Un problema de marca

Jorge Bezares

La presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, dijo la semana pasada, en una entrevista en El País, que comparte algunos asuntos con su secretario general, Pedro Sánchez, pero discrepa en otros. Esas diferencias, que pasan por la sobreexposición del líder socialista en los medios y algunas propuestas no debatidas internamente, le llevaron a aseverar a quemarropa que “Pedro Sánchez tiene una estrategia y yo tengo otra”.

Una dura crítica que si se hubiera realizado en el seno de un comité federal y no en un medio de comunicación estaría dentro de la cultura democrática que imperó en esos cónclaves socialistas en tiempos de Felipe González y que ZP eliminó por miedo a que los trapos sucios del PSOE se acabaran lavando en los medios de comunicación.

Aunque la sangre no ha llegado al río ni llegará posiblemente –y ahora explicaré por qué-, los papistas y correveidiles han convertido estas diferencias públicas entre Pedro Sánchez y Susana Díaz en el principio de una ruptura de relaciones, en una nueva crisis interna en el PSOE, en el pistoletazo de salida de la presidenta andaluza para desbancar a Sánchez por aplastamiento y hacerse con la secretaría general de los socialistas.

Según algunos conciliábulos y alguna cacatúa, que dicen hablar en ‘nombre de…”, la lideresa andaluza está arrepentida de no haberse presentado a las primarias y quiere ahora dar el paso cuanto antes.

Pero esta truculenta historia de puñalada trapera no tiene visos de ser cierta porque el problema que tiene el PSOE en estos momentos no es de liderazgo sino de marca. Y eso lo sabe Susana Díaz, y dudo muy mucho que algunos papistas que la rodean, antiguos enemigos reconvertidos al susanismo más extremo, puedan convencerla, con palabras hueras y elogios desmedidos, de lo contrario.

Las siglas del partido del viejo Pablo Iglesias tienen cada vez menos credibilidad y están a un repique de entrar en la senda de la refundación si sus actuales dirigentes no muestran algo más de audacia ante el tsunami Podemos que anuncian las encuestas incluso en Andalucía.

Si quieren captar la atención de la mayoría de la sociedad, los socialistas no tendrán más remedio que presentarse renovados de los pies a la cabeza, de ideas y personas.

El adanismo nunca ha sido bueno porque corta las raíces y nubla la memoria –ZP lo intentó practicar cuando compró el republicanismo de Philip Pettit-, pero, en el PSOE de los días que corren, lo que resulta fatal es el continuismo.

Por eso, invitar a la ruptura es casi obligado para cualquier líder socialista. Ruptura con las malas prácticas democráticas: corrupción, clientelismo, enchufismo, puertas giratorias, despilfarro, sectarismo, tráfico de influencias, etc. Ruptura con ese inmovilismo endémico que ha impedido la renovación y ha configurado una casta de imprescindibles.

Esa idea de poner pie en pared con esas prácticas despreciables y de meterle mano a los intocables, aliñadas con la urgencia del momento, llevaron posiblemente a Sánchez a tomar la iniciativa en el ‘caso de las tarjetas de Caja Madrid’, reclamando responsabilidades a los suyos antes que el PP hiciera lo propio con Blesa, Rato y los otros representantes populares. En definitiva, predicó con el ejemplo, aparcando las decisiones tácticas que pueden resultar impostadas.

¿Debe consensuar más? Posiblemente, pero sin dejarse en la gatera las competencias propias del secretario general que le entregaron en mano los militantes socialistas en las primarias.

Quien manda, manda, o lo toman por el pito de un sereno.

Es verdad que ha escocido y mucho entre la vieja guardia socialista lo de Virgilio Zapatero –más de uno ha debido poner su barba a remojar-, pero ese es el peligro que tienen las puertas giratorias cuando uno se queda atrapado en ellas aunque sea en contra de su voluntad.

En definitiva, la cada vez menor relevancia del PSOE se ha puesto claramente de manifiesto en la escasa trascendencia mediática que han tenido incluso las diferencias de estrategia esgrimidas por Díaz con respecto a Sánchez. Más claro, agua.