Opinion · Postdatas

De mujeres, hombres y árboles

Llevo desde los 16 años escribiendo casi a diario. Como bien sabéis, soy periodista desde que me licencié en 1985 en la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid. Pero antes soñaba con ser periodista.

Pues bien, este discurso de despedida es, sin ningún género de dudas, el artículo que más trabajo me ha costado escribir. Resumir casi diez años al frente de la Junta Rectora del Parque Natural Los Alcornocales no resulta fácil. Por eso, porque la tarea era ardua y mastodóntica, decidí acotar mis palabras y centrarme en los hombres y las mujeres y los árboles del Parque.

Me ha parecido lo justo hacia ustedes, queridos amigos, y hacia mí mismo.

Así las cosas, mi artículo, convertido en discurso, se titula ‘De mujeres, hombres y árboles’.

De hombres porque quiero y deseo dirigirme directamente a ustedes, a todos los miembros de la Junta Rectora con los que he tenido el honor de compartir este carril de casi diez años.

A corcheros, arrieros, trabajadores del INFOCA, ecologistas, propietarios, sindicalistas, senderistas, representantes de organizaciones patronales, alcaldes y demás responsables municipales, vecinos, etc.

Y especialmente a los funcionarios públicos que han representado a distintas administraciones. A ellos, todo mi respeto. Con su sola presencia han honrado a la Junta Rectora. Ojalá que algún día puedan votar lo que les venga en ganas y no lo que les impone el voto delegado y la legalidad vigente. Quiero señalar a Francisco Javier Gil Sánchez.

Y también hacer una mención especial sobre Mariano Maestu, ex alcalde de Medina Sidonia y representante durante muchos años de Ecologistas en Acción. Mariano ha sido de los mejores hijos del alcornocal. Siempre vino a la Junta Rectora con los deberes hechos, en perfecto estado de revista.

Y a la Asociación de Amigos del Parque, con mi amigo y hermano Paco Blanco a la cabeza. Otro gran chaparro repleto de hojas llenas de sabiduría y humanidad. Y a Luis Luque, a Pepe Furest, a Jaime González Gordón, a Paco Lebrero, a Manuel Barcells, a José María Fariña, a Diego Jiménez, a Jesús Parodi, Carlos Riera, Manolo Vázquez, Fernando Caballero, Pascual Collado…

Y quiero hacerlo porque deseo de corazón agradeceros haberme dejado caminar a vuestro lado, porque quiero disculparme recorriendo ese mismo camino si en algún momento fue injusto, si en algún momento me excedí en mis atribuciones.

No era mi intención: mi único objetivo ha sido siempre convertir la Junta de Rectora en un órgano de expresión y debate de los problemas y anhelos del Parque Natural Los Alcornocales y de los pueblos y ciudadanos que viven en él.

Mis profundas convicciones demócratas me llevaron desde el principio a defender mi independencia para con la Junta Rectora y renovar continuamente mi lealtad inquebrantable hacia ella.

Más allá de un papel propagandístico del Parque, que ha consistido en mostrárselo a varios centenares de personas –periodistas, políticos, etc.- y en escribir un buen número de artículos en distintos medios de comunicación, mi labor como presidente de la Junta Rectora no ha ido más allá.

Y ahí me quiero centrar, en las cuatro paredes de la Junta Rectora, para agradecer y pedir disculpas también a los trabajadores del Parque, con sus directores, Juanma Fornell, Francisco Bravo, Marcos Tena a la cabeza.

Bien aleccionado por Paco, Juanma nos trajo una férrea voluntad de diálogo, unas buenas formas, una media sonrisa y una inteligencia emocional que le está viniendo de maravilla al Parque.

A Antonio Salcedo, el guardián logístico del Parque, a Nuria Pérez Espinosa, a Rafael Sánchez Vela: que pareja más linda y competente. A Antonio Ríos, a Araceli Gómez, a Flori González, a Amparo Carrasco, a Raquel Cordero, a Víctor Bonilla, a Jorge Serradilla y a Manuel Vázquez.

Y a los guardas y agentes forestales.

A todos ellos, un millón de abrazos y varias toneladas de besos.

