
Cada vez que Fraga se despierta, la Cidade da Cultura sigue allí: una mole que se le apareció al expresidente durmiente de la Xunta en un rapid eye movement de esos y que no tardó en ser materializada por el arquitecto Peter Eisenman en el monte Gaiás. Antes, cuando los peregrinos llegaban a Santiago de Compostela, el rollo era ver la Berenguela en lontananza: hete allí la catedral, con sus pétreas uñas arranha-céus, imponente. Ahora, cuando bajas en Ryanair, te dejas el pescuezo en el sitio, impotente, intentando acaparar con la vista los 150.000 metros cuadrados de cuarcita, una piedra que tuvieron que traerse de Brasil porque la de aquí había sido esquilmada, imagínense el tamaño del faraónico patchwork.
Yo ya había hablado del Gaiás, ese King Kong de la cultura, pero no lo había pisado hasta este verano. Fue entonces, en un viaje vespertino al fondo de sus entrañas, cuando me di cuenta de que a Fraga le podía caber el Estado en la cabeza, pero no la Cidade da Cultura. Lo que para Don Manuel fue un sueño, para los sucesores en el sillón presidencial está resultando una pesadilla. Ya no importa tanto el estratosférico gasto del armazón (400 millones de euros) como el relleno de la empanadilla: faltan toneladas de cuadros, libros, artistas, esculturas, músicos y ya no digamos políticos para saciar al monstruo.
Tenemos, eso sí, una instalación de tres pares de megalómanos cojones –como se aprecia en la foto de Miguel Riopa– y una performance fallida. Vamos, que han montado una Brasilia en medio del monte y, aparte de no haberle encontrado una utilidad a precio de saldo, se han olvidado a los conselleiros y funcionarios en la capital, que sería una forma de remendar el marrón. ¡Burp!, que diría el bicho.
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Lo bueno de los gallegos es que Rajoy también puede serlo. Ya lo había escrito Castelao: el habanero vuelve a casa con un crío a cuestas, que crece en Galicia, desanda sus pasos para emigrar a Cuba y, a la postre, termina retornando, al igual que el emigrante que lo trajo, por aquello de la morriña. Rosa Díez, si ella quisiese, también podría ser gallega y, sin proponérselo, hasta prima de Gloria Lago. José Montilla —o Josep, nunca se sabe—, igual. Aznar ya lo tiene más chungo, por mucho que se empeñase en blandir el concepto integrador plasmado por Castelao en Sempre en Galiza.
El ex aprecia a Rajoy y cree que podría gobernar España con buen criterio pese a ser gallego, nadie es perfecto. También lo era Franco —Francisco, no Battiato— y terminó como jefe, ejecutivo y ejecutor, del Estado. Y Portela Valladares y Casares Quiroga, presidentes del Consejo de Ministros durante la Segunda República, antes del golpe. Está claro que unos bajaron para que otro subiese, por eso que lo de la escalera, por mucho que se esfuerce el marido de la concejala de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid, no siempre funciona.
Pedro J se lo llevó a su tele, y allí le preguntó por el certificado de autenticidad del “cliché” de “indeciso y poco resolutivo” que le atribuyó al presidente del PP. “No, no. Sinceramente, yo creo que él tiene una gran experiencia y una muy buena capacidad de resolución”, respondió Aznar. “Lo que pasa es que tiene su personalidad, su estilo, su modo de ver las cosas, su modo de actuar, su origen gallego y su ejercicio de gallego”.
¿Qué es eso de gallego, de ser gallego? (leer más…)
Cuando se produce un cambio de gobierno, el electrizante suelo de las redacciones de los medios de comunicación públicos tiembla. El baile de caras, por ordinario y frecuente, parece lógico, natural: poco importa que el que salga sea un profesional como la copa de un pino y el que entre, un inepto, un sobrino.
Así, rostros significados y que se han significado, cartas marcadas, tienen las puertas de su despacho, de su estudio o de su plató entreabiertas desde que comienza el recuento electoral. Luego, una noche insomne, enciendes la radio y no reconoces la voz. O te echas el tenedor a la boca y sientes un escalofrío ferruginoso y extraño por haber sentado a tu mesa a una señora forastera que no para de soltar noticias por la suya. Pero bueno, sigues ahí, plantado en el dial, dejando en paz el mando de la tele, porque crees que terminarás acostumbrándote, al igual que lo hiciste con el nuevo médico de cabecera.
Lo que importa, piensas, es que te cuenten que están arrasando la Amazonia para plantar soja o que a continuación vas a escuchar lo último de Femi Kuti. Te quedas con el etanol y con el subidón de afrobeat. Te olvidas del gesto amable o del tic desasosegante de antaño, de la dicción nasal o cazallera que mullía el vacío entre canción y canción.
