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Rajoy vendiendo Españas

Por Henrique Mariño Etiquetas:
03 dic 2011

España se argentiniza. Te metes en el metro de Antón Martín, rumbo norte, oficinas y tal, y la sofisticación del vendedor ambulante medra. Es como si hubiesen instalado las estaciones de Pueyrredón, Corrientes y Pasteur en la línea azul y el Madrid de la crisis fuese el Buenos Aires de antes del corralito, cuando le comprabas un rotulador fluorescente a un vendedor ambulante del subte y te creías que te había vendido un Ibiza amarillo limón tuneado. Avanzas por la línea uno y los menos ofrecen klennex, tal vez conscientes de la sensación del cliente sonándose en la Cañada Real. Ahora se lleva, por ejemplo, el mechero-linterna, para que el niño se entretenga o la abuela pueda encontrar las llaves en el pozo negro del bolso antes de que nos den las uvas. Literal, pero nada comparable a las técnicas del crupier porteño, que te endosa un póquer de ases donde en realidad hay una escalera de morralla. Una vez casi me venden un elefante en Bulnes y yo, en vez de felicitar a aquel viajado comercial del Harrod’s, me interesé por la dieta del paquidermo, no fuese a ser que sólo se alimentase de alfajores Cachafaz. España, adonde antes llegaba todo con dos años de retraso, ha tardado una década en importar las técnicas de venta subterráneas. Cuando nos despistemos, los buses de la EMT se habrán transfigurado en una feria de oportunidades sobre ruedas, como allá, donde media hora de colectivo te da para hacer la compra de la semana. El metropolitano madrileño ya se ha convertido en el espejo de la crisis, como antes fue el reflejo de la inmigración. A este paso, llegará un momento en que no haya negocio para todos y algunos tengan que emigrar. Me imagino a Rajoy en el metro de Berlín, con su labia amordazada, vendiendo Españas. Sólo que allí no le valdrá el cubileteo somnífero que lleva resonando desde hace tres años por estos pagos. En la próxima estación toca descubrir los dados.

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El zapateado de Beiras

Por Henrique Mariño Etiquetas: , , , ,
14 abr 2011

Ecos del último rugido celta. El otrora portavoz nacional del Bloque —cuando la gente se preguntaba: ¿qué significará eso de portavoz nacional?— vuelve a descalzarse. Entonces, en plena resaca posolímpica y cartuja, recién bautizado el Pelegrín, la primera mascota macabra, Beiras se quitó el zapato y le sacó lustre al escaño a lo Khrushchev, o Jruschov, o Khrushchev, o Kruschov, o Krusev, o Khrushchov, o Kruschev: Nikita, el ruso. Protestaba por algo, qué mas da qué: era antes del despegue y había que tomar cuerpo en un Parlamento gallego dominado por las huestes conservadoras de Don Manuel.

- ¿El nieto de Fraga?

- No, el de siempre.

Beiras, decía, agarró el zapatófono y le puso un cable a la bancada del PP y, de paso, a la parroquia votante, que ya empezaba a dar crédito a aquel dandi bobo —de bourgeois, de bohemian— que años antes había escrito la biblia económica del nacionalismo gallego, O atraso económico da Galiza, donde recogía el testigo ideológico del Sempre en Galiza de Castelao y esquivaba la aureola romántica del corajoso emigrante aferrado a su hatillo para condenar la vulneración del derecho de un individuo a desarrollarse en su propia tierra, sin necesidad de tener que recorrer mundo para ganarse las habichuelas.

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Señor Aznar, hasta Rajoy puede ser gallego

Por Henrique Mariño Etiquetas: , , ,
01 abr 2011

Lo bueno de los gallegos es que Rajoy también puede serlo. Ya lo había escrito Castelao: el habanero vuelve a casa con un crío a cuestas, que crece en Galicia, desanda sus pasos para emigrar a Cuba y, a la postre, termina retornando, al igual que el emigrante que lo trajo, por aquello de la morriña. Rosa Díez, si ella quisiese, también podría ser gallega y, sin proponérselo, hasta prima de Gloria Lago. José Montilla —o Josep, nunca se sabe—, igual. Aznar ya lo tiene más chungo, por mucho que se empeñase en blandir el concepto integrador plasmado por Castelao en Sempre en Galiza.

El ex aprecia a Rajoy y cree que podría gobernar España con buen criterio pese a ser gallego, nadie es perfecto. También lo era Franco —Francisco, no Battiato— y terminó como jefe, ejecutivo y ejecutor, del Estado. Y Portela Valladares y Casares Quiroga, presidentes del Consejo de Ministros durante la Segunda República, antes del golpe. Está claro que unos bajaron para que otro subiese, por eso que lo de la escalera, por mucho que se esfuerce el marido de la concejala de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid, no siempre funciona.

Pedro J se lo llevó a su tele, y allí le preguntó por el certificado de autenticidad del “cliché” de “indeciso y poco resolutivo” que le atribuyó al presidente del PP. “No, no. Sinceramente, yo creo que él tiene una gran experiencia y una muy buena capacidad de resolución”, respondió Aznar. “Lo que pasa es que tiene su personalidad, su estilo, su modo de ver las cosas, su modo de actuar, su origen gallego y su ejercicio de gallego”.

¿Qué es eso de gallego, de ser gallego? (leer más…)