Cómo rodar el fracaso

Escudriñar lo cotidiano no siempre es fácil, sobre todo cuando no sabes muy bien por dónde te vienen dadas. Conviene acotar, darle al pause y como si de un cuadro viviente se tratara comenzar a diseccionar la realidad para saber dónde y cómo se jodió. Con todo, las posibilidades de éxito son más bien exiguas.

En Pas à Genève, primer largometraje del “colectivo artístico” lacasinegra, un grupo de jóvenes cineastas se embarca en la mesiánica e inane tarea de cartografiar un trozo de mundo. Pertrechados con cámaras y micrófonos, barren un descampado ginebrés con delicadeza quirúrgica registrando lo intrascendente, el detalle del detalle, fragmentos de un paisaje anodino que no invita a la demora.

El resultado es, irremediablemente, una aproximación. Pero una aproximación sugerente en la que la voluntad de extrañamiento en cada uno de sus planos nos presenta la realidad despojada de artificio. Una aproximación que, como tal, encarna el fracaso de un proyecto utópico de raíz, pero que, de la mano de estos improvisados taxidermistas rupestres, queda retratado con personalísima honestidad.

La frustración por la tarea inacabada se solapa con esa sensación de transitoriedad e incertidumbre generacional. Una suerte de desasosiego vital que coincide, desde el exilio, con un Madrid en pleno apogeo quincemeyero. De fondo, hay neurosis, una obsesión melancólica por el detalle, por lo infra-ordinario. De fondo, hay también la necesidad de dotar de sentido lo que nos rodea, de pre-fabricar una realidad y hacerla inteligible.

Decía Perec en Especies de espacios que “escribir es tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva: arrancar unas migajas precisas del vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos”. Pas à Genève arranca unas pocas “migajas” a ese vacío y las hace suyas, demuestra –con honradez y sin ínfulas–, que el fracaso también es bello, y se puede rodar.