Presiones, amenazas, insultos y leche frita

08 Mar 2017
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Higinio Sainz León era un veterano redactor jefe cuando aterricé a mediados de los ochenta en la redacción de DIARIO DE CÁDIZ, en la calle Ceballos, cerca de la plaza del Mentidero o del Cristo de la Verdad, en Cádiz, Cádiz.

Escribía sucesos locales y taurinas. De vez en cuando, aparecía por la redacción una madre atribulada por el revolcón sufrido por alguno de sus vástagos en una noticia remitida por la Policía, y le lloriqueaba a Higinio en busca de una rectificación que aliviara su disgusto.

El veteranísimo periodista la escuchaba atentamente, pero sin dejar de escribir a máquina, una Olivetti de cuando los fenicios llegaron a Cádiz, y remataba la faena con una estocada muy certera: “Señora, algo habrá hecho”. Y puerta y calle.

Pues eso mismo digo yo ante la denuncia de Asociación de la Prensa de Madrid (APM) de presiones, amenazas, insultos y leche frita contra Podemos.

Vamos a ver, no es necesario que presente pruebas ni denuncie en los juzgados. Seamos honestos, hagamos autocrítica, pero todos, ¿eh?

Pablo Iglesias y algunos de los suyos se han columpiado en público o en privado más de una vez y deberían reconocerlo.

Es verdad que la libertad de expresión les asiste, que ese derecho no es solo para uso y disfrute de los profesionales de la información, pero hay líneas rojas que no se pueden cruzar, y se han cruzado sin ningún género de dudas, incluso con periodistas, digamos, no hostiles. ¿O no recuerda Iglesias ninguna llamada metiendo caña a un chavalito por un titular que no le gustaba?

Pero dicho esto, me sorprende que la APM se haya tirado de cabeza a denunciar presiones, amenazas, insultos y leche frita de un día para otro. Si es una línea estratégica nueva, con vocación de permanencia, bienvenida sea.

Hay mucho tiempo perdido y, por tanto, mucho que hacer, sobre todo mucha autocrítica. Por ejemplo, a ver si denunciamos de una vez por todas la escandalosa ‘cuota de partido’ en el universo tertuliano. O las preguntas pactadas; sí, esas que se contestan con “me encanta que me haga usted esa pregunta”.

Tampoco estaría mal descubrir el nivel de influencia en la línea editorial de los medios de las inversiones publicitarias institucionales.

También hay faena si se quiere llegar al fondo de los apagones informativos o los publirreportajes en forma de noticias que logran determinadas empresas gracias a sus inversiones publicitarias estratégicas. Con este mismo modus operandi, las hay que incluso pagan sin que medien inserciones publicitarias. Vamos, como en Chicago en los años veinte.

Ya puestos, pues no estaría mal denunciar la falta democracia interna en los medios, donde los periodistas están a merced del director y del editor, con la única alternativa de coger el portante si no aceptan el trágala nuestro de cada día.

De esta debilidad, acrecentada durante los años de crisis, se aprovechan determinados políticos y sus secuaces, que, sabedores de lo que hay, llaman al mandamás que más manda y manga para que mantenga el ‘prietas las filas, recias marciales’ de los cargos intermedios y de la infantería.

Que no se me amotinen, que los titulares y los editoriales son míos, que para eso paso por ventanilla y los pago religiosamente con dinero público.

Pero, sobre todo, puestos a denunciar, vamos al meollo, al turrón. ¿Por qué la APM no es más beligerante con el deterioro sociolaboral que sufren los periodistas en general en Madrid y en el resto de España?

¿Por qué no denuncia con cañonazos de verdad la explotación repugnante que sufren los jóvenes que se incorporan al oficio por todo el territorio patrio? ¿Por qué se queda de brazos cruzados ante la tragedia de los periodistas parados de larga duración con más 50 años de edad? ¿Por qué tanta tibieza ante la masacre laboral perpetrada en los años de la crisis?

¿Por qué no se denuncian las manipulaciones informativas de los grandes medios, del tipo 11-M?

Yo, que he sufrido llamadas pidiendo mi cabeza tanto desde el PP como desde el PSOE y supongo que de algún partido más –con toda la razón, por supuesto-, aconsejo, mientras que la APM y el resto de las asociaciones profesionales se aclaran, actuar como Higinio, que cuando se cabreaba contaba uno por uno a los 14 que integrábamos aquella redacción y decía con voz muy grave: “Somos catorce, pero aquí hay por lo menos 24 hijos de puta”. Pues eso.

Cabe también una opción individual más moderada: con prudencia y finura y con acento argentino, cagarse en “la concha de la madre que os parió” de todo aquel que se pase de la raya. Por supuesto hay que practicarlo un poquito. Vamos a intentarlo, sin miedo, partido a partido: “La concha de la madre que os parió”.

Pero para los periodistas más moderados, esos que Manu Leguineche situaba entre los bebedores exclusivos de agua, solo agua, quizás sea mejor el método Benedetti, que consiste básicamente en arrojar caramelos a los gachones en señal de protesta, o quizás sea mejor presentar una denuncia por triplicado ante el maestro armero.


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