Y el mismo agradecimiento y las mismas disculpas quiero trasladar al personal de la Delegación de Medio Ambiente de Cádiz, con una mención especial a Felipe Oliveros.

Y un recuerdo afectuoso también para todos los delegados provinciales, especialmente para Gemma Araujo, Federico Fernández y Ángel Acuña, que en todo momento respetaron la autonomía de esta Junta Rectora. Y a Esperanza Perea, a quien se echa de menos en estos Espacios Naturales Protegidos.

Y, aunque siempre fui más de Junta Rectora que de Junta, lo cortés no quita lo valiente: a los presidentes andaluces Manuel Chaves, Pepe Griñán y Susana Díaz, y a los todos consejeros de Medio Ambiente, con una mención especial a mi amigo José Luis Blanco, a José Fiscal y a María Jesús Serrano.

Y a los vicepresidentes y también amigos Manuel Jiménez Barrios y Gaspar Zarrías. Y a Luis Pizarro.

Y a John Cortés, un incombustible amigo del Parque, un gibraltareño de reconocido prestigio.

Por último, quiero despedirme de los hombres del Parque recordando a los que no están, a los que nos dejaron. Cristóbal Pérez, Pepe Furest, Juan Junco, Luis Aranda…

Y, sobre todo, a Alonso García, con quien trabé una amistad que me llevaré a la tumba. Desde que nos dejó, las reuniones de la Junta Rectora no son lo mismo para mí y el Tío Pepe no me sabe igual.

Con permiso de los corzos, venados, jabalíes y demás animales, Los Alcornocales es el bosque mediterráneo por antonomasia. Y árboles en el 40% de las casi 200.000 hectáreas del Parque: se trata de un alcornocal salpicado de quejigos y de otras muchas plantas y arbustos, entre las que destacan el fresno, el pino, el aliso, el madroño, el laurel, el rododendro, el avellanillo, el acebo, el durillo, la zarzaparrilla, la jara, la carrasca, la robledilla, el brezo blanco, el rusco, el agracejo, el aladierno y el helecho común.

Pero sobre todo está el quercus suber, el alcornoque, el chaparro. Un árbol robusto de hoja perenne que puede alcanzar los 20 metros, con corteza grisácea, esponjosa, correosa y muy gruesa, profundamente agrietada.

Bajo su sombra rica hemos vivido, sufrido y prosperado durante cientos de años las 18 poblaciones que integran el Parque, que, por cierto, siguen esperando un esfuerzo más sostenido por parte de todos para ver mejoradas sus rentas.

El chaparro ha sabido de lobos y osos en tiempos pretéritos, pero sobre todo conoce al hombre de estas tierras y el hombre lo conoce a él.

Así, conociéndonos y queriéndonos hasta el final, me gustaría despedirme de los alcornoques cuando llegue mi última hora, como el abuelo de Saramago. Así lo contó el escritor portugués en el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura de 1998: “Era mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver”.

Y desearles que dentro de tres mil años, cuando ya no exista ni Cataluña ni España ni China ni EEUU ni Marajambú ni ninguna frontera, sigan ahí, tan frondosos, libres de la seca, dándole sombra y corcho al nuevo hombre, que descubrió a tiempo que el cambio climático era una amenaza para la humanidad más que para la Tierra, que, a fin de cuentas, a lo largo de su historia ha estado siempre preparada para todo.

Quizás entonces será como vaticinó Miguel Unamuno: “Hubo árboles antes de que hubiera libros, y acaso cuando se acaben los libros continúen los árboles. Y acaso llegue la humanidad a un grado de cultura tal que no necesite ya de libros, pero siempre necesitará de árboles, y entonces abonará los árboles con libros”.

En fin, ligero de equipaje, en el sentido más machadiano de la palabra, me despido.

Si acaso me llevo dos planchas de corcho que me regalaron unos arrieros, una foto con un unicornio en la finca Arnao y un tarrito con barbas del Levante que robé en lo alto de la Sierra de las Cabras.

Y amigos, arrobas de amigos, quintales de amigos.

Discurso de despedida de la Presidencia de la Junta Rectora del Parque Natural Los Alcornocales. San Roque, 1 de marzo de 2018