El Lute sí que fue un preso político

18 Oct 2017
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Hace unos días, después de ver cómo Puigdemont recogía velas en esa declaración de una independencia que duró poco más de un minuto, advertí de que todos los actores participantes en la cosa debían hacer un esfuerzo de diálogo y empatía para no joderla definitivamente; había entonces posibilidades de evitar la tragedia.

Pues bien, se jodió, y ya anda por ahí Zabalita buscando acomodo en la Sagrada Familia, por obra y gracia de Mario Vargas Llosa, para preguntarse, para preguntarnos: ¿En qué momento se jodió Cataluña?

Porque el encarcelamiento de los líderes de ANC y Òmnium Cultural, Jordi Sànchez y Jordi Cuixart, ha dado los dos primeros mártires al independentismo para seguir en esa estrategia de conseguir la secesión en el lío, en el follón, buscando la internacionalización del conflicto, ganando la guerra de la imagen gracias a los palos de la policía e intentando forzar la mediación de la UE para proteger la estabilidad de la Eurozona.

A Puigdemont, que pudo tener en un primer momento la tentación de parar y ponerse a pensar a donde estaba llevando a su país, ya no le queda otra que dejarse arrastrar por los acontecimientos y declarar la independencia a las claras o esperar que el Gobierno interprete mañana su segunda misiva –previsiblemente repleta de nuevo de ambigüedades y lamentos- como un sí, collons.

Así las cosas, mañana jueves le caerá al independentismo catalán el artículo 155 con todo el peso del Estado de derecho. Y, visto lo visto, parece que era lo que estaba buscando desde el principio: la suspensión de la autonomía y las detenciones masivas.

Y sobre esta base, volver a finales de los setenta y exigir en las calles en la enésima manifestación histórica: ¡Libertad, amnistía y estatuto de autonomía!

Lo dicho, lío, follón, tumulto, con policías y guardias civiles repartiendo estopa como el 1-O para situar a España fuera de los cánones democráticos.

En la misiva a Rajoy, Puigdemont ya se delataba al pedir que “se revierta la presión contra el pueblo y el gobierno de Cataluña”.

Soy del grupo de españoles que defiende el derecho de autodeterminación de los pueblos, que sin problemas hubiera apoyado en un momento dado un referéndum en Cataluña como los celebrados en Escocia y Quebec. Me gusta el idioma catalán (Lluís Llach es uno de mis cantautores predilectos) y entiendo que lo protejan y lo fomenten. Tengo muy buenos amigos catalanes; algunos que no están, los lloraré toda la vida. Joan Tardà, bestia parda del independentismo para el españolismo facha, me parece un muy buen tipo por encima de sus ideas políticas.

Pero estamos llegando a un punto en que la deriva independentista amenaza con joder no ya a España y a Cataluña sino a los españoles y a los catalanes.

Y, como suele ocurrir en estos casos de catástrofe social generalizada, saldrán perdiendo mucho más que el resto los caninos del mundo unidos, es decir, los trabajadores, que son los paganinis de todas las crisis y de todas las cagadas históricas.

Nicolás Sartorius, ex dirigente del PCE y CCOO y actual vicepresidente de la Fundación Alternativas, lo explica de forma meridiana en una reciente entrevista: “Lo que está pasando en Cataluña es una revuelta burguesa, de clases medias. A los trabajadores los hunde en la miseria. En el caso de que hubiera independencia, les parte los sindicatos. Les parte la caja única de la Seguridad Social, que es el elemento de solidaridad común que garantiza las pensiones. Les parte los convenios colectivos. Les parte las relaciones laborales. Es decir, una catástrofe para los trabajadores”.

Llegados a este punto, aunque no me he gustado el encarcelamiento de los dirigentes de ANC y Òmnium Cultural (me parece una torpeza judicial), tacharlos de presos políticos es entre naïf y preadolescente en términos políticos.

Quizás no deberían haberlos enchironado por sedición, un delito demasiado inverosímil, guerracivilista, decimonónico.

Pero no me cabe ninguna duda de que a ellos y a los jefes del independentismo, por muy patriotas que se sean, habrá que pedirles, tarde o temprano, daños y perjuicios por estar jodiendo de forma innegable a catalanes y a españoles.

Por cierto, en pleno franquismo, El Lute, con apenas 20 años, robó en la provincia de Badajoz dos gallinas para darle de comer a su familia y fue enviado a la cárcel seis meses.

Eleuterio Sánchez Rodríguez sí que fue un preso político como Dios manda.


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