió la providencial asistencia del primer ex líder comunista que gobernó un estado de Europa Occidental.

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