Miguel Arias y Cañete

Jorge Bezares

Desde que lo conozco, hace alrededor de 30 años, los enemigos de Miguel Arias Cañete le han llamado siempre Cañete. Debe ser que el apellido materno suena algo vulgar, como más propio de un número de Guardia Civil o de un oficial de primera de la construcción que de un abogado del Estado. Y lo utilizan, claro está, para intentar ofenderle.

Así lo llamaron las tropas de Rodrigo Rato, que ejerció de gaditano cunero desde que su padre lo colocó en las listas de Alianza Popular (AP) al Congreso por la provincia de Cádiz, cuando lo obligaron a abandonar la presidencia del PP provincial.

Eso sí, Miguel Arias se sacó de la manga a Juan Manuel Armario, un médico de Arcos de la Frontera que tenía como principal virtud ser un tipo muy centrado y normal en aquellos años en los que el centro-derecha español era muy de derechas y llevaba grabado a fuego en su ADN el pelo de la dehesa y los correajes del antiguo régimen.

Ese harakiri político se lo impuso el aznarismo  en 1989 tras haber sido persona de máxima confianza de Antonio Hernández Mancha, que duró apenas dos años (1987-1989) en la presidencia nacional de AP. Justo el tiempo que tardó Felipe González en ponerlo a los pies de los caballos del ‘clan de Valladolid’ que capitaneaban José María Aznar y Francisco Álvarez Cascos con la bendición de Manuel Fraga.

Sin embargo, cuando todo hacía indicar que volvería a su puesto de abogado del Estado en la Delegación de Hacienda de Jerez, Miguel Arias aguantó en el Parlamento Europeo durante 13 años, entre 1986 y 1999, contra todo pronóstico.

En esa travesía del desierto, Arias Cañete, presidiendo las comisiones de Agricultura y Política Regional del Cámara europea, se convirtió en uno de los mayores expertos de la Política Agraria Común (PAC) y se granjeó el respeto de todos por su actividad frenética, por su solidez intelectual y por su gran capacidad de negociación.

Perdonado por sus veleidades manchistas después acreditar fehacientemente su valía, Aznar lo nombró ministro de Agricultura en 2000 y Rajoy le entregó la misma cartera en 2011.

En su primera experiencia ministerial apareció de nuevo Cañete en estado puro por algunos sonados exabruptos – “el regadío hay que utilizarlo como a las mujeres, con mucho cuidado, que le pueden perder a uno”, llegó a decir que, en su segunda etapa, no repitió.

Todo hasta que, como cabeza de cartel del PP a las elecciones europeas pasadas, reaccionó con un derrote machista con Elena Valenciano, que en la víspera le había ganado un debate televisivo a dos a los puntos.

Así, con este sambenito machista, Cañete se enfrenta estos días al Parlamento Europeo para que le dé la bendición como comisario de Energía y Medio Ambiente. Para colmo, en este proceso democrático muy higiénico y necesario, está lidiando con un supuesto conflicto de intereses que parece superado tras vender sus participaciones en varias empresas petrolíferas.

Aunque ideológicamente estoy en sus antípodas y no respaldaría la mayoría de las decisiones ministeriales que ha adoptado- en la puesta en venta de La Almoraima y en la Ley de Costas estoy radicalmente en contra, por ejemplo-, no me creo nada la caricatura política de Miguel Arias que representa Cañete en estos momentos.

Es más, estoy absolutamente convencido de que Miguel Arias no es un machista militante, sino más bien todo lo contrario –si así fuera, en su casa y su entorno femenino lo hubieran corrido a gorrazos hace tiempo-. Puede que, a lo mejor, sea algo antiguo y un poco bocazas.

E, igualmente, pondría la mano en el fuego por él ante el conflicto de intereses que le han planteado. No ha estado ni está en política para alimentar las actividades empresariales familiares. No creo sinceramente que sea capaz ni que le haga falta.  Es más patriota que malandrín, que diría él mismo.

Por eso me sabe tan mal que un tipo de su valía pueda no pasar el corte del Parlamento Europeo. Y me sabe mal por la actitud que está adoptando el PSOE, que ya en su día, cuando era ministro de Agricultura, Pesca y Medio Ambiente, no fue capaz de sacarle los trapos sucios que ahora pretende airear en una sobreactuación irresponsable e injusta.