El grito

04 Feb 2015
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Como millones de ciudadanos de este país, el pasado sábado compartí el grito de cambio que lanzó Podemos en Madrid. Después de siete años de crisis, la manifestación era un acto de legítima defensa, más allá de los intereses electorales de los organizadores.

Era una terapia colectiva contra el austericidio que el PSOE inició con ZP, a contramano de su programa electoral, y el PP ha continuado entusiasmado y sin complejos con Rajoy hasta dejar el Estado del bienestar en purito hueso.

Era un grito por todos los caídos -parados, desahuciados, dependientes, jóvenes, mujeres, etc.- en esta tropelía política y bancaria. Pero sobre todo era una protesta contra la recuperación económica que el Gobierno nos impone como un trágala, como único menú del día en todos los telediarios.

Era, en definitiva, un acto de resistencia a un modelo económico que pretende dejar en la cuneta a un 20% de su población activa sine die, que está imponiendo unos salarios de mierda para que, como dijo cínicamente en su día la ministra de Empleo, los jóvenes españoles disfruten de las posibilidades del extenso mercado laboral europeo.

Era un puñetazo en la mesa contra este nuevo exilio que sufren muchas familias en sus carnes, contra la descapitalización intelectual que padece la España de los españoles.

Era un ‘no os votaremos, estamos firmemente decididos a botaros’.

Era un ‘no rotundo’ a un modelo educativo que solo busca segregar, embrutecer y convertir a los estudiantes en simples piezas de un gran engranaje para surtir a una industria inexistente.

Era un ‘no pasarán’ aquellos que quieren convertir la sanidad pública en una nueva beneficencia, en el cajón de sastre de un modelo privatizado, regalado a los mismos que construyeron ladrillo a ladrillo, pelotazo a pelotazo, mordida a mordida, la burbuja inmobiliaria.

Era un ‘basta ya’ a esta España convertida en una gran franquicia de la cueva de Alibabá. Era una apuesta por las cuentas en ‘a’ y no en ‘b’. Era un ‘váyase usted a la mierda y deje de robarme el futuro’.

Sin embargo, este grito no quiere decir que Podemos sea el único vehículo para recorrer el camino del cambio. Es verdad que su irrupción ha generado ilusión y esperanza, de que otra España, diferente a la que le gusta a los empresarios del Ibex 35, que apuestan cada vez más claramente por una gran coalición –con el PP al mando y el PSOE de PASOK-, es posible.

Pero no es menos cierto que Podemos genera todavía dudas. De entrada, a mí personalmente, tanta pureza me chirría. Es decir, simplemente no me la creo.

Los escandalitos que han sacudido a Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Juan Carlos Monedero y Tania Sánchez -es verdad que forman parte más de una cacería mediática que del lógico chequeo de los dirigentes de un nuevo partido y sus satélites- han debido servir para rebajar la alta consideración que tienen de sí mismo, para humanizarlos. Es de suponer que ya serán conscientes de que hasta ellos mismos tienen un muertecito en el armario.

En este sentido, el peligro al que se enfrentan es caer en la misma soberbia y chulería que ha caracterizado a la casta que quieren jubilar. Si persisten en aparecer como inmaculados, como impolutos, me temeré lo peor: otra casta viene de camino.

Tampoco me gusta nada la readecuación del discurso que está haciendo con fines puramente electoralistas. Un ejercicio de moderación, como he repetido hasta la saciedad, nunca viene mal. De hecho, es aconsejable si no se quieren prometer imposibles que generen frustración.

Pero desvirtuarlo hasta decir lo contrario para ganar un puñado de votos a diestro y siniestro es simple y llanamente engañar a sabiendas. Y el grito que se escuchó en la Puerta del Sol, que nace en la fuente de la indignación pero desemboca en un mar de esperanza, no soportaría una nueva prevaricación. Y no merece llegar de nuevo a la conclusión de que ‘más vale malo conocido, que bueno por conocer”.

 


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