Tambores de guerra por Gibraltar

03 Abr 2017
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Tambores de guerra suenan a propósito de Gibraltar. El ex líder del Partido Conservador, lord Michael Howard, ha sugerido que el Reino Unido estaría dispuesto a ir a la guerra para defender la soberanía de Gibraltar.

Estas bravuconadas, muy propias de los patriotas universales –Samuel Johnson dijo que “el patriotismo era el último refugio de los canallas”-, sirven normalmente para tapar una metedura de pata.

En este caso, tiene como principal objetivo cubrir el error cometido por la premier británica, Theresa May, al no mencionar a Gibraltar en el documento de desconexión de la UE, después de apretar definitivamente el artículo 50 del Tratado de Lisboa.

Dicho desliz ha sido seguido por otro –en mi opinión, ya preparado dijera lo que dijera May- del Consejo Europeo, que, entre las ‘líneas rojas’ sobre el Brexit, ha establecido que España tendrá derecho de veto sobre la futura relación del Peñón con la UE. Cuando menos resulta sorprendente el trato tan desconsiderado que da la CE a los gibraltareños, cuyo único pecado ha sido reivindicar su europeísmo al votar masivamente a favor de la continuidad en la casa común europea.

En fin, ni que decir tiene que la situación es delicada, pero peligro real de guerra, a la altura de civilización que estamos, no hay. Disparos de fogueo, algún petardo, si acaso; tensión en unas relaciones bilaterales siempre sujetas a dimes y diretes; algún que otro incidente fronterizo… Pero una escalada militar ni hablar. De hecho, hasta la propia May la ha descartado. En broma quizás. Así que tranquilidad en el frente de juventudes. Y un propósito generalizado de moderación, que los desbarres suelen desembocar en el ridículo más estrepitoso. Vamos, no me imagino a Gila llamando a su homónimo británico, de trinchera a trinchera, con las matuteras haciendo cola.

Eso no quiere decir que el Brexit no sea peligroso. Lo es para la economía y la integridad territorial del Reino Unido, para la propia UE, para Gibraltar y también para España. Todos –unos más que otros, claro está- tienen mucho que perder en este dislate democrático provocado por Cameron. ¿O es que España no está preocupada por el destino de los casi 200.000 españoles que se buscan la vida en el Reino Unido o por las empresas rojiguardas instaladas allí?

A mí personalmente –mi pueblo está a escasos diez kilómetros del Peñón- me preocupa cómo va a afectar este traumático desenganche europeo al devenir de la frontera de Gibraltar. Es decir, me incumben los diez mil trabajadores españoles, los trece mil trabajadores comunitarios, los 300.000 campogibraltareños y, por supuesto, los 30.000 gibraltareños.

Ya es hora de afrontar con realismo y sin hipocresías una situación que no admite visiones parciales, perspectivas de conveniencia. En este sentido, no es posible, como suele hacer la Junta de Andalucía y su presidenta, Susana Díaz, defender los intereses de los trabajadores españoles de Gibraltar sin defender a los propios gibraltareños. Esa posición, muy socorrida para salir del paso, tiene las patas muy cortas, y solo ha servido para dejar pasar y dejar hacer a las políticas castiellistas que ha practicado el Gobierno del PP con José Manuel García-Margallo como ministro de Asuntos Exteriores.

El sucesor de Margallo, Alfonso Dastis, ha bajado los decibelios de esas políticas, pero no ha sido capaz de enterrar la propuesta de cosoberanía, una oferta fracasada –los llanitos rechazaron esta opción en 2004 por última vez- que lleva una y otra vez las relaciones bilaterales al mismo callejón sin salida.

Y, sobre todo, el Gobierno del PP no acaba de entender que cualquier cambio del status quo de Gibraltar va a depender de la voluntad de los gibraltareños, que después de 300 años de soberanía británica se han ganado a pulso el derecho de autodeterminación sobre su tierra (el Gobierno británico, una y otra vez lo deja claro: nada será sin el visto bueno de los habitantes de Gibraltar). Y que, en la cancha de la política internacional, Gibraltar, Ceuta y Melilla son vasos comunicantes, ¿no?

Llegados a este punto, si algún día quiere recuperar Gibraltar, España deberá empezar por restablecer la normalidad, una normalidad que hasta 1969, fecha del cierre de la frontera durante 13 largos y dolorosos años, era el denominador común en las relaciones políticas y humanas. Invertir sin mirar el reloj del tiempo en normalidad con paciencia, tirarles flores y no macetas a los gibraltareños, trabajar con sensatez y sin urgencias históricas.

¿Por qué no apuestan en el Palacio de Santa Cruz por el diálogo y llaman a Fabian Picardo aunque sea por esa curiosidad antropológica natural por conocer al enemigo? Margallo tuvo la oportunidad de hablar con él en el funeral de Margaret Thatcher y se negó incluso a saludarlo.

Porque eso de querer aprovechar ahora el Brexit para forzar la voluntad de los gibraltareños, es de nuevo un error, una reedición de ese castiellismo que tanto daño ha hecho a la reivindicación española y tanto sufrimiento ha generado a ambos lados de la frontera. Es otro botón de muestra de un patriotismo de entrepiernas, la antítesis del patriotismo inteligente que merece este desencuentro histórico (Miguel Ángel Moratinos fue el último ministro español que lo practicó).

Que en el PP y Ciudadanos estén entusiasmados con “esta oportunidad histórica” es hasta cierto punto normal –el nacionalismo español reacciona así, lleva en su ADN el “Gibraltar, español”-, pero que tenga como compañeros de viaje a socialistas españoles es una novedad dolorosa.

Sí, los eurodiputados socialistas están de sintonía con el PP y Ciudadanos. Tanto que hasta El País da por hecho que tienen pactado a tres bandas un cambio de política sobre Gibraltar. Desde luego, Ramón Jáuregui, jefe de filas de los socialistas en Bruselas, ha estado últimamente tan desafortunado como Esteban González Pons, portavoz patrio de los eurodiputados populares. Hasta ahí han llevado su afinidad.
Afortunadamente para los trabajadores españoles de Gibraltar, otros socialistas, como el diputado gaditano Salvador de la Encina, y la secretaria general del PSOE de La Línea, Gemma Araujo, se han desmarcado de estos compañeros de filas, que antes de opinar deberían al menos pasarse por la frontera y conocer la opinión de todas las partes implicadas, sobre todo la de los sindicatos y la de los trabajadores, que ven cómo sus puestos de trabajo y sus derechos adquiridos están en serio peligro merced a este nuevo golpe de patriotismo a propósito del Brexit.

Tan cerca pero tan lejos, las dos eurodiputadas andaluzas, Soledad Cabezón y Clara Aguilera, deberían darles la cara y explicarles bien eso de que los socialistas españoles están por el empleo y el bienestar de todos los trabajadores españoles, incluidos los que trabajan en Gibraltar, ¿no?


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