Publicidad

Nós tamén somos vós

Por Henrique Mariño Etiquetas: ,
24 jun 2011

Ilustración: Manuel Pazos

 

Eu viña dos tangos arxentinos de Carlos Gardel, das rancheras mexicanas de Rocío Durcal, do gospel vasco de Mocedades, do pop galego de Pucho Boedo e Los Tamara… Porque, musicalmente, crieime dentro dunha caixa de zapatos –como non podía ser menos– ateigada de casetes que meu pai gardaba baixo o mostrador da tenda, onde repousaba un vello reproductor de marca Philips.

O máis moderno era o Callypso de Harry Belafonte, que moitas voltas ten dado ata que o meu padriño, Fernando Macías, Rocker para os seus amigos, lle regalou unha cinta que, facendo honor ao seu alcume, contiña gravacións do que daquela rompía a pista. Lembro, por exemplo, Fai un sol de carallo, de Os Resentidos, e Lo estás haciendo muy bien, de Semen Up, que co paso dos anos terminaría comprando en vinilo, un mini elepé editado por Mario Pacheco, que coa sua recente morte acaba de deixar orfa a discográfica –en crise, como todas– Nuevos Medios, que tanto fixo polos novos flamencos.

A cinta aquela, para min, supuxo unha revolución nunha casa na que non se collían os 40 Principales, xa non falemos de Radio 3. Pero, para que negalo, agora que estamos en San Xoán, tamén sonaban con profusión as marchas militares que meu pai compraba por correspondencia, en packs de catro casetes que viñan dentro dunha caixa, como as dos VHS, debidamente ilustrada. A marcialidade non logrou colarse polas miñas orellas, pese a que por aquelas datas, por se non abondasen as sesións enlatadas do inverno, tocaba a doble ración que, en vivo e en directo, nos proporcionaban as bandas militares de rapaciños –entón, para min, mozos– que tocaban a paso lixeiro polas rúas de Carballo.

Así foi durante anos, nos que a excepción ao cofre de cartón do meu pai eran algúns concertos de bandas locais no vello palco da rúa Coruña, a onde eu me subía para contemplar ao público, con beisboleiras e tupés rockabillies, dándolle as costas ao grupo de turno, que mesmo podía ser Los Enkfermos. Toda unha experiencia para un mocoso máis pendente das pintas daquela movida carballesa que da música mesma.

Entón, a comenzos dos noventa, tería lugar un concerto no San Martiño que marcaría a miña vida, no só musical, para sempre. Naquel palco de táboas, o mesmo polo que pasaran as bandas da vila Jesse James, Trámites ou La Crema, plantouse un combo madrileño que tivera a ben bautizarse como Los Enemigos. Os camerinos, por chamarlle dalgún xeito, eran dúas furgonetas atravesadas. Apenas un cento de persoas, aínda que Xurxo Chapela sempre di que só eran cincoenta, presenciaban o concerto. Había dous tipos, embutidos en denim e coiro, que me chamaran moito a atención, porque parecían que levitaban ante aquela música (hoxe penso que, máis que entrar en trance, abaneaban…). Chovía, eu non pasaba dos quince anos e o que sonaba alí arriba era La vida mata, tal vez o mellor disco da historia do rock español.

Fai cinco anos, os fans da banda (agrupados no Foro de Los Enemigos e, máis tarde, na web Requesound) pedíronme para a súa festa anual, coñecida como Desencuentro Enemigo, que lles lera o pregón. Non puiden ir, porque daquela andaba por Sao Paulo, pero mandeilles un texto que remataba así:

“Con tales antecedentes, la presencia en aquel concierto fue determinante para mis oídos y, lo que es más importante, para mí. Entonces, entre la distancia que mediaba entre el palco y el escaso público, había dos mendas vestidos de cuero y ropa vaquera que sujetaban unos vasos cuyo contenido no tardaría en apreciar. Si en aquel momento, flipaba, ahora sé que yo fui uno de ellos años después, y me gustaría pensar que –entre los tantos conciertos de Los Enemigos que he presenciado por media España, de Granada a Barcelona, de Valencia a Córdoba, de Medina del Campo a un pueblo de Murcia de cuyo nombre no me acuerdo– allí, en medio del público, había un quinceañero que también flipaba con Josele Santiago y familia.

Veinte años no es nada, decía el tanguero. Los cojones. Veinte años han sido nuestra vida. Una existencia vivida con banda sonora de Los Enemigos. A mí, su música me ha hecho más feliz. He llorado, reído, saltado, gritado, soñado y, así, hasta agotar los participios”.

