La España asimétrica

Jorge Bezares

En estos tiempos que corren hay que recurrir de vez en cuando a los medios de comunicación extranjeros para enterarse de lo que está ocurriendo en España. Suele pasar cuando el PP llegas a las playas de Moncloa. Sucedió en aquellos días trágicos tras los atentados del 11-M, cuando el Gobierno de José María Aznar susurró a los directores de los principales periódicos españoles aquello de “no te equivoques, ha sido ETA” y estos se lo compraron como un acto de fe o como una inserción de obligado cumplimiento.

Entonces, muchos españoles tuvimos que enterarnos  por la BBC de que los islamistas eran los autores de la masacre. Y más de uno tuvo la tentación subversiva de buscar en el dial la extinta Radio Pirenaica.

Ahora, a propósito a la deriva secesionista catalana, el prestigioso periódico The New York Times, en un editorial, titulado First the Scots, Now the Catalanas (“Primero los escoceses, ahora los catalanes”), aporta un análisis muy certero de esta grave crisis territorial que sufre España.

Según el periódico norteamericano, un asunto “tan complejo y tan emocional como la identidad nacional no se puede recudir a una cuestión puramente legal”. A su juicio, “hay espacio para el acuerdo político”, y se muestra convencido de que “una sólida mayoría” de los catalanes “votaría a favor de quedarse en España si sintiera que consigue una mayor parte del pastel económico”. Y no duda en que la línea dura de España con Cataluña hace que el independentismo sea “más fuerte, más pasional y potencialmente más peligroso”.

Asimismo, el NYT considera que el camino a seguir es el que se ha seguido en Escocia y en Quebec, donde los ciudadanos pudieron decidir su futuro y “demostrar que si se permite a la gente un debate abierto y una votación democrática sobre la autodeterminación, tal vez eligen quedarse en el sistema más amplio”.

Y advierte que “si las ambiciones nacionalistas se frustran, se volverán más fuertes, pasionales y potencialmente más peligrosas”.

En ese escenario estamos: la negativa del Gobierno del PP ha parado el referéndum a través del Tribunal Constitucional (TC), pero acabará dando alas a los independentistas. Que nadie se equivoque, eso es lo que va a pasar. Ni siquiera la ‘masmarrachada’ ideada por Artur Más de convertirlo en una consulta alternativa mientras prepara unas plebiscitarias, ni siquiera los pufos de los Pujol, van a mermar la reacción independentista que vaticina el NYT.

Ante esta evidencia, sólo cabe un acuerdo político, que pasa indefectiblemente por una profunda reforma constitucional,  para encontrar un encaje de Cataluña –y el del País Vasco- en una España federal y asimétrica que desarme al independentismo para los restos.

Ahora mismo, como he dicho en artículos anteriores, el principal problema que se vislumbra para llevar a buen puerto este proyecto de España es la incapacidad manifiesta que los actores principales, Rajoy y Mas, están demostrando para buscar un mínimo entendimiento que abra las puertas a ese proceso constituyente. Entre ellos no hay ni física ni química.

Pero no es el único ni el más importante. La posición de la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, que ha abrazo la política de Rafael Escuredo que tumbó la España de las dos velocidades que diseñó la UCD en el arranque de la Transición democrática, resulta un escollo insuperable incluso para el nuevo secretario general del PSOE, Pedro Sánchez.

Como una especie de aviso a navegantes, el portavoz del Gobierno andaluz, Miguel Ángel Vázquez, lo dejaba meridianamente claro hace unos días en un tuit: Diálogo sí, pero con todos. Solución al conflicto catalán sí, pero sin perjudicar a otros territorios”. Palabra de @mavazquezb, palabra de Susana Díaz.

No cabe ninguna duda de que esta defensa del café para todos le rentará lo suyo electoralmente de nuevo al PSOE en Andalucía. Otro 28-F en bandeja de plata. Pero no deja de ser una posición algo victimista, anclada en una solidaridad superada por los tiempos y en una igualdad de todos los españoles que es pura ficción. Y, sobre todo, que va a contramano del Estado federal que necesita construir España para mantener a Cataluña y el País Vasco y su propia unidad, pero también para  no perder el 25% del PIB nacional que atesoran estas dos comunidades.