Opinion · Postdatas

Cifuentes y la hora de la verdad para Ciudadanos

Después de aguantar durante años las chulerías madridenses de Esperanza Aguirre, incluida su tocata y fuga de la Policía Local, las mangancias vitaminadas de sus más cercanos colaboradores sin que ella se enterada, el desmantelamiento gota a gota de lo público y un Telemadridvomitivo, de presentadores estrella y pelis del Oeste, entre otras muchas tropelías, Cristina Cifuentes tenía otra cosita. Venía de AP, pero, no sé, parecía que era una demócrata de toda la vida. Vamos, que no cantaba el Cara al Solsi tú le tocabas dos veces las palmas.

A lomos de su Tolerancia Cero contra la corrupción, uno se podía incluso creer que era la abanderada contra la deriva sucia y mafiosa que tomó el PP en muchas comunidades autónomas de España, con Madrid como principal territorio sobrecogedor.

Sin embargo, a Cifuentes la han cogido con el carrito de los helados con la broma del máster de postgrado de la Universidad Juan Carlos I para mejorar su currículum.

Después de escucharla en la Cámara madrileña, se ha quedado sin un gramo de ejemplaridad al no mostrar el trabajo de fin de máster y al reconocer que no apareció por clase ni una de las 600 horas presenciales del postgrado.

La sombra de que se valió de sus influencias políticas ante los docentes para perpetrar un amaño en toda regla es demasiado alargada como para no verla.

Encima, tarde o temprano, la escucharemos en algún foro público elogiando la cultura del esfuerzo. Sí, es el argumento que el PP ha utilizado toda la vida de Dios para reducir becas y dificultar el acceso de los hijos de los trabajadores a la universidad. Para ellos, la FP, ¿no? Mano de obra barata para mayor gloria de la última reforma laboral.

Pero lo peor de todo es que ha sumergido a la Universidad Juan Carlos I y a los docentes que dieron el máster en el descrédito más absoluto.

En fin, cuanto más se resista –ha exhibido una moral de resistencia castrense, heredada de su padre militar- a contar la verdad, peor para ella, su partido y la propia universidad.

Aquella España de Camilo José Cela donde si resistías, ganabas, no tiene vigencia en este caso en concreto, sin una mayoría absoluta parlamentaria que te permita pasarte por el forro de los pantalones las críticas y las iniciativas de la oposición.

En este escenario, las mentiras se deberían pagar con un puerta y calle o algo por el estilo: un calle y puerta, por ejemplo.

El PSOE, con Ángel Gabilondo a la cabeza, está en ello y va a presentar una moción de censura. Podemos la apoyará, y Ciudadanos, clave para que la iniciativa socialista llegue a buen puerto, prefiere, por el momento, una comisión de investigación. Suena a táctica dilatoria, a patadita hacia delante para ganar tiempo y así poder someter la decisión final a los vientos telúricos del populismo fino y muy español. O para preguntarle a los consejeros áulicos, los tales González y Aznar, mediopensionistas del quintacolumnismo y del arte de birlibirloque.

Pero en verdad el partido de Rivera, primera fuerza política en las encuestas que la mayoría de los medios hacen para las empresas demoscópicas y gran apuesta de futuro de la derecha económica, va a tener que retratarse en serio contra la corrupción y las porquerías españolas de sus socios del PP.

¿Lo dejarán sus patrocinadores actuar por derecho contra Cristina Cifuentes, uno de los suyos? Vamos a ver hasta dónde llegan las hipotecas de Rivera Riverita.