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Dos cámaras del mausoleo de Fraga han sido inauguradas con pompa, boato y maltrato de billetera. El inacabado complejo proyectado por Peter Eisenman, presupuestado por un porrón de millones que no para de dilatarse y conocido como Cidade da Cultura (arriba, fotografiado por Miguel Riopa), contiene, por ahora, una biblioteca y un archivo. No lejos del monte Gaiás, se alza otra ciudad, con minúsculas, de la cultura. Mientras una ejerce de pozo sin fondo, deglutidora de euros y metáfora de la falta de ideas de la clase política —aquélla, ésa y ésta—, que no sabe qué diantres hacer con el King Kong ni con su hambre feroz; la otra, Santiago de Compostela, adolece de espacios para organizar conciertos de pequeño aforo.
Es sólo un ejemplo que refleja las carencias de la pedregosa urbe, capital de la lluvia, antaño referencia cultural de Galicia. Apenas hay locales para las bandas emergentes o para las consagradas que sólo alcanzan a congregar a una inmensa minoría. Faltan sitios y apoyo para poner en práctica la cultural real, la que se ve pero también la que se hace: ser participante y no mero espectador; la cultura de la que nace cultura, como un Gremlin, y en Compostela, por agua, que no sea; la cultura de la caña, no de los peces. Claro que, a la procura del rédito político, viste más un Gaiás que un circuito liliputiense donde se crea, se destruye y se transforma. Más también una visita de U2, de Bruce Springsteen, de Britney Spears, de quien dé para vocalizar patata y salir bien centrado en la foto.
Digo yo —que podría agradecer, como sufrido declarante de a pie, un bolo subvencionado y, consecuentemente, a precio asequible de algunos artistas que han pasado por Galicia, de Bob Dylan a Van Morrison— que será mejor sembrar la cultura y dejarla crecer de abajo arriba que gastarse la pasta en obras faraónicas y grandes fastos, de los que poco queda, más allá del recuerdo, una vez apagados los rescoldos. Bien es verdad que la Cidade da Cultura, como el dinosaurio, seguirá allí. Pero con sus tripas rugiendo, absorbiendo partidas y pidiendo cada día más y más.
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P.S.- No dejen de leer Galicia, tierra de faraones, de J.C. Escudier, tan certero como de costumbre, ni tampoco Queda inaugurado este pantano, del no menos lúcido X.M. Pereiro.
Hay anécdotas que valen más que mil disquisiciones sobre política lingüística. Al hilo del affaire Agustín (Fernández Paz), que ha rechazado el Premio Cultura Galega das Letras en desacuerdo con las medidas en la materia impulsadas por la Xunta de Alberto Núñez Feijóo, me ha venido a la cabeza una escena que pone en evidencia el decreto del gallego, un idioma condenado a la desaparición en las ciudades. Ah, ¿pero existía?
Mis amigos Susana y Carlos tienen una hija encantadora llamada Lili, de origen etíope y cuya lengua es el gallego. Un día cualquiera, Lili jugaba con unos niños de su (corta) edad en A Coruña cuando…
Paréntesis: A Coruña es una urbe donde, pese a la extracción rural de buena parte de sus habitantes, el español es con diferencia el idioma más hablado. Un ejemplo de la esquizofrenia lingüística que sufre Galicia, puesto que muchos de los jóvenes y no tanto que hablan castellano fueron criados por padres y abuelos gallegohablantes que, cuando se establecieron en la ciudad, dejaron atrás el gallego y optaron por el español para desenvolverse en diversos ámbitos de la vida y, sin duda alguna, para educar a sus hijos. No ha ocurrido siempre así, pero basta con darse un paseo por sus calles para comprobarlo: no importa el origen, la formación o la billetera, todo quisque habla español.
Jugaba Lili, decía, con unos chiquillos coruñeses, cuando uno de ellos, incrédulo ante lo que mascullaba la pequeña, preguntó:
— Mamá, ¿por qué Lili habla inglés?
Cuando Santiago Sierra rechazó el Premio Nacional de Artes Plásticas, los medios españoles se hicieron eco de la última performance del artista. Ayer, el escritor Agustín Fernández Paz rehusó el Premio Cultura Galega das Letras, pero el hecho no mereció la atención de la prensa gallega. Más allá de blogs y redes sociales, apenas un diario parecía conceder importancia en su edición digital al coherente gesto del autor de O único que queda é o amor, merecedor del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 2008.
Fernández Paz ya había advertido de su animadversión hacia los galardones que concede la Xunta de Galicia —y que sustituyen a los Premios Nacionais da Cultura, creados por el bipartito— en un manifiesto de la plataforma Prolingua que ponía a caldo al presidente autonómico, Alberto Núñez Feijóo, por “legislar por vez primera” en contra de la lengua gallega.
El literato ha sido congruente porque, como sostiene en el escrito, no quiere que la aceptación del reconocimiento sea utilizada para sancionar políticas que atentan contra la lengua vernácula. La prensa autonómica, interesada en la perra de Santiago Sierra y ducha en descubrir la ascendencia gallega de buena parte de los mortales que protagonizan sus titulares, no.