Ni un minuto más de disparate

24 May 2017
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La democracia es un proceso donde los ciudadanos votan y a veces no nos gusta lo que votan. Pero no cabe otra que aceptar lo que decide la mayoría. El que lo hace puede considerarse un demócrata.

Eso es lo que ha pasado en el PSOE. Contra los barones socialistas con más poder institucional contra la Comisión Gestora, contra los exsecretarios generales –Felipe González, Almunia, ZP y Rubalcaba-, contra los principales medios de comunicación, contra la gran empresa y la gran banca, contra viento y marea, Pedro Sánchez ha ganado democráticamente las primarias socialistas a Susana Díaz, que tenía a todos aquellos y más a su favor.

Uno de los principales damnificados, Felipe González, compareció el martes en un acto público y abogó por apoyar a la mayoría” ganadora de Pedro Sánchez y “fortalecer” el PSOE. Pero, al mismo tiempo, dijo sentirse “en minoría”.

Cuando menos, ese posicionamiento es poco afortunado, sobre todo cuando Pedro Sánchez está trabajando desde el minuto uno por la integración, cuando la militancia reclama también unidad, cuando nadie defiende ya una nueva oposición interna como la que sufrió Pedro Sánchez durante dos largos años en su primera etapa como secretario general.

Felipe González, que nunca debió meterse en la melé que dio pie al golpe de los idus de octubre contra Pedro Sánchez, debería ser algo más justo consigo mismo, con su extraordinaria trayectoria política y no pecar de cortoplacista, miope, soberbio y prepotente. ¿En minoría? Solo en afecto ha perdido la mayoría.

En cuanto al resto, pues la mayoría de los barones críticos no han tenido más remedio que recoger velas. La militancia los ha puesto en su sitio.

Falta por pronunciarse el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, que insinuó su marcha si los socialistas de su región votaban a Pedro Sánchez. El verá lo que hace, pero podría empezar por hablar con el nuevo secretario general. A lo mejor, después de una larga conversación, se acaba perdonando a sí mismo por bocazas, por haber hecho leña del árbol caído. En fin, si es católico, también puede confesarse. Con dos avemarías y cuatro padrenuestros lo tiene arreglado.

Tan solo Susana Díaz y su alter-ego aragonés, Javier Lambán, no acaban de enterarse de lo que ha pasado. Después de un apoyo con la boca chica y de mala gana a Pedro Sánchez, ambos dos están entorpeciendo las listas de integración de cara al próximo congreso federal, trasladando de esta forma muy descaradamente que no respetan los resultados de las primarias.

En Andalucía, donde las bases susanistas no están por continuar con la guerra ni de cachondeo –están, como ya dije en mi último artículo, tan hartas como las pedristas-, la lideresa andaluza, que pasa del llanto a la risa en un santiamén en estos días de zozobra, no quiere ni tan siquiera que su secretario de Organización, Juan Cornejo, se reúna con el representante del pedrismo, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis.

Alguien de su entorno debería decirle que se acabó, que el disparate que ha dejado al PSOE de Andalucía a los pies de los caballos no puede contar con una tercera edición, que no debe prolongarse ni un minuto más.


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