Logo viñan os vítores, os vivas e un Dios te salve, Josele Santiago. Agora, os aplausos gustaríame adicarllos a todos os grupos e pinchadiscos carballeses, pasados e presentes, que axudaron a construir da nada unha cultura pop e rock. E tamén, especialmente, aos promotores de concertos, xente como Juan Ramón, Graña, Deus, Guitoi, Kiko e tantos outros. Nós, grazas ao voso interés e esforzo, tamén somos vós. Clap, clap, clap.

________________________________________________________________

Tamén estou en Twitter e Facebook.

Los Enemigos, fin de ruta

Por Henrique Mariño Etiquetas: , ,
16 dic 2010

Hace 10 años, la —probablemente— mejor banda de rock español mascaba su epitafio.
La sangre aún me hierve narra el diario de ruta de la grabación del primer disco en directo de Los Enemigos, Obras escocidas. Vivan en paz.

El marketing nació en Malasaña

Mucho antes de que las grandes superficies colocaran los superventas junto a las cajas registradoras, un grupo madrileño halló una castiza y original fórmula para vender su debut. En el bar Velarde se despachaba Ferpectamente, caña de cerveza y tapa de chorizo incluidas, por un módico precio: 1.000 pelas. La estrategia dio sus frutos (10 discos, dos B.S.O. y una retahíla de rarezas y colaboraciones varias desde 1985), aunque aquella banda, Los Enemigos, no pasaría de vender una cantidad de elepés maja, pero claramente inferior a su calidad.

La paradoja es que si cada persona que asiste a un concierto comprase su CD, el cuarteto coleccionaría discos de oro. Extraños resortes de la industria al margen, ahora podría darse el caso. Granada, Madrid, Valencia y Santiago de Compostela han sido las plazas donde Los Enemigos ha grabado su primer disco en directo, Obras escocidas, 1985-2000 (Chewaka/Alkilo), a la venta el 12 de febrero: un repaso a la discografía enemiga en 37 canciones, de la mano de colegas como Julián Siniestro, Rosendo o Los Planetas. La Luna tiró de carretera y manta para dar cuenta de los pormenores de una gira protagonizada por espontáneos plastas, cursos acelerados de inglés, litros de tónica y soledades de escalera de hotel. Bienvenidos a la máquina del tiempo de Los Enemigos.

Granada, conexión interestelar

Sala Industrial Copera, 28 de octubre de 2000, psicodelia en el escenario. Fino ha reclutado a Los Planetas para un experimento conjunto. «Jota estaba acojonado porque es muy así. “Yo no sé cantar”, dice. “Mira, Jota, tú siente la canción, no la tienes que hacer como Josele. ¿Cómo vas a desgarrar tú la voz? Hazla tuya y cántala a tu manera”. Ha quedado muy bien. Incluso me ha dicho Josele: “Jota es de las pocas veces que ha estudiado”».

Josele Santiago (voz y guitarra), Fino Oyonarte (bajo y coros), Manolo Benítez (guitarras) y Chema Animal Pérez (batería) no están solos. Les acompaña un vigués afable con pinta de bonachón con un currículo muy lucido: al mando de teclado y guitarras, Pablo Novoa, ex Golpes Bajos y La Marabunta; músico de Los Ronaldos y Julieta Venegas… La sala, metalúrgica y trallera, hasta los topes. Alternando temas cerveceros con composiciones más intimistas, la apoteosis colectiva se desata con John Wayne y Septiembre. Josele, un santo, se deshace como puede de una corpulenta chiquilla que consigue subir al escenario en dos ocasiones. En la última, esquivando a los técnicos, logra darle un beso al cantante más abstemio del país.

Josele ya no bebe. «He notado las papeleras más llenas. Le doy más vueltas a las canciones. Hace tiempo, las daba antes por terminadas». Rafa Fustes, encargado del Flamingo (bar-refugio enemigo) no verá peligrar sus reservas de whisky: «Estaba harto y ya toca disfrutar un poco. Como la sobriedad es algo bastante nuevo, me paso el día flipando. Ahora no sé cómo voy a terminar la jornada y eso motiva bastante. Recuerdo que una vez me invitaron a un viaje por el desierto de Mauritania y tuve que rechazarlo. ¿Qué iba a llevar en la mochila? ¿Cuarenta botellas o qué? Básicamente, he conseguido libertad». Así nació Tengo que hacer los deberes, el único tema inédito. «Está parido en casa de Cristina, mi chica, en Santiago, donde paso la mitad del año. Es la primera canción que he compuesto después de beber. Y de ello trata: es una despedida de los bares, mayormente. Ahora entro en alguno, pero en seguida me aburro. La tónica llena mucho».

(leer más…)