
Foto: Marcelo Sayão / EFE
Cuando ya nos habíamos acostumbrado a la política del eufemismo, llega la política del oxímoron. El rescate griego o el ajuste de la plantilla de su empresa valen como ejemplos de la primera. En cuanto a la segunda, basta con encender la tele y contemplar el despliegue —o sea, la ocupación militar con blindados— que el Ejército y la Policía han llevado a cabo en la favela carioca de Rocinha, bautizado por las autoridades brasileñas como Operación Choque de Paz. Acojonante.
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La explicación al título de este post —aviso para neófitos y despistados— la tiene Élodie. Los episodios de violencia que desangran Río de Janeiro han motivado que deje para otra ocasión la filmografía de la actriz francesa y opte por unos remedios elaborados en el corazón de la favela para mitigar el tedio y el abatimiento dominical.
Libro. Tropa de Élite (Luiz Eduardo Soares, André Batista y Rodrigo Pimentel; Libros del Lince). ¿Quiénes son esos tipos de negro que suben favela arriba, a la caza de narcos, luciendo un escudo con una calavera atravesada por un machete y dos pistolas? Un ex secretario nacional de Seguridad Pública y, precisamente, dos ex miembros del BOPE escriben a seis manos un libro inspirado en las operaciones especiales del cuerpo de élite de la Policía Militar de Río de Janeiro, un batallón hasta hace unos pocos años incorruptible e incorrupto.
Ensayo. A Prisao (Publifolha, 2002). El abogado criminalista Luís Francisco Carvalho Filho, reflexiona, más allá de la estadística, sobre un sistema carcelario que tiene como teórico y utópico objetivo regenerar a los delincuentes brasileños. En esta entrevista, el autor critica las lamentables condiciones en los presidios, cuna del paulistano Primeiro Comando da Capital y del carioca Comando Vermelho, dueños y señores del crimen organizado en las dos principales ciudades de Brasil.
Filmes y documentales. Inspirado en el citado libro de realidad ficción, Tropa de Élite, llevado al cine por José Padilha en 2007. Superpolis contra traficantes. “Muere o mata”. Litros de glóbulos rojos como los que supuraban los protagonistas de Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002), la otra cara de la moneda cinematográfica, que cedía el protagonismo a los narcos Zé Pequeno y Mané Galinha, enfrentados por el control de las drogas.
Películas realistas alejadas del morro bucólico que sirvió como escenario a Orfeo Negro (Marcel Camus, 1959), una exaltación de la música popular brasileña de la mano de Antonio Carlos Jobim, filmada décadas antes de que la violencia anegase los barrios pobres de la cidade maravilhosa. Una ferocidad reflejada, con más crudeza si cabe, en el caleidoscópico documental Noticias de una guerra particular (Katia Lund y Joao Moreira Salles, 1999) y en Bus 174 (José Padilha, 2002), cuyas imágenes verídicas del secuestro de un autocar en Río serían dramatizadas por Bruno Barreto seis años más tarde en el filme Última parada 174.
Productora. Pax Filmes. El cineasta Paulo Pons y el empresario Alceu Passos se plantearon cómo hacer en Río películas de bajo presupuesto, hasta 40.000 euros, con cámaras digitales. Temática variada y target universal. Cinema vérité carioca, que ya ha dado sus frutos: Vinganza, del propio Pons, una cinta de suspense; Os realizadores, un documental de ficción que satiriza el cine desde dentro; Espiral, una propuesta experimental de humor negro grabada, con dos cámaras, en una sola toma; o Maiores e menores, que presenta a una panda de niños bien que practican sexo en grupo, dentro de coches aparcados en centros comerciales, hasta que alguien los graba y las imágenes son difundidas a través de la red.
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“Si nos topamos con un cabrón de esos, que se despida: va derecho a la tumba”. Así se las gasta el Batallón de Operaciones Policiales Especiales (BOPE), el temido cuerpo de la Policía Militar de Río de Janeiro, que no duda en entrar en las favelas como un elefante en una cacharrería para hacer frente a los traficantes de drogas. Primero disparan y luego preguntan, uniformados de negro y con su símbolo bien visible: un cuchillo clavado en una calavera. “Uno mata o muere”, confesó uno de sus agentes en el libro Tropa de Élite, llevado al cine por José Padilha en 2007. “La sangre es un veneno: cuanto más se la derrama, más fertiliza el odio”.
