Digo, Diego y Labordeta

19 Oct 2017
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Desde que la deriva catalana se le escapó de las manos al Gobierno no he dejado de culpar a Mariano Rajoy de los cinco años perdidos.

Incluso he defendido que la reprobación de Soraya Sáenz de Santamaría tenía mucho sentido parlamentario, en tanto en cuanto el problema siempre ha sido y será político y ella era de facto la ministra política para Cataluña. Y que conste que le tengo ley: me parece lo mejor del Gobierno con mucha diferencia.

Antes de esta grave crisis, yo ya tenía la peor opinión de Mariano Rajoy por los numerosos casos de corrupción que han salpicado al PP bajo su presidencia.

Dicho esto, sin embargo, creo sinceramente que tras el fiasco de la intervención policial del 1-O (un error que dio alas al independentismo), el presidente del Gobierno ha manejado la crisis con firmeza pero sin desbarrar, ofreciendo al presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, un relato claro sobre las graves consecuencias del DUI y un puente de plata para evitarlas.

Ante quienes un día sí y otro también le exigían públicamente que aplicara de inmediato el artículo 155 (y que mandara los tanques si fuera necesario), Rajoy les ha mantenido el pulso sin inmutarse y ha logrado el apoyo del líder del PSOE, Pedro Sánchez, que a cambio le arrancó una reforma constitucional muy necesaria para intentar buscar en el Congreso de los Diputados un nuevo encaje de Cataluña en la Constitución.

Rajoy ha aguantado las andanadas de Aznar, que rezuma extrema derecha por los cuatro costados. Se ha mantenido firme ante un Albert Rivera inflamado de patriotismo electoralista y obsesionado desde el principio con la aplicación del artículo 155 y la convocatoria de elecciones en Cataluña. Hasta le ha tumbado una inoportuna iniciativa legislativa de Ciudadanos para luchar contra el adoctrinamiento en los colegios.

El último en sumarse al frente crítico con Rajoy ha sido El País, que editorialmente está un día en Digo y otra en Diego.

Tras elogiar la reforma constitucional pactada por el PP y el PSOE, en Manos a la obra, por entender que resultaráclave para desbloquear la vida política y defender en 155: cuenta atrás que “Puigdemont tiene tiempo esta semana para evitar la respuesta del Estado”, se descuelga ahora, en Cataluña, en el agujero, asegurando que “el Estado de derecho y la democracia han sido arrinconados, ante el desconcierto en Madrid”.  Y se explica volviendo a la brocha gorda y a la semántica faltona: “La desconcertada y desconcertante reacción del Gobierno de Mariano Rajoy, mal asesorado en su alianza con el igualmente desconcertante y desconcertado Pedro Sánchez, ha acabado por redondear el entuerto”.

¿En qué quedamos? ¿No había que ponerse manos a la obra? ¿La cuenta atrás no contenía aún una rendija para el diálogo? ¿No tenía que estar el PSOE entregado al Gobierno?

Alberto Cortés cantaba que entre el matón y el cobarde solo media la resaca.

Este nuevo bandazo editorial tiene una resaca clara, la frustrada operación de sustitución de Juan Luis Cebrián por Javier Monzón en la presidencia de Prisa. Se la llevó por delante Sorayita, que al parecer no fue consultada y que, en el fondo, no se fía ni de un Cebrián mandando entre bambalinas ni de Monzón en pleno ejercicio de sus funciones.

Todo muy desconcertante, un espectáculo de tipos desconcertados. Y no me refiero al director, Antonio Caño, ni al jefe de opinión, José Ignacio Torreblanca, que ya bastante tienen con haber convertido un periódico que fue referencia del centro-izquierda español en papel de prestamista.

Y tampoco a Cebrián, que ya tiene lo suyo con llevar a sus espaldas la doble condición de partero y enterrador de la criatura.

Apunto directamente a Felipe González y a Alfredo Pérez Rubalcaba, acreditados hombres de Estado que, en los días que corren, actúan por horas como si fueran vulgares cobradores del frac.

Por cierto, el penúltimo párrafo de la última carta de Puigdemont pone de manifiesto que “la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”, que puso Antonio Machado en boca de Juan de Mairena: “Finalmente, si el Gobierno del Estado persiste en impedir el diálogo y continuar la represión, el Parlament de Cataluña podrá proceder, si lo estima oportuno, a votar la declaración formal de la independencia que no votó el día 10 de octubre”.

Un último esfuerzo: con esto debería bastar para buscar un acuerdo que evite liarnos de nuevo a garrotazos, o Labordeta volverá a mandarnos a la mierda.


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