No way, pisha

06 Oct 2016
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Pocos días después de que Margaret Thatcher muriera en Londres, a mediados de abril de 2013, el ministro principal de Gibraltar, Fabian Picardo, se enteró que estaría cerca del ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel García-Margallo, en los funerales en la catedral de San Pablo.

Llamó a la Embajada británica para que le trasladara al canciller español su disposición a saludarle. La respuesta de García-Margallo fue tan contundente como impropia de un presunto diplomático: “Que ni se acerque”.

Para él, según reiteró en un tono insultante cada vez que pudo, Picardo era un simple alcalde, el alcalde de Gibraltar.

Cuatro meses después, con las relaciones muy deterioradas, Gibraltar creó en sus aguas un arrecife artificial, similar a los cientos que hay en la costa española.

La respuesta de García-Margallo fue tan virulenta política y mediáticamente que Gibraltar vivió durante casi un año la peor crisis que recordaban los llanitos desde el el cierre de la frontera en 1969 durante 13 largos años.

En base a que Gibraltar había arrojado “30 bloques de hormigón con pinchos sobre una zona de pesca de España”, el ministro de Asuntos Exteriores ordenó endurecer el paso fronterizo, con la excusa de la lucha contra los tráficos ilícitos como el contrabando de tabaco, puso en marcha una campaña de descrédito de Gibraltar en los medios españoles más propia de un régimen dictatorial y lanzó una ofensiva internacional para aislar al Peñón.

La batería de medidas afectó seriamente a la convivencia, a la buena vecindad existente y puso en peligro los 10.000 puestos de trabajo ocupados por españoles, sobre todo por ciudadanos de La Línea, una ciudad con un paro por encima del 40%.

La ofensiva se desinfló cuando a finales de julio de 2014 las autoridades de la Comisión Europea dictaminaron que el arrecife artificial no violaba la normativa medioambiental europea.

La gran mentira propagandística creada por García-Margallo para defender supuestamente a los pescadores españoles quedó aún más al descubierto cuando se supo que en la zona donde Gibraltar levantó dicho arrecife estaba prohibido pescar según la normativa de la Junta de Andalucía.

Nadie pidió disculpas, nadie rectificó, nadie abrió una investigación para esclarecer por qué se pescaba donde estaba prohibido –era solo un barco y capturaba bolos o esculpiñas-, nadie admitió que se jugó con la salud de los consumidores de ambos lados de la frontera.

Todo lo contrario, las colas siguieron perturbando la frontera de forma caprichosa, cada vez que a un señor del PP le daba un ataque de testiculina y de patriotismo.

Pues bien, el artista que ha manejado todo este puteo envuelto en una cuestión de Estado, el peor vendedor posible, el que se negó a saludar en privado al máximo representante del pueblo de Gibraltar, se descuelga ahora con una oferta amistosa de cosoberanía para que los gibraltareños puedan sortear el Brexit. Hasta en la ONU lo ofreció con el embajador sudando la camiseta.

Los turistas británicos afincados en España, las exportaciones españolas y los trabajadores españoles de Reino Unido le importan menos que Gibraltar, que Gibraltar, español.

Por no escuchar no escucha ni al Gobierno andaluz, que, en palabras de su vicepresidente, Manuel Jiménez Barrios, no considera prioritario el asunto de la cosoberanía ante las otras cuestiones mencionadas, de mucha trascendencia para Andalucía.

Pero para él, el Brexit es una oportunidad para recuperar Gibraltar, para conseguir ese marquesado que dicen otorgará el Rey de España a quien lo logre. Bueno, en este caso sería cuarto y mitad de marquesado, ¿no?

No way, José, pisha.  Y Picardo está claro que no es ningún palomo, y no es previsible que le monten un golpe que le facilite a García-Margallo sus fantasías sexuales, que es colocar personalmente la bandera española con palo y todo en lo más alto del Peñón.

 


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