Hoy les ha tocado la favela de Vila Cruzeiro, en el norte de Río, donde los bandidos se han hecho fuertes. Pero, en esta ocasión, han contado con seis tanques blindados [el M113 es un transporte blindado de personal o vehículo blindado de combate] de la Armada como compañeros de viaje. Su misión será despejar el camino a los hombres de negro y poner fin a los ataques y quema de vehículos que han puesto en jaque a la población y a las fuerzas del orden desde el pasado domingo. Son, en total, 150 bopes, 200 miembros de la Policía Civil y 30 fusileros navales con pintura de guerra en sus rostros. Allí les espera el Comando Vermelho.
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Si está interesado en los porqués del estallido de violencia en la cidade maravilhosa, le recomiendo que lea el reportaje: Río de Janeiro, ciudad sin ley.
- Libros, filmes, ensayos y música para entender el conflicto: No quiero morir un domingo.


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La violencia ha vuelto a estallar en las favelas de Río de Janeiro. Todo comenzó el domingo, cuando los narcos atacaron puestos de policía e incendiaron vehículos en represalia por el despliegue de las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) y por el traslado de presos a cárceles federales. Desde entonces, la Policía ha contabilizado hasta este jueves 34 muertos en operaciones contra presuntos criminales. La última ha tenido como objetivo Vila Cruzeiro, ocupada por seis tanques de la Armada, que le han abierto el camino a policías, militares y agentes especiales del temido BOPE.

Explicar qué es el cielo y el infierno no resulta fácil, pero hay metáforas que ayudan a hacerlo. Río de Janeiro simboliza ambas cosas. El paraíso está al nivel del mar, que humedece las playas de Ipanema y Copacabana, con sus cuerpazos al sol y sus terrazas donde tomarse una cerveza con colarinho, bien fresca, al ritmo de la samba y los contoneos de la chavalada. No lejos de allí y ajeno a los ojos del turista, el averno ha ocupado los morros (cerros) de la cidade maravilhosa: pobreza, violencia, marginalidad, narcotráfico, fracaso escolar, crimen, esperanza de vida menguante… El mundo al revés: arriba el infierno y abajo el cielo.
La capital turística y cultural de Brasil, donde cada día mueren violentamente unas veinte personas, sin contar a los desaparecidos, albergará el Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016. Muchos habitantes de Chicago, Tokio o Madrid, que aspiraban a llevarse los seis aros a casa, todavía se preguntan cómo es posible que una de las urbes más violentas del planeta albergue un evento semejante. Infraestructuras al margen, Río es una ciudad insegura, con tres mafias que dominan el tráfico de drogas, grupos paramilitares que intentan desplazar a éstas para imponer su propia ley, y una policía violenta, corrupta y de gatillo fácil. Nadie pone en duda el esfuerzo de autoridades políticas y policiales para controlar la situación durante el desarrollo de ambas competiciones deportivas, pero a día de hoy la situación pone los pelos de punta.
Las favelas tienen en Río, a diferencia de las bidonvilles o villas miseria de otras latitudes, una particularidad. Están en las lomas de las montañas. Su nacimiento se remonta a principios del siglo pasado, cuando el Gobierno cedió a algunos militares terrenos en alto en compensación por los servicios prestados en el frente. En aquellas montañas próximas a la costa, que confieren a la ciudad esa belleza característica, capricho de la naturaleza, crecía la planta de la favela. Ésta dio nombre al Morro de la Favela y, con el tiempo, a todas las construcciones de infraviviendas que comenzaron a surgir en las zonas de la ciudad donde el ladrillo de los ricos, blancos de origen europeo, no había llegado. Allí se estableció, y lo sigue haciendo, la población negra y mulata del noreste de Brasil. Inmigración interior y de escasos recursos.
Pobre no significa malhechor
Aunque con el paso de los años también han proliferado los poblados de chabolas en áreas más llanas de la periferia, las zonas nobles de Río, sembradas de riscos, están flanqueadas por barrios humildes. El Hotel Sheraton, por ejemplo, tiene unas maravillosas vistas a la playa de Leblón, pero si al cliente le toca la habitación equivocada se topará con un panorama más modesto: el de la favela de Vidigal. Y, para ahondar en la paradoja, desde el citado arenal la más bella estampa es la que proporcionan los cientos de lucecitas que de noche brotan allá arriba, o sea, en el corazón de la pobreza.
Y pobre, quede claro, no significa malhechor. Buena parte de sus moradores son trabajadores que cobran sueldos míseros y sacan adelante la ciudad. Mano de obra barata que permite tener a varios camareros tras la barra o a un par de chachas en casa. Ellos, en el fondo, son víctimas por partida triple: por no tener un duro y cargar con los trabajos más ingratos, por sufrir la violencia de traficantes y policías, y por tener que cargar con el sambenito de favelados, o sea, los que moran en la favela.
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