Opinion · Postdatas

Dos perros y tres leones

Hace unas semanas, mi hijo mayor, que en un acto de originalidad se llama Jorge, se presentó en casa con una perrita de apenas tres semanas con intención de que nos la quedáramos.

Me opuse con todas mis fuerzas; incluso perdí los papeles por momentos ante la jugada de tacón que intuía que pretendía hacernos.

-Antes me voy de casa. La perra o yo, les grité fuera de sí.

Teníamos a Koke desde hacía siete años y otro perro más era, a mi juicio, meter en nuestro piso a una auténtica jauría, convertir la casa en una perrera.

Debe ser por mi procedencia rural, pero siempre me han gustado los perros en espacios libres, no entre las cuatro paredes de un piso por el componente carcelario de las mismas.

En fin, el caso es que inicialmente, toda vez que la perrita era de facto ya de mi hijo, optamos por regalarla, después de alcanzar un acuerdo familiar cogido con alfileres.

De entrada, difundimos nuestra oferta en las redes sociales y entre nuestro vecindario más cercano, en el barrio madrileño de Argüelles, a tiro de piedra del Parque del Oeste.

Casi de inmediato, dos personas se interesaron por la perrita. Una de ellas, un chaval de Las Rozas se presentó en casa con su madre. Eran encantadores y se la querían llevar en ese momento.

Entonces, mi hijo mediano, Juanjo, que había hecho ese día pellas porque sabía que íbamos a recibir una visita interesada en la perrita, frunció el ceño y dejó caer con un punto salvaje –casi ensañando los molares- que el animalito se quedaba en casa sí o sí.

Despedimos a madre e hijo algo apurados y quedamos que les llamaríamos por teléfono para comunicarles nuestra decisión final.

Ni que decir tiene que mis hijos defendieron como auténticos leones, como lunáticos, fuera de sí, que la perra se quedara con nosotros.

Mi mujer se mantuvo firme, y les dijo alto y claro que ni hablar. Pero yo ya me había ablandado, y mis hijos lo olieron, sobre todo Pablo, el pequeño.

De hecho, el aflojamiento se produjo cuando madre e hijo vinieron por la perrita y me fijé en ella por primera vez.

Era grandota y mestiza, un cruce de pastor alemán con otra raza, y me miró. Entonces, yo ya estaba dispuesto a claudicar.

Acepté tras imponer una serie muy larga de condiciones y que la perrita se llamara Luna, un nombre nada original pero que no dejaba de ser un reconocimiento sincero y explícito de que quizás yo era el mayor de los lunáticos.

Hoy sacaremos a Luna a la calle por primera vez, una vez que ha recibido todas las vacunas. Hace unas semanas estaba postrada entre los cubos de basura de una gasolinera cercana al aeropuerto Adolfo Suárez-Madrid-Barajas, condenada a una muerte segura.

Gracias a mi hijo Jorge –algo debimos hacer bien mi mujer y yo y lo celebramos-, que la rescató, la llevó al veterinario y nos puso junto a sus hermanos en un aprieto hasta que la acogimos, Luna correteará hoy por el Parque del Oeste.

Y nos alumbrará a todos, especialmente a Juanjo, que necesita de unas buenas luces largas en estos momentos de encrucijada.

Más de 140.000 perros y gatos, según la Fundación Affinity, son abandonados anualmente en gasolineras, carreteras y entradas y aparcamientos de supermercados.

El Código Penal español apenas si multa de uno a seis meses a todos los criminales que cometen estos actos tan inhumanos.

A todos ellos desearles que les ocurra – de verdad, no como en El Mundo Today– como a María Antonia Trujillo, vecina de Getafe, que fue abandonada por su familia en una gasolinera y se encontró con Chispas, una perrita que dos años antes la abandonó ella para irse de vacaciones con su marido a un piso Denia que no permitía mascotas.

Por lo demás, dar testimonio de que es posible y saludable vivir en un piso con dos perros y tres leones.